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CABINHO: CONFESÓ LA TRAGEDIA QUE VIVÍA A SUS 77 AÑOS EN BRASIL

CABINHO: CONFESÓ LA TRAGEDIA QUE VIVÍA A SUS 77 AÑOS EN BRASIL

Hay una fotografía de los años 80 que circula entre los aficionados al fútbol mexicano de cierta edad. Una foto en color desteñido, de las que tienen ese tono cálido que las fotos digitales nunca van a poder replicar. En la foto hay un hombre con la playera verde y blanca del América con el número 10 en la espalda corriendo con el balón en un estadio lleno.

 La gente que reconoce esa foto reacciona de maneras que dicen mucho sobre lo que ese hombre fue para el fútbol mexicano. Los de cierta edad lo reconocen de inmediato y algo en su cara cambia. Una especie de luz, el tipo de reacción que produce el recuerdo de algo que fue muy bueno y que ya no está. Los más jóvenes preguntan quién es y cuando les dicen el nombre, la respuesta que dan dice todo sobre lo que el tiempo hace con los jugadores que el sistema deja atrás. El nombre es Cabiño.

 Carlos Roberto Dos Santos Cabral, conocido en todo el mundo del fútbol como Cabiño, nació el 12 de mayo de 1955 en Sao Paulo, Brasil. Hoy tiene 70 años y lo que México le hizo después de que le dio todo lo que tenía para dar es una historia que hay que contar completa con los años buenos y con lo que vino después.

 Porque México amó a Cabiño mientras le fue útil y después de eso México hizo lo que siempre hace con los que ya no le sirven. Lo olvidó. Cabiño llegó a México en 1981. Tenía 26 años. Venía de Brasil con una reputación que en el mundo del fútbol latinoamericano pesaba de una manera específica. Era un jugador formado en la escuela brasileña con el toque y la visión que ese fútbol produce cuando se hace bien.

 Un mediocampista con capacidad de creación, de esos que pueden ver el pase que el resto del equipo todavía no vio, que reciben el balón con los pies, pero también con la cabeza ya puesta en lo que viene después. El Club América lo contrató, el equipo más grande de México, el del Estadio Azteca, y las finales ganadas y la historia que todo aficionado al fútbol mexicano conoce de memoria.

Cuando el América contrata a alguien, ese alguien llega con el peso de la expectativa que ese nombre genera. Cabiño cumplió esa expectativa y la superó. Los primeros años de Cabiño en México fueron de los que los aficionados de esa generación describen con el tipo de detalle que solo se guarda de las cosas que importaron de verdad, el toque, la visión, la manera en que se movía entre los defensas rivales con esa tranquilidad del que tiene tiempo cuando el tiempo se acabó para todos los demás.

Los goles que llegaban desde lugares donde los mediocampistas no suelen llegar, las asistencias que dejaban al delantero solo frente al portero, de maneras que parecían imposibles porque el pase salía de ángulos donde el espacio parecía cerrado. El fútbol mexicano en los años 80 tenía un nivel que hoy se discute con nostalgia.

 Había calidad, había personalidades, había jugadores que llenaban el Azteca porque la gente quería verlos en particular, no solo al equipo en general. Cabiño era uno de esos jugadores. Su nombre en el cartel era una razón para ir al estadio. Ganó títulos con el América, campeonatos de liga que el América celebra en su historia oficial y que los aficionados americanistas de esa generación llevan como parte de la identidad que tiene el equipo más polémico del país.

 Cabiño fue parte de esas victorias de una manera que sus compañeros de esa época todavía reconocen cuando hablan de ese periodo. Después del América vinieron otros equipos mexicanos. El fútbol mexicano, cuando tiene a un jugador que funciona bien, tiende a querer seguir usándolo aunque los años pasen y las condiciones cambien.

 Cabiño siguió en la Liga Mexicana más allá del América, en equipos que querían aprovechar el nombre y la calidad que todavía tenía. Y mientras estuvo en condiciones de jugar al nivel que el fútbol mexicano requería, el fútbol mexicano lo quiso. El problema llegó cuando las condiciones cambiaron, cuando el cuerpo de un jugador que llevaba décadas en el deporte empezó a imponer las condiciones que los cuerpos imponen con el tiempo, cuando la velocidad, que a los 26 años era suficiente para marcar diferencias ya no era la misma a los 34 o a los 35,

cuando las lesiones que se acumulan en una carrera larga empezaron a cobrar lo que cobran. Eso también es parte de la historia. Cabiño siguió en México más tiempo del que su carrera en el nivel más alto podía sostenerse. Y en esos años finales, en los equipos de segunda línea que lo contrataban, porque el nombre todavía tenía un valor que el rendimiento ya no siempre justificaba, fue siendo lo que el sistema deja que sean los extranjeros que vinieron a México a dar su mejor momento y que cuando ese momento pasó siguieron aquí

porque aquí habían construido su vida. construyó su vida en México. Eso hay que decirlo porque es parte central de la historia. Cabiño no volvió a Brasil cuando terminó su carrera como futbolista. Se quedó, formó familia aquí. Sus hijos son mexicanos. Echó raíces en un país que no era el suyo de la manera en que las personas echan raíces.

 con los hijos que nacen aquí, con los amigos que se forman aquí, con la vida cotidiana que transcurre aquí y que con el tiempo se vuelve más familiar que el lugar de donde uno vino. Esa decisión de quedarse, que en el momento de tomarla probablemente pareció natural dado el tiempo que ya llevaba en México, tuvo consecuencias que en los años siguientes fueron difíciles, porque cuando Caviño terminó su carrera como jugador, el fútbol mexicano que lo había contratado ya no lo necesitaba.

 Los contratos de jugador se terminan con la carrera. El salario que permite un cierto nivel de vida se termina con los contratos. Y el extranjero que construyó su vida en México, pero que no tiene la estructura de seguridad social y de pensión que un trabajador mexicano con décadas de empleo formal tiene, queda en una situación que los que están adentro del negocio del fútbol raramente anticipan mientras están adentro.

 Cabiño pasó por eso. Los reportes de sus dificultades económicas en los años posteriores a su carrera llegaron a los medios mexicanos de manera intermitente con la cobertura que los medios dedican a los exfutbolistas en apuros. Un artículo aquí, una entrevista allá, el tipo de cobertura que produce en el lector, un momento de tristeza y después nada más porque la noticia siguiente ya está esperando.

 Vivió en condiciones que para alguien que había llenado el Azteca como jugador del América eran impensables cuando estaba en la cima. Dificultades para pagar la renta, dependencia de la generosidad de personas que lo conocían del mundo del fútbol y que a veces aparecían con algo de ayuda. La vida del que fue alguien importante y que después tiene que encontrar la manera de seguir siendo alguien sin la plataforma que lo hacía alguien.

 Hay algo en la historia de Caviño que a mí me parece la parte más asquerosa y que raramente se dice con esta claridad. El club América, el equipo que más se benefició de los mejores años de cabiño, el que ganó los títulos con él en el campo y que usó su nombre durante años para llenar el Azteca, no construyó ningún sistema que protegiera a ese jugador cuando terminara su carrera.

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