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El inesperado reconocimiento de Washington: ¿Por qué el gobierno de Trump tuvo que admitir que México impresiona?

Lo que acaba de ocurrir en una sala del Congreso de los Estados Unidos marca un punto de inflexión absoluto. Durante meses, la conversación pública sobre la relación entre México y su vecino del norte estuvo dominada por una narrativa clara: México estaba fallando, México necesitaba supervisión externa y la soberanía era, según algunos, un estorbo para la seguridad regional. Sin embargo, el 3 de junio de 2026, el secretario de Seguridad Interior de Estados Unidos, Markin Mullin, pronunció una frase que ha dejado a Washington tambaleándose y que, curiosamente, ha desmoronado la estrategia de quienes apostaban por el fracaso del país.

Mullin, un exluchador profesional convertido en político, es uno de los rostros más cercanos a la línea dura de la administración de Donald Trump. No es, ni de lejos, un aliado histórico de la llamada Cuarta Transformación. Es, en esencia, un hombre del aparato de seguridad republicano, alguien que llegó a su cargo con la misión de imponer mano dura. Su testimonio ante la Cámara de Representantes no fue un gesto de cortesía diplomática, sino una constatación forzada por los hechos. Al relatar su reciente visita a la Ciudad de México y su reunión en Palacio Nacional con la presidenta Claudia Sheinbaum y su gabinete de seguridad, Mullin confesó ante los legisladores: “Nos ha impresionado”.

Esta declaración es demoledora porque dinamita la base del discurso intervencionista que se había intentado instalar semanas atrás. Donald Trump había amenazado, con su estilo característico, con acciones terrestres en territorio mexicano si el país no se subordinaba a sus exigencias. La nueva estrategia antiterrorista de la Casa Blanca había puesto a los cárteles en la cima de sus prioridades, abriendo peligrosamente la puerta a operaciones unilaterales. Frente a ese escenario de ruido, amenaza y prepotencia, la presidenta Sheinbaum eligió un camino distinto: la respuesta basada en datos, principios y una serenidad inquebrantable.

La clave de este cambio no reside en la magia, sino en los resultados concretos que se presentaron sobre la mesa. El gobierno de Sheinbaum ha reportado avances medibles: una reducción cercana al 50% en los homicidios dolosos en comparación con el inicio del sexenio, el desmantelamiento masivo de laboratorios clandestinos y una disminución en el flujo de fentanilo hacia el norte, algo que las autoridades estadounidenses ya han empezado a notar en la baja de muertes por sobredosis. Cuando un secretario de la administración Trump admite frente a su propio Congreso que México ha cooperado más que nunca, no lo hace porque le guste hacerlo; lo hace porque las cifras son irrefutables.

Un punto crucial que merece toda nuestra atención es la manera en que se ha gestionado esta cooperación. Durante su reunión en Palacio Nacional, la presidenta Sheinbaum fue transparente y directa con Mullin: le dejó claro que las operaciones conjuntas dentro del territorio nacional son inconstitucionales. No hubo espacio para la ambigüedad, pero tampoco para el conflicto innecesario. Sheinbaum ha definido su política exterior bajo el concepto de “coordinación sin subordinación”. Esto significa que México coopera, comparte inteligencia y coordina esfuerzos, pero bajo ninguna circunstancia permite que una potencia extranjera dicte qué ocurre en su suelo.

Lo que parecía un planteamiento idealista se ha validado en la práctica. Al final de su intervención ante el Congreso, Mullin dejó una frase que debería quedar grabada: “Ellos creen en su soberanía y nosotros tenemos que respetar eso”. Es precisamente esa soberanía la que, durante meses, fue atacada por sectores de la oposición mexicana que viajaron al extranjero a pedir sanciones y a alimentar la idea de que México necesitaba una intervención. Hoy, la realidad les responde con la boca de uno de los suyos. Washington no premió a quienes fueron a quejarse, terminó reconociendo a quien defendió la casa desde adentro.

Es fundamental no caer en el triunfalismo ni pintar la realidad de color de rosa. El mismo Mullin repitió en la audiencia señalamientos duros sobre la influencia de las organizaciones criminales en la frontera, calificándolas de altamente sofisticadas. El elogio vino acompañado de presión, lo que los analistas llaman “elogios circulares”: te reconozco lo que haces bien, pero te sigo exigiendo lo que aún falta. Sin embargo, esto le da aún más valor al reconocimiento. Nadie regala elogios a su adversario sin un motivo poderoso. Ese motivo son los hechos.

La serenidad de la presidenta Sheinbaum ante este episodio ha sido ejemplar. Cuando se le preguntó por las palabras del funcionario estadounidense el 4 de junio, no intentó sacar ventaja política ni buscar pleito. Simplemente reconoció el hecho y continuó con su agenda de trabajo. Entendió, con cabeza fría, que la mejor manera de gobernar y de proteger a la nación no es gritando más fuerte que el vecino, sino demostrando con resultados diarios que el país funciona y que mantiene su dignidad intacta.

Esta victoria, si se le puede llamar así, es un golpe de autoridad que demuestra que la diplomacia basada en la integridad territorial y el respeto mutuo es efectiva. Si México hubiera reaccionado con sumisión, las exigencias habrían sido infinitas. Si hubiera reaccionado con descontrol, se habría justificado la narrativa intervencionista. Al responder con datos y firmeza soberana, el gobierno mexicano ha logrado algo que hace apenas unos meses parecía imposible: que quien amenazaba con bombardeos ahora tenga que reconocer, ante su propio pueblo, que nuestro país merece respeto.

La relación bilateral con Estados Unidos entrará pronto en una nueva etapa, con reuniones de seguridad programadas para este mes de junio. Las presiones no desaparecerán mágicamente; Trump seguirá siendo Trump y las exigencias continuarán. Pero hay algo que ya ha quedado registrado en los archivos históricos del Congreso estadounidense: una alta instancia del poder en Washington admitió que el México actual es un país que impresiona por su capacidad de defenderse a sí mismo sin arrodillarse. Y esa verdad, una vez dicha, es imposible de borrar. Al final del día, la soberanía no es un capricho ni un discurso vacío; es la base sobre la cual se construye el verdadero respeto entre naciones iguales. México ha demostrado que, con seriedad y estrategia, es posible navegar la tormenta y salir, incluso, con el reconocimiento del que antes nos miraba desde la prepotencia.

Bienvenido otra vez. Lo que acaba de ocurrir en una sala del Congreso de los Estados Unidos cambia por completo el tono de la conversación que durante meses se intentó imponer sobre nuestro país. Y conviene que lo escuchen aquí con calma y con las palabras exactas, porque la dimensión real de este momento no se la van a contar igual en otro lado.

 El secretario de seguridad interior de los Estados Unidos, Markin Mullin, el funcionario que encabeza una de las dependencias más poderosas del gobierno de Donald Trump, se presentó ante los legisladores de la Cámara de Representantes el 3 de junio de 2026 y pronunció una frase que muchos en Washington habrían preferido no escuchar.

 Habló de la presidenta Claudia Shane Baum y de su gabinete y dijo textual que habían quedado impresionados. Quédense conmigo porque esto que parece una simple declaración diplomática es en realidad el desmoronamiento de una narrativa que llevaba semanas repitiéndose, la de que México no estaba cumpliendo, la de que hacía falta que alguien viniera de afuera a poner orden, la de que nuestra presidenta no daba el ancho frente al crimen organizado.

 Vamos a los hechos porque aquí no venimos a inventar nada. Markin Mulling no es un personaje menor, es un exluchador profesional convertido en político. Llegó al frente del departamento de seguridad interior en marzo de este año en sustitución de Cristi Noem y forma parte del círculo de funcionarios más cercanos a la línea dura de la Casa Blanca.

 Es decir, no estamos hablando de un aliado de México ni de alguien con simpatías hacia la cuarta transformación. Estamos hablando de un hombre del aparato de seguridad de Donald Trump, declarando bajo el escrutinio del Congreso de su propio país. Y este es el contexto que vuelve tan demoledora su declaración. Apenas unas semanas antes, el 21 de mayo, Mullin había viajado a la Ciudad de México.

 Se reunió en Palacio Nacional con la presidenta Shain Bundown y con el gabinete de seguridad. Llegó, como llegan casi siempre los funcionarios estadounidenses, a pedir que México reforzara sus acciones contra las organizaciones criminales. Llegó con la actitud de quien viene a supervisar y se fue, según sus propias palabras pronunciadas semanas después, impresionado.

 En la audiencia ante la Cámara de Representantes, Mully lo planteó así. dijo que acababa de regresar de la Ciudad de México, donde se había reunido con la presidenta Shane Baown y con miembros de su gabinete para hablar de la cooperación bilateral y que tenía que reconocer que habían quedado impresionados, pero no se detuvo ahí. Agregó algo que tiene un peso político enorme dentro de los Estados Unidos.

dijo que el gobierno mexicano había cooperado mucho, mucho más que la administración anterior y luego soltó la frase que define todo este episodio. Aún así, dijo, “Ellos creen en su soberanía y nosotros tenemos que respetar eso.” Detengámonos en esa última palabra porque ahí está el corazón del asunto, soberanía.

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