CABINHO: CONFESÓ LA TRAGEDIA QUE VIVÍA A SUS 77 AÑOS EN BRASIL
Hay una fotografía de los años 80 que circula entre los aficionados al fútbol mexicano de cierta edad. Una foto en color desteñido, de las que tienen ese tono cálido que las fotos digitales nunca van a poder replicar. En la foto hay un hombre con la playera verde y blanca del América con el número 10 en la espalda corriendo con el balón en un estadio lleno.
La gente que reconoce esa foto reacciona de maneras que dicen mucho sobre lo que ese hombre fue para el fútbol mexicano. Los de cierta edad lo reconocen de inmediato y algo en su cara cambia. Una especie de luz, el tipo de reacción que produce el recuerdo de algo que fue muy bueno y que ya no está. Los más jóvenes preguntan quién es y cuando les dicen el nombre, la respuesta que dan dice todo sobre lo que el tiempo hace con los jugadores que el sistema deja atrás. El nombre es Cabiño.
Carlos Roberto Dos Santos Cabral, conocido en todo el mundo del fútbol como Cabiño, nació el 12 de mayo de 1955 en Sao Paulo, Brasil. Hoy tiene 70 años y lo que México le hizo después de que le dio todo lo que tenía para dar es una historia que hay que contar completa con los años buenos y con lo que vino después.
Porque México amó a Cabiño mientras le fue útil y después de eso México hizo lo que siempre hace con los que ya no le sirven. Lo olvidó. Cabiño llegó a México en 1981. Tenía 26 años. Venía de Brasil con una reputación que en el mundo del fútbol latinoamericano pesaba de una manera específica. Era un jugador formado en la escuela brasileña con el toque y la visión que ese fútbol produce cuando se hace bien.
Un mediocampista con capacidad de creación, de esos que pueden ver el pase que el resto del equipo todavía no vio, que reciben el balón con los pies, pero también con la cabeza ya puesta en lo que viene después. El Club América lo contrató, el equipo más grande de México, el del Estadio Azteca, y las finales ganadas y la historia que todo aficionado al fútbol mexicano conoce de memoria.
Cuando el América contrata a alguien, ese alguien llega con el peso de la expectativa que ese nombre genera. Cabiño cumplió esa expectativa y la superó. Los primeros años de Cabiño en México fueron de los que los aficionados de esa generación describen con el tipo de detalle que solo se guarda de las cosas que importaron de verdad, el toque, la visión, la manera en que se movía entre los defensas rivales con esa tranquilidad del que tiene tiempo cuando el tiempo se acabó para todos los demás.
Los goles que llegaban desde lugares donde los mediocampistas no suelen llegar, las asistencias que dejaban al delantero solo frente al portero, de maneras que parecían imposibles porque el pase salía de ángulos donde el espacio parecía cerrado. El fútbol mexicano en los años 80 tenía un nivel que hoy se discute con nostalgia.
Había calidad, había personalidades, había jugadores que llenaban el Azteca porque la gente quería verlos en particular, no solo al equipo en general. Cabiño era uno de esos jugadores. Su nombre en el cartel era una razón para ir al estadio. Ganó títulos con el América, campeonatos de liga que el América celebra en su historia oficial y que los aficionados americanistas de esa generación llevan como parte de la identidad que tiene el equipo más polémico del país.
Cabiño fue parte de esas victorias de una manera que sus compañeros de esa época todavía reconocen cuando hablan de ese periodo. Después del América vinieron otros equipos mexicanos. El fútbol mexicano, cuando tiene a un jugador que funciona bien, tiende a querer seguir usándolo aunque los años pasen y las condiciones cambien.
Cabiño siguió en la Liga Mexicana más allá del América, en equipos que querían aprovechar el nombre y la calidad que todavía tenía. Y mientras estuvo en condiciones de jugar al nivel que el fútbol mexicano requería, el fútbol mexicano lo quiso. El problema llegó cuando las condiciones cambiaron, cuando el cuerpo de un jugador que llevaba décadas en el deporte empezó a imponer las condiciones que los cuerpos imponen con el tiempo, cuando la velocidad, que a los 26 años era suficiente para marcar diferencias ya no era la misma a los 34 o a los 35,
cuando las lesiones que se acumulan en una carrera larga empezaron a cobrar lo que cobran. Eso también es parte de la historia. Cabiño siguió en México más tiempo del que su carrera en el nivel más alto podía sostenerse. Y en esos años finales, en los equipos de segunda línea que lo contrataban, porque el nombre todavía tenía un valor que el rendimiento ya no siempre justificaba, fue siendo lo que el sistema deja que sean los extranjeros que vinieron a México a dar su mejor momento y que cuando ese momento pasó siguieron aquí
porque aquí habían construido su vida. construyó su vida en México. Eso hay que decirlo porque es parte central de la historia. Cabiño no volvió a Brasil cuando terminó su carrera como futbolista. Se quedó, formó familia aquí. Sus hijos son mexicanos. Echó raíces en un país que no era el suyo de la manera en que las personas echan raíces.
con los hijos que nacen aquí, con los amigos que se forman aquí, con la vida cotidiana que transcurre aquí y que con el tiempo se vuelve más familiar que el lugar de donde uno vino. Esa decisión de quedarse, que en el momento de tomarla probablemente pareció natural dado el tiempo que ya llevaba en México, tuvo consecuencias que en los años siguientes fueron difíciles, porque cuando Caviño terminó su carrera como jugador, el fútbol mexicano que lo había contratado ya no lo necesitaba.
Los contratos de jugador se terminan con la carrera. El salario que permite un cierto nivel de vida se termina con los contratos. Y el extranjero que construyó su vida en México, pero que no tiene la estructura de seguridad social y de pensión que un trabajador mexicano con décadas de empleo formal tiene, queda en una situación que los que están adentro del negocio del fútbol raramente anticipan mientras están adentro.
Cabiño pasó por eso. Los reportes de sus dificultades económicas en los años posteriores a su carrera llegaron a los medios mexicanos de manera intermitente con la cobertura que los medios dedican a los exfutbolistas en apuros. Un artículo aquí, una entrevista allá, el tipo de cobertura que produce en el lector, un momento de tristeza y después nada más porque la noticia siguiente ya está esperando.
Vivió en condiciones que para alguien que había llenado el Azteca como jugador del América eran impensables cuando estaba en la cima. Dificultades para pagar la renta, dependencia de la generosidad de personas que lo conocían del mundo del fútbol y que a veces aparecían con algo de ayuda. La vida del que fue alguien importante y que después tiene que encontrar la manera de seguir siendo alguien sin la plataforma que lo hacía alguien.

Hay algo en la historia de Caviño que a mí me parece la parte más asquerosa y que raramente se dice con esta claridad. El club América, el equipo que más se benefició de los mejores años de cabiño, el que ganó los títulos con él en el campo y que usó su nombre durante años para llenar el Azteca, no construyó ningún sistema que protegiera a ese jugador cuando terminara su carrera.
Eso no es exclusivo del América ni del fútbol mexicano. Es el modelo que la industria del fútbol aplicó durante décadas en todo el mundo. Los jugadores son recursos mientras producen y son problema suyo cuando dejan de producir. Los contratos de jugador no incluyen pensiones. La seguridad social del fútbol profesional en México de los años 80 era mínima y los extranjeros que jugaban en la Liga Mexicana tenían aún menos protección que los nacionales, porque sus vínculos con el sistema de seguridad social mexicano dependían de
cómo habían sido estructurados sus contratos, que en muchos casos no era de la manera que más los protegía. Cabiño contribuyó a la riqueza del América, a la riqueza del fútbol mexicano de los años 80, a los boletos vendidos y a los derechos de televisión y a todo lo que el negocio del fútbol profesional produce cuando tiene jugadores que la gente quiere ver.
Y cuando esa contribución terminó, el sistema que la había recibido no devolvió nada proporcional. Eso es asqueroso y hay que decirlo así. El fútbol mexicano tiene esa deuda con Cabiño y con otros extranjeros que vinieron a dar sus mejores años y a los que el sistema dejó ir sin construir nada para el futuro. Hay algo que ocurrió en los últimos años que tiene que contarse porque cambia ligeramente el final de esta historia, aunque no cambia el hecho de que el final llegó mucho más tarde de lo que debería haber llegado. El Club América y
otros actores del fútbol mexicano hicieron gestos de reconocimiento hacia cabiño, apariciones en eventos del club, presencias en aniversarios. El tipo de actos públicos que los clubes hacen con sus leyendas y que tienen un valor real, aunque sean también relaciones públicas. Eso ayudó.
No resolvió lo que años de dificultad económica habían complicado, pero ayudó. Le devolvió algo de la visibilidad y del reconocimiento que habían desaparecido cuando el contrato terminó. Los aficionados americanistas que lo vieron en los años 80, los que hoy tienen 50 y pico de años y que llevan décadas siendo aficionados del América, lo recibieron con el afecto que se reserva para los que formaron parte de algo bueno que uno vivió.
Ese afecto es real y produce algo en cabiño que las entrevistas que ha dado en los últimos años muestran claramente la gratitud del que fue amado y que después de años difíciles vuelve a sentir algo de ese amor todavía presente. Pero esa gratitud tiene también algo de tristeza cuando se mira desde afuera.
Porque la pregunta que uno no puede dejar de hacerse es por qué esa gratitud tuvo que ser rescatada de los años difíciles en lugar de haber sido construida como una continuidad natural desde el final de la carrera. ¿Por qué el reconocimiento llegó cuando llegó en lugar de haber estado presente desde el principio? La respuesta es la que ya conocemos de estas historias, que el sistema del fútbol no construye la gratitud de manera institucional, la construye de manera reactiva cuando la presión pública o la presión interna del club la hace necesaria. Y esa
reactividad siempre llega después de que el daño ya está hecho. Quiero hablarle de lo que fue Cabiño dentro del campo de manera más específica, porque la historia de sus dificultades económicas tiende a dominar la cobertura más reciente y eso produce una imagen incompleta del jugador que fue. En los años 80, el fútbol mexicano tenía un nivel de calidad que el debate histórico sobre los méritos de diferentes épocas tiende a simplificar.
Había jugadores extranjeros de calidad real, había jugadores mexicanos que en ese contexto se desarrollaron mejor de lo que se habrían desarrollado sin esa competencia. Y había un ambiente en los estadios que producía el tipo de fútbol que la gente recuerda con emoción. Cabiño fue una de las piezas que hicieron que ese periodo fuera lo que fue.
Su contribución al América de los años 80 fue real y documentada en los títulos que ese equipo ganó. La manera en que jugaba, con esa facilidad aparente que produce el fútbol brasileño cuando es bueno, marcó a los jugadores mexicanos que compartieron campo con él y que aprendieron algo de su manera de entender el juego. Esa influencia, la del jugador extranjero que eleva el nivel de los que lo rodean, simplemente con su manera de jugar, es una de las contribuciones menos visibles, pero más reales, que los buenos importados dan al fútbol de los países donde juegan. Los
jóvenes mexicanos que jugaron al lado de Cabño en el América aprendieron sobre el control, sobre la visión, sobre la manera de recibir el balón con el cuerpo orientado hacia dónde va a ir el siguiente movimiento, con la proximidad de alguien que lo hacía bien y que hacía que hacerlo de otra manera pareciera torpe.
Ese aprendizaje no tiene registro, pero existió y fue parte de lo que Cabiño dio al fútbol mexicano, además de los goles y las asistencias que sí están en los libros. Hay algo sobre Brasil y sobre la manera en que Brasil produce futbolistas que ayuda a entender lo que Cabiño traía consigo cuando llegó a México. La escuela de fútbol brasileña de los años 70 y 80 estaba en uno de sus mejores momentos históricos.
Brasil había ganado tres mundiales entre 1958 y 1970, el último con el equipo de Pelé que muchos consideran el mejor que el fútbol mundial ha producido y la manera en que ese fútbol se jugaba había dejado una marca en toda una generación de futbolistas brasileños que habían crecido viendo ese estilo y que en sus academias de fútbol trataban de replicarlo.
El estilo brasileño de esa época tenía características que el mundo del fútbol reconocía como propias. El dominio del balón, la capacidad de crear en espacios pequeños, la disposición a intentar soluciones técnicas donde otros optarían por la solución más simple. Jugadores que habían crecido jugando fútbol en la calle, en los campos de tierra de las ciudades brasileñas, donde el balón se maneja de una manera que el entrenamiento formal en superficies perfectas no siempre produce.
Cabiño era producto de esa escuela. Cuando llegó a México traía consigo décadas de fútbol brasileño absorbido desde chico, primero en la calle y después en los clubes. Y ese bagaje técnico era el que los aficionados americanistas vieron cuando Cabiño jugaba y que los hacía levantarse del asiento cuando el balón llegaba a sus pies en una posición donde parecía no haber nada que hacer.
Siempre había algo que hacer. Eso es lo que caracterizaba a los buenos jugadores de esa escuela. Quiero cerrar con algo sobre Cabiño y México, que creo que resume la historia mejor que cualquier análisis. Cabiño eligió México, no de manera pasiva, no porque fuera el único lugar que le ofrecía trabajo. Eligió quedarse aquí cuando pudo haber vuelto a Brasil.
Eligió construir su vida aquí con la convicción del que sabe que este es su lugar, aunque haya nacido en otro. Esa elección dice algo sobre México, que a veces México no se dice a sí mismo con suficiente frecuencia, que hay algo aquí que hace que personas que vinieron de otro lado decidan quedarse, que el país tiene una manera de incluir a los que llegan, de hacerlos sentir parte de algo que con el tiempo produce raíces reales.
Cabiño echó raíces aquí, sus hijos son de aquí, su vida cotidiana, con sus dificultades y con sus alegrías transcurrió aquí durante décadas. Y México le respondió a esa elección con el ciclo que ya conocemos de estas historias. Lo amó cuando fue útil, lo usó mientras pudo usarlo y después lo dejó con las dificultades que dejan los que no construyen nada para el futuro porque nadie les ayudó a construirlo.
La parte asquerosa de esta historia tiene 70 años. El mismo hombre que llenó el Azteca con el número 10 americanista en la espalda, que metió goles y dio asistencias y ganó campeonatos que el América celebra en su historia oficial, tuvo que atravesar años de dificultad económica en el país que eligió como hogar.
Eso es lo que México le hizo a Cabiño y eso es lo que México le hace a muchos de los que vinieron a darle lo mejor que tenían. El video de 1000 máscaras está en la pantalla semana pasada. Otra historia de alguien que dio lo que tenía y que el sistema devolvió menos de lo que correspondía. Se lo dejo ahí. Antes de que se vaya, quiero contarle con más detalle los años específicos de Cabiño en el América, porque esa historia tiene momentos que merecen más espacio del que les he dado.
El América de principios de los años 80 era un equipo que estaba construyendo su identidad como el más grande de México. Los años anteriores habían tenido sus campeonatos, pero también sus momentos de inconsistencia. La dirección del club a principios de los 80 decidió invertir en jugadores de calidad internacional y en construir un plantel que pudiera competir de manera sostenida en el más alto nivel del fútbol mexicano.
Cabiño fue parte de esa inversión y fue una inversión que rindió. Los campeonatos que el América ganó en los años donde Cabiño era parte central del equipo no fueron resultado del azar ni de la suerte de los momentos. fueron el resultado de un equipo que jugaba bien, que tenía calidad técnica real y que tenía en varios posiciones jugadores que marcaban diferencia.
Cabiño en la medio campo estaba en el centro de eso. La conexión entre el mediocampo y la delantera, que en el fútbol es muchas veces donde se ganan o se pierden los partidos, funcionaba mejor cuando Caviño era el que tomaba esas decisiones. Su visión del juego hacía que los delanteros recibieran el balón en condiciones mejores que las que producían los mediocampistas que tenían menos criterio.
Hay algo específico sobre cómo Cabiño recibía el balón que los que jugaron con él en esa época mencionan cuando se les pregunta sobre su juego. Decían que cuando Caviño recibía el balón, el equipo ganaba tiempo, que el balón en sus pies tenía una calidad de pausa que permitía al equipo reorganizarse, que los compañeros podían buscar su posición sabiendo que Cabiño iba a encontrar el momento correcto para el siguiente pase, que esa capacidad de administrar el balón, de no apresurarse cuando la situación no lo requería, era lo que más diferenciaba su
juego del de los mediocampistas que el fútbol mexicano producía en esa época. Esa descripción de su juego es la descripción del mediocampista formado en la escuela brasileña. El que entiende que tener el balón es ventaja y que perderlo innecesariamente es el error más caro que puede cometer un equipo. El que juega con la convicción de que el tiempo que el balón pasa en los pies propios es tiempo que el rival pierde tratando de recuperarlo.
Los títulos del América de esa época llevan el trabajo de cabiño adentro, aunque los goles que hicieron ganar los partidos decisivos a veces los hayan metido otros. Déjeme hablarle también de algo sobre la relación de Cabiño con los aficionados americanistas, que es parte de la historia y que dice algo sobre el fútbol mexicano como experiencia cultural.
Los aficionados del América tienen una relación con su equipo que los de afuera raramente entienden del todo. El América es el equipo más polarizante del fútbol mexicano, el que más aficionados tiene, pero también el que más detractores tiene, el que genera pasiones en ambos lados que van más allá de lo deportivo.
Para los aficionados americanistas, los jugadores que ganaron títulos con el club tienen un lugar especial en la memoria colectiva del equipo. Los que fueron parte de los equipos campeones son recordados con el cariño que se tiene por los que ayudaron a construir algo importante. Y Cabiño, que fue parte de varios de esos equipos campeones en los años 80, ocupa ese lugar en la memoria americanista.
Eso se vio cuando el América empezó a hacer gestos de reconocimiento hacia él en los últimos años. La recepción que los aficionados americanistas le dieron no fue la recepción fría del protocolo institucional, fue la recepción cálida del que está recibiendo alguien que fue parte de algo que uno ama. Los aplausos que tienen un sonido diferente al de la cortesía, la manera en que la gente que estaba en ese estadio en los años 80 de repente tiene 20 años menos en la cara porque algo del tiempo se acortó.
Eso también es parte del legado de Cabño en México, el lugar que ocupa en la memoria de los que lo vieron jugar y la consistencia de ese recuerdo décadas después de que los partidos terminaron. Quiero hablarle también de Brasil y de la relación que Cabiño mantuvo con su país de origen durante los años que vivió en México.
Brasil en los años 80 era un país que producía fútbol extraordinario, pero que en términos económicos y políticos estaba en un periodo de inestabilidad que hacía que la vida de un futbolista profesional en Brasil tuviera incertidumbres que en México no existían de la misma manera. La hiperinflación que afectó a Brasil en esa década hacía que los contratos de fútbol en dólares o en monedas más estables valieran muchísimo más en términos de poder adquisitivo real que los contratos en moneda local.
Eso fue parte de lo que atrajo a Cabiño y a otros futbolistas brasileños a México en esa época. México pagaba en una moneda más estable y en cantidades que permitían un nivel de vida que en Brasil habría requerido mucho más nombre y mucho más historial. Cabiño en México ganaba bien, vivía bien y eso reforzó la decisión de quedarse cuando la carrera terminó.
Porque volver a Brasil después de años de ese nivel de vida, a una situación económica que en Brasil era más complicada, no era una opción obvia. Se quedó en México y la vida que siguió tuvo las complicaciones que ya contamos. Hay algo sobre lo que significa ser extranjero en México, que forma parte de la historia de Cabiño y que raramente se analiza en este contexto.
México tiene una manera de recibir a los extranjeros que mezcla la calidez real con una distancia que puede hacerse sentir en los momentos donde el extranjero necesita la red de soporte que los nacionales tienen y que el extranjero no siempre tiene construida. Los que tienen familia aquí, los que formaron pareja con personas mexicanas y tienen hijos mexicanos, esos extranjeros tienen algo de esa red.
Los que no la tienen quedan más expuestos cuando las circunstancias se complican. Cabiño formó familia en México. Eso le dio parte de la red que los extranjeros solos no tienen. Pero los sistemas de seguridad social, los derechos laborales que se acumulan con años de trabajo formal, las pensiones que el sistema mexicano ofrece a los que cotizaron durante décadas, todo eso dependió de cómo habían sido estructurados sus contratos de futbolista en los años donde ganaba bien.
Y en el fútbol profesional mexicano de los años 80, la estructuración de los contratos no siempre priorizaba la protección futura del jugador, priorizaba lo que el jugador quería en ese momento, que era el máximo posible en el corto plazo, y la seguridad futura quedaba como un problema de después. El después llegó y trajo lo que trajo.
Eso también le ocurrió a Cabiño. La red que tenía en México, construida con la familia que formó aquí y con los amigos del mundo del fútbol que siguieron presentes, no fue suficiente para cubrir todo lo que los años de dificultad económica produjeron. Déjeme contarle algo más sobre los años del América de Cabiño, que completa el retrato del equipo y del jugador.
El técnico del América en los años de los grandes títulos era César Luis Menotti en una etapa y después otros entrenadores. Menotti, el argentino que había dirigido a Argentina al campeonato mundial de 1978, llegó al América con ideas muy específicas sobre cómo debía jugarse al fútbol. Ideas que privilegiaban la circulación del balón, la creatividad, el juego asociado sobre el fútbol directo y físico.
Esas ideas encajaban perfectamente con lo que Cabiño traía. El estilo de Cabño era exactamente el estilo que Menotti quería ver en su medio campo y la combinación del entrenador con la filosofía del juego construida y el jugador con la técnica para ejecutarla produjo un periodo donde el América jugó de la manera en que los grandes equipos juegan cuando todo está alineado.
Los títulos que vinieron en esos años no fueron accidente, fueron el resultado de una filosofía de juego aplicada con jugadores que la podían aplicar y Cabiño fue uno de los jugadores centrales en esa ecuación. Menoti habló de cabiño en alguna entrevista de esa época con el respeto que tienen los técnicos hacia los jugadores que hacen que sus ideas se vean en el campo de la manera que las imaginaron.
Dijo que era un jugador que entendía el juego de una manera que pocos mediocampistas tenían y que esa comprensión hacía que el equipo funcionara de manera diferente cuando él estaba en el campo. Ese tipo de testimonio de alguien que ganó un mundial y que después de esa experiencia eligió a Caviño como pieza central de su equipo, dice algo sobre el nivel que Cabiño traía.
El América lo supo mientras lo tuvo. El problema fue lo que hizo después de que ya no lo tuvo. Quiero añadir algo sobre la conversación que el fútbol mexicano raramente tiene sobre sus jugadores extranjeros y que la historia de Caviño debería forzar. El fútbol mexicano en las últimas cuatro décadas ha traído a muchos jugadores extranjeros de calidad, brasileños principalmente, pero también argentinos, colombianos, uruguayos, europeos.
Algunos vinieron jóvenes y se fueron antes de que la vida aquí se volviera permanente. Otros vinieron más mayores o se quedaron más tiempo y construyeron sus vidas aquí. Para los que construyeron sus vidas aquí, la pregunta de qué pasa cuando la carrera termina es una pregunta que el sistema del fútbol mexicano no ha respondido de manera satisfactoria en la mayoría de los casos.
Cabiño es el caso más conocido, pero hay otros jugadores brasileños que llegaron en los años 80 y 90 y que cuando el fútbol ya no los llamaba se encontraron con la misma situación. Años de contratos que pagaban bien, pero que no construían nada para el futuro. Familiares en Brasil o en otros países que con los años se habían distanciado y la vida cotidiana en México que seguía con las dificultades que la vida cotidiana tiene cuando el dinero de los contratos ya no llega.
El fútbol mexicano le debe esa conversación a esos jugadores, la conversación sobre qué mecanismos existen para que las personas que dieron sus mejores años al deporte aquí tengan algo de seguridad cuando esos años terminan. Esa conversación no ha ocurrido de manera sistemática. Ha habido gestos individuales como los del América con cabiño en los últimos años, pero los gestos individuales no son lo mismo que las políticas institucionales que garantizan que el problema no se repita.
Mientras esa conversación no ocurra, seguirá habiendo historias como la de Cabiño, jugadores que llenaron estadios y que años después tuvieron que depender de la generosidad individual de quienes los recordaban. Eso es lo asqueroso de esta historia y por eso había que contarla. Carlos Roberto Dos Santos Cabral, Cabiño, San Paulo, 1955, el 10 del América de los años 80, los títulos el Azteca lleno y después los años difíciles que México no debería haber dejado llegar.
70 años, la historia completa. El video de 1000 máscaras está en la pantalla, se lo dejo ahí. Quiero hablarle de algo que ocurrió en los últimos años que dice mucho sobre el aficionado mexicano y sobre lo que la memoria del fútbol hace cuando alguien toma la iniciativa de activarla. Cuando el América empezó a incluir a Cabiño en sus eventos de leyendas, la reacción en las redes sociales fue reveladora.
Los aficionados americanistas de la generación que lo vio jugar respondieron con una intensidad que sorprendió a los más jóvenes que no lo conocían. Los comentarios y las publicaciones de esa época, los que aparecieron en los días donde el nombre de cabño volvió a circular de manera más visible, tenían ese tono específico de los recuerdos que han estado guardados mucho tiempo y que cuando encuentran el canal para salir salen con una emoción que el tiempo no ha enfriado.
Hombres de 50 y pico de años describiendo el gol que Cabiño metió en una final de hace 40 años con el mismo detalle con que describirían algo que pasó la semana pasada. El número 10, el toque, la manera en que se movía en el campo, cosas que el cerebro guarda en los lugares donde guarda las experiencias que importaron de verdad. Ese tipo de recuerdo dice algo sobre lo que cabiño fue en el fútbol mexicano.
Los jugadores que llenan estadios son muchos. Los jugadores que quedan en la memoria de esa manera son muchos menos. Cabiño es de los segundos y el contraste entre esa presencia en la memoria y los años de dificultad económica que atravesó es lo que hace la historia más difícil de digerir.
Un hombre que ocupa ese lugar en la memoria de miles de aficionados tuvo que atravesar lo que atravesó. Un hombre cuya imagen produce esa reacción en los que lo vieron jugar, estuvo en las circunstancias que estuvo. Eso no suma de ninguna manera que sea confortable para el fútbol mexicano como institución.
Quiero hablarle de algo sobre la manera en que el fútbol brasileño de los años 70 y 80 exportaba jugadores que ayuda a entender el contexto más amplio de la historia de cabiño en México. Brasil en esa época era el exportador más grande de talento futbolístico del mundo, aunque esa dimensión de la industria todavía no era tan sistemática como lo sería en las décadas siguientes.
Los clubes europeos empezaban a interesarse en los jugadores brasileños de manera más organizada, pero muchos jugadores brasileños de calidad real terminaban en las ligas latinoamericanas porque el proceso de ir a Europa era más complicado y porque las ligas de México, Argentina y otros países de la región pagaban bien y ofrecían una continuidad que los clubes europeos no siempre garantizaban.
México en los años 80 era un destino atractivo para los jugadores brasileños de primer nivel. La liga era competitiva, los sueldos eran buenos en términos relativos y el idioma, aunque diferente, era suficientemente cercano para que la adaptación fuera manejable. Los jugadores brasileños que llegaban a México generalmente se adaptaban bien, porque el ambiente del fútbol latinoamericano tenía suficientes similitudes con lo que conocían para no sentirse completamente fuera de lugar.
Cabiño fue parte de esa migración de talento brasileño hacia México. Llegó con la misma motivación que los otros. El fútbol mexicano pagaba bien, ofrecía estabilidad y era un lugar donde un jugador con su calidad podía desarrollar su carrera en un contexto competitivo real.
Lo que lo diferenció de muchos de sus compatriotas fue quedarse. La mayoría de los brasileños que jugaron en México en los años 80 eventualmente volvieron a Brasil o se movieron a otros destinos. Cabiño eligió quedarse de una manera que con el tiempo fue siendo más permanente hasta que México fue su hogar. Esa elección repetida y confirmada a lo largo de los años fue también lo que hizo que las dificultades que vinieron fueran más complicadas de resolver.
Un brasileño en México, sin los vínculos laborales y sociales que protegen a los nacionales, sin la familia extendida que en Brasil habría podido ayudar en los momentos difíciles, tuvo que navegar esas dificultades con los recursos que tenía disponibles aquí. Y los recursos que tenía disponibles aquí dependían de la generosidad de las personas que lo recordaban del fútbol y de los lazos que había construido con su familia mexicana.
Eso a veces fue suficiente y a veces no. Quiero añadir algo sobre el estadio Azteca en los años 80 que pone en contexto lo que Cabiño representaba cuando el América lo ponía en el campo. El Azteca en esa época era el estadio más grande de México y uno de los más grandes del mundo. La capacidad que tenía entonces antes de las reformas que redujeron el aforo por razones de seguridad era de más de 100,000 personas.
Y cuando el América jugaba partidos importantes en ese estadio, la asistencia era de las que hacen que el ruido sea literalmente ensordecedor, que el suelo vibre, que la presión de tener 100,000 personas mirando lo que haces en el campo sea algo que los jugadores sienten físicamente. Cabiño jugó en ese ambiente regularmente como parte del equipo que esa gente iba a ver.
Y cada vez que recibía el balón en el centro del campo, con esa quietud que lo caracterizaba, con esa manera de tener tiempo cuando todos los demás lo habían perdido, algo en el Azteca respondía de la manera en que responden los estadios, cuando el jugador que tiene el balón puede hacer algo extraordinario con él.
Ese ambiente, esa presencia en el estadio más grande del país ante el equipo más popular del país es parte de lo que Cabiño vivió durante sus mejores años en México. Y la distancia entre eso y los años difíciles que vinieron después. Es la medida más honesta de lo que el sistema del fútbol mexicano hizo con él.
Llenó el Azteca y después el Azteca siguió sin él como si nada. Eso también es parte de la historia. Déjeme hablarle de algo sobre los hijos de Cabiño, que dice algo sobre la manera en que se construye una vida cuando uno viene de otro país y decide quedarse. Sus hijos crecieron en México, mexicanos de crianza, aunque con el apellido brasileño del padre, y con una historia familiar que tiene dos países adentro.
crecieron viendo a su padre ser un ídolo del fútbol mexicano en los años de gloria y después viendo las dificultades que vinieron. Esa experiencia de crecer viendo las dos caras de lo que es ser un exfutbolista famoso en un país que no es el de origen produce una perspectiva sobre el deporte y sobre el sistema que lo rodea, que los que crecieron en circunstancias más simples no tienen.
Los hijos de Cabiño conocen de primera mano lo que el fútbol da y lo que el fútbol no da, lo que los contratos cubren y lo que dejan sin cubrir, lo que la fama construye mientras dura y lo que queda cuando se va. Esa educación no voluntaria sobre el funcionamiento real del negocio del deporte es parte de lo que el sistema le pasó a la familia de Cabiño.
A él directamente con las dificultades económicas, a sus hijos indirectamente con la experiencia de ver esas dificultades desde adentro. Quiero cerrar esta parte de la historia con algo que ocurrió hace relativamente poco y que tiene el tipo de cierre que las historias difíciles a veces tienen si se les da suficiente tiempo.

En uno de los eventos donde el América reconoció a Cabiño como parte de su historia, el estadio donde se hizo el evento recibió a Cabiño de la manera en que los aficionados mexicanos reciben a sus ídolos cuando tienen la oportunidad de expresar lo que sienten. los aplausos. El nombre gritado, la manera en que los que estaban ahí querían que Cabiño supiera que lo que había hecho décadas antes todavía importaba, que todavía vivía en la memoria de los que lo habían visto, que el tiempo no había borrado lo que él había construido en ese estadio
con esa playera y ese número 10. Cabiño recibió eso con una emoción que los que estaban cerca de él esa noche describieron como la de alguien que lleva tiempo sintiéndose invisible y que de repente vuelve a ser visto. Eso también es parte de la historia. el final que llegó tarde, pero que llegó. El reconocimiento que debería haber estado presente como continuidad y que en cambio llegó como rescate.
La diferencia entre las dos cosas, entre la continuidad y el rescate es la medida de lo que el sistema le falló a Cabiño. Carlos Roberto Dos Santos Cabral. Cabiño, 70 años, el 10 del América, el brasileño que eligió México como hogar. La historia que México le debía y que hoy le contamos. El video de mil máscaras está en la pantalla.
Se lo dejo ahí. Suscríbase, active la campana. Hay algo que quiero contarles sobre lo que significa para un futbolista extranjero quedarse en México cuando la carrera termina, porque esa situación tiene matices que la historia de Cabiño ilustra de manera muy directa. Cuando un futbolista nacional termina su carrera en México, el país al que pertenece le ofrece una red mínima de seguridad que, aunque imperfecta, existe.
El sistema de seguridad social, la posibilidad de trabajar en el mundo del fútbol como entrenador o como director técnico de categorías inferiores con el respaldo de su nombre y su historia, los lazos familiares en la misma ciudad o en el mismo estado. Todo eso forma una red que no es perfecta, pero que está para el extranjero que se quedó.
Esa red tiene huecos que dependen de cómo fueron estructurados sus contratos y de los lazos que construyó durante los años de carrera. Cabiño construyó sus lazos, tiene familia aquí, tiene amigos del mundo del fútbol que no lo olvidaron. Y en los últimos años tiene también el reconocimiento institucional del América que tardó demasiado en llegar, pero que llegó.
Pero los años entre el final de la carrera y ese reconocimiento fueron años con los huecos de la red visibles, años donde la estructura de seguridad que el sistema debería haber garantizado desde el principio no estaba. Hay algo que me parece importante señalar sobre la diferencia entre los jugadores extranjeros que el fútbol mexicano importó en los años 80 y los que importa hoy.
Los de hoy tienen agentes profesionales que estructuran sus contratos con cláusulas de protección que en los años 80 prácticamente no existían. Tienen asesores financieros que desde el primer día les hablan sobre cómo administrar lo que ganan. tienen la experiencia de generaciones anteriores que aprendieron de la manera más dura lo que pasa cuando esas protecciones no existen.
Los de los años 80 llegaron en una época donde esa infraestructura de protección estaba apenas en sus primeras etapas de desarrollo en el fútbol latinoamericano. Las lecciones que los casos como el de cabiño deberían haber enseñado se aprendieron gradualmente y de manera incompleta. Eso no cambia lo que le pasó a Cabiño, pero ayuda a entender por qué pasó en el contexto de una industria que tenía los problemas que tenía en esa época.
Quiero hablarle también de algo sobre el fútbol mexicano que la historia de Cabiño y de otros jugadores extranjeros de su generación plantea de manera urgente. El fútbol mexicano se beneficia enormemente de los jugadores extranjeros que trae. Los buenos extranjeros elevan el nivel de la liga, hacen que los jugadores mexicanos que compiten contra ellos o que juegan a su lado se desarrollen mejor y atraen aficionados que quieren ver esa calidad en el campo.
La contribución de los extranjeros al fútbol mexicano es real y está documentada en los títulos y en los momentos memorables que esos jugadores ayudaron a producir. La pregunta que la historia de Cabiño plantea es, ¿qué devuelve el fútbol mexicano a cambio de esa contribución más allá del salario que se paga mientras dura el contrato? Los salarios son la parte del trato que se negocia y se paga.
Lo que queda sin negociar, lo que raramente se pone sobre la mesa en el momento del contrato, es la pregunta de qué pasa con el jugador extranjero que se queda en México y que cuando la carrera termina enfrenta, dificultades que el sistema podría haber anticipado, esa pregunta tiene respuestas posibles que el fútbol mexicano podría implementar.
Pensiones para los jugadores que pasaron un número mínimo de años en la liga. Fondos de apoyo para exjadores en dificultades administrados por los clubes o por la federación. Programas de reconversión profesional que ayuden a los futbolistas a construir una segunda carrera cuando la primera termina. Ninguna de esas cosas existe de manera sistemática en el fútbol mexicano.
Hay gestos individuales como los del América con cabiño. Hay acciones de clubes específicos con jugadores específicos que recuerdan o que tienen la presión pública suficiente para justificar la acción. Pero las políticas institucionales que garanticen que el problema no se repita no están. Y mientras no estén, seguirá habiendo historias como la de Cabiño, jugadores que dieron lo mejor que tenían, que llenaron estadios, que ganaron títulos y que después el sistema dejó atravesar años difíciles porque nadie había construido el mecanismo para que esos
años no llegaran. Eso también forma parte de la historia que hay que contar. Hay algo más sobre los años específicos de Caviño en el América que quiero añadir porque hay partidos concretos que los aficionados americanistas de esa época recuerdan y que muestran lo que Cabiño podía hacer cuando todo funcionaba.
Los clásicos contra Chivas de esa época eran eventos que paralizaban a México de la manera en que solo los clásicos de verdad parans. El América contra Chivas llena estadios, genera discusiones en las cantinas y en los trabajos durante semanas antes y después y produce una tensión específica que ningún otro partido en el calendario puede igualar.
En varios de esos clásicos de los años 80, Cabiño fue el hombre que la diferencia, el que en los momentos donde los partidos se ponen tensos y físicos y donde las individualidades tienen que aparecer para romper el equilibrio, aparecía con el toque que abría la situación. Hay un clásico en particular de principios de los 80 que los aficionados americanistas de esa generación mencionan cuando hablan de cabiño.
Los detalles varían según quien lo recuerda, porque así funciona la memoria del deporte, que guarda la emoción del momento con más precisión. que los detalles específicos, pero lo que no varía es la imagen central. Cabiño con el balón en el centro del campo, una salida en diagonal, un pase entre líneas que dejó al delantero del América solo frente al portero de Chivas. ¡Gol! América ganó.
El Azteca rugió. Esa imagen que puede ser de ese partido específico o de cualquiera de los varios partidos donde Cabiño hizo exactamente eso, es la que los aficionados americanistas guardan cuando guardan a Cabiño, la que produce la reacción que describí antes cuando alguien de 50 años ve esa fotografía con la playera americana y el número 10.
Eso es lo que fue cabiño en el fútbol mexicano y eso es lo que México le debía recordar de manera sostenida en lugar de que ese recuerdo dependiera de gestos institucionales tardíos. Usted que llegó hasta acá ya tiene la historia completa. El Sao Paulo de los años 50, donde nació Carlos Roberto Dos Santos Cabral, la escuela de fútbol brasileño que lo formó, el América de los años 80 que se benefició de lo mejor de esa formación, los campeonatos, el Azteca lleno y los años difíciles que México no debería haber dejado llegar. 70 años, la
historia completa, la que México le debía. El video de 1000 máscaras está en la pantalla. Suscríbase. La semana que viene, otra historia que tampoco se había contado así. Quiero contarle algo sobre la vida de Cabiño en los años recientes que completa el retrato del hombre detrás del futbolista. Cuando los periodistas deportivos mexicanos que cubrieron su historia en los años difíciles lo encontraron y lo entrevistaron, lo que describieron fue un hombre que mantenía una dignidad específica en las circunstancias en que
estaba, que hablaba de sus años en el América y de los títulos con el orgullo genuino del que sabe que lo que hizo fue real y que nadie puede quitarle, que reconocía las dificultades sin convertirlas en lamento público prolongado, que guardaba una gratitud hacia México que tenía todo el derecho de no guardar dado lo que México le hizo.
cuando ya no lo necesitaba, pero que guardaba de todas formas porque en México había construido su vida y porque Cabiño era ese tipo de persona. Esa dignidad en circunstancias difíciles dice más sobre el hombre que cualquier análisis de su carrera futbolística. Los jugadores que tienen todo y se comportan con dignidad no son raros.
Los que tienen muy poco y mantienen esa dignidad son los que revelan algo que va más allá del contexto. Cabiño fue de los segundos durante los años difíciles y eso también es parte de quiénes. Hay algo que los excompañeros de cabiño en el América de los años 80 dicen cuando se les pregunta sobre él que vale la pena contar.
Dicen que era buen compañero, no de la manera genérica en que todos los jugadores son buenos compañeros en las entrevistas de despedida, de la manera específica de alguien que dentro del vestuario era parte de la cohesión del grupo, que en el vestuario del América de esa época había jugadores de varios países, mexicanos y extranjeros, y que la manera en que ese grupo funcionaba como equipo dependía en parte de que las personas que lo formaban se llevaran bien más allá del campo.
cabiño, contribuía a eso con el carácter que tienen algunas personas que hacen que los grupos donde están sean mejores porque están ahí, no porque sean los más ruidos ni los más visibles, sino porque tienen una manera de tratar a los otros que produce una temperatura en el ambiente que es más fácil de sentir que de describir. Eso también es parte del legado de Cabiño en el América, la parte que no aparece en los carteles ni en las estadísticas, pero que los compañeros llevan.
Quiero añadir algo sobre lo que la historia de Cabiño dice sobre México como país de acogida, más allá del fútbol específicamente. México tiene una relación complicada con los extranjeros que vienen a vivir aquí. Por un lado, tiene una tradición de recibir a los que llegan buscando algo que su lugar de origen no puede darles.
El país dio refugio a los republicanos españoles que huían de Franco. Recibió a los exiliados latinoamericanos de las dictaduras de los años 70 y 80. Ha sido destino de migrantes de todas partes que encontraron aquí lo que buscaban. Por otro lado, el sistema legal y social de México no siempre facilita que los extranjeros que se quedan construyan la seguridad que los nacionales tienen de manera más automática, los trámites, la burocracia, las condiciones específicas de los contratos de trabajo.
Todo eso puede producir situaciones donde el extranjero que lleva décadas aquí tiene menos protecciones formales que un mexicano con la misma historia laboral. Cabiño vivió algo de eso, no porque México sea un país hostil con los extranjeros, que generalmente no lo es. sino porque el sistema que debería haberle garantizado seguridad después de décadas de contribución no estaba construido de la manera que lo necesitaba.
Esa brecha entre la calidez de la recepción individual y la frialdad del sistema formal es algo que México necesita cerrar de manera más sistemática. Y la historia de Cabiño es un ejemplo concreto de por qué esa brecha importa. Hay una última cosa que quiero decirle antes de cerrar. Cabiño tiene 70 años, está en México y a pesar de todo lo que pasó, cuando le preguntan si se arrepiente de haberse quedado, la respuesta que da es consistente con lo que ya conocemos de él.
Dice que México es su casa, que aquí están sus hijos, que aquí están sus amigos, que las dificultades que tuvo fueron lo que fueron, pero que la vida que construyó aquí fue la vida que eligió y que volvería a elegirla. Esa respuesta, dada por un hombre que tuvo todos los motivos para dar una respuesta diferente dice algo sobre el vínculo que México produce en las personas que lo eligen como hogar.
Un vínculo que sobrevive las dificultades, que sobrevive los años donde el sistema falló, que sobrevive todo porque está construido sobre cosas más profundas que los contratos y las pensiones y los sistemas de seguridad social. Eso también es México y Cabiño lo eligió de esa manera, con todo y las dificultades.
El América de los años 80 fue campeón con Caviño, el fútbol mexicano fue mejor con Cabiño y el México que él eligió como hogar le debe la gratitud y el reconocimiento que los años difíciles demostraron que no siempre tuvo. Eso es lo que había que decir. Y se dijo, “El video de 1000 máscaras está en la pantalla. Se lo dejo ahí.
Quiero cerrar con algo que conecta la historia de cabiño, con el tema más amplio que este canal ha ido construyendo video a video. Llevamos semanas contando historias de personas que el deporte mexicano usó y que el sistema dejó ir con menos de lo que merecían. Chávez, que llegó al fondo después de los años de gloria, Hernández el Matador, que terminó en Honduras, Zárate, que el boxeo mexicano olvidó antes de entenderlo, Cabiño, que construyó su vida aquí y que años difíciles esperó el reconocimiento que debería haber sido continuo.
Hay un patrón en todas esas historias que va más allá de las historias individuales. El deporte mexicano tiene una manera muy específica de tratar a sus grandes. Los ama mientras son grandes, los llena de atención y de afecto y de los aplausos que los estadios llenos producen. Y cuando los años pasan y los contratos terminan y el rendimiento ya no es el que llenaba los estadios, el sistema que los amaba con tanta intensidad se mueve hacia el siguiente nombre, con la misma eficiencia con que se movió hacia el anterior. Eso no es único de México. El
deporte en todo el mundo tiene esa tendencia porque el deporte es negocio y el negocio funciona con la lógica del momento, no con la lógica de la lealtad sostenida. Pero México tiene recursos para hacer las cosas diferente. Tiene la tradición cultural de honrar a los que dieron algo importante. Tiene la capacidad institucional para construir mecanismos de protección que garanticen que los grandes no terminen en las dificultades que terminaron Cabiño y los otros.
Lo que le ha faltado es la voluntad de convertir esa capacidad en política, de pasar del gesto individual tardío a la garantía institucional previa. Mientras eso no pase, las historias de este canal van a seguir siendo las historias de gente que mereció más de lo que recibió, que el sistema usó bien y devolvió mal. Cabiño es 70 años de esa historia.
El Sao Paulo de 1955, el número 10 del América, el título mexicano y los años difíciles que vinieron después. La historia completa, la única manera honesta de contarla, usted que llegó hasta acá ya la tiene y el video de 1000 máscaras está en la pantalla esperándole. Hay algo sobre la fotografía con que empecé este video que quiero recuperar antes de cerrar del todo.
La fotografía de cabiño con la playera del América, el número 10 en la espalda, corriendo con el balón en el Azteca lleno. Esa imagen existe en algún archivo fotográfico, en alguna caja de fotografías de algún aficionado americanista que la guardó hace 40 años. sin saber que la iba a guardar 40 años. Y cuando esa imagen circula entre los que lo recuerdan, produce lo que describí al principio.
La luz en la cara del que reconoce algo que fue importante, el silencio del que está procesando la distancia entre lo que fue y lo que vino después. Esa imagen es la medida de lo que Cabiño fue en el fútbol mexicano. No los artículos sobre sus dificultades económicas, no los gestos tardíos de reconocimiento institucional, la fotografía con la playera y el número 10 y el Azteca detrás.
Eso es lo que fue y eso es lo que México tiene que recordar de él. Las dificultades que vinieron después son la historia de lo que el sistema hizo mal. La fotografía es la historia de lo que cabiño hizo bien. Las dos son verdad. Las dos son parte del mismo hombre. Y contar solo una de las dos sería deshonesto con la historia completa.
Cabiño metió goles en el Azteca con la playera del América. México se lo agradeció mientras lo hizo y después el México institucional olvidó que tenía una deuda con ese hombre. hasta que la presión del tiempo y de los recuerdos de quienes lo amaban lo obligó a recordarla. 70 años, la historia completa. Carlos Roberto Dos Santos Cabral.
Cabiño, bienvenido a la conversación del fútbol mexicano que nunca debiste haber abandonado. El video de 1000 máscaras está en la pantalla. Se lo dejo ahí. Y una cosa más, antes de que se vaya. Si usted creció viendo al América en los años 80 y si el nombre Cabiño le dice algo que va más allá de las palabras, si al escuchar ese nombre hay un recuerdo específico de un partido o de un gol o de una jugada que el tiempo guardó con más detalle de lo que se esperaba, cuéntemelo en los comentarios.
Esos recuerdos son parte de la historia también, la que los aficionados llevan y que los archivos fotográficos no capturan del todo. La que construye la memoria colectiva de lo que fue el fútbol mexicano de esa época y de las personas que lo hicieron lo que fue. Cabiño es una de esas personas y su historia, con los años buenos y con los años difíciles, merece estar en la conversación de manera permanente, no solo cuando el reconocimiento tardío la activa.
Suscríbase si todavía no lo ha hecho. Active la campana. La semana que viene, otra historia de las que hay que contar así, completa con todo lo que tuvo de bueno y con todo lo que el sistema hizo mal, porque ese es el único tipo de historia que vale la pena contar. Carlos Roberto Dos Santos Cabral, 70 años, el 10 del América. La historia completa de lo que México le hizo y de lo que él eligió de México de todas formas.
Hay algo sobre este canal que quiero decirle ahora que llegamos a este punto de la historia. Llevamos semanas construyendo algo que va más allá de los videos individuales. Cada historia que contamos es también una pieza de una conversación más larga sobre lo que el deporte mexicano ha sido, sobre lo que ha producido y sobre lo que hace con lo que produce cuando ya no le resulta útil.
Chávez, Hernández, Zárate, El Perro Aguayo, Barrera, Morales, Lupe Pintor, 1000 Máscaras, Cabiño, todos ellos son parte de la misma conversación. La del deporte como espejo de algo más grande, la de lo que una sociedad decide recordar y lo que decide olvidar. La de los mecanismos que construye para honrar a los que contribuyeron algo real y los que no construye.
Esa conversación no termina con el video de hoy. Sigue la semana que viene y la siguiente y las que vienen después, porque hay más historias que merecen ser contadas con la misma honestidad. Cabiño es una de las que más me importaba contar, porque hay algo en la historia del extranjero que eligió quedarse y que el sistema dejó solo, que me parece la versión más desnuda de lo que le hacemos a las personas cuando ya no las necesitamos.
Ese algo es lo que quería dejarle hoy, lo que Cabiño representa más allá del fútbol, la pregunta sobre lo que le debemos a los que vinieron a dar lo mejor que tenían y que después el sistema abandonó. Esa pregunta no tiene respuesta fácil, pero hacerla es el principio de cambiar algo. Cabiño, 70 años. La pregunta que su historia le hace a México, la que había que hacer.
Usted que llegó hasta acá ya lleva esa pregunta. Y las respuestas que le vengan a la mente, las que el video activó, son también parte de la conversación que este canal quiere tener. El fútbol mexicano es grande, ha producido cosas extraordinarias y ha llevado a personas extraordinarias a lugares donde muy pocos llegan. Pero también ha fallado algunas de esas personas de maneras que hay que nombrar para que puedan cambiar.
Cabiño es uno de esos casos. Su historia contada completa como la contamos hoy es la evidencia de que algo en el sistema tiene que cambiar. Y el video de 1000 máscaras está en la pantalla esperándole. Otra historia. Otra persona que el sistema mexicano del deporte trató de maneras que merecen el análisis que les dimos. Se lo dejo ahí.
Vale la pena verlo. El número 10 americanista, el Azteca lleno. Los campeonatos de la década de los 80 que el América celebra en su historia oficial. Los goles que dejaron al portero rival mirando hacia dónde había ido el balón. Las asistencias que dejaron a los delanteros solos porque el pase salió de donde nadie esperaba que saliera, las décadas que siguieron con las dificultades que no deberían haber llegado y con el reconocimiento tardío que finalmente vino.
Los 70 años que cumplió en México, el país que eligió como hogar, aunque ese país no siempre estuvo a la altura de esa elección. Esa es la historia completa de Cabiño, la única manera honesta de contarla. Y hoy se contó. Suscríbase, active la campana. La semana que viene, otra historia de las que México no se ha contado a sí mismo con suficiente honestidad.
Hay historias que el deporte produce y que van más allá del deporte, las que hablan de lo que somos como sociedad cuando tenemos la oportunidad de tratar bien a los que nos dieron algo real y elegimos no hacerlo o hacerlo tarde o hacerlo menos de lo que correspondía. Las que muestran el espacio entre lo que prometemos y lo que cumplimos, entre el amor que expresamos cuando alguien nos es útil y el olvido que practicamos cuando ya no lo es.
La historia de Cabiño es una de esas. 70 años, el 10 del América, México como hogar elegido y todo lo que pasó entre el Azteca lleno y el reconocimiento tardío. Esa historia es la que contamos hoy. Y si algo de lo que escuchó le produce la incomodidad de saber que podría haberse evitado, esa incomodidad es exactamente la que tenía que producir, porque la incomodidad bien dirigida es lo que cambia las cosas.
Cabiño, 70 años. El deporte mexicano tiene una deuda con él, que este video intentó comenzar a saldar con lo único que puede saldarla, contando la historia verdadera. Carlos Roberto Dos Santos Cabral, nacido en Sao Paulo el 12 de mayo de 1955, llegado a México en 1981, campeón con el América, presente en el Azteca, llenando las gradas con lo mejor que el fútbol brasileño de esa generación tenía para dar, quedado en México cuando la carrera terminó, atravesado los años difíciles que el sistema no evitó, reconocido tardíamente
cuando la presión del tiempo y de quienes lo recordaban lo hizo posible, 70 años de esa historia y usted que llegó hasta el final la lleva ahora. Eso también importa. El video de 1000 máscaras está en la pantalla. Suscríbase, active la campana y gracias por quedarse hasta el final de esta historia.
Era la que había que contar hoy. La única que había que contar así, completa con todo lo que tuvo de bueno y todo lo que el sistema hizo mal, las dos juntas. Esa es la historia real de Cabiño. Eso es todo. Cabiño, 70 años. México como hogar, la historia completa y el número 10 americanista para siempre en la memoria de los que lo vieron jugar.