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¿Vivimos una mentira? El día que Televisa vendió a la Novia de América

¿Vivimos una mentira? El día que Televisa vendió a la Novia de América: Toda la verdad oculta tras el pacto secreto del Tigre Azcárraga y la madre de Lucero que destruyó su felicidad por 11 millones de dólares, un matrimonio por contrato y el llanto prohibido antes del altar.

LUCERO: 30 Años de FARSA ASQUEROSA – El PACTO Sucio entre Tigre Azcárraga y la Madre que La Vendió  

Cierra los ojos, comadre. Imagínate la escena. Una oficina del piso 20 de Televisa San Ángel, año 1996. Detrás de un escritorio de Caova se sienta el hombre más poderoso del entretenimiento en  habla hispana. El tigre Azcárraga Milmo, 66 años, 67  kg de furia y de cálculo. Un hombre que con una llamada podía hacer famoso a un cantante o enterrar para siempre la carrera de una actriz.

 Frente a él sentadas dos mujeres. La primera es una cantante de 27 años que durante  los últimos 17 había trabajado bajo el ala de la empresa.  La conoces como lucero. La segunda mujer sentada a su lado es la verdadera dueña del nombre. Es su madre Luz María León Soubiné. Y entre los tres, comadre, entre los tres, se está cerrando uno de los negocios más sucios del entretenimiento mexicano del siglo XX.

 Se está vendiendo en vivo en aquella oficina sin ruidos sin testigos. Una boda. Ella era la mercancía, mi gente. Ella era la mercancía y ella no lo sabía. O quizás sí lo sabía, pero hacía años que le habían enseñado que lo  que le pedía el tigre no se le negaba a nadie.

 Lo que se decidió en aquella  oficina comadre, aún cuando ninguno de los tres lo dijo en voz alta con esas palabras, fue lo siguiente: Televisa estaba sangrando. La crisis del tequilazo había golpeado a México en 1994 y la empresa necesitaba un evento, un evento gigante, un evento que fuera el equivalente moderno de aquel partido del  Mundial 70.

Algo que paralizara al país, algo  que vendiera ,700,000 en publicidad de un solo plumazo y el tigre  Azcárraga, ese hombre que llevaba años observando a la cantante con la voz limpia, ese hombre que la llamaba Escuincla, aunque  ella tuviera ya 27 años cumplidos, había encontrado el producto perfecto, la boda,  la boda televisada, la boda en vivo.

 en cadena nacional de 4 horas, con misa, con civil, con baile del perrito, con todo. Pero faltaba un detalle, faltaba el  novio y el novio también había que ponerlo comadre porque el negocio no podía depender de que la chica se enamorara. El negocio tenía que garantizarse primero. Hoy vas a descubrir, mi gente, cuatro cosas que durante 30 años nadie en México se atrevió a decir en voz alta.

 Cuatro cosas que estaban en los pasillos, susurradas, comentadas a media voz por los productores, por los directores, por los maquillistas  y peluqueras de la empresa. Cuatro cosas que las altas esferas del entretenimiento mexicanos sabían. Pero que la prensa rosa, comprada hasta la médula por la televisora, jamás iba a publicar.

Primero  vas a descubrir cómo fue realmente la reunión secreta entre el tigre Azcárraga y Luz María León, donde se decidió que Lucero se casaría con Mijares y no con otro hombre. Segundo, vas a descubrir los $1,700,000  exactos que Televisa cobró por la transmisión  y cuánto le tocó realmente a la novia.

 Tercero, vas a descubrir la noche antes de la boda, la noche en que Luz María León lloró encerrada en su cuarto sabiendo lo que había firmado. Y cuarto, lo más doloroso de todo, vas a descubrir la frase que dijo Lucero 14 años después,  en el momento exacto del divorcio. Una frase que demostró que ella en el fondo siempre  supo que su matrimonio había sido una farsa pactada.

 Te voy  a avisar cuando llegue cada una de las cuatro. Comadre, antes de meternos al fondo del asunto, tienes que  entender algo muy importante. La mujer de la que vamos a hablar hoy no era cualquier mujer. Era lucero, era la novia de América,  era la niña que tu hija coleccionaba en estampas, era la voz que sonaba en tu radio durante los desayunos, era la actriz que te hacía llorar las tardes con la amor.

 Era esa criatura limpia, perfecta, virginal, sonriente, con los hoyelos en las mejillas y la voz de cristal  que medio México había decidido adoptar como su propia hija.  Y eso, mi gente, eso era exactamente lo que la convertía en el producto más valioso del  catálogo de Televisa. Porque para vender una boda televisada en cadena nacional necesitabas a una novia que la  gente reconociera al instante.

Una novia con la que todas las mexicanas se identificaran,  una novia que pareciera la hija de cada mujer del país. Y no había otra, comadre.  No había otra. Solo había una. Se llamaba lucero. Para entender de verdad lo que pasó aquel día en la oficina  del tigre. Hay que volver muy atrás.

 Hay que volver al año 1979, cuando una niña pequeña de 10 años, con el cabello  castaño y los ojos enormes, entró por primera vez a un foro de Televisa. La llevaba de la mano una mujer de 34 años, su madre, Luz María León Soubiné. La niña iba a una audición para un programa que se llamaba Alegrías de mediodía.

 Y aquella audición, comadre, aquella audición sería el principio de todo. La niña cantó, los productores se quedaron paralizados. El tigre Azcárraga, que en aquella época todavía no era todopoderoso, pero ya tenía el olfato de los grandes empresarios, oyó la voz y entendió. entendió  que aquella niña no era una cantante más.

 Aquella niña era una mina de oro. Una mina de oro a la que con paciencia, con disciplina, con contratos bien diseñados podías exprimir durante décadas. Lo que muchos no recuerdan, comadre, lo que la prensa rosa de aquellos años se cuidó de no contar, es que  el tigre Azcárraga desarrolló desde aquel día una fijación particular con la niña Lucit.

Le decía Escuincla. Era el apodo  cariñoso, pero un apodo que llevaba dentro algo más. Llevaba a una marca. La escuincla era de la casa. La escuincla era patrimonio de Televisa. La escuincla  como las telenovelas, como los foros, como los actores y actrices del catálogo, era de la empresa.

 Para entender, comadre,  hasta dónde llegaba el poder del tigre Azcárraga en aquellos años, tienes que saber  quién era este hombre. Emilio Azcárraga Milmo había nacido en San Antonio, Texas, en 1930.  Era hijo de Emilio Azcárraga Vidaurreta, el fundador de Televisa. Cuando su padre murió en 1972,  el tigre tomó las riendas del imperio.

Tenía 42 años y durante los siguientes 25 años, comadre, durante los siguientes 25 años, aquel hombre convirtió  a Televisa en el monopolio del entretenimiento más poderoso del mundo de habla hispana.  telenovelas, series, noticios, deportes, música, películas  editoriales, estaciones de radio, canales de cable, distribución internacional.

 El tigre tenía control absoluto sobre lo que llegaba a las pantallas mexicanas [resoplido] y a través  de Televisa Internacional tenía control sobre lo que llegaba a las pantallas de  toda Latinoamérica y de Estados Unidos. Las altas esferas de  la política mexicana le rendían cuentas. Los presidentes de la República le hablaban con respeto.

 El propio Carlos Salinas de Gortari, cuando llegó  a Los Pinos en 1988, una de sus primeras visitas privadas fue al despacho del tigre, porque sin Televisa, comadre, sin la bendición del tigre, ningún presidente mexicano podía llegar al poder en aquella época. Las elecciones se ganaban en las pantallas. Las pantallas las controlaba el tigre.

 Y el tigre, mi gente, el tigre cobraba ese control con privilegios que iban más allá del dinero. Cobraba con favores,  cobraba con influencia, cobraba con artistas a su servicio. Y entre todos los artistas que aquel hombre construyó pieza por pieza en su mente, la pieza más valiosa, la pieza más larga, la pieza que llevaba más tiempo en el catálogo, era una mujer.

 Esta mujer  se llamaba Lucero. Las altas esferas de San Ángel sabían que tocar a Lucerito sin permiso del tigre era jugar con fuego.  Otros productores podían admirarla, sí. Otras disqueras podían  intentar contratarla, sí. Pero al final del [carraspeo] día la última palabra siempre la tenía Azcárraga, porque Azcárraga, comadre,  Azcárraga la había convertido en la escuincla.

 Y aquí entra la figura de Luz María León, la madre, una mujer que en 1979  no tenía ni un solo contacto en el medio del espectáculo. Una mujer de clase media alta de la ciudad de México,  casada con Antonio Gaza. hombre de negocios discreto,  una mujer que, según contó la propia Lucero en una entrevista que  dio para el periódico El Universal en el año 2023, ni siquiera tenía palancas  en el medio cuando empezó.

 Pero Luz María León tenía algo más valioso que las palancas. tenía un instinto, un instinto que le decía exactamente cómo moverse  en aquel mundo, cómo halagar al hombre indicado en el momento indicado, cómo aceptar  lo que tenía que aceptar, cómo guardar silencio en los momentos correctos  y cómo decir que sí que pareciera que estaba diciendo que sí.

 Luz María León y el  Tigre Azcárraga construyeron durante los años 80 una de las sociedades más sofisticadas  del entretenimiento mexicano. Ella aceptaba los proyectos  que él proponía. Él respetaba los límites que ella imponía. Ella sacaba a Lucero de las situaciones peligrosas. Comadre,  en aquel mundo de los 80 y los 90 había una palabra que en Televisa daba escalofríos a todos los que la escuchaban.

 La palabra era veto,  el veto televisivo, aquel temido mecanismo que hacía que un artista que había caído en desgracia  con el tigre Azcárraga desapareciera del aire, desapareciera de las telenovelas, desapareciera de las giras nacionales, desapareciera prácticamente de la memoria del público mexicano.  El veto no se anunciaba en una rueda de prensa.

 El veto era una conversación a media voz entre productores, un memo interno, una llamada de un ejecutivo a otro, una orden discreta de no contratar a tal persona durante uno, dos, tres años o para siempre. Hubo artistas brillantísimos a los que el veto  les destruyó la carrera. cantantes que pasaron del estrellato  al olvido absoluto en cuestión de meses.

 Actrices que un día llenaban portadas y al día siguiente  ya nadie las llamaba. Y el veto, comadre, el veto no necesitaba justificación. El [carraspeo] veto era simplemente la voluntad  del tigre, la voluntad del emperador. Aquel sistema, mi gente, aquel sistema explicaba por qué Luz María León nunca le dijo que no a Emilio Azcárraga.

 Decirle que no al tigre era condenar a su hija al bet, era cortarle a Lucero todas las posibilidades de  futuro en la industria. era convertir a la cantante más amada de México en una mujer cuya carrera se acabaría en cuestión de semanas si la madre se atrevía a contradecir al hombre de la oficina del piso 20 y luz María León comadre,  una mujer brillante, una mujer pragmática, una mujer que entendía las reglas del juego mejor que nadie.

 Sabía perfectamente  que la única forma de proteger a su hija era jugar con el tigre. aceptar lo que el tigre quisiera y aprovechar en cada negociación el espacio limitado que aquel hombre dejaba para que la madre maniobrara. Por eso, comadre. Por eso, cuando el tigre  Azcárraga llamó a Luz María León a su oficina del piso 20 aquella tarde de 1995 o 96, ella supo desde el primer momento que aquella reunión no era una conversación, era una orden.

 Una orden envuelta en gentilezas y una orden firmada con sonrisas y con café, pero una orden. Y la orden comadre era casar a Lucero, televisarla.  convertirla en el evento del año y elegir al novio que más conviniera al negocio. Y ahí,  comadre, ahí hay un episodio que tienes que conocer porque es la prueba de hasta dónde llegaba el poder del tigre cuando se trataba de proteger a sus inversiones.

 Cuando Lucerito tenía 13 años, un productor llamado Sergio Andrade  empezó a fijarse demasiado en ella. la nombró en sus canciones.  Le compuso una canción que se llamaba Con tan pocos años, donde hablaba con una intimidad inquietante de una niña que se enamora antes de tiempo. Luz María León lo vio venir y según se cuenta en los pasillos de Televisa, fue al tigre Azcárraga.

 le dijo lo que estaba pasando y Azcárraga, comadre Azcárraga movió un dedo. Sergio Andrade desapareció de la vida profesional de Lucero para siempre. Pocos años después, ese mismo Sergio Andrade encontraría a otra niña que se le pareciera, una adolescente llamada Gloria Trevi y todo  lo que después sabríamos del clan Andrade, todo aquello pudo haberle pasado a Lucero si Luz María León y el Tigre no la hubieran protegido.

Guarda  este momento, comadre, porque a partir de ese instante, aquella alianza entre la madre y el empresario  quedó sellado. Luz María León le debía una al tigre y los hombres, como el tigre nos regalan favores, los cobran. Tarde o temprano  siempre los cobran. Y mientras tanto, comadre, mientras tanto, la carrera de lucero seguía subiendo como un cohete.

En 1982 había grabado, Te prometo. En 1983 protagonizó  Chispita, la telenovela infantil que hizo que millones de niños mexicanos se enamoraran de ella. En 1987 grabó  el disco Lucerito, también conocido como el 815. que la lanzó al estrellato  adulto. En 1989 cambió su nombre artístico, dejó de llamarse lucerito y pasó a llamarse simplemente lucero.

 Era el símbolo de su crecimiento, decían las revistas. era el símbolo comadre de que aquella mina de oro acababa de cumplir 20 años  y estaba lista para entrar al siguiente nivel del negocio. Lista para grabar canciones de adultos. Lista para protagonizar telenovelas estelares, lista, sin que nadie lo supiera todavía, para ser convertida en novia.

 Llegó la década de los 90. Lucero ya era una estrella consolidada. hizo cuando llega el  amor en 1990. Ganó el TVB novelas a mejor actriz. Hizo los parientes pobres  en 1993 y volvió a ganar. Y en 1995 protagonizó la telenovela que iba a cambiarlo todo. Se llamaba Lazos de amor. La produjo Carla Estrada.

 Lucero hacía el papel triple de tres trillizas  separadas al nacer. El tema musical que ella misma cantaba con el corazón en la mano rompió récords de ventas. Las amas de  casa de todo México lloraban cada noche con aquellos personajes. Lazos de amor. Mi gente no fue una telenovela cualquiera.

 Fue en términos de marketing la operación de construcción de marca más sofisticada que Televisa había hecho con Lucero hasta ese momento. El triple papel le permitía a  la cantante mostrar tres caras distintas. La buena, la rebelde, la sufrida. Cada mexicana podía identificarse con una de las trillizas. Cada mexicana podía decir, “Esa soy yo.

” Y al mismo tiempo, cada mexicana terminaba la telenovela con la sensación de que lucero, la actriz que hacía  las tres, era todo. Era inocencia, era pasión, era dolor, era comadre,  era todo lo que una mujer mexicana puede ser. y aquella sensación de totalidad, aquella sensación  de que Lucero era una mujer múltiple, una mujer completa, una mujer que abarcaba  el espectro entero de los encendimientos femeninos, fue exactamente  lo que iba a venderles después la boda televisada al público, porque la novia

que iba a entrar al altar el 18 de enero del 97 no era solamente una  cantante, era todas las mexicanas. Y todas las mexicanas, comadre,  todas las mexicanas íbamos a estar en aquel altar simbólicamente. Esa fue  la operación. Hubo otro detalle, mi gente, otro detalle  que pocos comentaristas notaron en aquellos años, pero que demostraba hasta dónde llegaba el cálculo del tigre.

 La telenovela Lazos  de amor terminó en febrero de 1996, es decir, casi un año  exacto antes de la boda. Y el nombre del programa especial que iba a transmitir la boda  fue Lazos de amor por siempre. No lazos de amor eterno, no lazos de lucero, lazos de amor por siempre. Una continuación directa de la telenovela.

  Como si la boda fuera una secuela. Como si la trilliza ficticia que en la telenovela encontraba el amor verdadero se hubiera convertido en la vida real, en la mujer que se casaba en cadena nacional. Y aquello no fue casualidad, comadre. Aquello fue una estrategia de continuidad narrativa diseñada por los productores de Televisa.

  El público mexicano iba a sentir que estaba viendo el final feliz de una telenovela. Y aquel  final feliz iba a vender anuncios durante 4 horas. Ella era la mercancía, pero ella era una  mercancía disfrazada de personaje de telenovela, la operación  más bridrasante del entretenimiento mexicano del siglo XX.

Lucero era  en ese momento la cara más vendible que tenía Televisa en su catálogo entero. Y mientras todo esto  pasaba, mientras los premios se acumulaban en su sala,  mientras los discos vendían millones, en una oficina del piso 20 de Televisa, el tigre Azcárraga empezaba a hacer cuentas.

 México vivía un momento durísimo. La crisis del tequilazo de 1994 había sido una de las peores devaluaciones  en la historia económica del país. El peso se había desplomado contra el dólar. Las empresas mexicanas se hundían. La inversión extranjera se evaporaba. Y Televisa, comadre, Televisa también estaba sintiendo el  golpe.

 Los anunciantes pedían descuentos. Los presupuestos publicitarios  se recortaban. La empresa que durante décadas había crecido sin parar  empezaba a ver señales preocupantes. El tigre Azcárraga, que había heredado el imperio de su padre en 1972  y lo había multiplicado por 20, necesitaba un golpe.

 Un golpe maestro, un evento que reactivara el negocio, un evento que demostrara al mundo que Televisa  seguía siendo la primera potencia del entretenimiento en español. Y aquí, comadre, aquí empieza  la parte que nunca te contaron. Las altas esferas del periodismo mexicano siempre dijeron que la idea de televisar la boda del tigre  Azcárraga.

 La propia lucero lo confirmó muchos años después.  En una entrevista con Jorge Ramos en el programa Algo personal, Lucero contó que durante una plática  que tuvo con el tigre, él le dijo que quería que invitara a todo México a su boda, que  la transmitiera, que la televisara. Pero hay un detalle, mi gente, hay un detalle que Lucero nunca contó en aquella entrevista.

 Hay un detalle que se quedó dentro de los pasillos de la empresa y que solamente los  que estuvieron en aquella reunión saben con exactitud. Y es que cuando el tigre propuso aquella televisación, la cosa ya estaba decidida entre él y Luz María León desde hacía meses.

 La conversación con Lucero fue solamente el momento del anuncio.  El contrato ya estaba hecho, comadre. El contrato ya estaba hecho  antes de que la novia supiera que iba a ser novia. Y aquí viene lo primero que te prometí,  mi gente, la reunión secret tienes que imaginarte aquel encuentro. Probablemente fue a finales del año 1995.

Probablemente fue durante una comida en el restaurante privado del Tigre,  ubicado en su oficina de Televisa, donde el empresario se reunía con quienes  quería tratar asuntos sin testigos. Las malas lenguas de la farándula mexicana  siempre han dicho que aquellas comidas eran de gente cercana.

Solían  estar el propio tigre, su asistente personal y la persona invitada. Nadie más. No había secretarias tomando notas,  no había abogados anotando cláusulas, eran reuniones entre dos personas que se entendían con medias palabras. Y aquella tarde las dos personas eran Emilio Azcárraga Milmo y Luzma María León Sobiné.Lucero revela cómo el Tigre Azcárraga le pidió televisar su boda con Manuel  Mijares | Shows Canal U | Unicable

 Se cuenta, comadre, se cuenta entre los productores más viejos de Televisa que aquella tarde el tigre puso sobre la mesa un proyecto. Le dijo a Luz María León algo más o menos así. Tu hija ya tiene 26 años. Necesitamos casarla. Necesitamos darle a México la boda más grande que se haya visto y necesitamos elegir bien al novio porque el novio le dijo, “No podía ser cualquiera, no podía ser un actor desconocido, no podía ser un empresario sin pegada en el corazón del público.

 El novio tenía que ser otra estrella de Televisa, un cantante, alguien con carrera propia, alguien con quien la audiencia ya tuviera una relación emocional. Y el tigre tenía un nombre en la cabeza. El nombre era Manuel  Mijares. Comadre, escucha bien esto. Lucero llevaba 10 años suspirando por Mijares.

 Lo había confesado en una entrevista  que dio para CNN [carraspeo] en el año 2022. Dijo, palabras textuales, que se había quedado  flechada por él desde 1987, cuando ella tenía apenas 18  años y él 29. Pero en aquel entonces Mijares no le hizo caso. Tenía otros compromisos y Lucero simplemente  esperó.

 Pero hay que entender quién era Mijares en aquel entonces, comadre. Hay que entender por qué el tigre Azcárraga lo eligió a él y no a otro de los cantantes  disponibles en el catálogo de Televisa. Manuel Mijares había nacido en la ciudad de México en 1958.  11 años mayor que Lucero, había empezado a cantar a finales de los años 70.

 Su gran salto vino  en 1985 con el tema Soldado del amor, una balada romántica que se  convirtió en uno de los himnos de la radio mexicana de aquellos años. La canción le dio el apodo, El soldado del amor, el hombre que cantaba como  nadie las baladas de despecho, el hombre que hacía llorar a las mujeres en los conciertos y el hombre comadre que para mediados de los años  90 atravesaba una etapa profesional difícil.

 Su carrera había bajado  de intensidad. Los discos no vendían como antes. Las giras se  habían hecho más pequeñas. Mi jares, mi gente, estaba en el momento exacto en que  un cantante necesita un golpe de timón para volver al estrellato. Y aquí, comadre, aquí entra  el cálculo del tigre. Casa a mijares con lucero y obtienes dos cosas a la vez.

 Primero, resucitas la carrera del soldado del amor. Segundo, vendes la boda perfecta de un país. La voz dulce del romance con la novia más limpia  de la televisión. La operación mi gente era brillante, era casi diabólica de también diseñada, porque Mijares, agradecido por la oportunidad iba a aceptar lo que le pusieran enfrente.

 Y Lucero, comadre, Lucero llevaba 10 años esperando  que el soldado del amor la mirara con otros ojos. Pasaron los años, pasaron los discos, pasaron las telenovelas. Lucero siguió esperando y un buen día, justo cuando el tigre necesitaba urgentemente una boda televisada, justo cuando Mijares atravesaba una etapa profesional un poco gris en su carrera, casualmente,  casualmente, Lucero y Mijares coincidieron en un  palenque de Guadalajara, en el mismo hotel, en el mismo elevador.

 Y de ahí, según las versiones oficiales, surgió el amor. Pero las malas lenguas, comadre, las malas lenguas dicen otra cosa. Las malas lenguas dicen que aquel encuentro de Guadalajara no [carraspeo] fue casualidad,  que el tigre Azcárraga y Luz María León lo habían orquestado milimétricamente, que sabían perfectamente que Lucero llevaba años suspirando por aquel hombre, que sabían perfectamente  que Mijares era un hombre golpeado emocionalmente que aceptaría agradecido cualquier oportunidad de levantarse y que sabían,  mi gente, que si

juntabas a esos dos en el mismo lugar, en el mismo momento, en las condiciones correctas,  la naturaleza haría el resto. La naturaleza y un poco de ayuda del calendario de Televisa  para hacer coincidir agendas que en cualquier otro momento del año habrían sido imposibles.  Imagínate, comadre, la operación.

Imagínate cómo se construye una casualidad así desde una oficina.  Primero, la productora del Palenque, una empresa que trabaja con Televisa, recibe una llamada. Le dicen que para tal fecha  contraten a Lucero y a Mijares como artistas estelares. La productora lo hace.

 Después, los managers de los dos que tienen comunicación directa con Televisa  ajustan las agendas. El hotel de hospedaje, el mismo, el piso del hotel  próximo, las cenas posteriores al show en los mismos restaurantes y se deja todo lo demás al azar de  dos artistas que llevaban 10 años cruzándose en saludos formales.

Una semana después, una revista  del corazón publica las primeras fotos. Lucero y Mijares saliendo de un restaurante. Lucero y Mijares riéndose en un palco. Lucero y Mijares, comadre, naciendo como pareja delante de los ojos de medio país y el público mexicano, esa audiencia maravillosamente generosa que somos las mexicanas, comprando el cuento entero sin sospechar ni por un segundo que la película había empezado en una oficina del piso 20 de Televisa San Ángel.

La boda no empezó por amor, comadre. La boda empezó por un cálculo. La boda empezó en una oficina. La boda empezó antes de que los novios se volvieran a ver. Ella era la mercancía.  Y mi jares, mi gente, mi jares también era otra mercancía, una mercancía emparejada a la primera  por la misma mano invisible.

 En noviembre de 1996, dos meses antes de la fecha prevista. Mijares  se arrodilló frente a Lucero y le pidió matrimonio. La escena fue romántica,  dulce, perfecta para las cámaras. Lucero dijo que sí entre lágrimas. La prensa rosa estalló. Las revistas sacaron portadas. Las amas de casa de todo México suspiraban.

 Pero detrás de aquella escena  perfecta, comadre, detrás de aquella foto que iba a recorrer todas las publicaciones de México, ya estaba todo  arreglado. Ya estaban firmados los contratos, ya estaban contratados  los anunciantes, ya estaba contratado el lugar,  ya estaba contratada a la conductora, ya estaba contratado el arzobispo, ya estaba elegida la FECH.

  el 18 de enero de 1997. Una fecha que Televisa llevaba 6 meses preparando como el evento publicitario más grande de su historia reciente. Y vamos a los detalles, mi gente,  vamos a los detalles del negocio, porque es aquí, en estos detalles donde se entiende la verdadera magnitud de lo que estaba ocurriendo.

 Televisa creó un programa especial. Le pusieron el nombre Lazos de amor por siempre,  copiando descaradamente el título de la telenovela que Lucero había protagonizado  dos años antes. Era el mismo concepto, la misma marca, el mismo branding. El programa iba a durar 4 horas en cadena nacional. Iba a incluir la misa, el civil,  las entrevistas con invitados, el banquete, el baile, los discursos,  los detalles del vestido.

 Iba a ser, comadre, iba a ser una película de 4 horas con la mujer más amada de México como protagonista.  Y por aquellas 4 horas, Televisa contrató 10 cortes comerciales con  22 anunciantes distintos. Según los registros que la prensa de aquella época pudo recuperar. Particularmente el periódico Reforma, aquellos 22 anunciantes pagaron en conjunto 11,illon700,000.

11,700,000, comadre. En pesos mexicanos de 1997,  eso eran 88 millones de pesos, casi 100 millones solamente en publicidad. Solamente por una tarde, solamente por 4 horas de transmisión. de una boda. Y aquí viene lo segundo que te prometí, comadre.  La pregunta que nadie en México hizo durante 30 años.

¿Cuánto le tocó de ese dinero a la novia? ¿Cuánto cobró  Mijares? La respuesta, mi gente, la respuesta es uno de los secretos mejor guardados de Televisa, pero las versiones que han circulado en el medio durante décadas apuntan a una cifra. La pareja, según estimaciones de la prensa de aquellos años, particularmente  el periódico salvadoreño El Salvador y otras publicaciones internacionales que cubrieron la boda, habría cobrado  entre los dos 7 millones de dólares por los derechos de transmisión.

Suena mucho, suena muchísimo, pero compáralo  con lo que ingresó Televisa. Televisa cobró $1,700,000.  Los novios juntos cobraron 7 m000ones. Es decir, comadre,  es decir, Televisa, se quedó con $4,700,000 limpios, $4,700,000 libres de costos.  Y eso solamente contando los ingresos por publicidad, sin contar el valor de marca, sin contar la audiencia que ganaron para el resto de su programación, sin contar  las telenovelas que después se vendieron mejor porque la cara de Lucero había

llegado a los hogares mexicanos como nunca antes. Televisa hizo un negocio de más de 6 millones de dólares limpios con una sola tarde, con una sola boda,  con una sola novia que nunca supo exactamente cuánto había valido. [resoplido] Para que entiendas, comadre,  lo que esto significa en perspectiva, ponte a pensar.

 Una persona normal en México en 1997 ganaba alrededor de 1500 pesos al mes si trabajaba en una oficina. es decir,  18,000 pesos al año. Lo que Televisa ganó en aquella tarde habría sido suficiente  para pagarle el sueldo de toda una vida a 5000 personas. 5,000 familias  mexicanas, 5,000 familias comadre, por una tarde de boda, por unas horas de televisión,  por la novia que llevaba toda su vida siendo tratada como mercancía y los anunciantes, mi gente.

 Los anunciantes que pagaron aquellas cifras enormes sabían  exactamente lo que estaban comprando. compraban acceso a un público cautivo de 7 millones de mexicanas en una sola tarde. Compraban la atención  emocional de las amas de casa mexicanas, precisamente en el momento en que sus  corazones estaban más abiertos.

Cuando ven a una novia entrar al altar, cuando ven el sida, aceptó, cuando ven el primer beso, los corazones se abren y los corazones abiertos compran más.  Compran detergentes, compran cremas, compran pastas dentales, compran coches, compran refrescos, compran refrigeradores, compran todo lo que les pongan delante en el momento adecuado.

Los anunciantes  de aquella boda, comadre. Los anunciantes pagaron porque sabían que sus marcas iban para siempre asociadas a un  evento entrañable. Aquella crema facial, cuyo comercial salió a las 5:20  de la tarde de aquel sábado, esa crema iba a venderse más durante los siguientes 6 meses.

 Aquel refresco que apareció justo en el corte del baile del perrito,  esa marca iba a quedar pegada al recuerdo más feliz de la boda. Era una sinfonía publicitaria, una sinfonía donde Lucero, comadre,  donde Lucero era la batuta, era la melodía principal, era el motivo  por el cual los millones de mexicanas no cambiaban el canal.

 Pero el negocio no se quedó en la publicidad. El negocio se extendió mucho más allá  porque después de la transmisión Televisa Internacional licenció el contenido a televisoras de toda Latinoamérica. La boda  se vendió en Argentina, se vendió en Colombia, se vendió en Venezuela, se vendió en Chile,  se vendió en España, se vendió comadre hasta en Estados Unidos a través de Univisión.

 Cada licencia generaba ingresos adicionales y mientras Televisa cobraba en cada país  los novios, los protagonistas reales del evento, los seres humanos que habían dicho sí ante el altar, pensando  que aquello era un acto de amor, no veían ni un centavo más de aquellas licencias internacionales.

habían firmado contratos como artistas,  pero el evento, comadre, el evento ya no les pertenecía a ellos.  El evento pertenecía a la empresa. Ellos eran los actores principales de una película que otro estaba produciendo. Comadre,  antes de seguir con esta historia, tengo que pedirte un favor.

 Si estas palabras te están moviendo el corazón, si sientes que detrás  de cada cosa que estoy contando hay una verdad que nadie se atrevió a decir durante décadas,  te pido que te suscribas a este canal. Aquí estamos las mujeres mexicanas de cierta edad. Aquí estamos las que vimos aquella boda con un cafecito en la mano y los hijos durmiendo en el sillón.

 Aquí estamos las que creímos en aquel cuento. Aquí estamos también, mi gente,  para contar lo que las altas esferas de San Ángel nunca quisieron que supiéramos. Aquí no hay miedo. Aquí no hay pasillos que callen, aquí hay verdad. Y esta familia que estamos construyendo en este canal  es la última trinchera donde se cuentan las historias completas de nuestras estrellas, sin censura, sin maquillaje  y sin contrato con la empresa que mandó durante décadas.

 Suscríbete  y quédate conmigo porque lo que viene es todavía más doloroso. Y aquí, comadre, vamos al momento más triste de toda esta historia. Vamos al momento que durante tres décadas se ha contado en voz baja en las cocinas y peluquerías de los pasillos de Televisa, tr días antes de la boda televisada, 3 días antes del 18  de enero de 1997, tres días antes del evento más grande que iba a vivir la pareja en su vida.

 Algo pasó en la casa León, algo que solamente los empleados más cercanos vieron. Algo  que las propias hermanas de Luz María León se contaron entre ellas durante años sin que nadie del exterior se enterara.  Algo que tenía que ver con la madre, con la arquitecta, con la mujer que había firmado todo, con la mujer que esa noche, por primera vez en  18 años de carrera de su hija, entendió hasta dónde había llegado y se quebró.

Comadre,  lo que voy a contarte ahora no aparece en los libros oficiales de Televisa,  no aparece en las biografías autorizadas de Lucero, no aparece en las entrevistas que la cantante ha dado en los últimos 20 años. Es una de esas historias  que se quedan en los pasillos, que pasa de empleada a empleada, que las productoras  de los foros cuentan a media voz cuando se sienten que en confianza.

 Pero según se ha contado en aquellos  círculos íntimos del medio durante los tres días anteriores a la boda televisada, Luz María León Soubiné, la madre, la manager, la arquitecta,  se encerró en su cuarto y lloró. Lloró sin parar, comadre, según contaron las personas que estuvieron cerca aquellos días.

  Lloró como una madre llora cuando se da cuenta de algo terrible. Lloró como llora una mujer  que ha pasado 18 años construyendo algo y en el último momento entiende que ese algo no es lo que pensaba. La señora Ogaza, como la llamaban algunos en el medio, había aceptado el negocio de la boda televisada con entusiasmo profesional.

Había firmado los contratos, había revisado las cláusulas, había aprobado el vestido,  había elegido el lugar, había decidido cada detalle del banquete y durante meses, comadre durante meses, estuvo concentrada en la operación, en los detalles, en la logística,  en la prensa. Pero tres noches antes del evento, según se cuenta, la señora León vio finalmente lo que había hecho  y vio que su hija, su lucerito, su criatura, estaba a punto de protagonizar la mayor operación publicitaria del

 entretenimiento mexicano. No una boda, una operación publicitaria con su hija como producto principal. Las hermanas de Luz María León entraron al cuarto, le hablaron, le ofrecieron té, le ofrecieron compañía y Luz María, según se cuenta, les dijo entre lágrimas algo que en aquel momento sonaba a las dudas normales de cualquier  madre antes de la boda de una hija.

 Dijo que tenía miedo. Dijo que no estaba segura. Dijo que Mijares y Lucero eran muy diferentes. Dijo que ella había soñado con otro tipo de boda para su hija. Una boda chiquita,  una boda íntima, una boda donde la novia no tuviera que sonreír durante 4 horas en cadena nacional. Una boda donde no hubiera que pagar tributo  a un señor que llevaba 20 años llamando Escuincla a su hija.

Luz María León, comadre. Luz María León dijo todo aquello  y al día siguiente, según se cuenta, se levantó, se vistió, se puso su mejor cara y volvió a la operación porque el contrato ya estaba firmado, porque echarse para atrás era imposible, porque el tigre  Azcárraga no perdonaba a quien le fallaba en el último momento.

 Y aquí está, comadre, aquí está lo tercero que te prometí, el momento en que la mujer que Abica construido todo,  entendió que todo era una farsa y eligió sostenerla hasta el final por miedo, por lealtad  al tigre, por orgullo, pero sobre todo mi gente, porque la mercancía ya estaba empaquetada.

 La mercancía ya solamente tenía que  entregarse y llegó la mañana del sábado 18 de enero de 1997.  La ciudad de México amaneció con un frío seco, esos fríos  típicos del invierno de la capital. Las calles del centro estaban cortadas. La iglesia  de San Ignacio de Loyola en Polanco llevaba semanas siendo preparada.

 El colegio de  las bizcaínas en el corazón histórico de la ciudad lucía como un set cinematográfico. Las cámaras de Televisa,  100 en total según los registros de aquella época, se habían instalado  en cada rincón. Los técnicos llevaban días montando luzces que no se notaran demasiado para que la ceremonia pareciera íntima ante el televisor.

 Y los conductores designados para el evento, Guillermo Ortega Ruiz y la mismísima Silvia Pinal, la dive mayor del cine mexicano, llevaban semanas ensayando sus diálogos con los productores. 700 invitados se sentaron en el banquete del colegio de las bizcaínas. La lista, comadre. La lista era el ¿Quién es quién de México en aquella época? El presidente Ernesto Cedillo, María Félix La Doña, Verónica  Castro, Angélica María, Cristina Saralegui, Raúl Velasco, don Francisco, Yuri, Jacobo Zabludowski, el alcalde de

la Ciudad de México, Óscar Espinot. y por supuesto en primera fila, sentado como si fuera el padrino real de la novia, Emilio  Azcárraga Milmo, el tigre, el hombre que había orquestado todo aquello desde su oficina del piso 20, el hombre que aquella tarde estaba presenciando con los ojos brillantes, una de las últimas grandes operaciones televisivas.

 El banquete, comadre. El banquete fue una obra de arte gastronómica diseñada por uno de los chefs más reconocidos de la ciudad de México.  Se sirvió, según las crónicas de aquellos días, crema de morillas como  entrada, luego pechuga al champañen de plato fuerte, helado praliné de postre.

 Cada plato venía acompañado de un vino específico importado, seleccionado por un somelier especializado. El champañe servido era francés, comadre, ni un solo vino mexicano.  Y aunque aquello sonaba elegantísimo, las malas lenguas del medio aseguran que el menú fue impuesto por los productores de Televisa, no [carraspeo] elegido por los novios, porque el banquete tenía que aparecer bien en  las cámaras.

El crema de morilla se veía bonita en plano cenital. La pechuga al champañen brillaba bajo las luces del foro. El helado praliné  permitía que los meseros pasaran con bandejas en el momento exacto del  corte comercial. Hasta la comida mi gente, hasta lo que llegaba a la boca de los novios,  había sido diseñado pensando en la audiencia de su casa, pensando en las amas de casa que veían el banquete con admiración, y luego al  día siguiente fingían cocinarse algo elegante, porque la pareja perfecta lo

había  comido el día antes. Y mientras la cena se servía, mientras los meseros pasaban con copas de champañín francés en los  pasillos del colegio de las bizcaínas, las productoras de Televisa hablaban con Luz María León como si ella fuera la verdadera dueña del event. Cada decisión pasaba por sus manos.

 Las malas lenguas de aquella noche aseguran que cuando llegó el momento del baile del perrito,  una de las productoras quiso cambiarlo por algo más elegante. Luz María dijo que no, que el baile  del perrito se quedaba porque era lo que el público iba a querer ver, porque era lo que iba a hacer que la gente recordara la boda durante décadas.

Y tuvo razón. Aquella decisión, comadre, aquella decisión la tomó la madre. No, los novios. Lucero salió de un vehículo blanco rodeada de cámaras. Vestía un vestido diseñado por Claudio Sala  con escote bardot, hombros descubiertos y una cola larguísima que arrastraba detrás. En la cabeza llevaba una tiara reluciente.

 Su pelo  castaño caía suelto y en su cara había una sonrisa. La sonrisa más limpia del mundo. La sonrisa que llevaba 17 años practicando  frente a las cámaras desde que era una niña de 10 años. La gente afuera gritaba su nombre. La banda sonora del programa estaba lista para arrancar.  Las cámaras encendieron las luces rojas.

Empezó la transmisión y 7 millones de mexicanos, comadre. 7 millones de mexicanos detuvieron lo que estaban haciendo aquella tarde para  sentarse frente al televisor. Acuérdate, comadre, acuérdate donde estabas tú aquella tarde. Probablemente estabas en tu sala, probablemente con tu mamá que aún vivía,  probablemente con tu hermana o con tu cuñada.

 Probablemente  preparaste un cafecito y unas galletas porque la transmisión empezaba a las 4 de la tarde y terminaba a las 8. 4 horas seguidas pegadas al televisor, 4 horas viendo aquella mujer caminar al altar como si fuera la novia más amada de la patria. 4 horas escuchando a Silvia Pinal  narrar con su voz inconfundible.

 4 horas en las que tú, comadre, sin saberlo, formabas parte de un experimento televisivo nunca antes  intentado en México. un experimento, mi gente, donde la audiencia, tú misma, eras tan  parte del producto como la propia novia, porque el negocio no podía  cerrarse sin ti, sin tus ojos pegados a la pantalla, sin tu corazón apretándose cuando lucero entró al altar,  sin tu lágrima rodando cuando ella dio el sí, acepto.

Tú, comadre,  eras también parte del paquete que aquella tarde se vendió a los anunciantes. Tú eras la audiencia,  tú eras la confianza, tú eras el motivo por el que los 22 anunciantes habían pagado 11,700,000 porque los productos que ellos querían vender iban a llegar a tus ojos gracias a la cara de la novia.

 Ella era la mercancía,  pero tú también eras un pedazo del trato. 7 millones, 7 millones  de mexicanas y mexicanos que no tenían ni idea de que lo que estaban viendo no era una boda, era un  producto, era un comercial de 4 horas, era una operación de ventas de la que la novia, la mercancía principal, no iba a ver más que una fracción de los beneficios.

 Y mientras Lucero caminaba al altar,  mientras Silvia Pinal narraba al aire con su voz inconfundible, mientras los anunciantes corrían sus comerciales en  los cortes pactados, allá, en una de las primeras filas había una mujer que sonreía con los ojos hinchados. Esa mujer era Luz María León,  tres noches de llanto encerrada en su cuarto y aquella tarde vestida de  gala, con un sombrero discreto, con la espalda erguida, como había aprendido a tenerla siempre, sonriente, como había aprendido a sonreír durante

18 años de manejar a su hija. Solamente quienes la conocían muy bien podían ver en el fondo de sus ojos lo que  ella sentía aquella tarde. Solamente quienes habían entrado a su cuarto durante aquellas tres noches sabían lo que aquella sonrisa estaba  ocultando. Una madre puede firmar lo que sea por el futuro  de su hija, pero hay un preo y el precio se paga en privado,  se paga en las noches, se paga en la almohada, se paga, comadre, con un dolor que no se comparte  con

nadie porque nadie lo entendería. La boda fue exactamente lo que el tigre Azcárraga había soñado. Una operación televisiva impecable. Lucero llorando en el altar, Mijares cantando para su novia, el padre que la entregaba,  las flores blancas, la consagrada, el sí acepto, el beso,  las copas levantadas, las palabras del arzobispo Norberto Rivera.

 Y al  final, comadre, al final el famoso baile del perrito, aquel baile ridículo y entrañable  que Lucero y Mijares ejecutaron juntos al ritmo del Wilfrido Vargas. Aquel baile que iba a quedar como el momento kit más recordado de la  televisión mexicana de los 90. Aquel baile mi gente que algunos productores quisieron quitar del programa porque  les parecía poco elegante, pero que Luz María León exigió mantener, porque la madre, comadre sabía lo que vendía.

 Sabía que aquel baile era el ingrediente que le faltaba  al producto para volverse inmortal en la memoria colectiva. Tres meses después, en abril  de 1997, Emilio Azcárraga Milmo murió. El tigre se llevó a la tumba la satisfacción de haber producido su última gran operación. Comadre, hay un detalle de aquella muerte del tigre  que pocas personas en México conocen y que cierra simbólicamente esta historia.

El tigre Azcárraga Milmo murió a bordo de su yate,  el Eco, en el Caribe mexicano. Le habían diagnosticado un cáncer en la médula ósea. Tenía 66 años. murió rodeado de su familia y de su entorno más cercano.  Pero antes de morir, según se cuenta en aquellos círculos del medio, el tigre llamó a algunas personas para despedirse.

Entre ellas, según las versiones, llamó a Luz María León. Le agradeció. Le dijo que la boda de Lucero había sido uno de los mejores logros profesionales de los últimos años. le pidió que cuidara a su escuincla y se despidió. Aquella llamada, comadre, según contó después Luz María en círculos íntimos, le quitó al tigre un peso de encima, porque aquella boda televisada fue la última gran operación de su carrera.

 Y aunque para Lucero y Mijares fue el principio  de 14 años complicados de matrimonio, para el tigre Azcárraga fue el cierre  perfecto de un imperio que él había llevado al Cenit. murió sin saber, comadre, sin saber que aquella boda que él había orquestado iba a terminar exactamente como tenía que terminar, sin amor, sin pasión, con dos personas que vivieron 14 años bajo el mismo techo, aprendiendo a coincidir  más que a quererse, porque mira, mi gente, mira lo que pasó  después, lo que la

prensa rosa de aquellos años nunca contó, lo que se ha ido sabiendo poco a poco. a lo largo de las décadas, en confesiones de mijares, en frases sueltas  de lucero, en testimonios filtrados desde los pasillos de Televisa. El matrimonio entre Lucero y Mijares,  casi desde el principio, fue dos vidas paralelas.

 Él tenía sus giras, ella tenía sus telenovelas, él tenía sus  discos, ella tenía sus contratos publicitarios. Nacieron dos hijos, José Manuel, en el año 2001 y la pequeña Lucerito en el año 2005. Pero hasta los hijos los criaron con ayuda de nanas, de tutores,  de empleados. Las malas lenguas de la farándula mexicana cuentan algunos detalles,  comadre.

 Detalles que con el tiempo Mijares mismo iría confesando en distintos programas de televisión. Detalles que pintan  un cuadro bastante distinto al cuento perfecto que aquel sábado de enero del 97 se vendió en Cadena Nacional. Cuentan,  por ejemplo, que durante los primeros años de matrimonio, Lucero y Mijares se acostumbraron  a no compartir ni siquiera las vacaciones, que cuando él se iba de gira por Sudamérica,  ella se iba de gira por Centroamérica, que cuando él tenía dos semanas libres, ella estaba grabando

una telenovela en otro foro, que las cenas familiares  se hacían solamente cuando coincidían en las mismas fechas. lo cual era cada vez menos frecuente.  Las altas esferas de la farándula mexicana sabían, comadre, sabían que aquel matrimonio había empezado con un calor de telenovela y se había enfriado a la velocidad de los compromisos profesionales  que cada uno mantuvo después de la boda.Serie Chespirito evidencia romance de Tigre Azcárraga y Lucía Méndez |  MARCA México

También se cuenta en aquellos círculos del medio que durante  los últimos años del matrimonio lucero y Mijares dejaron de hablar de los temas íntimos, que las conversaciones  entre ellos pasaron a ser solamente sobre los niños, sobre las agendas, sobre las decisiones prácticas  de la familia, que [resoplido] los temas del corazón, esas conversaciones largas que tienen los matrimonios cuando se aman de verdad, simplemente ente desaparecieron del repertorio de la casa y que cuando uno o el otro tenía algo

importante que celebrar,  una nominación, un disco que vendía bien, una telenovela exitosa, ya no era a la pareja a quien primero llamaban, era al hermano, era a la mamá, era al manager. La pareja comadre se había convertido en compañeros de departamento. Y los compañeros  de departamento, mi gente, los compañeros de departamento no pueden mantener para siempre el  espectáculo de un matrimonio enamorado.

 Mijares lo confesaría palabras textuales en una entrevista para el programa de Jordi Rosado del año 2020. Dijo que estaban acostumbrados a que estuviera uno o estuviera el otro. Dijo que ella viajaba mucho y él también. dijo que decidieron después de algunos años dormir en cuartos  separados.

 Dijo comadre que se separaron en lo cotidiano, como decía él, la familia real británica,  en el ala A y el ala B. Pero las malas lenguas de la farándula mexicana  sabían algo más. Sabían que aquella distancia no era solamente profesional. Sabían que aquel matrimonio nunca había tenido los cimientos que la audiencia  mexicana creyó ver el 18 de enero de 1997 y a finales del año 2010,  cuando ya el matrimonio llevaba años caminando hacia el precipicio, algo ocurrió.

Un hombre apareció en la vida de Lucero, un hombre rico, un hombre con apellido de las altas esferas económicas, un hombre cuya sola presencia evidenciaba lo lejos que estaba aquella mujer del cuento que se había vendido  en cadena nacional. La prensa lo detectó. Las revistas filtraron las primeras fotos y en marzo del año 2011, casi 14 años exactos después de aquella boda televisada, Lucero y Mijares emitieron un comunicado conjunto, se separaban.

 Se acabó la operación. [carraspeo] Y aquí, comadre,  aquí en este momento del divorcio, fue cuando Lucero dijo una frase que probó sin necesidad de más explicaciones que ella siempre había sabido,  que ella siempre había entendido, que ella, aunque le hubiera costado 14 años atreverse a decirlo, había vivido todos aquellos años con la conciencia de que su matrimonio había sido una operación pactada.

 Y aquí viene lo cuarto que te prometí,  comadre, la frase que lo prueba todo. En una entrevista que dio años  después, ya entrado el segundo decenio del 2000, Lucero confesó a la revista Hola, con su sonrisa de siempre que su madre había organizado toda su  boda. Lo dijo orgullosa, lo dijo agradecida.

 Pero hay una frase, mi gente,  una frase distinta que se le escapó a Lucero en una entrevista que dio para CNN en el año 2022.  Una frase que pasó desapercibida en su momento. Una frase  que ahora escuchándola con todo el contexto que te he dado en este vídeo, suena como una confesión disfrazada”, dijo Lucero  palabras textuales refiriéndose a cómo se reencontró con Mijares en aquel palenque de Guadalajara en 1995, que las cosas  se acomodan, que las casualidades existen.

 Las casualidades existen, comadre,  las casualidades existen, pero no en un palenque de Guadalajara, donde coinciden exactamente  en el momento que le conviene a Televisa los dos artistas  que el tigre Azcárraga había seleccionado para ser la pareja que salvaría su temporada televisiva.

 Eso no es una casualidad, comadre. Eso es un  proyecto. Eso es un contrato. Eso es una operación. Hay más frases,  comadre. Hay más frases dispersas en distintas entrevistas que Lucero ha dado a lo largo de los últimos 15 años. Frases en las que la cantante,  sin darse cuenta del todo, ha ido dejando pistas de que ella sabía.

Una entrevista  que dio a la revista Caras en el año 2018, por ejemplo. Lucero estaba contando lo difícil que había sido para ella la maternidad.  Y de repente, Comadre soltó una frase que sus seguidores leyeron entre líneas. Dijo palabras textuales que ella había aprendido a vivir con las decisiones que se habían tomado por ella.

Sus seguidores se quedaron con la frase resonando, las decisiones que se habían tomado por ella. ¿Cuáles decisiones? ¿Por quién? Lucero no especificó, pero el plural, mi gente, el plural daba escalofríos. Significaba que no había sido una sola decisión, significaba que había sido toda una vida.

  Otra entrevista, esta vez al programa colombiano Lo sé todo, en el año 2023. La conductora le preguntó a Lucero qué consejo le daría a su yo de 20 años. Y Lucero respondió palabras textuales con la mirada brevemente nublada que le diría que confiara más en sus propias intuiciones. Confiar más en sus  propias intuiciones, comadre.

 Una frase que de boca de la niña, que fue criada por la madre más controladora del entretenimiento  mexicano, es sencillamente una confesión. Ella sabía, ella siempre supo, pero nunca se permitió confiar en lo que  su intuición le decía, porque desde los 10 años le habían enseñado que la intuición de una niña no contaba ante las decisiones del tigre  y de la mamá. Y Lucero lo sabía.

 Lucero lo había sabido siempre.  Lo dejó escapar en aquella frase a CNN. Lo dejó escapar también en otras entrevistas  cuando hablaba de su madre, con una mezcla de admiración y agradecimiento, que a quienes leían entre líneas les sonaba a la lealtad de una hija obediente que ha aprendido a ver lo mejor de una situación complicada.

 lo dejó escapar, comadre, en cada vez que la palabra contrato salía a colación en una conversación sobre su vida personal  y Lucero cambiaba de tema con una sonrisa entrenada en 40 años de carrera.  Porque Lucero, mi gente, había crecido siendo mercancía. no conocía otra forma de vivir. Para ella, la vida era cumplir lo que su madre y los ejecutivos  de Televisa habían diseñado.

 Y aunque en algún rincón profundo de su corazón sentía que aquello no era una boda real, que aquello era una farsa pactada, ella había firmado, había sonreído,  había bailado el perrito, había bailado comadre, con elegancia, con disciplina, con la profesionalidad de quien  ha sido criada para servir a un imperio.

 Y aquí, comadre, hay que detenerse un momento. Hay que detenerse para entender el costo emocional que tiene crecer como  mercancía. Crecer sabiendo que tu valor profesional depende de que sigas siendo lo que otros han decidido que seas. Crecer sin la libertad de decir que no. crecer sin la posibilidad de equivocarte, de fracasar, de cambiar de opinión,  de ser una mujer normal, con dudas y con caprichos.

 Lucero, mi gente, Lucero pagó un precio que aquellos 11,700,000 que cobró Televisa nunca compensaron. Pagó el precio de no haber tenido nunca una vida íntima de verdad. Pagó el precio de haberse perdido la juventud normal de las mujeres de su generación. pagó el precio de aprender a sonreír delante de las cámaras  antes que a llorar delante de un espejo, y pagó, comadre, el precio de saber que durante 14 años se había casado con un hombre por contrato, no por amor, y de tener que sostener aquella farsa cada vez que alguien le preguntara cómo se

sentía. Las altas esferas del entretenimiento mexicano conocen esos costos, mi gente. Los conocen porque los han visto en  docenas de artistas. Cantes que entraron de niños y se quemaron de adultos. Actrices que perdieron la cabeza después de años de servir al imperio. Niñas estrella que terminaron en clínicas  de rehabilitación porque la presión de seguir siendo el producto perfecto fue demasiada.

 Lucero, comadre, Lucero tuvo más suerte que muchas. No cayó en adicciones, no tuvo crisis  públicas, no protagonizó escándalos como otras. Y eso, mi gente, eso se lo tenemos que reconocer. Pero también tenemos que reconocer  que aquella aparente serenidad se construyó sobre un control de sí misma que probablemente le costó otras cosas.

Le costó la libertad de cometer errores. Le costó la libertad de ser solamente humana.  Le costó comadre la libertad de ser mujer en lugar de ser Mark. Y cuando 14 años después dijo aquella frase, “Te lo imploro, a Mijar es la noche en que él le pidió mudarse al edificio de Junto, lo que en realidad estaba haciendo, sin saberlo del todo, era pidiendo por primera vez  en su vida, su libertad, pidiendo soltar el contrato, pidiendo dejar de ser mercancía, pidiendo de que la salida del ala alabera la salida finalmente de la jaula

de oro. donde la habían  metido cuando tenía 10 años. Hoy comadre, hoy Lucero tiene  56 años. Es una mujer libre. Vuelve a los escenarios con mijares,  sí, pero ya no en una operación de Televisa. Ahora lo hacen en una gira que se llama  Hasta que se nos hizo propiedad de ellos, organizada por sus propios equipos.

 Cantan  juntos lo que ya no pueden vivir juntos. llenan auditorios, hacen reír a la audiencia con anécdotas de aquel matrimonio que el público  vio en cadena nacional. Y Mijares, comadre. Mijares ha encontrado en aquella nueva sociedad profesional con Lucero una segunda oportunidad, una segunda oportunidad de estar cerca de la mujer a la que durante años quiso,  aunque haya sido a su manera, una segunda oportunidad de cantar al lado de quien fue la madre de sus hijos y una segunda oportunidad, mi gente, de ganar dinero juntos sin tener que

sostener  el cuento del matrimonio perfecto. Porque ahora todo está claro, ya están divorciados, ya viven en  departamentos distintos, ya cada uno tiene su vida. Y desde esa libertad nueva, según contaron quienes los conocen, han descubierto algo que durante el matrimonio nunca habían podido.

 Han descubierto que se llevan  bien. Han descubierto que como compañeros profesionales son brillantes.  Han descubierto, comadre, que el amor que habían intentado forzar durante 14 años puede ser  ahora simplemente una buena amistad madura. Y esa amistad, mi gente, esa amistad les da más que el matrimonio.

 Y aunque todo parece reconciliación, todo parece amistad, todo parece final feliz que a las mexicanas nos gusta  imaginar, en el fondo, comadre, en el fondo, todos sabemos que aquel matrimonio nunca fue lo que nos vendieron, porque aquel matrimonio, mi gente, fue un producto. Y los productos,  aunque los queramos como propios, nunca nos pertenecieron de verdad.

 La hija menor, Lucerito Mijares, hoy tiene 20 años y ha empezado su propia carrera. Y aquí, comadre, hay una vuelta del destino que cierra esta historia. Porque Lucerito Mijares ha empezado a hacer lo que su madre nunca pudo hacer. tomar sus propias  decisiones, elegir sus propios contratos, manejar sus propios tiempos.

 Y aunque  tiene la voz de su madre y los rasgos de su padre, su carrera, hasta ahora no parece estar siendo construida pieza por  pieza por una madre arquitecta como la abuela Luz María León. Lucerito Mijares, mi  gente, parece estar viviendo lo que su mamá nunca pudo. Una vida en libertad.

 Quizá por eso Lucero la defiende con tanta fuerza, porque está defendiendo algo que a ella  en su época nadie le defendió. Está defendiendo el derecho de una mujer a no ser mercancía. Y comadre no fue solamente lucero. Hubo más mujeres del entretenimiento  mexicano que vivieron lo mismo. Verónica Castro, otra de las grandes estrellas del  catálogo de Televisa, también construyó su carrera bajo el ojo del tigre y bajo el control férreo de su propia madre.

 Talía pasó por algo parecido cuando su carrera fue dirigida desde casa  por las hermanas Sodi y luego por su esposo. Lucía Méndez, otra estrella de Televisa, contó alguna vez en una entrevista que aprendió a no preguntar nunca por qué le pedían cantar tal  canción en tal programa, que la regla era cumplir, la regla era sonreír, la regla era ser en cada momento lo que la empresa había decidido que fueras.

Y aquellas reglas, mi gente, aquellas reglas estaban tan interiorizadas en las cantantes de su generación que  ni siquiera las cuestionaban. Las aceptaban como aceptaban el clima, como aceptaban las horas de maquillaje, como aceptaban los vestidos  que les diseñaban sin consultarlas. Aquel sistema, comadre, aquel sistema fue el verdadero villano de  esta historia.

 las altas esferas del entretenimiento mexicano que durante décadas operaron con la lógica del producto que vieron en las niñas con talento  mercancía, que se acostumbraron a que las niñas crecieran sin libertad y que crearon  sin querer generaciones enteras de mujeres adultas que solamente  sabían vivir cumpliendo lo que otros habían decidido para ellas.

 Lucero, mi gente. Lucero fue una víctima brillante de aquel sistema, pero el sistema, comadre, el sistema tuvo muchas víctimas más. Y aún hoy, aunque la industria ha cambiado mucho, aún hoy hay niñas en pasillos de productoras musicales que  están aprendiendo a sonreír antes que a llorar, a obedecer antes que a opinar, a ser mercancías brillantes antes que mujeres libres.

Mientras eso siga pasando,  comadre, la historia de Lucero no es solamente un recuerdo del pasado, es un  espejo, es un aviso, es una lección que nuestras hijas y nietas tienen que conocer. Y hoy, comadre, hoy Luz María León Soubiné tiene 81  años, vive retirada, casi no aparece en público.

 La manager más temida de  los pasillos de Televisa. La mujer de hierro que durante 40 años decidió cada paso  de la carrera de su hija. Hoy es una mujer mayor que ve a sus nietos crecer  desde la distancia que le permite la edad. Algunos en el medio dicen que aquella retirada  empezó después del divorcio.

Otros dicen que empezó después del escándalo del safari de cacería con Michel Curi en el año 2014. Pero hay quienes aseguran, comadre,  hay quienes aseguran que en realidad la retirada empezó mucho antes. Empezó aquella noche, tres días antes de la boda  televisada, cuando ella se encerró en su cuarto y lloró.

 Empezó cuando entendió de verdad lo que había afirmado. Y desde entonces, mi gente, desde entonces fue cediendo poco a poco el control, como si tras aquella boda algo se hubiera roto dentro de ella, que ya nunca pudo recomponerse del todo. Y vuelvo, comadre, vuelvo al principio de nuestra historia, vuelvo a aquella oficina del piso 20 de Televisa San Ángel.

 Vuelvo a aquella tarde del año 1995  o 96, cuando el tigre Azcárraga y Luz María León decidieron, sin que la novia lo supiera todavía, que iba a casarse con Mijares en cadena nacional. Cierra los ojos otra vez, mi gente. Imagínate aquel despacho, las cortinas pesadas, el olor a cuero del escritorio de Caoba, la luz tenue de las lámparas, el teléfono negro.

 que cada 5 minutos sonaba para que algún ejecutivo recibiera una orden. Y entre las paredes de aquella oficina dos personas, un emperador y una madre, tomando una decisión que iba a marcar  la vida de una mujer de 27 años. Una decisión  que iba a paralizar México un sábado de enero. Una decisión, comadre,  que iba a venderse a los anunciantes por,700,000 y que 20 años  después se iba a romper en una sola frase. Te lo imploro.

Eso es, mi gente. Eso es la historia que tenías que conocer.  Esta es la historia que durante 30 años no te contaron. La historia que cuando tú estabas viendo aquella boda en tu sala con la mejor de las intenciones, con el corazón abierto, con la emoción de quien ve casarse a una hija más, no podías imaginar la historia que estaba pasando detrás de las cámaras  mientras la cara de lucero brillaba ante los flashes.

historia, comadre, de cómo el negocio del entretenimiento  mexicano puede convertir a una niña de 10 años en una mercancía adulta, sin que ella se entere del todo, sin que las amas de casa mexicanas  se enteren del todo, sin que casi nadie en aquel país tan grande, tan complicado  y tan amante de la televisión alcance a entender que aquello,  en el fondo, había sido un producto comercial disfrazado.

Y ella, mi gente, ella, como tantas niñas de nuestro país que fueron descubiertas por  la televisión en aquellas décadas, ella era la mercancía, una mercancía preciosa, una mercancía  amada, pero mercancía al fin un producto que la empresa explotó durante 40 años. Hoy, 30 años después de aquel sábado 18 de enero de 1997,  México sigue recordando la boda, las revistas siguen publicando aniversarios, las redes sociales siguen circulando fotos del baile  del perrito.

Las nuevas generaciones de mexicanos, los que en aquel entonces no habían nacido, ven el vídeo de la transmisión en YouTube y se preguntan por qué sus mamás y sus abuelas se emocionan tanto al recordarlo. Y la respuesta,  comadre, la respuesta es que aquel evento nos marcó. aquel evento, aunque haya sido una farsa pactada, aunque haya sido una operación comercial, aunque haya sido el producto más  sofisticado del entretenimiento mexicano del siglo XX, aquel evento entró en  nuestras casas, entró en

nuestras memorias, entró en nuestra historia personal. Y eso, mi gente, eso mi gente, eso no nos lo quita nadie, ni el tigre ni la propia lucero. También nos hace reflexionar, comadre, sobre cómo funcionaba aquel mundo de la televisión  que ya no existe. Aquel mundo donde un empresario podía decidir desde su oficina qué pareja iba a casarse, en qué fecha, en qué lugar, con cuánto presupuesto.

  El mundo donde los artistas eran mercancías firmadas por contrato, exclusividades,  vetos, aquel mundo donde Televisa era prácticamente la única ventana  al estrellato en habla hispana. Hoy aquel mundo se ha desmoronado. Las redes sociales han fragmentado las audiencias.

 Los artistas pueden lanzarse desde TikTok sin necesidad  de pedir permiso a ningún tigre. Las telenovelas han perdido el peso cultural que tenían antes y aquel monopolio del entretenimiento mexicano que durante  décadas controló todo lo que llegaba a nuestras casas se ha ido fragmentando en mil voces distintas.  Pero las décadas en que aquel sistema reinó, mi gente, las décadas en que el sistema  reinó marcaron a generaciones enteras, marcaron comadre, marcaron a nuestras madres, a nuestras tías y a nosotras mismas. Marcaron lo

que creímos que era el amor. Marcaron  lo que creímos que era una boda perfecta. marcaron lo que creímos que era una familia famosa. Y aún hoy, cuando ya entendemos  que aquello era una operación comercial, nos cuesta separar el cuento que vivimos del producto  que nos vendieron, porque el producto era tan bueno, comadre, era tan profesional, era tan emocional, que se nos quedó pegado al ALM.

 Y los  productos bien hechos, aunque sepamos después cómo se fabricaron, nunca dejan de doler bonito. Porque al final, comadre, al final lo que importa no es solamente la verdad de detrás  de las cámaras. Lo que importa es lo que nosotras sentimos viendo aquello desde el otro lado.

 Lo que importa es la tarde de sábado que compartimos con nuestra mamá, la galleta de canela que comimos, el cafecito que nos preparamos, la emoción con la que llamamos a la vecina al verla  entrar al altar. Esas cosas, mi gente, esas cosas también son reales.  Y aunque la boda haya sido un producto, lo que tú sentiste viéndola no fue un producto.

 Fue amor genuino, amor a una artista que llevaba años acompañándote, amor a una historia  que tú decidiste creer. Y ese amor, comadre, ese amor no se vende, no se compra, no se contrata, ese amor es enteramente tuyo y de nadie más.  Aquí en esta familia, mi gente, aquí no nos paga nadie. Aquí no hay miedo a contar las cosas como  son.

 Aquí estamos las que vivimos aquella tarde, las que la vimos en directo,  las que lloramos cuando la novia caminaba al altar. Y aquí estamos también  para contar lo que ningún noticiero quiso decir en su momento, lo que ningún libro autorizado se atrevió a publicar, lo que ningún programa de Televisa permitió que se transmitiera durante décadas. Aquí estamos, mi gente.

 Aquí estamos para honrar a quienes se merecen  ser honradas, para criticar lo que se merece ser criticado y para dejar que tú, comadre, que has estado del otro lado de la pantalla toda tu  vida, te enteres por fin de lo que pasaba detrás de cada brillo. Que descanse  en paz el tigre Azcárraga Milmo.

 Que disfrute de su jubilación Luz María León Soubiné.  Que canten juntos hasta el final lucero y Mijares. Dos personas que después de 14 años de matrimonio y 14 años de divorcio, aprendieron a  quererse de otra manera. Que viva Lucerito Mijares, la hija que está construyendo su carrera con sus propias reglas.

 Que viva comadre también nuestra  memoria. La memoria de aquellas tardes, la memoria de aquella boda y la memoria  de todo lo que aquella tele de los 90 nos enseñó, lo bueno y lo tan bueno. Porque para seguir adelante, mi gente, tenemos que  mirar lo que fue, como realmente fue, no como nos lo vendieron.

 Y ahora cuéntame tú,  cuéntame dónde estabas tú aquel sábado 18 de enero del 97. Cuéntame  con quién veías la transmisión. Cuéntame si lloraste cuando  Lucero entró al altar. Cuéntame si tu mamá vivía todavía. Cuéntame si te acuerdas del cafecito, de las galletas,  de la voz de Silvia Pinal narrándote la entrada de la novia.

 Cuéntamelo en los comentarios, comadre. Comparte [resoplido] este video con esa amiga, con esa hija, con esa hermana  con la que tú viviste aquella tarde, porque esta historia no es solamente la de Lucero, es la nuestra, es la de todas las mujeres mexicanas y latinoamericanas que crecimos viendo a estas estrellas  en nuestras salas.

 Y [resoplido] juntas en esta familia que estamos construyendo, vamos a recuperar la verdad detrás de cada una de aquellas tardes, sin miedo, sin censura y sin contratos firmados con nadie. Nos vemos en la próxima, mi gente. Te quiero y gracias. Gracias por estar

 

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