Antes de morir, su nieto le dejó una llave y dijo Lleva el frasco, ve sola — lo que encontró no…
—Abué… ¿ya sacaste las cajas del árbol? —preguntó Bartolo, entrando a la cocina con las manos frías y la nariz roja por el aire de noviembre.
—Todavía no, muchacho. Primero hay que limpiar el polvo de las esferas —respondió Edubijes mientras abría el viejo baúl de madera.
El niño se acercó curioso.
—¿Puedo ayudarte?
—Con cuidado, ¿eh? Estas tienen más años que tú.
Bartolo tomó una esfera roja con escarcha dorada. La miró fascinado.
—Está bonita…
Pero la esfera resbaló de sus dedos sudados.
¡CRASH!
El vidrio se hizo pedazos sobre el mosaico.
Bartolo se quedó inmóvil.
—Abué… yo…
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Edubijes suspiró, se hincó lentamente y empezó a recoger los trozos.
—No pasa nada, mijo. Son cosas que pasan.
Cuando iba a tirarlos al cucharón de basura, Bartolo le sujetó la muñeca.
—¡No!
Ella levantó la vista.
—¿Qué pasó?
—No los tires.
—¿Los pedazos?
—Sí. Guárdalos.
—¿Para qué quiero yo vidrio roto?
Bartolo bajó la mirada, pensando.
—No sé… pero algún día voy a hacer algo con ellos.
Edubijes soltó una risita.
—¿Algo con pedazos rotos?
—Sí.
La abuela lo observó unos segundos. Después se levantó despacio.
—A ver… espérame.
Buscó detrás del refrigerador y sacó un frasco grande de dulces enchilados.
—¿Este sirve?
Los ojos del niño brillaron.
—¡Sí!
Edubijes echó los pedacitos dentro del frasco.
TIN… TIN…
El sonido del vidrio chocando quedó resonando en la cocina.
Bartolo sonrió satisfecho.
—No los vaya a tirar nunca, ¿eh, abué?
—Bueno, bueno… ya veremos.
Los años pasaron.
Cada Navidad, cuando una esfera se rompía, Bartolo aparecía con una servilleta llena de pedazos.
—Abué, abre el frasco.
—Otra vez tú con eso…
—Ándele.
Ella destapaba el frasco y él dejaba caer los trocitos.
TIN… TIN…
—¿Y ahora de dónde salió esa?
—De casa de mi mamá.
—¿Y esa azul?
—Del festival de la escuela.
—Ay, Bartolo… estás loco.
—No estoy loco. Es para algo importante.
—¿Qué cosa?
El muchacho sonreía.
—Ya verá.
Una tarde, años después, Bartolo llegó a la cocina y se sentó frente a su abuela.
Ya no era un niño. Tenía manos de trabajador y olor a vidrio caliente del taller.
Edubijes notó algo raro en su mirada.
—¿Qué traes, hijo?
Bartolo movió la cabeza.
—Nada.
—A mí no me engañas.
Él sonrió apenas.
—Abué… si un día yo no estoy…
Ella frunció el ceño.
—No digas tonterías.
—Escúcheme primero.
Bartolo habló más bajo.
—La llave la voy a dejar en la cómoda de mi cuarto.
—¿Cuál llave?
—La del taller viejo de don Esteban.
—¿Y para qué quiero ir yo ahí?
—Porque cuando llegue el momento… tiene que llevar el frasco.
Edubijes soltó una risa nerviosa.
—¿El frasco de los pedazos? ¿Para qué?
Bartolo la miró fijo.
—Prométame que irá sola.
La abuela sintió un escalofrío.
—¿Por qué hablas así?
—Nomás prométalo.
—Muchacho…
—Prométalo, abué.
Después de unos segundos, ella asintió despacio.
—Está bien.
Bartolo se levantó, le besó la frente y salió caminando por el empedrado.
Edubijes se quedó mirando la puerta cerrada.
Sin entender por qué, sintió miedo.
Cinco semanas después sonó el teléfono.
—¿Bueno? —contestó Edubijes.
Del otro lado, la voz rota de Albina.
—Amá…
Silencio.
—Fue Bartolo.
La taza de café tembló en la mano de Edubijes.
—¿Qué pasó?
—La camioneta se fue al barranco.
La anciana dejó de respirar un instante.
—No…
—Amá… Bartolo se murió.
El café cayó al piso.
Treinta y ocho días después del entierro, Edubijes abrió el cajón de la cómoda de su nieto.
Al fondo encontró una llave antigua con una etiqueta de cartón.
“Taller viejo de don Esteban. Lleve el frasco. Vaya sola.”
La anciana cerró los ojos.
—Ay, Bartolo… ¿qué me dejaste?
A la mañana siguiente caminó lentamente por la calle del Carmen cargando el frasco dentro de una bolsa de tela.
Llegó al viejo taller.
Abrió el zaguán.
Atravesó el patio.
Frente a ella estaba una puerta verde.
Metió la llave.
La puerta rechinó.
Y entró.
El cuarto era pequeño, iluminado por una claraboya.
En el centro había una mesa de trabajo.
Y en la pared…
Edubijes dejó escapar el aire.
Cuarenta esferas colgaban del tablero.
Cuarenta.
Todas distintas.
Todas brillando bajo la luz blanca.
Una voz habló detrás de ella.
—Doña Eduviges… Bartolo quería que usted las viera primero.
Era don Esteban.
La anciana no podía apartar la mirada.
—¿Qué es esto?
El viejo se quitó el sombrero.
—Su nieto estuvo trabajando aquí cinco años.
Edubijes volteó lentamente.
—¿Cinco años?
—Sí. Venía los sábados y los miércoles.
Don Esteban se acercó a una de las esferas.
—Aprendió el oficio fino… el reciclado del vidrio… cómo fundir pedazos rotos con vidrio nuevo sin quebrarlo.
La abuela sintió que las piernas le temblaban.
—¿Los pedazos…?
El viejo asintió.
—Todos esos pedazos que usted guardó durante años… él los convirtió en esto.
Edubijes miró las esferas otra vez.
Dentro de cada una había fragmentos diminutos de colores.
Rojo.
Dorado.
Azul.
Verde.
Pedacitos del pasado suspendidos dentro del cristal nuevo.
—Bartolo decía algo muy raro —murmuró don Esteban—. Decía que las cosas rotas no se tiran… porque todavía pueden dar luz.
En la calle de las Magnolias, en la parte alta de Tlalpuja, donde el empedrado se vuelve más viejo y las casas de cantera tienen los techos a dos aguas cubiertos de teja roja, oscurecida por las lluvias del vajío, había una casita de muros encalados con una puerta de madera de tejocote ennegrecida por los años.
La ventana del frente tenía una reja de hierro forjado con dos vueltas torcidas, una grieta finita en el dintel y al lado del escalón de entrada una maceta vieja de barro donde alguna vez hubo geranio y ahora apenas quedaba la tierra apelmazada. Atrás de la casa, bajando una pendiente de piedra suelta, se abría un patio chico con un nogal viejísimo, una pila de cantera con musgo verde por los lados y más allá los tejados rojizos del pueblo, que iban resbalando ladera abajo hasta perderse en la bruma de las minas viejas.
Desde el patio, en las mañanas claras de noviembre se alcanzaba a ver el campanario de la parroquia de San Pedro y San Pablo, y más lejos, recortados contra el cielo limpio, los cerros donde antes hubo extracción de oro y plata, y donde ahora no más quedaban las cicatrices del socabón hundido, fue en esa casita, en 1952, cuando ella tenía apenas 16 años, que edubiges Resendis Quintana llegó a vivir tras casarse con Macario Mendoza.
un muchacho del taller de ojalatería de la calle del Carmen que le llevaba 7 años y que la quiso desde el primer baile de la fiesta del Señor del Monte. Ahí parió a sus tres hijos, a Albina, la mayor, a Procopio, el de en medio, que se fue a Morelia y no más regresaba en Navidad, y al chiquito, que se llamaba Maximiliano, y que se le murió de pulmonía a los 4 años, en el invierno duro del 68, cuando todavía no había carretera buena para bajar al hospital de Marabatío, Macario murió en 1999 de un infarto fulminante mientras
soldaba una pieza de cobre en el taller. 25 años llevaba viuda Edues. La casa siguió igual. Los muros encalados se siguieron encalando cada año en marzo. La maceta del geranio se fue secando despacio y en la mesa de la cocina, junto al fogón de leña que ella todavía prefería al de gas, siempre estuvo el mismo frasco de vidrio, un frasco grande y panzón, de los que antes traían dulces enchilados con la tapa metálica oxidada en los borges.
Adentro guardaba los pedazos. La mañana del lunes 14 de noviembre, Edubijes estaba sentada en la silla de palo de la cocina, mirando la pared sin mirarla. Tenía 72 años cumplidos en septiembre. Tomaba un café de olla aguado, endulzado con piloncillo y mordía despacio un pedazo de cocol que había comprado el sábado en la panadería de doña Viviana.
Los dientes ya no le aguantaban la corteza dura, así que mojaba el Col en el café antes de llevárselo a la boca. Afuera en la calle se oía el rebuznar de un burro que subía cargado de leña y más lejos el campaneo desganado de la parroquia anunciando las 7: el frasco de los pedazos estaba donde siempre, en la repisa de arriba del fogón, al alcance de la mano, si se subía al banquito, adentro, juntados a lo largo de 19 años, había cientos de pedacitos de esferas de Navidad rotas, trozos de vidrio soplado, escarchados, dorados, plateados,
rojos, azul cobalto, verde botella, algunos con el listoncito todavía pegado, otros no más esquirlas de la mitad de una esfera quebrada en el suelo. Pesaba el frasco, eso lo sabía bien. Lo había levantado el sábado para limpiar la repisa y había sentido el peso muerto del vidrio acumulado como si fueran piedras chiquitas de río.
Faltaban dos días para los 40 días. Hilario Bartolomé Mendoza Resendis, su nieto, había muerto el 6 de octubre en la carretera que va de Tlalpuja a El Oro, cuando la camioneta de Redilas en la que viajaba con un compadre se salió en la curva del kilómetro 12. El compadre se salvó. Bartolo, como le decían en la familia desde que estaba chiquito, no tenía 27 años.
Era el hijo mayor de Alvina, el primer nieto de Edues y el que más se le pegaba a la abuela desde que aprendió a caminar. Cuando Alvina entraba a trabajar al expendio de pan a las 5 de la mañana, dejaba a Bartolo en la casa de la calle de las Magnolias y ahí se quedaba el niño hasta que iba a la escuela. Después, ya saliendo, regresaba a comer con la abuela porque a Albina le tocaba turno doble.
Así durante toda la primaria. Bartolo aprendió a partir tortillas en el comal de la abuela, a bajar el café del trastero alto, a juntar el agua del algiibe cuando se iba la del tubo y aprendió también a romper esferas. Pasó un sábado de noviembre cuando Bartolo tenía 8 años recién cumplidos. Edubijes estaba sacando del baúl las cajas de esferas para armar el árbol.
En Talpuyahwa todo mundo sabe que las esferas son el orgullo del pueblo. En los talleres del Carmen, de las tinajas y de la calle Allende se soplan a mano desde hace más de medio siglo. Y cada casa de por aquí tiene cajas y cajas de esferas guardadas, algunas heredadas de los abuelos. La que se le cayó a Bartolo era una esfera vieja de un rojo profundo con escarcha dorada en espiral que Macario le había regalado a Edubijes en el primer año de casados.
El niño la sostuvo un momento, se le resbaló de los deditos sudados y reventó en el piso de mosaico con un ruidito seco que sonó más feo de lo que en verdad sonó. Bartolo se quedó parado, las manos abiertas, la cara descompuesta, mirando los pedazos como si hubiera matado algo. Edubijes no le dijo nada, se hincó.
recogió los pedazos uno por uno en el cucharón de la basura y cuando ya iba a tirarlos, el niño le agarró el brazo y le dijo con esa seriedad rara que tenía a veces, que no los tirara, que ella los guardara, porque él iba a juntar todos los pedazos de las esferas que se rompieran de aquí en adelante.
Todos, para algo, no sabía para qué, pero que se los guardara. Edubiges enjuagó un frasco de Herber que tenía en la alacena, demasiado chico. Buscó otro, un frasco grande de dulces enchilados que había estado vacío detrás del refrigerador. Ese sí echó adentro los pedazos de la esfera roja. Bartolo se quedó tranquilo.
La abuela tapó el frasco y lo puso en la repisa del fogón. Pensó que se le iba a olvidar al niño al día siguiente. No se le olvidó. Cuando se rompía cualquier esfera en la casa, ya fuera por descuido, por un golpe del gato o porque las viejas se ponían frágiles con el tiempo, Bartolo recogía los pedazos, los soplaba para quitarles el polvo y los echaba en el frasco.
Cuando iba a casa de su mamá o de su tía Florencia y se rompía algo allá, también traía los pedazos en una servilleta de papel. En la escuela, alguna vez un compañero rompió una esfera en el festival de sembrino y Bartolo se llevó los pedazos. Le decía a la abuela, “Es para cuando esté grande, a Bué. Voy a hacer algo con todos los pedazos.
” Y ella, que no creía que el muchacho fuera a hacer nada con esos vidrios rotos, le contestaba, “Sí, mi hijo. Sí, mientras lo dejaba ponerlos en el frasco. Porque quitárselos hubiera sido decirle al niño que sus cosas no valían. Pasaron los años, Bartolo terminó la secundaria en Talpuja.
Después se fue a Marabatío, al bachillerato técnico de electricidad. Regresaba los fines de semana. A los 19 entró a trabajar al taller de don Esteban Olmos en la calle del Carmen, el más viejo de los talleres de esferas del pueblo, donde se soplaban las piezas finas que se vendían en la ciudad de México y hasta en Estados Unidos.
empezó barriendo. Después aprendió a moldear, a poner el alambre del gancho, a aplicar la pintura por dentro con el método antiguo del soplo y la gota. A los 22 ya era de los muchachos más finos del taller decía don Esteban. Edubijes lo veía pasar los domingos camino al panteón con su mamá. Le saludaba desde la ventana, le mandaba hacer mandados al tianguis del lunes.
La relación entre la abuela y el nieto fue ablandándose, volviéndose más callada con los años, como pasa con los nietos cuando dejan de ser niños. Pero Bartolo siguió subiendo el cerro de las magnolias casi cada semana, aunque fuera media hora, a tomarse un café con la abuela, a contarle cualquier cosa, a oírla quejarse de la rodilla, a soplarle al frasco de vidrio cuando había nuevos pedazos.
A los 25 años empezó a desaparecer los sábados. Salía temprano de su casa, se subía a la combi del oro y no volvía hasta el anochecer. Albina le preguntaba a dónde iba. Él contestaba que andaba haciendo unos trabajos extras con un señor de allá. Alvina lo dejó por la paz. Edues también lo notó, pero no preguntó porque entendió hace mucho que a los nietos, hombres hay que dejarlos en paz para que vengan solos.
Bartolo seguía subiendo entre semana, callado, pero con buen humor, y cada vez que iba, le daba un beso en la coronilla a la abuela antes de irse y le decía, “Abué, no se vaya a deshacer del frasco, ¿eh? Acuérdese, Edubije se reía. ¿De qué se va a deshacer una de ese frasco que ya no cabe, muchacho? A finales del verano pasado, cinco semanas antes del accidente, Bartolo subió a la casa de las magnolias un miércoles en lugar del fin de semana.
Llegó como a las 11 de la mañana cuando Edubiges estaba descabezando un manojo de epazote para el arroz. Se sentó frente a ella en la mesa sin pedir café. La abuela lo miró y supo, sin saber cómo lo sabía, que el muchacho venía a decirle algo. Bartolo se le quedó mirando un rato largo hasta que ella le preguntó, “¿Qué traes, mi hijo?” Él movió la cabeza, sonrió chueco, le dijo que nada, que pasaba a saludar y se quedó otra hora platicando de cualquier cosa, de la fiesta de la Asunción en Marabatío, del precio del aguacate, del nieto chiquito de su tía
Florencia, que ya iba a entrar a kinder. Antes de irse, ya en la puerta, se volteó y le dijo con la voz un poco baja, “Abé, si alguna vez yo no estoy, vaya al taller viejo de don Esteban, el de la calle del Carmen, el de hasta el fondo del patio. La llave la voy a dejar en la caja de la cómoda de mi cuarto.
Vaya usted sola y llévese el frasco, pero usted sola, Aé. No vaya con mi mamá ni con la tía. Sola.” Edubijes lo miró. No supo que contestar. le preguntó, “¿De qué hablas, muchacho? ¿Por qué dices eso?” Bartolo se rió. Le dijo que no se preocupara, que solamente era por si las moscas.
Uno nunca sabe que ella ya estaba grande también. Y a lo mejor él se le adelantaba en cualquier accidente del taller. Le dio un beso en la frente y se fue caminando por el empedrado. Cerró abajo con las manos en los bolsillos del pantalón de mezclilla. La abuela se quedó un buen rato parada en la puerta, mirando para donde el muchacho se había ido, sintiendo en el pecho una cosa rara, como cuando se anuncia el aguacero antes de que se ponga negro el cielo.
Pero después se metió a la cocina, siguió con el epazote y se le fue olvidando. Cinco semanas y dos días más tarde sonó el teléfono a las 6:30 de la tarde de un jueves. Era albina, lo del accidente. Edubige se sentó en la silla de la cocina y no se levantó por dos horas. La esfera roja del Macario, la primera que el niño había roto a los 8 años, hacía exactamente 19 años que estaba en el frasco de la repisa. 19.
El velorio fue en la casa de Albina, dos calles más abajo. Llegaron primos de Marabatío, una tía de Toluca, los muchachos del taller de don Esteban. Don Esteban, en persona vino ya viejito, con su sombrero de fieltro en la mano, le tomó la mano a Edubijes y no le dijo nada por un rato. Después le dijo, “Doña Edubijes, ese muchacho era especial, usted ya lo sabe.
” y se quedó parado al lado del cajón hasta el amanecer apareció también una muchacha que nadie conocía, chaparrita, con el pelo recogido en una trenza larga, los ojos hinchados de llorar, que se quedó atrás en la fila como dudando si entrar. Alvina la miró, le preguntó quién era. La muchacha contestó que era una amiga de Bartolo del taller. Se llamaba Magdalena.
Había venido no más un rato a despedirse. Saludó con la mano, dejó un ramo de Sempazuchil sobre el cajón. se persignó y se fue. Albina se acordó vagamente que Bartolo había mencionado a una tal Magdalena un par de veces, pero nunca había traído a nadie a la casa, así que no le dio mayor importancia. En el rezo del novenario, la muchacha no volvió a aparecer.
Edubijes no la registró siquiera. Andaba aturdida con todo. Con la cara de su hija deshecha, con los gestos del cura, con el calor del cuarto cerrado y los rezos en bucle. Pasaron los días. Albina se fue refugiando en el trabajo del expendio. Regresaba a su casa por las noches sin hablar. Procopio bajó dos veces desde Morelia, cargó la cruz al panteón el 40 y un día se volvió a subir.
La tía Florencia llevaba a Edubijes al rezo de cada lunes en la parroquia. La vida del pueblo siguió. Lo único que cambió fue que Edubiges dejó de subir a barrer el patio de atrás porque la rodilla se le había vuelto a inflamar y porque, a decir verdad, ya no le importaba que se acumularan las hojas del nogal.
El frasco de los pedazos se quedó en la repisa, intocado. Cada vez que ella lo miraba de reojo, recordaba lo que Bartolo le había dicho aquel miércoles. Y cada vez que lo recordaba se le hacía un nudo distinto. ¿Para qué iba a ir al taller viejo de don Esteban con el frasco? ¿Qué iba a encontrar? Y sobre todo, ¿por qué sola? ¿Qué era eso que su hija Albina no debía ver primero.
El sábado 38 días después del accidente, Edubige subió por primera vez al cuarto de Bartolo, en casa de Albina con el pretexto de buscar una bufanda que decía haber dejado ahí. Su hija estaba en el expendio, la casa estaba sola. Edubijes abrió el cajón superior de la cómoda del muchacho, removió unas camisetas dobladas.
Y al fondo, contra la madera, encontró una llave antigua de hierro larga, con un cordón rojo amarrado en la cabeza y una etiqueta de cartón con la letra de Bartolo. Taller viejo de don Esteban. Patio de hasta el fondo, puerta verde. Lleve el frasco, vaya sola. Le tembló la mano, guardó la llave en el bolsillo del mandil, cerró el cajón con cuidado, bajó por la escalera, salió a la calle, subió a su casa.
Esa noche durmió poco. El domingo amaneció con dolor de espalda. El lunes a las 9 de la mañana después de tomarse el café con Cocol, se puso el reboso negro, los zapatos cerrados, agarró el frasco de la repisa con las dos manos porque pesaba, lo metió en una bolsa de tela que tenía estampados los nopalitos pintados de su comadre y salió a la calle de las Magnolias rumbo al taller viejo de don Esteban.
El cielo estaba claro de ese azul profundo de noviembre en la sierra, cuando el aire huele a ocote quemado y a hoja seca. Edubijes bajó despacio por el empedrado, agarrándose del muro con la mano libre. Saludó a doña Viviana en la panadería sin detenerse. Saludó al cartero. Saludó al hijo del señor Pereda que iba para la primaria con su hijita de la mano.
Cruzó la plaza, bajó por la calle del Carmen, pasó frente al taller principal de don Esteban, donde se oía el soplete y los muchachos hablando, y siguió de largo hasta tres casas más abajo. Ahí había una puerta de zaguán azul desconchado con un candado nuevo, brillante, que claramente no había estado ahí mucho tiempo. Edubijes sacó la llave del bolsillo del mandil, la metió, le costó dos vueltas, pero abrió, empujó la puerta.
El zaguán daba a un patio largo de cantera con macetones secos a los lados y al fondo una segunda puerta, esta de madera pintada de verde fuerte con un picaporte de latón. La abuela caminó por el patio. La bolsa de los nopalitos le jalaba el brazo derecho. Llegó a la puerta verde. Antes de abrir suspiró y abrió.
Adentro era un cuarto chico encalado con el techo de viga de madera y una clarabolla redonda en lo alto que dejaba caer una lumbrera de luz blanca sobre el piso de cemento pulido. En el centro del cuarto había una mesa de trabajo larga con un soplete pequeño, unos moldes de metal, un cepillo de cerdas suaves, unos potes de pintura plateada y dorada.
En la pared del fondo atornillado había un tablero de corcho del tamaño de un mantel grande y en el tablero, colgadas con ganchitos de alambre estaban las esferas. 40 esferas. Edubijes las contó después. 40 esferas iguales en tamaño, pero distintas en lo demás. Cada una tenía adentro un pedacito de algo, una escarcha distinta, un color diferente, un trozo de listón, una birutilla.
La luz de la clarabolla las hacía brillar como si tuvieran luz propia. Edubijes se quedó parada en el umbral con la bolsa de los nopalitos colgando sin moverse. Una voz le habló desde atrás, despacio, como para no asustarla. Doña Edues ya la estaba esperando. Volteó. Don Esteban Olmos estaba parado en el saguán con su sombrero de fieltro entre las manos, el saco de pan arraída, los lentes empañados.
La abuela no supo qué decirle. Él entró al cuarto, le acercó una silla de palo que estaba pegada a la pared, la sentó, le tomó la bolsa de la mano con todo cuidado, la puso sobre la mesa de trabajo, después se sentó en la silla de enfrente, juntó las manos sobre las rodillas y empezó a hablar bajito, con esa cadencia lenta que tienen los viejos del oficio de las esferas cuando explican algo importante.
dijo que Bartolo había llegado a tocarle la puerta del taller principal hace 5 años, pidiéndole permiso para usar el cuarto viejo del patio, ese que ya no se usaba desde que se le habían muerto los hermanos del oficio. Le dijo que el muchacho había pagado renta puntual cada mes y que dos veces a la semana, los sábados todo el día y los miércoles en la tarde, se metía solo a trabajar.
Que él, don Esteban, le había enseñado lo que sabía del soplo fino, del horno chico, del moldeado enfrío de los pedazos de vidrio reciclado, de cómo mezclar fragmentos viejos con vidrio nuevo a temperatura para que quedaran adentro de la esfera nueva sin reventarla. le dijo que Bartolo había juntado el frasco de pedazo suyo, el que tenía la abuela, en su cabeza durante todos esos años, y que cada esfera de las 40 tenía adentro pedacitos de las esferas viejas que la abuela había guardado, mezclados con vidrio nuevo
soplado por las manos del muchacho. Le dijo que cada esfera correspondía a un año de la vida de ella, doña Edubijes. de 1952, cuando ella se casó con Macario y llegó a la casa de las Magnolias hasta el año pasado, que él, don Esteban, había visto al muchacho llorar tres veces nada más en esos 5 años.
La primera, cuando terminó la esfera del año del Maximiliano, el chiquito que se le había muerto a su abuela en el 68, la segunda cuando terminó la del año del Macario, el del 99. La tercera, cuando terminó la esfera del año en que nació él mismo, 1997, porque en esa esfera había puesto un pedazo de la esfera roja que él, de niño, había sido el primero en romper.
Le dijo por último que la última esfera, la 40, estaba todavía sin terminar porque Bartolo la había dejado a medias el sábado antes del accidente. Edubijes no lloró. Estaba más allá del llanto. Tenía las manos puestas en las rodillas, los ojos fijos en el tablero y respiraba muy despacio.
Don Esteban se levantó, se acercó al tablero, descolgó la esfera más grande del centro y se la puso en las manos. Era roja con escarcha dorada en espiral. Tenía adentro un pedacito de vidrio mate que se alcanzaba a ver al trasluz como una semilla suspendida. La abuela cerró los puños alrededor de la esfera y se quedó así un rato largo.
Después, don Esteban le dijo que la muchacha también la estaba esperando. Edubijes levantó la vista. ¿Cuál? El viejo señaló la puerta del fondo, una puerta que ella no había visto, escondida atrás del tablero. La abrió. Detrás había otro cuarto más chico, con una hornilla, una mesa, dos sillas y sentada en una de las sillas, con las manos sobre las rodillas, como ella misma, estaba Magdalena, la chaparrita de la trenza larga, la del sempasuchil del velorio.
La muchacha se paró, no dijo nada al principio, después le dijo con la voz quebrada, “Doña Edubijes, perdóneme que no me presenté antes como debía. Yo me llamo Magdalena Solorzano. Soy era, íbamos a casarnos Bartolo y yo en febrero. La abuela la miró largo rato. Recordó vagamente que su nieto alguna vez le había nombrado a una Magda del taller en la Ciudad de México, donde iba unos fines de semana a tomar un curso de vitral.
La muchacha era de Toluca, tenía 24 años. Trabajaba en un taller pequeño donde se hacían vitrales para iglesias y para casas particulares. Bartolo la había conocido en una feria del artesanado dos años atrás. Habían empezado a juntarse, a trabajar de a poquito en este proyecto. Ella le ayudaba con el diseño del tablero, con el cálculo del cómo iban a iluminarse las esferas todas juntas.
iban a casarse. Sí, Bartolo le había pedido en agosto. No habían dicho nada porque el muchacho quería primero terminar el regalo de la abuela y entregárselo en Nochebuena. Presentarle a Magdalena ese mismo día, anunciar el compromiso después. Tres cosas en una. Era su plan. Edues tomó la mano de la muchacha, le dijo, “Despacio, mi hija, siéntese aquí.
” La sentó, le dio agua de un vaso, le acarició el pelo. La muchacha lloró en silencio un rato, la abuela no. Después la levantó y le dijo, “Vamos para acá. Quiero ver bien las esferas.” Volvieron al cuarto del tablero, donde Esteban estaba conectando un alargador eléctrico de la pared. La abuela lo miró sin entender. El viejo le dijo, “Doña Edues, todas las esferas tienen un foquito chico adentro.
” Bartolo las pensó así. para que las 40 se prendan al mismo tiempo y se vea. Conectó el alargador. Las 40 esferas se encendieron al mismo tiempo, cada una con su luz, roja, dorada, azul, cobalto, verde, botella, plata, ámbar. La luz salía por dentro del vidrio y se proyectaba en la pared blanca de atrás. Y en esa pared blanca, donde la luz de las 40 esferas se cruzaba, apareció una sombra dibujada hecha por las propias esferas según cómo estaban colocadas.
La sombra de un árbol grande con tres ramas principales. En cada rama los nombres de los hijos. En las ramitas más chicas los nombres de los nietos. Hasta arriba en el tronco, dos letras juntas, E y M, Edubijes y Macario. Y abajo del todo, en las raíces, un nombrecito chiquito, Bartolo. La abuela se sentó en la silla de palo. Estuvo callada un rato muy largo, mirando la pared iluminada.
Magdalena se quedó al lado sin hablar. Don Esteban se hizo para atrás, se recargó en el saguán, se quitó el sombrero, se persignó. Y aquí, antes de seguir, déjenme detenerme un momento con ustedes que me escuchan. Cuántas veces alguien de nuestra familia nos ha estado preparando algo en silencio durante años sin que nosotros lo sepamos.
una cosa chiquita o una cosa grande, una receta que están memorizando, un regalo que están juntando, una palabra que se están guardando para decírnosla el día que se necesite y nosotros, distraídos con el que hacer y los pendientes, ni nos enteramos. Si ahorita, mientras oyen esto, se acordaron de alguien, una nieta, un hijo, una comadre, alguien que parece que les anda dando vueltas con algún detalle raro últimamente, hagan una cosa, hablen con esa persona esta semana, no la dejen para mañana.
Acuérdense de Bartolo, acuérdense de doña Edues. Ahora sigamos con la historia, que todavía falta lo más bonito. Edubijes se quedó 3 horas en el taller esa primera vez. Bebió un café que don Esteban le hizo en la hornilla del cuartito chico. Magdalena le contó cómo se habían conocido, cómo Bartolo le hablaba de la abuela, cómo le había descrito el frasco de los pedazos, el cocol, el café aguado, las cuentas que le sacaba en la cocina cuando era niño y la abuela le enseñaba a sumar con los frijoles de la olla. La muchacha sabía cosas que ni
Albina sabía. Edubijes le tomaba la mano cada vez que se le quebraba la voz. Don Esteban se fue después al taller principal, las dejó solas. A las 2 de la tarde, la abuela se paró. Le dijo a Magdalena, “Mi hija, va usted a venir a comer a la casa hoy, no se me escape. Y mañana le vamos a decir a Albina quién es usted, yo le voy a hablar primero.
” Volvieron caminando juntas, despacio, cerro arriba. La gente del pueblo las saludaba. Edubijes llevaba la esfera roja envuelta en un trapo en la bolsa de los nopalitos. Magdalena la sostenía del codo. Llegaron a la casa de las magnolias. La abuela puso un café nuevo. Sacó del trastero el cocol del sábado, partió queso de cotija, abrió un frasco de salsa de chile manzano.
Comieron en la mesa de la cocina las dos tantas veces se había sentado Bartolo. Magdalena se quedó hasta las 6. Antes de irse, Edubiges la abrazó en la puerta y le dijo, “Mi hija, usted ya es de aquí. No se desaparezca. La muchacha asintió. Se subió a la combia Toluca con los ojos rojos, pero las manos más firmes que cuando había llegado.
Esa misma noche, Edubijes habló con Albina. Le contó todo. Le mostró la esfera roja, le dijo de Magdalena. Alvina lloró sin parar dos horas. Después se enojó, después se aplacó. Después pidió perdón por enojarse. Después abrazó a su madre por más de lo que la había abrazado desde que era niña. Al día siguiente, Albina subió al taller del Carmen con edubijes del brazo a ver las 40 esferas iluminadas.
No habló durante toda la visita. Tocó cada esfera con la yema del dedo. Cuando llegó a la del año en que ella nació, se sentó en la silla de palo y se quedó ahí media hora. Los siguientes meses pasaron así. Magdalena empezó a subir cada 15 días de Toluca. La familia la fue conociendo. Los primos chicos la llamaron prima desde el primer día de muertos.
La tía Florencia le cosció un wipil. Procopio bajó de Morelia, la abrazó, le dijo que era bienvenida. Don Esteban siguió yendo al taller del fondo todos los miércoles, pero ya no más a tomarse un café con la abuela y la muchacha, no a trabajar. A finales de marzo, una tarde clara, Edubijes subió al taller con el frasco de los pedazos casi vacío.
Llevaba apenas un puñito de vidrio molido en el fondo. Lo iba a usar para terminar la esfera 40, la última que Bartó lo había dejado a la mitad. Magdalena la estaba esperando con el horno encendido. La abuela se puso el mandil largo, los guantes de ule que su nieto le había dejado en el cajón. acercó la esfera incompleta a la mesa. Magdalena la guió con la voz.
Despacio, en cada paso, Edubijes sopló al vidrio, le costó, le tembló la mano. Magdalena le sostuvo el codo. La esfera se cerró redonda con los últimos pedacitos del frasco adentro, como semillitas suspendidas en el aire. Quedó del color del vidrio del 41, un blanco lechoso, casi transparente, con apenas dos rayitas doradas que se enroscaban en espiral.
La colgaron en el último gancho del tablero al lado de las otras 39, donde Esteban encendió el alargador. Las 41 esferas se prendieron juntas. La sombra del árbol en la pared se completó con una raíz más, una raíz nueva que entraba al árbol por abajo y se enredaba con la de Bartolo. Edubijes se sentó en la silla de palo.
Magdalena se sentó al lado. Las dos se quedaron mirando la pared. No hablaron. Afuera, en la calle del Carmen, los sopletes de los muchachos del taller principal seguían sonando, parejos, como un latido. Más lejos, las campanas de la parroquia dieron las cinco. La abuela respiró hondo. Pensó muy despacio que nunca iba a entender del todo por qué Bartolo se le había adelantado, por qué Diosito se había llevado a un muchacho de 27 años que tenía todo por delante, por qué le había tocado a ella, a su edad, sobrevivirlo? Pero pensó también que las
41 esferas estaban ahí, que iban a estar ahí cuando ella no estuviera, que Magdalena iba a venir cada 15 días mientras pudiera, que Albina la abrazaba de nuevo como cuando era niña, que el frasco de los pedazos estaba ya vacío, pero la repisa del fogón estaba ya lista para otro frasco, otra cuenta, otra vida.
y pensó por último que ese era su modo de contestarle al muchacho. Tarde, pero suyo. Se paró despacio. Magdalena la agarró del codo. Salieron juntas al patio de cantera. La luz de la tarde caía oblicua sobre los macetones secos, don Esteban cerró la puerta verde con la llave de hierro y le entregó la llave a Edú Viges.
La abuela se la guardó en el bolsillo del mandil, donde había estado la llave de Bartolo. Caminaron las tres hacia el saguán azul. Si esta historia los movió, si esta historia les hizo acordarse de alguien suyo, suscríbanse al canal para que sigamos contando despacio con calma las historias de las abuelas y los nietos que la vida nos pone enfrente.
Y déjenme aquí abajo en los comentarios una cosa. ¿Hay alguien en su familia que ande haciendo algo en silencio últimamente? ¿Algo raro, algo que ustedes no entienden bien? Cuéntenmelo, yo los leo a todos. Y si pueden, compartan este video con alguien de su sangre, con una hermana, con una hija, con su mamá, con alguien que necesite oír que el amor a veces se prepara durante años sin que nos demos cuenta.
Cuídense, cuiden a los suyos y si tienen un nieto o una nieta, llamen ahorita. No esperen al domingo. Hasta la próxima historia de este canal. Bartolo guardó cada pedazo roto durante 19 años porque sentía que nada de lo vivido con su abuela debía perderse. A veces el amor no se declara. Se trabaja en silencio en un cuarto pequeño y aparece cuando más se necesita.
Los pedazos rotos de una vida nunca son basura. Son el material con el que alguien en silencio te está preparando algo hermoso. Una pequeña nota para quienes nos acompañan. Esta historia fue construida y ficcionalizada con ayuda de inteligencia artificial, con el propósito de entretener y compartir una enseñanza positiva que ojalá se quede con ustedes. Yes.