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Esta mujer revela lo que nadie sabía de Jacobo Zabludovsky

Esta mujer revela lo que nadie sabía de Jacobo Zabludovsky

Me llamo Rosa Elvira Mendoza y tengo 74 años. Durante 23 años fui asistente personal de Jacobo Sabludowski en el noticiero Televisa. Lo que voy a contarte esta noche me costó décadas de silencio, no por cobardía, sino porque había vidas que dependían de que yo no hablara. Ahora esas vidas ya están a salvo o ya no están.

 Y yo, con el tiempo que me queda, decidí que la verdad merece salir aunque llegue tarde. Antes de seguir te pido que le des like a este video, que te suscribas al canal y que dejes un comentario. Estas historias necesitan ser escuchadas y tu apoyo hace que lleguen más lejos. Jacobo Sabludowski. Solo con pronunciar ese nombre en ciertos círculos, todavía se hace un silencio incómodo.

 Para millones de mexicanos, fue el periodista más poderoso del siglo XX. La voz que leía las noticias como si las estuviera dictando desde un lugar donde la realidad era propiedad privada. Lo respetaban, lo temían, lo odiaban, lo admiraban dependiendo de a quien le preguntaras. Había gente que cambiaba de canal en cuanto aparecía su rostro.

Había gente que no se perdía una sola emisión del noticiero. Yo llegué a trabajar con él en 1979. Tenía 27 años, una licenciatura en comunicación que no me había servido para nada práctico y la necesidad urgente de un trabajo que pagara bien. Mi padre había muerto ese año y yo era la mayor de cuatro hermanos.

 No había tiempo para elegir con lujo. Había que trabajar. Una amiga que trabajaba en producción me dijo que buscaban asistente para el área de noticias. No me dijo exactamente para quién. Me enteré cuando me citaron en el piso 12 del edificio de Televisa en Chapultepec y vi su nombre en la puerta de la oficina.

 Jacobo Sabludowski, director de noticieros. Sentí que el estómago se me caía. Conocía su reputación. Todo mundo la conocía. Exigente hasta el límite, implacable con los errores, con un ego del tamaño del país. Había asistentes que duraban semanas antes de renunciar llorando. Me dije a mí misma que yo no iba a ser una de esas.

 La entrevista duró 8 minutos. Entré, me senté, respondí lo que me preguntaron. Él no levantó la vista de sus papeles en los primeros 4 minutos. Cuando finalmente me miró, lo hizo con esa expresión evaluadora que aprendería a conocer bien con el tiempo, no como la de alguien que está conociendo a una persona, sino como la de alguien que está calibrando una herramienta.

 “Sabe guardar silencio”, me preguntó, no en el sentido de no hablar, sino en el sentido real. “¿Sabe estar presente sin existir?” No entendí exactamente qué quería decir, pero respondí que sí. Él volvió a sus papeles. Empieza el lunes, dijo. Y eso fue todo. El lunes llegué media hora antes. Eso también lo aprendería pronto. Con Sabludowski la puntualidad no era llegar a tiempo, era llegar antes.

Llegar a tiempo ya era llegar tarde. Esa mañana, mientras acomodaba papeles en mi escritorio, un técnico de sonido mayor se me acercó sin que nadie lo viera. me dijo en voz baja. Aquí hay dos reglas que nadie te va a explicar oficialmente. La primera, nunca entres a su oficina sin tocar, aunque la puerta esté abierta.

 La segunda, y esta es la más importante, lo que pase dentro de esas paredes se queda dentro de esas paredes. Le pregunté qué quería decir. Me miró con lástima y advertencia. Ya vas a entender”, dijo. Y se fue. Tardé menos de un mes en entender. Los primeros meses con Jacobo Sabludowski fueron exactamente lo que cualquiera hubiera esperado.

 Intensos, exigentes, agotadores. El noticiero se emitía dos veces al día y el ritmo era brutal. Yo coordinaba llamadas, organizaba agendas, filtraba visitas, administraba documentos que a veces ni entendía del todo. Aprendí rápido que en ese mundo no había espacio para preguntas tontas ni para errores repetidos. Jacobo era exigente de una forma particular.

 No gritaba, al menos no conmigo, pero tenía una manera de mirarte cuando algo no estaba bien que hacía que prefirieras el grito. Era una mirada de decepción calculada, como si ya hubiera esperado poco de ti y hubieras confirmado sus expectativas. Aprendí a anticiparme, a tener todo listo antes de que lo pidiera, a ser invisible cuando no me necesitaba y estar presente cuando sí.

Lo que nadie me había advertido era lo otro, la parte que no estaba en ninguna descripción de puesto. Fue un martes de octubre, como a los 4 meses de haber empezado. Jacobo me llamó a su oficina a las 8 de la noche, cuando el edificio ya estaba casi vacío. Me pidió que cerrara la puerta.

 Me senté frente a su escritorio con mi libreta lista para anotar instrucciones sobre el noticiero del día siguiente. Pero no habló del noticiero. Rosa Elvira comenzó. Voy a pedirte algo que no está en tus funciones, algo que requiere discreción absoluta. No el tipo de discreción que uno practica en una oficina. El otro tipo, el que no tiene excepciones.

 Lo miré sin decir nada. Él continuó. Esta noche van a venir unas personas a verme. No quiero que quede registro de su visita. No en la bitácora de entrada, no en ningún lado. Tú vas a recibirlos en la planta baja, los vas a traer por el elevador de servicio y los vas a dejar en la sala de juntas pequeña.

 Después te quedas en tu escritorio hasta que yo te diga. ¿Puedo preguntar quiénes son? Dije con cuidado. Periodistas, respondió. De provincia con problemas serios. No dijo más. No necesitó decir más. En 1979, en plena era del PR todopoderoso, la frase “Periodistas con problemas serios no requería explicación”.

 Todos sabíamos lo que significaba. Significaba amenazas, significaba presión del gobierno, significaba que alguien había publicado algo que no debía o que alguien creía que iba a publicarlo y que las consecuencias podían ir mucho más allá de perder el trabajo. Esa noche llegaron tres hombres. Dos de ellos traían el aspecto desgastado de quien lleva días sin dormir bien.

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