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Ella ayudó a una anciana en el camino… sin saber que cambiaría su vida para siempre

Ella ayudó a una anciana en el camino… sin saber que cambiaría su vida para siempre

—¿Usted es Mariana Cortés? —preguntó el hombre desde afuera del portón.

Mariana sostuvo la vela con fuerza.

—¿Quién pregunta?

—Me llamo Jacinto. Trabajo para doña Teresa Villalobos.

El nombre hizo que el pecho de Mariana se apretara.

Abrió apenas un poco más la puerta.

Jacinto seguía quieto junto a la carreta. En sus manos traía el pañuelo con las iniciales TV y el pequeño botón azul de nácar.

—Ella recibió su recado —dijo él con voz cansada—. Y pidió que viniera esta misma noche.

Mariana miró hacia el cuarto donde dormía Lupita.

—¿Qué pasó con ella? ¿Está bien?

Jacinto asintió lentamente.

—La encontraron al amanecer cerca de la parada de carretas. Un comerciante la reconoció y la llevó a la capital.

Mariana soltó el aire despacio.

No se había dado cuenta de cuánto miedo cargaba desde el día anterior.

Entonces Jacinto bajó un pequeño cajón de madera de la carreta y lo dejó junto al portón.

El golpe suave contra la tierra hizo que Mariana frunciera el ceño.

—¿Y eso?

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