repetidas ocasiones, pero la única respuesta que obtuvo fue el eco de su propia voz angustiada. Desesperada, se dirigió a su esposo, Oldman Enrique Gaitán Cortés, quien se encontraba distraído trabajando en un taller mecánico contiguo a la casa. Él tampoco sabía dónde estaba el niño. Ninguno de los dos imaginaba que en esos breves instantes de distracción había ocurrido lo impensable. Nadie en el barrio lo había visto salir, nadie tenía la más mínima idea de qué le había sucedido al niño. Simplemente, se había esfumado.

Apenas unas horas después de confirmar que el niño no estaba en los alrededores, Martha llamó al número de emergencias 911. La Policía Nacional se activó de inmediato y la denuncia por desaparición se formalizó ese mismo domingo. Las primeras hipótesis apuntaban a que el niño podría haberse desorientado caminando solo por el barrio o, en el peor de los casos, que un extraño con oscuras intenciones se lo había llevado. A pesar de que Catarina es un lugar con bajos índices de criminalidad, la comunidad no escatimó esfuerzos. Familiares, amigos y vecinos se dividieron en grupos de búsqueda, rastreando calle por calle, mientras las redes sociales se inundaban con la fotografía del pequeño rostro sonriente de Holman.
La búsqueda se extendió incluso hasta el municipio vecino de Nindirí tras el surgimiento de rumores sobre una pareja sospechosa que supuestamente llevaba a un niño con características similares, pero todo resultó en pistas falsas. Al investigar el entorno de la familia, las autoridades confirmaron que los padres no tenían problemas, deudas o enemigos que pudieran haber motivado un secuestro por venganza. Fue entonces cuando los investigadores comenzaron a hacer lo que indica el protocolo más estricto: mirar hacia adentro, hacia el núcleo mismo del hogar familiar.
Mientras el caos, los gritos de búsqueda y la angustia consumían a casi todos en la residencia Gaitán, hubo una persona cuyo comportamiento destacó por su total y espeluznante frialdad: Edward Enrique Gaitán Gallegos, de 21 años, el medio hermano del niño desaparecido. Lejos de unirse a la desesperada búsqueda que mantenía en vilo a todo el pueblo, Edward decidió encerrarse en su habitación y pasar la noche entera jugando al popular videojuego “Free Fire” en su teléfono móvil. Las tías del pequeño Holman fueron las primeras en notar algo verdaderamente siniestro en la actitud de este joven. Cada vez que llegaba una notificación o algún vecino compartía un rumor sobre el posible paradero del niño, Edward miraba su pantalla y se reía de forma burlona, demostrando una total falta de empatía y desconexión con la realidad de lo que estaba sucediendo.
Para entender el papel de Edward en esta historia, es vital observar la dinámica de esta familia ensamblada. Oldman Gaitán, el padre, tuvo en su juventud una relación con Ana Gisel Gallegos, de la cual nacieron una niña y Edward. Tras la separación, los hijos quedaron bajo la tutela del padre, quien posteriormente formó una nueva familia con Martha. De esa unión nació Holman en 2017. Vistos desde el exterior, los Gaitán proyectaban la imagen de una familia unida, pero de puertas para adentro la realidad era mucho más oscura. Edward, quien estudiaba ingeniería en Managua y trabajaba como mesero para pagarse la carrera, albergaba un profundo resentimiento. Confesó a sus allegados que no sentía cariño por su madrastra y percibía que el pequeño Holman era el símbolo de todo lo que sentía que le había sido arrebatado en términos de atención y afecto familiar. El rencor y los celos se habían acumulado silenciosamente durante años, creando una bomba de tiempo lista para explotar en el interior de un joven al que muchos consideraban educado y pasivo.
El lunes 19 de agosto, 22 horas después del inicio de la pesadilla, la investigación dio un giro definitivo. La policía regresó a la vivienda para inspeccionar cada rincón. Al llegar a la puerta de Edward, el joven se negó rotundamente a abrirla. En una situación donde la vida de un niño de siete años estaba en juego, esta negativa fue la bandera roja definitiva. Los oficiales, haciendo caso omiso a las protestas del muchacho, forzaron la entrada y comenzaron a registrar el dormitorio. Lo que hallaron paralizó el corazón de todos los presentes y enlutó para siempre al país entero.
Debajo de la cama de Edward se encontraba una bolsa negra de plástico. Al abrirla, los oficiales descubrieron el cuerpo sin vida del pequeño Holman. El horror no radicaba únicamente en el asesinato en sí, sino en el hecho de que durante toda la noche anterior, mientras sus padres lloraban y el pueblo buscaba sin descanso, Edward había dormido plácidamente en su cama, justo encima del cadáver de su hermanito.
Tras el macabro hallazgo, Edward fue detenido de inmediato, manteniendo en todo momento una actitud desafiante y lejana. Las investigaciones y su posterior confesión revelaron la cruda y premeditada naturaleza del parricidio. El crimen no había sido un arrebato impulsivo de furia. Días antes, el joven había guardado una pesada piedra en su cuarto, esperando pacientemente su oportunidad. Aprovechando el breve descuido de su padre y su madrastra, llamó a Holman desde la puerta. El niño, confiando plenamente en su hermano mayor, entró a la habitación.

Una vez dentro, Edward cerró la puerta con llave. Tomó la roca y golpeó brutalmente al pequeño en la cabeza, haciéndole perder el conocimiento al instante. Para evitar cualquier sonido, le tapó la boca y, con sus propias manos, estranguló al niño hasta asfixiarlo por completo. La autopsia revelaría más tarde que el proceso de estrangulamiento requirió tiempo y un esfuerzo físico sostenido, tiempo en el que Edward tuvo múltiples oportunidades para detenerse, recapacitar y salvar la vida de Holman. Pero no lo hizo. Posteriormente, cubrió el rostro del menor con una camisa, lo envolvió en bolsas plásticas, lo escondió bajo su cama y salió a fingir normalidad. Su macabro plan original consistía en deshacerse del cuerpo en las laderas de la Laguna de Apoyo durante la madrugada, pero la masiva movilización ciudadana y la vigilia comunitaria frustraron sus intenciones.
El juicio en contra de Edward Enrique Gaitán dio inicio el 25 de septiembre de 2024. Fue en ese estrado judicial donde, por primera vez, el joven mostró signos visibles de arrepentimiento. Con lágrimas cayendo por su rostro y la voz quebrada, se declaró culpable expresando: “Me siento profundamente arrepentido por lo que he cometido, me equivoqué”. Sin embargo, el daño ya era irreparable.
La fiscalía actuó con firmeza implacable, destacando tres agravantes contundentes: la alevosía extrema al aprovecharse de la confianza de un niño que lo veía como un protector, la evidente vulnerabilidad de la pequeña víctima de 7 años frente a un adulto de 21, y la crueldad del método empleado, el cual demandó tiempo y una clara intención de matar. Se demostró que el joven operó con pleno uso de sus facultades mentales, desechando cualquier justificación relacionada con el estrés universitario o la depresión económica. El 1 de octubre, el sistema judicial nicaragüense dictó su sentencia: cadena perpetua revisable. Edward pasará al menos los próximos 30 años de su vida tras las rejas del sistema penitenciario Jorge Navarro, conocido como “La Modelo”, antes de tener siquiera la posibilidad de apelar.
Hoy, la comunidad de Catarina intenta sanar una herida profunda que dejó secuelas psicológicas severas, especialmente en los niños del barrio que quedaron traumatizados por la traición que presenciaron. La familia Gaitán quedó completamente destruida en todos los sentidos posibles; perdieron trágicamente a su luz más brillante y, al mismo tiempo, perdieron a su hijo mayor frente a las sombras de la maldad pura. Este espeluznante caso permanece como un oscuro y doloroso recordatorio de que los monstruos no siempre se ocultan en las calles oscuras o en personas desconocidas, a veces, duermen a nuestro lado, sentados a nuestra propia mesa y bajo el mismo techo.