Un mundo donde tu familia no pase hambre. Roberto sintió algo extraño en su pecho. Enojo, confusión, tristeza. Usted es el enemigo dijo con voz temblorosa. Usted vino a destruir mi país. No, soldado respondió el che suavemente. Vine a liberarlo, pero tal vez me equivoqué. Tal vez este no era el lugar correcto o el momento correcto, pero mis intenciones eran puras. Roberto no durmió esa noche.
Se quedó sentado pensando en las palabras del che. ¿Cómo podía un enemigo hablarme así? Se preguntaba. ¿Por qué me trataba con respeto si yo era su captor? Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que pasó a la mañana siguiente destruiría a Roberto para siempre. 9 de octubre de 1967. Alrededor de las 10 de la mañana llegaron órdenes desde La Paz.
El Cheguevara debía ser ejecutado. No habría juicio, no habría prisión, solo muerte. Roberto estaba afuera cuando escuchó la noticia. Vio como los oficiales discutían quién debería hacerlo. Nadie quería ser el ejecutor. Recuerda, Roberto. Todos sabían que matar al Che los convertiría en parte de la historia, pero nadie quería esa responsabilidad.
Finalmente, el coronel señaló a un soldado llamado Mario Terán. “Tú lo harás”, le ordenó. Roberto vio como Mario temblaba. Mientras Mario se preparaba, Roberto sintió un impulso incontrolable. Corrió hacia la puerta. “Yo quiero verlo una vez más”, le dijo a otro soldado. Le permitieron entrar. El Che estaba sentado en el suelo con las manos todavía atadas.
Cuando vio a Roberto, sonrió levemente. Roberto, dijo el Che, viniste a despedirte. Roberto no pudo hablar. No llores por mí, soldado dijo el Che. Yo elegí este camino. Sabía cómo terminaría. Pero tú, tú todavía tienes tiempo de elegir tu propio camino. No desperdicies tu vida. Roberto salió del salón con parale lágrimas.
Minutos después escuchó los disparos. Un, dos, tres. El silencio que siguió fue ensordecedor. Sentí que algo dentro de mí moría con esos disparos, dice Roberto. No era tristeza por el che, era tristeza por mí mismo, por lo que yo representaba. Después de la ejecución, los oficiales sacaron el cuerpo del Che y lo llevaron al hospital del pueblo.
Roberto fue uno de los soldados asignados para transportarlo. Tuve que tocar su cuerpo, recuerda con voz quebrada. Tuve que cargarlo y mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en nuestra conversación de la noche anterior. En el hospital limpiaron el cuerpo y lo colocaron sobre una mesa de concreto.
Docenas de personas llegaron a verlo, periodistas, militares curiosos tomaron fotografías. Roberto estaba de pie en una esquina, mirando todo como si fuera una pesadilla. Esa imagen del che muerto con los ojos abiertos me persigue hasta hoy. Dice, “cada vez que cierro los ojos lo veo.” Después de la muerte del Che, Roberto fue declarado un héroe.
Le dieron una medalla, un ascenso. Lo presentaron en ceremonias militares. Todo el mundo me felicitaba. Recuerda, me decían que había salvado a Bolivia del comunismo, pero yo no me sentía como un héroe, me sentía como un asesino. Roberto comenzó a tener pesadillas cada noche.
Soñaba con el Che, con sus ojos mirándolo, con su voz diciendo, “Tú todavía tienes tiempo de elegir tu propio camino.” Durante el día, Roberto trataba de actuar normal, pero por dentro estaba destruido. Comencé a beber. Admite. Era la única manera de no pensar. de no sentir. En 1968, Roberto dejó el ejército. No podía seguir usando el uniforme que llevaba cuando capturó al Che.
Regresó a su pueblo. Trató de volver a la vida civil, pero todo había cambiado. La gente me miraba diferente, dice. Algunos me veían como héroe, otros me odiaban por haber capturado al Che. Yo no sabía dónde encajaba. Roberto se casó en 1970 con una mujer llamada María. Tuvieron dos hijos, pero el matrimonio fue difícil desde el principio.
Yo no podía ser un buen esposo. Admite las pesadillas, el alcohol, la depresión. María trataba de ayudarme, pero yo no dejaba que nadie entrara. Los años 70 y 80 fueron oscuros para Roberto. Perdió varios trabajos por su alcoholismo. María lo dejó en 1985. llevándose a sus dos hijos. Ese fue mi punto más bajo.
Dice, “Perdí mi familia por algo que pasó 18 años atrás.” Roberto intentó suicidarse dos veces. La primera en 1986 con una sobredosis de pastillas. Un vecino lo encontró a tiempo. La segunda, en 1990, trató de ahorcarse. Su hermano menor lo salvó. ¿Por qué no podía morir? se preguntaba Roberto. El Che murió con dignidad.
Yo seguía vivo, pero destruido. En 1995, Roberto fue a terapia por primera vez. Un psicólogo lo diagnosticó con trastorno de estrés postraumático. Finalmente tenía un nombre para lo que sentía, dice, pero eso no hacía que desapareciera. Durante las sesiones habló por primera vez sobre el cheé, sobre esa noche en la higuera, sobre la conversación que tuvieron.
Su terapeuta le dijo, “Roberto, tú no mataste al Che, pero cargas con la culpa como si lo hubieras hecho. Necesitas perdonarte. No vas a creer esto, pero en 1997 algo cambió todo para Roberto. Los restos del Che fueron encontrados en una fosa común cerca de Vallegrande. Después de 30 años lo identificaron y lo llevaron a Cuba para un funeral de estado.
Roberto vio las noticias en televisión. Vio como Fidel Castro lloraba, como miles marchaban por la habana. Vio la foto del che en todas partes, convertida en un icono, en una camiseta, en un símbolo de rebelión. Me di cuenta de algo, dice Roberto. El Che nunca murió realmente se convirtió en algo más grande que un hombre. Se convirtió en una idea y yo seguía siendo solo Roberto Martínez, un soldado roto.
Esa noche Roberto tomó una decisión. escribió una carta para la familia del Che, explicando lo que había pasado esa noche en la higuera. Necesitaba que supieran que su padre murió con dignidad. Dice que no tuvo miedo, que incluso en sus últimas horas trató de enseñarme algo. Roberto nunca envió esa carta.
La guardó en una caja de metal debajo de su cama durante 25 años más. No tenía el valor, admite. Tenía miedo de que me odiaran. En los años 2000, Roberto finalmente logró cierta estabilidad. Dejó de beber con ayuda de alcohólicos anónimos. Consiguió trabajo como guardia de seguridad. Reconectó con sus hijos. No fue fácil, dice. Ellos tenían mucho resentimiento.
Su hijo mayor Miguel le preguntó directamente en 2005. Papá, ¿qué pasó realmente en 1967? Roberto trató de explicar, pero las palabras no salían. Miguel le dio un libro Diarios de motocicleta, escrito por el Che. “Léo, papá”, le dijo. Roberto leyó el libro completo en tres días. Lloró en casi cada página. Vi al Che, no como el guerrillero, sino como el Guess, hombre joven que decidió hacer algo contra la pobreza.
Dice, “En octubre de 2017 se cumplieron 50 años de la muerte del Cheé. Los medios hicieron reportajes especiales. Roberto vio una entrevista con Aleida Guevara, la hija del Che. Ella hablaba sobre su padre con tanto amor, con tanto orgullo. En ese momento decidí que tenía que hacer algo”, dice Roberto.
No podía morir sin decir mi verdad. Roberto contactó a un periodista local, le contó su historia, le mostró la carta que había escrito 20 años antes. El periodista quedó impactado. “¿Por qué esperaste tanto tiempo?”, le preguntó. Porque tenía miedo respondió Roberto. Pero ahora tengo 73 años, no me queda mucho tiempo. Si no hablo ahora, esta verdad morirá conmigo.
El artículo fue publicado en noviembre de 2017. La reacción fue inmediata y dividida. Algunos lo llamaron traidor, otros lo elogiaron por su honestidad. Pero la reacción más importante vino de Aleida Guevara. Le envió una carta. Roberto temblaba cuando la abrió. Señor Martínez, decía, he leído su testimonio. Gracias por mostrar la humanidad de mi padre en sus últimas horas. No lo culpo por lo que pasó.
Usted era un soldado joven siguiendo órdenes. Gracias por recordar a mi padre como un hombre, no como un mito. Lo que estás viendo ahora no es nada comparado con lo que Roberto hizo después de recibir esa carta. En 2018, Roberto viajó a Cuba por primera vez. Fue invitado por Aleida para visitar el mausoleo del Che en Santa Clara.
Ese viaje fue lo más difícil que he hecho. Dice, “Iba a enfrentarme con el legado del hombre que destruyó mi vida, pero que también me enseñó sobre principios.” Cuando llegó al mausoleo, Aleida estaba esperándolo. Se miraron por un momento. Luego, inesperadamente, Aleida lo abrazó.
Mi padre habría querido que nos encontráramos”, le dijo. Él creía en el perdón, en la humanidad, incluso en medio de la guerra. Roberto y Aleida pasaron tres días juntos. Hablaron sobre el Che, sobre Roberto, sobre cómo la guerra destruye a todos. Ella me mostró fotos de su padre con sus hijos. Recuerda, vi al Che como padre, como hombre.
Me di cuenta de que había pasado 50 años obsesionado con 5 minutos de mi vida. Visitaron el mausoleo juntos. Roberto se paró frente a la estatua del Che. Lloró sinvergüenza. “Perdóname, Che”, susurró. “Gracias por enseñarme que la humanidad existe incluso en los momentos más oscuros. Pero la historia de Roberto no termina aquí porque hay un último secreto sobre esa noche en la higuera.
” Algo que El Chele le dijo en su última conversación. algo tan poderoso que Roberto ha esperado hasta ahora para revelarlo. Y eso, amigos, lo descubrirás en la segunda parte. Pero antes de revelar ese último secreto, necesitas entender algo que cambió todo en 2019. Dos años después de que Roberto hablara públicamente, recibió una llamada que nunca esperó.
Era de una mujer de 80 años llamada Julia Cortés. Yo también estuve allí esa noche”, le dijo con voz temblorosa. Yo era la maestra de la escuela donde encerraron al Che y escuché toda su conversación con él. Roberto sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Durante 52 años había creído que era el único testigo de esa conversación nocturna, pero Julia había estado en la habitación contigua escuchando cada palabra a través de la pared delgada de Adobe.
“Hay algo que tú no sabes, continuó Julia. Después de que terminaste tu guardia, el Che pidió hablar conmigo. Los oficiales me permitieron entrar durante 10 minutos. Julia le contó que el Che le había preguntado su nombre. ¿Cuántos niños enseñaba? 32. Le había respondido. El Che sonrió tristemente. 32 futuros. Eso es más importante que 1000 guerrilleros.
Los maestros cambian el mundo más que los revolucionarios. Entonces el che le pidió algo a Julia. le pidió que si alguna vez conocía a un soldado llamado Roberto Martínez, le diera un mensaje. Julia escribió ese mensaje en un cuaderno esa misma noche. Lo guardó durante 52 años. El Che dejó un mensaje para mí, preguntó Roberto con voz quebrada.
Después de nuestra conversación, Julia le leyó el mensaje que había escrito 52 años antes. Dile a Roberto que él tiene una decisión que yo ya no tengo. Puede elegir vivir con odio o vivir con amor. Puede elegir ser parte del problema o parte de la solución. Dile que no desperdicie su vida como yo desperdicié la mía persiguiendo fantasmas.
Dile que cada día que despierte es un regalo que yo ya no tendré. que lo use bien. Roberto lloró durante 20 minutos después de escuchar esas palabras. Durante 52 años busqué el perdón del Che, dice, y resulta que él me lo dio antes de morir. Me dio el permiso de vivir. Roberto y Julia se encontraron en persona dos semanas después en Santa Cruz. Fue un encuentro emocional.
Se abrazaron como dos sobrevivientes que finalmente se reencuentran. “Nosotros somos los últimos”, dijo Julia. Los últimos que escucharon las últimas palabras del Che antes de morir, todos los demás se fueron. Solo quedamos tú y yo. Todavía no sabes lo que está por venir, porque juntos Roberto y Julia decidieron hacer algo extraordinario que cambiaría la forma en que el mundo ve esta historia.
En octubre de 2020, exactamente 53 años después de la muerte del Che, Roberto y Julia organizaron un encuentro en la higuera. Invitaron a todos los sobrevivientes relacionados con ese día. Vinieron cinco exoldados bolivianos, ahora ancianos, todos con sus propias historias de trauma. Vino el hijo de Mario Terán, el ejecutor del Che, quien había muerto en 1996, llevándose sus propios demonios.
Vinieron periodistas que fotografiaron el cuerpo. Vinieron habitantes de la higuera que eran niños en 1967 y recordaban el helicóptero, los soldados, el miedo. Y desde Cuba vino a Leida Guevara March, la hija del Che, con su hermano Camilo. El encuentro fue en la misma escuela, donde encerraron al Cheé.
El edificio ahora es un museo con fotografías en las paredes. Todos se sentaron en círculo en el mismo salón donde el Che pasó sus últimas horas. El silencio era pesado, cargado de historia y dolor. Roberto habló primero. Contó toda su historia sin omitir nada. Habló de la conversación nocturna, del mensaje que Julia guardó, de los 55 años de tormento. Luego habló Julia.
contó como durante 52 años vivió con culpa por no haber hecho más para salvar al Cheé. “Yo era una maestra joven”, dijo llorando. No tenía poder, pero siempre me pregunté si podría haber hecho algo. Aleida Guevara tomó la mano de Julia. Mi padre no habría querido que usted se culpara”, le dijo. Él entendía que las personas atrapadas en las máquinas de la guerra son tan víctimas como los que mueren.
Uno por uno, cada sobreviviente compartió su historia. Un ex sooldado llamado Carlos confesó que durante 53 años tuvo pesadillas donde el Chelo lo miraba. Otro soldado, Luis, admitió que se volvió alcohólico igual que Roberto, el hijo de Mario Terán. Miguel habló sobre cómo su padre murió de cáncer, pero realmente murió de culpa.
Mi padre me confesó antes de morir que cuando disparó contra el che, sintió que estaba disparando contra su propia alma, dijo Miguel. Nunca se recuperó, nunca durmió en paz. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que pasó después en ese círculo fue algo que nadie esperaba. Aleida Guevara se puso de pie, caminó hacia Roberto.
Todos contuvieron la respiración. ¿Qué iba a hacer la hija del Che? En lugar de gritar o acusar, Aleida abrazó a Roberto. Gracias, le susurró. Gracias por mostrarme que mi padre siguió siendo humano hasta el final. Gracias por recordarme que incluso en sus últimas horas él trató de enseñar, de dar esperanza. Roberto se derrumbó en sus brazos llorando como no había llorado en décadas.
Yo maté a tu padre, soyaba Roberto. No, no lo mataste, respondió Aleida firmemente. Tú lo capturaste. Otros tomaron la decisión de matarlo y todos ustedes miró alrededor del círculo. Han pagado el precio de esa decisión durante 53 años. Aleida abrazó también a Julia, a Carlos, a Luis, a Miguel. abrazó a cada uno de los sobrevivientes.
“Mi padre creía en el perdón”, dijo. Creía que los verdaderos enemigos no son las personas, sino los sistemas que nos enfrentan. Ustedes no eran mis enemigos, eran víctimas como mi padre fue víctima. En ese momento algo cambió en el salón. Décadas de culpa, de vergüenza, de dolor comenzaron a disolverse.
No desaparecieron completamente, pero se volvieron más ligeras, más soportables. El encuentro duró tres días. Durante ese tiempo, los sobrevivientes compartieron comidas, caminaron juntos por las calles de la higuera, visitaron el lugar exacto donde capturaron al Che. Roberto llevó a Aleida al árbol donde se escondió.
Ese 8 de octubre de 1967. Yo estaba aquí, le dijo. Y tu padre salió caminando por allá. Cuando lo vi, algo dentro de mí supo que mi vida nunca sería la misma. Aleida tocó el árbol. Mi padre sabía que iba a morir, dijo, pero eligió seguir adelante de todos modos. El último día del encuentro, el grupo decidió hacer algo simbólico.
Escribieron cartas. Cada sobreviviente escribió una carta al Che diciendo las cosas que nunca pudieron decir. Roberto escribió, “Che, durante 55 años te culpé por destruir mi vida, pero ahora entiendo que tú no me destruiste. Yo me destruí al no poder perdonarme. Gracias por tratar de enseñarme con pasión, incluso en tu última noche.
Perdóname por no haber aprendido la lección hasta ahora.” Julia escribió, “Señor, queevara, yo era solo una maestra asustada. Usted me dijo que los maestros cambian el mundo más que los revolucionarios. He pasado 52 años tratando de ser digna de esas palabras. He enseñado a más de 1000 niños. Espero que algunos estén cambiando el mundo de la manera correcta.
Carlos escribió, “No sé si usted era un héroe o un terrorista. Probablemente era ambos, pero sé que era un hombre que creía en algo. Yo pasé mi vida sin creer en nada y esa es una diferencia importante. Aleida escribió una carta en nombre de su padre. A todos ustedes que estuvieron allí ese día, mi padre los habría perdonado.
Los habría visto como víctimas del mismo sistema que él luchaba por destruir. No guarden más culpa. Vivan las vidas que él ya no pudo vivir. Las cartas fueron colocadas en una cápsula del tiempo y enterradas en el Museo de la Higuera. La cápsula será abierta en 2067, exactamente 100 años después de la muerte del Che.
Para entonces, dijo Roberto, “Todos nosotros estaremos muertos. Pero estas cartas mostrarán a las futuras generaciones que la guerra no tiene héroes, solo sobrevivientes tratando de sanar. Después del encuentro, algo extraordinario sucedió. Los medios internacionales cubrieron la historia. La BBC, CNN, Aljazira, todos reportaron sobre el encuentro en la higuera.
La historia de Roberto se volvió viral en redes sociales. Millones de personas vieron el video del abrazo entre Roberto y Aleida. Los comentarios eran abrumadoramente positivos. “Esto es lo que el mundo necesita”, escribió alguien. “perdón” en lugar de venganza. Si la hija del Che puede perdonar, todos podemos perdonar”, escribió otro.
Pero no todos reaccionaron positivamente. Algunos veteranos bolivianos acusaron a Roberto de traidor. Algunos activistas criticaron a Aleida por abrazar al captor imperialista. Roberto respondió a las críticas con calma. No estoy glorificando a nadie. Estoy contando la verdad. Y la verdad es que todos somos más complicados que nuestras etiquetas de héroe o villano.
En 2021, Roberto y Aleida fueron invitados a dar una charla conjunta en la Universidad de La Habana. La universidad estaba llena, más de 1000 personas. Roberto estaba nervioso. Iba a hablar sobre el che en su propio país. Recuerda, Aleida habló primero. Contó la historia de su padre no como el icono en las camisetas, sino como el hombre que era el padre que le enseñó a leer, que le escribía cartas desde la guerrilla.
“Mi padre no era perfecto”, dijo. atero, idealista hasta la locura, dispuesto a morir por sus principios, pero también era compasivo, curioso, capaz de ver la humanidad en sus enemigos. Luego, Roberto habló. Contó toda su historia desde el momento en que capturó al Che hasta el mensaje que recibió 52 años después.
El Che me enseñó que incluso en los momentos más oscuros podemos elegir ser humanos”, dijo. Elegir la compasión sobre el odio, la comprensión sobre el juicio. Cuando terminó, hubo un silencio largo. Roberto pensó que lo iban a abuchear. En lugar de eso, la audiencia se puso de pie y aplaudió durante 5 minutos. Varios estudiantes lloraban.
Una joven se acercó después. Gracias por mostrarme que el Che era más grande que su leyenda. era un ser humano real. No vas a creer esto. Pero en 2022, Roberto hizo algo que nadie esperaba. Decidió regresar al ejército, no como soldado, sino como consejero de veteranos con trastorno de estrés postraumático.
Me di cuenta de que mi experiencia podía ayudar a otros. Explica. Hay miles de soldados en Bolivia, en toda América Latina, que están sufriendo en silencio, como yo sufrí durante 50 años. Roberto comenzó a dar talleres en bases militares. Hablaba abiertamente sobre sus pesadillas, su alcoholismo, sus intentos de suicidio.
Al principio, los soldados no sabían qué pensar. Dice, “Yo era el hombre que capturó al Che. ¿Por qué estaba hablando de mis debilidades?” Pero lentamente los soldados comenzaron a abrirse. Uno le confesó que después de una operación antinarcóticos había matado a un adolescente y no podía superarlo.
Otro le contó que tenía tanto miedo de dormir, que tomaba anfetaminas para mantenerse despierto. “Vi mi propio dolor reflejado en sus ojos”, dice Roberto. Y me di cuenta de que el mensaje del Che no era solo para mí, era para todos nosotros. Roberto también comenzó a trabajar con Julia. Juntos crearon un programa llamado De la guerra a la paz, que ayuda a veteranos y víctimas de violencia política a sanar.
En 2023, algo inesperado sucedió. El gobierno boliviano contactó a Roberto. Querían hacer una ceremonia oficial reconociendo a los veteranos de la campaña contra el Che. Roberto dijo que solo participaría bajo una condición, que la ceremonia no glorificara la violencia. sino que reconociera el costo humano de la guerra. El gobierno aceptó.
La ceremonia fue en octubre de 2023, 56 años después. Asistieron 30 veteranos ancianos, la mayoría, en sillas de ruedas. El presidente dio un discurso reconociendo que la guerra siempre deja cicatrices, sin importar qué lado ganó. Roberto fue invitado a hablar. Se paró frente al micrófono mirando a los veteranos. a los familiares, a los políticos.
Hoy estamos aquí no para celebrar la muerte de nadie, comenzó. Estamos aquí para reconocer que todos nosotros, soldados y guerrilleros, fuimos víctimas de fuerzas más grandes que nosotros. Habló sobre cómo durante 56 años los sobrevivientes cargaron con culpa, vergüenza y trauma. El verdadero heroísmo, dijo, no es matar al enemigo.
El verdadero heroísmo es tener el valor de sanar después, de perdonarse, de construir algo mejor. Al final de su discurso, Roberto sacó una foto. Era la foto del che muerto en el hospital de la higuera. Esta foto me persiguió durante 56 años, dijo. Pero ahora cuando la veo, no veo a un enemigo. Veo a un hombre que me enseñó la lección más importante de mío.
Lo que estás viendo ahora no es nada comparado con lo que Roberto reveló en su última entrevista pública en marzo de 2024. A los 80 años, sabiendo que su tiempo es limitado, decidió contar el secreto final, el secreto más grande que guardó durante 57 años. En esa última conversación nocturna con el Che, después de hablar sobre revoluciones y familias, el Che le preguntó algo.
“¿Tú crees en Dios, soldado Roberto, criado católico?” Respondió que sí. Yo también creo”, dijo el Che sorprendentemente, “Aunque la gente piensa que soy ateo porque soy marxista, pero creo que hay algo más grande que nosotros, algo que nos juzgará no por nuestras banderas o ideologías, sino por cómo tratamos a otros seres humanos.
” Luego el Che le dijo algo que Roberto nunca olvidó. “Mañana probablemente me matarán y cuando eso pase vas a tener una decisión que hacer. Puedes cargar con mi muerte como una medalla de honor o puedes cargarla como una maldición. La diferencia está en tu corazón, no en el acto mismo. Roberto se quedó en silencio.
El Che continuó, si cargas mi muerte con orgullo, serás un soldado más que siguió órdenes. Pero si cargas mi muerte con dolor, con cuestionamiento, con humanidad, entonces algo bueno saldrá de este horror. Tu sufrimiento tendrá significado. Roberto lloró mientras revelaba este secreto. Durante 56 años pensé que el Che me había maldecido”, dijo, “pero ahora entiendo que me dio una misión.
” Esta revelación final tuvo un impacto profundo. Aleida Guevara, al escuchar las palabras completas de su padre, escribió en Twitter, “Mi padre sabía que iba a morir y en sus últimas horas no pensó en venganza o en gloria. Pensó en cómo su muerte podría enseñar algo sobre la humanidad. Gracias, Roberto, por llevar ese mensaje durante 57 años hasta que el mundo estuviera listo para escucharlo.
La historia de Roberto fue adaptada en un documental llamado 5 minutos en la higuera. El documental ganó varios premios internacionales. Fue proyectado en escuelas, universidades, conferencias de paz. Jóvenes de todo el mundo comenzaron a usar el hashtag la humanidad sobrevive, compartiendo historias de perdón y reconciliación.
Roberto recibió miles de mensajes de veteranos de otras guerras, Vietnam, Afganistán, Irak, Siria. Un veterano estadounidense le escribió, “Durante 15 años no pude perdonarme por las cosas que hice en la guerra. Tu historia me mostró que el perdón es posible, que el dolor puede tener propósito. Roberto respondió a cada mensaje personalmente.
Es mi deber, dice el Che me dio una misión y voy a cumplirla hasta mi último aliento. En abril de 2024, Roberto sufrió un infarto leve. Los doctores le dijeron que su corazón estaba débil, pero Roberto tiene otros planes. No puedo descansar todavía, dice. Hay demasiados veteranos sufriendo, demasiadas historias que contar.
Hoy en octubre de 2024, Roberto Martínez tiene 80 años. Cada mañana se fisici despierta y mira la fotografía que guarda en su mesa de noche. Es una foto de él con Aleida Guevara en el mausoleo del Che en Cuba. Dos personas que la historia dijo que deberían ser enemigos abrazándose como familia.
El Che tenía razón, reflexiona Roberto. Yo tenía una decisión que él ya no tenía. podía elegir vivir con odio o vivir con amor. Me tomó 55 años hacer esa elección, pero finalmente la hice. Roberto está escribiendo su segundo libro, enfocado en ayudar a veteranos con PTSD. Ha dado más de 100 charlas en los últimos 2 años.
ha ayudado a establecer cinco centros de apoyo para veteranos en Bolivia y más importante, ha inspirado a miles de personas a enfrentar sus propios traumas con honestidad y valor. Cuando le preguntan qué quiere que el mundo recuerde sobre su historia, Roberto responde, “Quiero que recuerden que incluso el enemigo puede enseñarte algo, que incluso en los momentos más oscuros la humanidad sobrevive, que el perdón no es debilidad, es la forma más alta de fortaleza.
” Y finalmente quiero que recuerden las últimas palabras que el Che me dijo. “Cada día que despiertes es un regalo que yo ya no tendré. Úsalo bien. Esta es la historia del soldado que capturó al Cheegev Vara y lloró durante 57 años. Una historia sobre guerra, trauma, culpa y, finalmente, redención. Una historia que nos recuerda que todos somos más complejos que nuestras etiquetas y que la humanidad siempre encuentra una manera de sobrevivir, incluso en los lugares más oscuros.