¿VENGANZA FAMILIAR O UN CHIVO EXPIATORIO? El escalofriante video del hijo que predijo la masacre de 10 personas en Puebla: la desgarradora verdad de una madre que murió protegiendo a su bebé y el misterio del primo detenido que la Fiscalía calla. ¿Quién es el verdadero monstruo de Tehuitzingo?
El VIDEO VIRAL de José Alfredo revela conflictos familiares en el rancho | Tehuitzingo PUEBLA
Dos días después de lo ocurrido en Tewzingo, el caso dio un giro que nadie anticipaba. Un video, una abuela que defiende a su nieto, un segundo sospechoso detenido y una verdad sobre la bebé que rompe el corazón. Lo que parecía ser solo una tragedia familiar ahora se convierte en un rompecabezas donde cada pieza plantea más preguntas que respuestas.
Porque cuando la Fiscalía de Puebla señaló que tenían identificados a tres posibles responsables, nadie imaginaba que uno de ellos sería el hijo de las víctimas y mucho menos que ese hijo habría grabado un video días antes, culpando a su propia familia de lo que estaba a punto de suceder. El lunes 18 de mayo, 24 horas después de la tragedia, comenzó a circular en redes sociales un video que lo cambiaría todo.
En la grabación aparece José Alfredo T. Hijo de Cecilio y Marcela, los propietarios del rancho donde ocurrieron los hechos. No está bien del Italio que las peso se sienten del mundo de la tabla. Esa ocasión ministral no podría llevarnos hacia su miserable, pero algunas que todas miserables tenían nosotros su mismos accesores que descubriendo.
para ver a los aceptas. Es un vídeo corto de apenas un minuto, pero suficiente para convertirlo en el principal sospechoso de haber privado de la vida a 10 personas, entre ellas sus propios padres, sus hermanos, su cuñada, su sobrina recién nacida y cuatro trabajadores del rancho. En el video, José Alfredo habla directamente a la cámara.
Su tono es pausado, pero cargado de resentimiento. Explica que tiene problemas de adicción: alcohol, cocaína. Cristal dice que muchas personas de Texcalapa lo vieron perdido en las sustancias durante meses, pero lo que más impacta es su argumento responsabiliza completamente a su familia de esas adicciones. “Yo fui un alcohólico drogadicto por culpa de ellos”, dice en el video.
“Me obligaban a trabajar como si uno no sintiera cansancio. Era mucho, mucho trabajo lo que a mí me ponían a hacer.” asegura que su adicción no fue una elección, que fue consecuencia directa de la presión laboral que su familia ejercía sobre él, que lo forzaban a trabajar sin descanso, sin consideración, sin límites y que para soportar esa carga tuvo que recurrir a las sustancias.
Pero hay una frase en particular que heló la sangre de quienes vieron el video. Una frase que vista en retrospectiva suena como una amenaza velada. Desgraciadamente, yo tuve que tomar medidas más allá de lo normal. Medidas más allá de lo normal. Esas palabras, dichas días antes de que 10 personas perdieran la vida, adquieren un peso escalofriante.
Al final del video, José Alfredo hace una petición específica. Le pide a la gente de Teitzingo que compartan la grabación, que se la hagan llegar a sus padres y hermanos. dice que se encuentra en otro estado, lejos de Puebla, y que no quiere que lo busquen, que no quiere volver a lo mismo.
La grabación termina de manera abrupta, como si alguien hubiera cortado la transmisión de golpe. Según las investigaciones de la Fiscalía General del Estado, José Alfredo había salido de un anexo el 20 de abril, un centro de rehabilitación donde estaba recibiendo tratamiento por sus adicciones. Al parecer escapó del lugar y durante casi un mes estuvo alejado de su familia.
Algunos vecinos de Texcalapa confirmaron a medios locales que la familia Torres había tomado la decisión de internarlo debido a la gravedad de su situación, que el consumo de sustancias había llegado a niveles preocupantes, que necesitaba ayuda profesional, pero José Alfredo lo vivió como una traición, como un encierro forzado, como un castigo por negarse a seguir trabajando bajo las condiciones que, según él, lo habían enfermado.
Cuando el video se hizo viral el lunes, los medios de comunicación comenzaron a conectar los puntos. Un hijo resentido, una familia que lo había internado contra su voluntad, un escape del anexo, un video amenazante y días después 10 personas sin vida en el rancho familiar. La fiscal Damis pastor Betan Kururt, quien desde el domingo había señalado que la principal línea de investigación era un conflicto familiar, vio como esa teoría cobraba fuerza con cada segundo del vídeo.
Los detalles forenses también encajaban. Los peritos habían encontrado 18 casquillos percutidos en la escena. Calibre 22 y 9 mm. Armas de bajo poder, no del tipo que usan los grupos del crimen organizado. Armas más accesibles para un civil con un plan de venganza. Los testimonios indicaban que las víctimas fueron sometidas, que algunas estaban maniatadas, que el ataque no fue improvisado, sino ejecutado con frialdad, uno por uno en diferentes áreas del rancho.
Para la opinión pública, el video era la pieza que faltaba, la confirmación de que José Alfredo T era el responsable. Las redes sociales lo juzgaron de inmediato. Los comentarios exigían su captura, su castigo, justicia para las víctimas. Pero entonces, cuando todo parecía claro, apareció un grupo de mujeres frente a las cámaras con una versión completamente distinta.
Fue la abuela de José Alfredo quien dio la cara primero, rodeada de otras mujeres de la familia, tías, primas, parientes cercanas de las víctimas. habló con medios locales el lunes por la tarde. Su mensaje era contundente. José Alfredo es inocente. La abuela, visiblemente afectada, pero firme en su postura, dijo que había tenido comunicación con su nieto días antes de la tragedia, que habían hablado, que él le había explicado su decisión de alejarse de Tehuitzingo para rehacer su vida en otro lugar, que quería escapar de un ambiente que lo
estaba destruyendo. “Él no haría esto”, dijo la mujer ante las cámaras. Yo lo conozco, sé cómo es mi nieto y sé que no tiene corazón para algo así. Las demás mujeres asintieron. repitieron que el vídeo que circulaba en redes amenaza, que era simplemente un joven desesperado pidiendo que su familia lo dejara en paz, que lo dejara vivir lejos de las presiones que lo habían llevado a las adicciones.
Una de las tías intervino para señalar que José Alfredo siempre había sido un muchacho trabajador, que sí tenía problemas con las sustancias, pero que eso no lo convertía en alguien capaz de hacer algo tan terrible, que había una diferencia entre tener resentimientos y cometer un acto de esa magnitud. La abuela continuó compartiendo detalles que según ella, demostraban la inocencia de su nieto.
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Explicó que José Alfredo había tratado de comunicarse con ella varias veces después de salir del anexo, que le había contado sobre sus planes de conseguir trabajo en otro estado, que quería empezar de cero, lejos de todo lo que le recordaba sus problemas. Él me decía que ya no quería estar aquí”, relató la mujer con voz quebrada.
me decía que necesitaba aire, que necesitaba espacio. No puedo creer que alguien que me hablaba así con esas ganas de salir adelante haya hecho lo que dicen. Otra de las familiares agregó un detalle importante. Mencionó que José Alfredo nunca había mostrado comportamientos violentos en el pasado, que a pesar de sus adicciones, nunca había lastimado a nadie, que sus problemas eran consigo mismo, no con los demás.
Todos sabíamos que estaba enfermo”, admitió una prima. Todos sabíamos que el alcohol y las drogas lo tenían mal. Pero de ahí a pensar que pudiera hacer algo así, hay un abismo enorme. No coincide con la persona que conocimos. Los periodistas les preguntaron directamente si José Alfredo no fue, entonces, ¿quién? Las mujeres se miraron entre sí, guardaron silencio.
Finalmente, una de ellas dijo que no sabían, que no tenían idea de quién podría tener motivos para atacar a la familia Torres, que por eso era tan importante que las autoridades hicieran bien su trabajo en lugar de señalar al primero que se les ocurriera. Están buscando un culpable fácil, argumentó otra familiar. Porque es más simple decir que fue el hijo adicto que investigar de verdad.
Una de las tías planteó una pregunta inquietante. Si José Alfredo realmente había planeado algo así, ¿por qué habría grabado un video donde claramente se le ve el rostro? ¿Por qué se habría identificado? ¿Por qué habría dejado evidencia tan obvia de su resentimiento justo días antes de los hechos? No tenía sentido para ellas.
Si alguien va a hacer algo terrible, razonó la mujer. No anda dejando pistas por todos lados. Ese video demuestra que él solo quería que su familia entendiera por qué se iba. Nada más. La defensa de la abuela y las demás mujeres puso un elemento de duda en la narrativa que parecía tan clara. Porque si José Alfredo realmente era inocente, entonces todo el caso se caía.
El video, los testimonios, las teorías de la fiscal, todo. Pero había un problema con esa versión, un problema que las propias familiares no pudieron explicar cuando se les cuestionó. Si José Alfredo estaba en otro estado cuando ocurrieron los hechos, como él mismo afirmaba en el video, ¿por qué no se había presentado ante las autoridades para demostrar su inocencia? ¿Por qué no había dado la cara para limpiar su nombre? ¿Por qué si era tan inocente, se mantenía escondido mientras su familia lo defendía públicamente? Las mujeres no
tuvieron respuesta para eso. Solo insistieron en que la fiscalía debía hacer su trabajo, que debía buscar a los verdaderos responsables, que no condenaran a José Alfredo sin pruebas concretas. La abuela terminó su intervención con una súplica. Le pidió a su nieto, donde quiera que estuviera, que se entregara, que confiara en la justicia, que demostrara que no tuvo nada que ver, porque mientras más tiempo pasara sin dar la cara, más culpable parecería ante los ojos de todos.
“Ven, mi hijo”, dijo la abuela con lágrimas en los ojos. “Enfrenta esto. Demuestra que no fuiste tú, pero tienes que venir, tienes que hablar.” Pero José Alfredo T no apareció ese lunes ni el martes. Según las autoridades, permanece prófugo y cada día que pasa sin entregarse, la teoría de su culpabilidad se refuerza.
Mientras la familia lo defiende y la fiscal lo busca, surgió otra noticia que complicó aún más el panorama del caso. El lunes por la tarde, varios medios locales de Puebla reportaron la detención de un segundo sospechoso. Se trata de Juan Manuel T B, conocido en la zona con el apodo de El Pony. Tiene 20 años de edad y es sobrino de Cecilio Torres, el propietario del rancho donde ocurrió la tragedia.
Es decir, es primo de José Alfredo. Según las versiones periodísticas, Juan Manuel fue interceptado en el municipio de Teitzingo mientras circulaba en motocicleta. Al momento de la detención, las autoridades encontraron en su poder dosis de cristal. Fue arrestado por posesión de sustancias ilícitas. Pero lo que convirtió su detención en noticia no fue el tema de las drogas, fue el hecho de que según fuentes extraoficiales cercanas a la investigación, Juan Manuel podría estar vinculado con los hechos del domingo. Podría ser uno de los tres
responsables que la fiscal y damis pastor Betan Kurt mencionó desde el primer día. La pregunta obvia es, ¿José Alfredo actuó solo o tuvo ayuda? Los análisis forenses indicaban que hubo al menos dos armas utilizadas en el ataque: calibre 22 y 9 mm. Los casquillos encontrados sugerían la posibilidad de más de un tirador.
Además, algunas versiones de vecinos mencionaban haber visto más de un vehículo salir del rancho esa madrugada. Si Juan Manuel el Pony realmente estuvo involucrado, eso cambiaría la narrativa del hijo resentido actuando en solitario. Se convertiría en una conspiración entre primos, una venganza planeada, un ataque coordinado.
Los reportes extraoficiales señalan que el Pony también tenía problemas con sustancias, que había tenido roces con algunos miembros de la familia Torres en el pasado, pero nada que hiciera sospechar que pudiera estar involucrado en algo de esta magnitud. Algunos vecinos de Texcalapa, entrevistados de manera anónima por medios locales, mencionaron que Juan Manuel y José Alfredo tenían una relación cercana, que habían crecido juntos, que a pesar de ser primos eran casi como hermanos, que si uno tenía un problema, el otro generalmente aparecía
para apoyarlo. Esta conexión plantea la posibilidad de que José Alfredo no haya actuado solo, que quizás convenció a su primo de acompañarlo, que quizás le ofreció algo a cambio o simplemente que Juan Manuel, por lealtad familiar o por estar bajo los efectos de las sustancias accedió a participar.
Los investigadores también están analizando si había más personas involucradas. La fiscal mencionó tres posibles responsables. José Alfredo sería el primero, Juan Manuel el Pony el segundo. Pero, ¿quién es el tercero? ¿Y qué rol jugó cada uno en lo ocurrido? Hay teorías en la comunidad. Algunos creen que pudo haber sido otro familiar con resentimientos similares.
Otros piensan que pudieron ser personas externas contratadas para ayudar. Incluso hay quienes sugieren que algún trabajador despedido del rancho pudo haber estado involucrado. Sin embargo, hay un detalle importante que genera confusión. La Fiscalía General del Estado de Puebla no ha emitido ningún comunicado oficial confirmando esta detención.
No ha dado a conocer el nombre de Juan Manuel. no ha vinculado públicamente su arresto con el caso de Teguitzingo. Los medios locales insisten en que tienen la información de fuentes confiables dentro de las corporaciones de seguridad, que la detención sí ocurrió el lunes, que el joven está siendo investigado en estos momentos, que los interrogatorios ya comenzaron, pero hasta el momento de este guion no hay confirmación oficial por parte de las autoridades estatales.
Esto genera más preguntas que respuestas. Si efectivamente está detenido y vinculado al caso, ¿por qué la fiscalía guarda silencio? ¿Será que están esperando reunir más pruebas antes de hacer un anuncio público? ¿O será que no quieren alertar a otros posibles involucrados que aún no han sido capturados? Si Juan Manuel no está relacionado con los hechos, ¿por qué tantos medios reportan lo contrario? ¿Será desinformación? ¿Será confusión en las fuentes? O será que hay información que las autoridades están manejando de manera reservada por
razones de estrategia investigativa y si realmente es cómplice de José Alfredo? ¿Dónde están los cargos formales? ¿Por qué no se ha presentado ante un juez? ¿Por qué no hay una orden de aprensión pública? ¿Por qué todo sigue en el terreno de lo extraoficial? Lo que sí es un hecho es que la fiscal pastor Betettencurt mencionó desde el domingo que tres personas estaban identificadas como posibles responsables.
Tres personas que según ella, serían arrestadas una vez que se completaran las diligencias correspondientes. José Alfredo sería uno. Juan Manuel el Pony podría ser otro, pero ¿quién sería el tercero? ¿Y cuándo veremos arrestos oficiales que respalden las promesas de las autoridades? Esa pregunta sigue sin respuesta mientras las investigaciones continúan y la comunidad de Tewitzingo espera señales concretas de que la justicia está trabajando.
Entre toda la información que ha salido en los últimos días, hay un detalle que ha conmovido especialmente a quienes siguen el caso. Se trata de la forma en que perdió la vida a la bebé de un mes y 20 días. Desde el domingo se asumió que había sido víctima del mismo ataque que el resto de su familia, que los responsables no tuvieron piedad ni siquiera con la más pequeña de las víctimas.
Pero la fiscal y damis, pastor Betancurt, aclaró algo fundamental en una entrevista que dio el lunes a medios nacionales. La bebé no perdió la vida por impacto de proyectil. Según los resultados de la autopsia, la pequeña falleció por asfixia y la razón parte el corazón. Su madre intentó protegerla hasta el último momento. Cuando los atacantes llegaron, la madre tomó a su bebé y la cubrió con su cuerpo.
Trató de esconderla, de hacerse escudo, de evitar que le pasara algo, pero cuando ella fue alcanzada y perdió la vida, su cuerpo cayó sobre la pequeña. La bebé quedó atrapada debajo de su madre sin poder respirar. Y en esos minutos finales, cuando ya no había nadie que pudiera ayudarla, se asfixió.
La bebé perdió la vida por asfixia, confirmó la fiscal. La mamá la protege. Ella no fue alcanzada directamente. Es una de esas verdades que de alguna manera es peor que la mentira que todos habíamos asumido. Porque significa que en sus últimos momentos de vida esa madre hizo lo único que podía hacer. Intentó salvar a su hija y aunque no lo logró, su instinto maternal fue lo último que la movió.
Para muchos en Puebla, ese detalle resume todo lo que está mal con este caso. Una bebé que apenas había comenzado a vivir. Una madre que intentó protegerla hasta el final. Una familia destruida, trabajadores que solo estaban cumpliendo con su labor. 10 vidas perdidas en una noche. ¿Y todo por qué? Por resentimientos, por adicciones, por disputas que, según la versión oficial, pudieron haberse resuelto de cualquier otra manera.
El lunes 18 de mayo, casi 24 horas después de los hechos, el gobierno de Puebla emitió un comunicado oficial. El mensaje era claro y contundente. Estos hechos no quedarán impunes. El gobernador Alejandro Armenamier declaró que la legalidad, la paz y la recuperación del tejido social del Estado son prioridades de su administración, que se está trabajando de manera coordinada con la fiscalía para esclarecer el caso y llevar a los responsables ante la justicia.
También informó que la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas ya está brindando acompañamiento a los familiares de las personas que perdieron la vida, que hay apoyo psicológico, apoyo legal, apoyo en todos los aspectos necesarios para las familias afectadas. Son palabras que se han escuchado muchas veces en Puebla.
En cada tragedia, en cada caso de violencia, las autoridades prometen cero impunidad. Prometen que esta vez será diferente, que los culpables pagarán, pero la realidad es que al momento de este guion no hay arrestos oficialmente confirmados por la fiscalía. José Alfredo T permanece prófugo. Juan Manuel el Pony podría estar detenido según medios locales, pero la fiscalía no lo ha confirmado y el tercer sospechoso mencionado por la fiscal sigue siendo un misterio.
El lunes por la tarde, los cuerpos de las 10 víctimas fueron entregados a sus familias. Después de las autopsias realizadas en el servicio médico forense de la capital poblana, los restos fueron trasladados de vuelta a Tewitzingo, un viaje de aproximadamente 4 horas. La comunidad de Texcalapa los recibió en medio del dolor y la rabia, porque además de llorar a sus muertos, tienen que vivir con la incertidumbre de no saber si los responsables serán capturados, de no saber si realmente fue José Alfredo o si hay más personas
involucradas, de no saber si la versión oficial es la correcta o si, como dice su abuela, están culpando al chivo expiatorio más conveniente. El caso de Tewitzingo se suma a las cifras de violencia en Puebla. Según el secretariado ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en los primeros 4 meses de 2026 Puebla acumula 457 casos de personas que han perdido la vida de manera violenta.
La organización Causa en común reportó que durante 2025 se documentaron 386 eventos de violencia extrema en el país y en el primer trimestre de 2026 ya van 75, un promedio de cinco casos cada 6 días. Tewitzingo es ahora uno más en esa lista, 10 nombres más en las estadísticas, 10 familias rotas, una comunidad traumatizada.
Y mientras las autoridades prometen justicia, mientras la fiscal continúa sus investigaciones, mientras José Alfredo sigue sin aparecer y su abuela sigue defendiéndolo, una pregunta flota en el aire de la mixteca poblana. Si realmente fue él, ¿por qué no se entrega y enfrenta las consecuencias? Y si no fue él, ¿quién fue capaz de algo así? ¿Y por qué? Porque al final, más allá de los videos virales, más allá de las declaraciones oficiales, más allá de las teorías y las defensas familiares, lo que queda es una verdad innegable.
10 personas perdieron la vida de la forma más terrible y alguien tiene que responder por eso. La pregunta es si las autoridades de Puebla realmente cumplirán su promesa de cero impunidad o si este caso terminará como tantos otros. Archivado, olvidado, sin justicia. Por ahora, Tescalapa espera y llora y exige respuestas que todavía no llegan. M.