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VINICIO “VINNY” CASTILLA : CUMPLIÓ 58 AÑOS Y COMO VIVE ES MUY TRISTE e

VINICIO “VINNY” CASTILLA : CUMPLIÓ 58 AÑOS Y COMO VIVE ES MUY TRISTE e

46 jonrones, 144 carreras impulsadas, el mexicano más temido de las grandes ligas. Un año después lo cortaron como a un jugador de ligas menores, gratis, disponible. Nadie llamó. ¿Qué le pasó a Vinicio Castilla en un solo invierno? La respuesta te va a doler porque no fue lo que crees, no fue una lesión, no fue un escándalo, no fue la edad, fue algo que la MLB sabía desde el primer día, algo que nadie en México quiso traducir, algo que destruye el legado más grande del béisbol mexicano.

Seis semanas, cientos de estadísticas, los archivos que nunca llegaron en español. 320 jonrones, el récord mexicano en Grandes Ligas. México lo celebró 15 años como si fuera intocable, pero los directivos de su propio equipo ya tenían una respuesta diferente. La tenían antes de que él se fuera. Por eso lo dejaron ir tan fácil.

Oaxaca, 1967, un estado que en los mapas del béisbol mexicano no existía. Sin academias, sin scouts, sin infraestructura, sin nada, solo campos de tierra donde niños jugaban con lo que encontraban. Bates hechos de madera vieja, pelotas remendadas con cinta, guantes prestados que no ajustaban bien.

 Ahí nació Marco Vinicio Castilla Soria el 4 de julio de ese año, segundo de tres hermanos, hijo del profesor Carlos Castilla, un hombre que ganaba lo justo para mantener a su familia, pero que tenía algo que el dinero no compra. Una frase que le repitió a Vinicio desde que pudo entender palabras. Si eres mejor que ellos, no hay forma de ignorarte.

Esa frase no era un consejo, era una instrucción. Y Vinicio la guardó como si fuera lo más valioso que tenía, porque era lo único que tenía. un padre sin dinero y una frase, “Eso fue todo lo que se llevó de Oaxaca a Saltillo. Eso fue todo lo que se llevó de Saltillo a Atlanta. Eso fue todo lo que se llevó de Atlanta a Denver.

 Y resultó que fue suficiente, al menos en Denver. Vinicio empezó a jugar béisbol en la calle sin guante, sin casco, es sin equipo. Pero desde el primer día sus compañeros notaron algo diferente en él. No era el más rápido, no era el más fuerte. Tenía una coordinación que no era normal para su edad y una paciencia para leer el picheo que hacía que los lanzadores del barrio no supieran qué tirarle.

Sus compañeros decían que veía la pelota desde que salía de la mano, que nunca se ponchaba, nunca. Por lo tanto, cuando llegó a la Liga Mexicana con los Zaraperos de Saltillo, no llegó rogando, llegó a demostrar. Saltillo era el primer filtro, la Liga Mexicana de Béisbol. Si sobrevivías ahí, el mundo te podía ver.

 Si no sobrevivías, volvías a Oaxaca con las manos vacías. Y Oaxaca en 1987 no tenía nada esperándote. No había plan B, no había beca, no había red de seguridad, solo el béisbol o el regreso a la pobreza. Vinicio llegó en 1987 con 19 años, sin dinero, sin contactos, sin nadie que lo esperara. Bateó 0,185 en su primera temporada.

Números malos, números de alguien que no debería seguir intentándolo. Y en México, cuando alguien batea 0,185 en su primera temporada profesional, nadie espera que regrese. Pero Vinicio regresó porque su padre le había enseñado algo que muy pocos entienden a esa edad, que el primer año no define nada, que lo que te define es como respondes al fracaso.

Te rompes o no te endureces. Vinicius se endureció. En 1988 bateó 0,24. Mejor. En 1989 bateó 0,307. 10 jonrones, 70 carreras anotadas, 13 triples. Ya no era un jugador interesante, era un jugador peligroso, un short stop con poder ofensivo que en México no abundaba y alguien lo vio desde las gradas de Saltillo.

 Un scout de los bravos de Atlanta. No buscaba a Vinicio, específicamente, buscaba talento latinoamericano barato, jugadores que pudieran llenar un roster de ligas menores sin costar mucho. Y Vinicio cumplía exactamente con eso. Los Bravos compraron su contrato en 1990. Lo que le pagaron a Saltillo por él fue una cantidad que hoy haría reír a cualquiera gente.

Pero en ese momento para Vinicio era suficiente. Era el boleto. Tenía 22 años. Empacó una maleta, una sola maleta con todo lo que tenía. se subió a un avión por primera vez en su vida y se fue al único lugar donde su historia podía volverse grande. Pero lo que nadie le dijo en Oaxaca era esto. Llegar no era suficiente.

Tenías que sobrevivir la llegada y Atlanta iba a intentar quebrarlo antes de que pudiera siquiera empezar. El jugador desechable. Atlanta en 1991 no era un lugar para extranjeros tímidos. Era un equipo lleno de estrellas. Tom Glavin, John Smallz, Greg Madx, tres de los mejores pitchers de la historia del béisbol, jugando juntos en el mismo equipo al mismo tiempo.

 Y en la tercera base, alguien que no iba a ceder su lugar sin pelear. Chipper Jones, futuro miembro del salón de la fama, futuro mejor jugador de los bravos de su generación, el hombre que hacía invisible a cualquiera que compitiera con él. Bobby Cox era el manager de Atlanta. Cox era un manager que ganaba, que tenía criterios claros y que confiaba en lo que conocía.

Lo que conocía era Chipper Jones, por lo tanto, Vinicio Castilla, el oaxaqueño que llegó hablando apenas un poco de inglés, con acento que hacía reír en el club House, jugó 12 juegos en 1991, 12 y ocho juegos en 1992. En dos temporadas con los Bravos, Vinicio apareció en 20 juegos. 20. conectó un solo honrón en esos dos años.

Uno, un jugador invisible, un número en la nómina, alguien que podía desaparecer en cualquier momento y nadie lo notaría. Vinicio pasó esas dos temporadas sentado en el banco, viendo jugar a otros, llegando a los entrenamientos el primero, yéndose el último, trabajando más que nadie para que alguien lo notara, preguntándose si había cometido un error al venir, si debería haberse quedado en Saltillo, si el sueño de las Grandes Ligas era un sueño que no era para alguien de Oaxaca.

Si la frase de su padre solo funcionaba cuando el estadio te lo permitía, pero no se fue porque tenía la voz de su padre en la cabeza. Si eres mejor que ellos, no hay forma de ignorarte. Todavía no había encontrado la forma de demostrarlo, pero esa oportunidad estaba a punto de llegar de la manera más inesperada.

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