¿QUÉ OCULTA EL SILENCIO? La perturbadora muerte de Mónica Pretelini que Peña Nieto sepultó en 24 horas: las autopsias que nadie hizo, las amantes idénticas que ella callaba y el craso simulacro eclesiástico para coronar a La Gaviota sobre la tumba de la verdadera primera dama del edomex.
ENRIQUE PEÑA NIETO: Por ESTO Nadie Preguntó Cómo Murió la Esposa del Presidente
Era la madrugada del 11 de enero de 2007 en una casa del exclusivo fraccionamiento campestre del lago al sur de Toluca. Una mujer de 44 años se estaba muriendo. Se llamaba Mónica Pretelini Sacience. Era la presidenta del DIF del Estado de México. Era la esposa del gobernador más joven y más guapo del país.
Era la madre de tres niños que dormían en el piso de arriba. Y esa madrugada, sola en algún rincón de esa casa enorme, dejó de respirar. Su esposo dijo después que llegó. Dijo que la encontró ya sin respirar. dijo que la trasladaron de inmediato al hospital. Dijo que lo intentaron todo. Dijo que ya tenía muerte cerebral por insuficiencia de oxígeno.
Y durante casi 20 años esa fue la única versión que dio. No hubo cronología minuto a minuto. No hubo declaración sobre dónde estaba él antes de llegar a la casa. No hubo explicación sobre quién marcó al hospital. ¿Quién manejó la ambulancia? ¿Quién firmó el acta del traslado de Toluca a la Ciudad de México? Hubo silencio y un parte médico emitido horas después por un hospital privado y una cremación tan rápida que muchos en el Estado de México ni siquiera alcanzaron a enterarse de que la primera dama había muerto.
Mi gente, esto que les voy a contar hoy les va a doler porque esta es la historia de una mujer que tú reconoces. Tú la viste en las noticias. Tú la viste en las revistas. Tú la viste sonriente al lado de un hombre que después fue presidente de México. Y tú, como todas nosotras, creíste la versión que nos contaron.
Hoy vamos a revisar esa versión, no para acusar a nadie, para preguntar lo que nadie preguntó. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre Mónica Pretelini y sobre el hombre que construyó su camino a la presidencia de México sobre su tumba. Primero vas a descubrir quién era realmente Mónica antes de ser primera dama, por qué llevaba año y medio en tratamiento neurológico y por qué, según reportes del semanario, proceso publicados días después de su muerte, llevaba varios meses separada
de su esposo. Segundo, vas a descubrir todo lo que pasó la noche del 10 al 11 de enero de 2007 en esa casa de Toluca, las inconsistencias que nunca se aclararon. Y por qué durante 4 años Enrique Peña Nieto no pudo explicar con claridad en televisión nacional de que había muerto su esposa? Tercero, vas a descubrir a las mujeres paralelas que Mónica sí conocía, dos amantes documentadas durante su matrimonio, dos hijos nacidos fuera de casa y una tragedia que casi nadie ha unido en los archivos públicos. Un bebé
de Peña Nieto con otra mujer que murió 20 días después que Mónica. Y cuarto, vas a descubrir cómo ese mismo hombre se casó 3 años y 10 meses después con una de las actrices más famosas de Televisa, en la misma catedral donde están enterradas las cenizas de Mónica, tras una anulación matrimonial que el propio Vaticano describió como un crzo simulacro de justicia.
Te voy a avisar cuando llegue cada una. Vamos con calma. Vamos con los documentos. Vamos con los nombres. Pero antes de entrar en lo que pasó esa noche, tienes que entender cómo funcionaba el mundo que construyó a este hombre. Porque esta historia no empieza el 11 de enero de 2007, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión.
A mediados de los años 2000, el Estado de México era la joya de la corona del Partido Revolucionario Institucional. 24 gobernadores priistas consecutivos desde la fundación misma del partido. Una maquinaria política que no había perdido jamás. Un presupuesto gigantesco y un proyecto clarísimo.
Recuperar la presidencia de la República en las elecciones de 2012 después de dos sexenios de gobierno del PAN. Para ese proyecto necesitaban un rostro nuevo, alguien joven, alguien que se viera bien en televisión, alguien que proyectara modernidad sin romper con los acuerdos del viejo PRI, alguien que hiciera olvidar a la clase media urbana los aromas rancios de Carlos Salinas de Gortari, de Raúl Salinas, de Manuel Bartlet, de las décadas de corrupción heredadas.
Ese rostro lo encontraron en Atlacomulco, en una familia con ramas políticas muy conocidas, en un abogado que había sido tesorero de la campaña de Emilio Chui Fet Chemor, en un sobrino nieto del gobernador Arturo Montiel, en Enrique Peña Nieto. Quizá tú recuerdas esos años, quizá recuerdas cómo empezó a aparecer ese hombre en los noticieros.
Alto, bien peinado, traje impecable, sonrisa de galán de telenovela. Quizá le dijiste a tu hija que se veía guapo. Quizá escuchaste a tu hermana decir que parecía diferente a los demás políticos. Así fue como te lo vendieron. Así fue como nos lo vendieron a todas. El 15 de septiembre de 2005, Enrique Peña Nieto tomó posesión como gobernador del Estado de México. Tenía 39 años.
Era el más joven en décadas y al lado de él, en la tribuna de honor del Teatro Morelos de Toluca, estaba Mónica Pretelini Sa. Su esposa desde hacía 11 años, la madre de sus tres hijos. Una mujer de mirada serena, cabello castaño, vestido formal. Sonreía, todos sonreían. Carlos Salinas de Gortari, el expresidente, estaba ahí.
Vicente Fox, el presidente en funciones, había mandado representación. Elva Ester Gordillo, la dueña del Sindicato Nacional de Maestros, tomaba café con ellos. Era el arranque de una carrera política diseñada desde el día 1 para llegar a Los Pinos. Pero había algo que casi nadie sabía, algo que Mónica sí sabía, algo que cargaba en silencio mientras sonreía para las cámaras esa tarde, porque Enrique Peña Nieto, el hombre recién investido como gobernador, ya tenía un hijo de un año con otra mujer.
Se llamaba Diego. Había nacido el 25 de junio de 2004. Su madre era Maritza Díaz Hernández, una funcionaria que trabajaba en la Secretaría de Finanzas del Estado de México con el gobernador anterior, Arturo Montiel. Y durante ese mismo 2005 en el que Peña Nieto tomaba posesión como gobernador, ya había empezado otra relación paralela con Jessica de la Madrid Téz, una licenciada en comercio internacional originaria de Chihuahua, que trabajaba en la Agencia de Publicidad Radar.
la misma agencia contratada para la campaña a la gubernatura. Recuerda ese nombre, Maritza Díaz Hernández. Ese nombre va a volver a aparecer años después y cuando vuelva a aparecer te va a quedar claro por qué Mónica Pretelini no sonreía igual en las fotos privadas que en las oficiales. Recuerda también ese otro nombre, Jessica de la Madrid Tellees.
Ese nombre te va a estremecer cuando te cuente lo que pasó 20 días después de la muerte de Mónica. ¿Quién era Mónica realmente más allá de la primera dama sonriente? Nació el 30 de noviembre de 1962, hija de una familia acomodada del Estado de México. Creció entre colegios privados, clases de piano y veranos en la playa.
Conoció a Enrique Peña Nieto a principios de los 90 en un restaurante famoso de Toluca llamado El Mesón del Caballo Ballo, un lugar al que iba todo el poder del Estado de México. Él era más joven que ella, era apenas un abogado en ascenso. Se casaron el 12 de febrero de 1994 en la iglesia de Santa Teresita, en Lomas de Chapultepec.
Ella llegó con un vestido blanco sencillo. Él entró al altar con la sonrisa de quien sabía exactamente para qué se estaba casando. Tú sabes lo que es eso. Tú sabes lo que es casarse con un hombre que ya tiene un proyecto en la cabeza y que te necesita como pieza de ese proyecto. Quizá tú también fuiste esa mujer.
Quizá tú conoces a esa mujer. Era la generación que nos educaron así. Te casas, acompañas, sonríes, soportas y al final, cuando ya no eres útil, te cambian por otra. Mónica le dio tres hijos. Paulina, nacida en 1995. Alejandro, nacido el 27 de enero de 1998. Nicole, la más pequeña, nacida en 1999.
Durante esos primeros años de matrimonio, ella lo acompañó en todas las etapas de su carrera, cuando era abogado particular, cuando fue subsecretario de gobierno, cuando fue diputado local, cuando fue secretario de administración, cuando fue candidato a la gubernatura. Los reporteros que cubrían la campaña lo recuerdan bien.
Mónica estaba en todos los eventos. Sonreía en todas las fotos, pronunciaba discursos breves cuando tocaba. Abrazaba a la señoras del dif cuando tocaba y cuando la cámara se apagaba, según reportaron medios como Infobae después, soportaba todas las infidelidades con tal de ver avanzar a su esposo en la carrera política.
Esa frase te la repito porque importa. soportaba todas las infidelidades con tal de ver avanzar a su esposo en la carrera política. Esa era la moneda de cambio, esa era la transacción silenciosa. Esa era la forma en que Mónica Pretelini Sacience, una mujer educada en colegios privados, criada para ser esposa y madre en el México tradicional, negociaba con el poder.
El 15 de septiembre de 2005, cuando su esposo tomó protesta como gobernador, Mónica se convirtió en presidenta del Consejo Directivo del DIF del Estado de México. El sistema para el desarrollo integral de la familia. Era una posición pública con oficinas, con staff, con presupuesto, con agenda, con prensa.
Durante todo el año 2006 la vemos en fotografías de la agencia Cuarto Oscuro inaugurando desayunadores escolares, repartiendo juguetes en la campaña navideña. 1 km de regalos, un millón de sonrisas. recibiendo el micrófono de oro de la Asociación Nacional de Locutores el 17 de noviembre de 2006 en la Ciudad de México, casi 8 semanas antes de morir.
Mira esa fecha, recuérdala. 17 de noviembre de 2006. Ese día, Mónica Pretelini recibió un premio público. Estaba viva, estaba funcionando, estaba trabajando. 8 semanas después estaba muerta. Sem. Lo que pasó entre esas dos fechas es el corazón de esta historia. Pero hay algo más sobre Mónica que casi ningún medio mexicano se atrevió a contar en enero de 2007.
El 12 de enero, apenas un día después de la muerte, el semanario Proceso publicó una nota firme. La nota decía tres cosas que nadie repitió después. La primera, que Mónica llevaba varios meses separada de su esposo, el gobernador priista. La segunda, que sufría severas alteraciones nerviosas y emotivas que la habrían orillado a consumir por un largo periodo medicamentos para poder dormir.
La tercera presentada explícitamente como versión extraoficial, que la víctima habría fallecido desde el miércoles por la noche y [carraspeo] según los datos de la autopsia a causa de una sobredosis de somníferos. Esa tercera versión la publicó Proceso. Esa tercera versión fue desmentida más tarde por el parte médico oficial del hospital ABC, que declaró un perfil toxicológico negativo.
Pero la segunda versión, la de la separación de meses, la de las alteraciones nerviosas y emotivas, nadie la desmintió, nadie la investigó, nadie le dio seguimiento porque esa versión, la de la separación, chocaba con la fotografía oficial. Y la fotografía oficial decía que Enrique Peña Nieto era un esposo ejemplar, un padre de familia intachable, un viudo devastado.
No había lugar para una Mónica que se hubiera separado. No había lugar para una mujer que hubiera decidido ya no soportar más. No había lugar para una historia que hiciera dudar del producto político que estaban construyendo para 2012. Y ahí es donde empieza el sistema que voy a describirte. El sistema que protegió al gobernador guapo durante años.
El sistema que silenció la voz demónica cuando estaba viva y que borró sus sombras cuando estaba muerta. el sistema del que tú y yo fuimos espectadoras sin saberlo, porque ese sistema no existiría sin los millones de ojos que veíamos a través de la pantalla de Televisa y aceptábamos lo que nos daban como si fuera la verdad.
Recuerda ese nombre, Televisa. Porque Televisa va a aparecer dos veces más en esta historia. Una vez cuando entre en escena Angélica Rivera, la gaviota de Destilando Amor. Y otra vez cuando entre en escena Carmen Aristegui, la única periodista mexicana que se atrevió a hacer las preguntas que todos evitaban.
Pero antes de eso, tienes que conocer a la primera persona concreta que esta historia silenció. Y esa persona es la misma Mónica. Porque cuando tú ves las fotografías de 2006, cuando la miras a los ojos, hay algo que las cámaras no pudieron disimular del todo. Una mirada cansada, una sonrisa que no termina de llegar a los ojos, una mujer de 43 años que se ve más cansada de lo que debería a esa edad.
Los amigos cercanos de la familia, citados de forma anónima en reportajes posteriores de revistas de sociales y en columnas políticas de la prensa mexiquense repetían siempre lo mismo. Mónica ya no era la misma desde hacía meses. Mónica tomaba muchas pastillas. Mónica dormía mal. Mónica lloraba.
Mónica se había enterado de Maritza. Mónica se había enterado de Jessica. Mónica ya no podía fingir que no sabía. Y sin embargo, el 17 de noviembre de 2006 seguía sonriendo para las cámaras al recibir el micrófono de oro. Seguía siendo la primera dama del Estado de México. Seguía cargando sola con el peso del proyecto político de su esposo.
8 semanas antes de morir seguía siendo útil para el producto. La noche del 10 al 11 de enero de 2007, en algún lugar de esa casa de campestre del lago en Toluca, esa utilidad llegó a su fin. Lo que pasó exactamente esas horas es lo que vamos a reconstruir con los documentos y con los testimonios verificables.
Y lo que falta en esa reconstrucción, porque sí falta mucho, es lo que nunca nadie ha podido completar. Pero antes de entrar ahí, tienes que entender la maquinaria que hizo posible que una muerte así de una figura pública, de la esposa de un gobernador, de una mujer que llevaba meses separada de su esposo y que había estado en tratamiento neurológico, ocurriera sin una sola investigación penal, sin una sola autopsia independiente, sin una sola pregunta incómoda en el Congreso del Estado de México.
sin un solo reportaje de fondo en los grandes noticieros nacionales de las televisoras. Porque cuando vuelvas a mirar las fotos de Mónica esa tarde de septiembre de 2005 al lado de Enrique Peña Nieto en la tribuna del Teatro Morelos, vas a ver algo que en ese momento no viste. Vas a ver a una mujer que ya estaba contando los días y no lo sabía.
El mecanismo que permitió que la muerte de Mónica Pretelini se cerrara en 24 horas sin una sola pregunta formal de la oposición, sin una sola nota investigativa de los grandes diarios, sin un solo editorial exigiendo más información, se llama en México el sistema. No es un concepto abstracto, es un conjunto concreto de relaciones, acuerdos, complicidades e intereses compartidos que había operado durante décadas para proteger a los gobernadores priistas y en particular para proteger a
los mexiquenses que se perfilaban como presidenciables. Ese sistema tenía tres patas y en enero de 2007 las tres funcionaron a la perfección. La primera pata del sistema era el partido. El PRI mexiquense, el llamado grupo Atlacomulco, era una estructura disciplinada, vertical, con memoria larga.
No perdonaba el discenso, no aceptaba las preguntas internas. Cuando Arturo Montiel, el gobernador anterior y tío político de Peña Nieto, enfrentó en su momento una investigación por enriquecimiento ilícito, el partido cerró filas con una velocidad que asombró incluso a sus adversarios.
Cuando Carlos Salinas de Gortari era acosado por escándalos durante los años 90, el partido lo arropó y cuando el 11 de enero de 2007 la esposa del gobernador en funciones apareció muerta en circunstancias que los mismos medios mexicanos describieron como no aclaradas, el partido hizo lo que siempre hacía, movió sus contactos, colocó el mensaje, impuso la versión oficial.
Quien se apartara de esa versión oficial lo sabía bien todo el Estado de México. No volvía a tener contratos, candidaturas ni accesos. La segunda pata del sistema era el dinero. El Estado de México tenía en 2007 los presupuestos públicos más grandes del país. Peña Nieto había convertido las campañas de comunicación del gobierno estatal en una maquinaria de inversión publicitaria constante con las grandes televisoras, con las grandes radiodifusoras, con los grandes diarios nacionales.
Los medios que dependían de esa inversión no iban a morder la mano que los alimentaba. La tercera pata del sistema era Televisa y esa pata era la más importante. Tú conoces a Televisa, tú creciste con Televisa. Tú viviste noches enteras frente a Televisa con el Topo Jigio, con los poliboces, con Siempre en Domingo, con las telenovelas de las 9.
Televisa no era solo una empresa, era la ventana por la que tú y yo veíamos al país. Y lo que Televisa decidía no mostrar simplemente no existía. Televisa, en 2007. Era una cadena que había acompañado al PRI durante más de 50 años. Había sido la televisora del régimen en la época de Jacobo Sabludowski.
Había aprendido a leer las señales del poder. Sabía qué temas se tocaban y cuáles no. Y sabía, por encima de todo, que un gobernador del Estado de México, que se perfilaba como presidenciable para 2012, era un activo demasiado valioso como para permitir que rumores sobre la muerte de su esposa contaminaran el producto político.
Así que Televisa hizo con Mónica Pretelini lo que Televisa llevaba décadas haciendo con los temas incómodos. Cobertura breve, tono respetuoso, parte médico oficial, imagen de viudo devastado, misa de cuerpo presente, cenizas depositadas con dignidad en la catedral de Toluca. Fin de la historia.
Aquí viene lo primero que te prometí, la sombra sobre Mónica antes de esa noche. El hombre que atendía a Mónica Pretelini por sus crisis convulsivas era el Dr. Paul Schkurovic, jefe del departamento de neurofisiología clínica del hospital ABC. 4 años después, en 2011, cuando el expediente médico se hizo público durante una entrevista de Jorge Ramos en Univisión, el propio Peña Nieto confirmaría que Mónica llevaba 18 meses en tratamiento contra las convulsiones.
18 meses, es decir, desde mediados de 2005, justo cuando su esposo tomaba posesión como gobernador, justo cuando él ya tenía a Diego, el hijo de un año con Maritza Díaz, justo cuando empezaba la relación con Jessica de la Madrid. Las crisis convulsivas pueden tener muchas causas, genéticas, estructurales, metabólicas, autoinmunes, pero también pueden ser desencadenadas o agravadas por estrés extremo, ansiedad crónica, trastornos del sueño, privación prolongada del descanso.
Ese perfil, el de una mujer que, según reportes cercanos, consumía somníferos desde hacía tiempo para poder dormir, que sufría severas alteraciones nerviosas y emotivas, que llevaba meses separada de su esposo, pero que seguía apareciendo en todos los eventos oficiales como primera dama sonriente.
Es exactamente el perfil clínico de alguien cuyo cuerpo está al límite. Quizá tú conoces a una mujer así. Quizá tú fuiste esa mujer, una mujer que por fuera funciona, que acude al trabajo, que arregla a los hijos, que sonríe en las comidas, que aparece en las fotos familiares y que por dentro se está consumiendo.
Una mujer que ya no duerme, que ya no puede llorar delante de nadie, que toma pastillas porque no hay otra forma de pasar la noche. Esa mujer no aparece en los partes médicos, no aparece en las revistas de sociales, pero existe. Y en este caso, esa mujer se llamaba Mónica Pretelini Sacience.
Hay una fotografía oficial publicada por la agencia Cuarto Oscuro, fechada el 15 de mayo de 2006. Es el día del maestro. En la foto se ven el presidente Vicente Fox, Marta Saagún, Elvaester Gordillo, Enrique Peña Nieto y Mónica Pretelini. Todos sonrientes, todos aplaudiendo. Es el tipo de foto que Televisa mostraba en los noticieros como símbolo de la normalidad política del país.
Pero si amplías esa imagen, si miras a Mónica con cuidado, si comparas su rostro con fotos de dos o tres años antes, vas a ver lo que amiga de la familia le dijo años después a una periodista de la prensa mexiquense. Mónica se veía acabada, se veía quemada por dentro, se veía como una mujer que ya había tomado una decisión, aunque nadie la hubiera escuchado.
La separación que reportó Proceso el 12 de enero de 2007, un día después de la muerte, no se tomó en serio en el momento. Nadie la siguió, nadie la investigó. Los funcionarios del Estado de México que pudieron haberla confirmado, en especial los que trabajaban directamente con Mónica en el DIF, no hablaron, los sirvientes de la casa no hablaron, los amigos de la familia no hablaron, los pocos periodistas que se atrevieron a insinuar algo, como Genaro Villamil en sus columnas para Proceso,
fueron sistemáticamente ignorados en los medios masivos. La versión oficial quedó un matrimonio feliz. un esposo devastado, una esposa que sufrió una crisis epiléptica fatal. Pero hay un detalle que chirría. Es un detalle pequeño. Es un detalle que aparece en los reportes periodísticos y que nadie ha explicado nunca del todo.
El reporte oficial dice que Mónica fue trasladada primero a un centro médico de Toluca y de ahí alrededor de las 3 de la madrugada al hospital ABC de la Ciudad de México. Alrededor de 70 km de distancia con tráfico ligero, nocturno, son 50 minutos de ida. con ambulancia y escolta menos.
Si a las 3 de la madrugada llegó al hospital ABC, salió del centro médico de Toluca alrededor de las 2. ¿A qué hora exactamente la encontró Peña Nieto en shock en la casa? ¿A qué hora exactamente la trasladaron por primera vez al centro de Toluca? ¿A qué hora exactamente empezó la crisis? Nunca lo sabremos.
Nunca nadie lo precisó porque nadie se lo preguntó. Lo que nosotras aprendimos a la fuerza en este país es que hay preguntas que no se hacen, no porque no tengan respuesta, sino porque hacerlas cuesta caro. Quizá tú conoces a alguien que perdió su trabajo por hacer preguntas incómodas. Quizá tú misma aprendiste a no preguntar en tu familia, en tu colonia, en tu oficina.
En el México de 2007, preguntarle a un gobernador priista presidenciable por los detalles de la muerte de su esposa era una forma de suicidio profesional. Nadie lo hizo, ni siquiera la oposición, ni siquiera la prensa llamada independiente. Las cenizas de Mónica Pretelini fueron depositadas en la catedral de Toluca el 11 de enero de 2007, poco más de 24 horas después de la muerte.
Su hija mayor, Paulina tenía 11 años. Entró a la catedral cargando la urna. Esa imagen, publicada después por revistas como quién, es una de las más recordadas del velorio. Una niña de 11 años cargando en brazos las cenizas de su madre. Alejandro, el segundo hijo, tenía 8 años, casi por cumplir los nueve.
Nicole, la menor, tenía siete. Los tres lloraban. Los tres sostenían la mano de su padre, el gobernador, el viudo joven, el hombre que en pocos minutos salió de la catedral para volver a sus funciones oficiales como si nada hubiera cambiado. Porque eso es lo que hay que subrayar. El duelo público de Enrique Peña Nieto fue breve, brevísimo.
Cancelaron eventos durante esa semana, sí, pero la agenda oficial volvió a llenarse. Al día siguiente. El posicionamiento político no se detuvo. Los mensajeros del partido siguieron colocando su nombre como presidenciable en las columnas políticas de Reforma del Universal de Milenio. Las encuestas internas del PRI siguieron midiéndolo, los operadores siguieron operando y en los meses siguientes, según registros de giras proselitistas del propio PRI, citados después en su biografía oficial del SIDOB, Peña Nieto
retomó un ritmo de actividad pública prácticamente idéntico al que llevaba antes de enero. Pero lo que nadie sabía en ese momento, ni siquiera el gabinete mexiquense que lloraba alrededor de él en la catedral de Toluca, era lo que estaba a punto de ocurrir 20 días después en otro hospital con otra mujer, con otro hijo.
algo que conectaba directamente con Mónica, algo que la golpeaba incluso después de muerta, algo que si se hubiera sabido entonces habría hecho imposible la versión oficial del viudo devastado. Y ese algo con nombre y apellido es lo que vamos a contar a continuación. Para entender lo que viene ahora, tienes que retener dos fechas en la cabeza.
La primera. 11 de enero de 2007 muere Mónica Pretelini. La segunda. 31 de enero de 2007, apenas 20 días después, muere de cáncer un bebé. Un bebé que casi nadie sabía que existía. Un bebé que fue hijo no reconocido de Enrique Peña Nieto hasta 5 años después. Un bebé nacido de su relación paralela con Jessica de la Madrid Telles, la licenciada en comercio internacional de Chihuahua, que había trabajado en la Agencia de Publicidad Radar durante la campaña a la gubernatura.
Ese bebé se llamaba Luis Enrique Peña la Madrid y murió exactamente 20 días después del fallecimiento de Mónica Pretelini. El dato aparece confirmado en medios como Caras, Infobae, El Comercio Perú y reportajes posteriores sobre la vida personal de Peña Nieto. No es un rumor, es un hecho recurrente en la cobertura de espectáculos, aunque borrado de la biografía política oficial.
Lo que no te cuentan en ninguna parte es lo que significa esa coincidencia. Significa que mientras Enrique Peña Nieto era retratado como el viudo devastado, cuya esposa murió en una crisis epiléptica, en otro hospital de la Ciudad de México, con otra mujer, con otro hijo suyo que él no reconoció legalmente hasta 2012, se desarrollaba en paralelo una segunda tragedia, una tragedia que el público mexicano no tenía derecho a ver porque la versión oficial era que él era fiel, era que El matrimonio era feliz, era que
no había otras mujeres. Y tú me vas a decir, “Pero, Claude, ¿qué probabilidad hay de que un hombre tenga a su esposa legítima muriendo en un hospital y a un bebé suyo con otra mujer muriendo en otro hospital con un cáncer en la misma época?” Te voy a contestar con absoluta sinceridad, es extraordinariamente improbable.
No imposible, pero improbable. Y es precisamente por eso que este dato, que lleva años circulando en medios especializados, se borró sistemáticamente de la biografía oficial del hombre que llegó a ser presidente de México. Pero volvamos a esa noche en Toluca, la noche del 10 al 11 de enero de 2007, porque es ahí donde se concentran todas las preguntas.
Es ahí donde aparecen las inconsistencias. Es ahí donde la versión oficial se vuelve imposible de completar, porque quien tendría que completarla es la única persona que estuvo presente, el viudo. Y esa persona durante casi dos décadas solo ha repetido una misma frase. Aquí viene lo segundo que te prometí.
Lo que pasó esa noche en Toluca. La cronología oficial y las piezas que faltan. La versión pública de Enrique Peña Nieto se construyó en dos momentos separados por 4 años. El primero ocurrió los días 11 y 12 de enero de 2007 con la cobertura de la muerte misma. El segundo ocurrió en febrero de 2011 cuando el gobernador mexiquense aceptó una entrevista con el periodista Jorge Ramos en Univisión y por primera vez habló públicamente del tema presentando un reporte médico del hospital ABC firmado por el Dr. [música]
Paul Shkurovic. Entre un momento y otro hubo silencio. Entre un momento y otro hubo una entrevista anterior también recordada en la que Peña Nieto no supo explicar de qué había muerto su esposa. Esa entrevista previa, la que aparece repetidamente mencionada en reportajes posteriores como un episodio en el que el gobernador Trastavilló, es la que está detrás de toda la estrategia posterior de comunicación.
Según la reconstrucción que hicieron los medios mexicanos y estadounidenses con base en los partes médicos, los reportes de la agencia APRO del propio semanario proceso, los registros de ingreso al hospital ABC y las declaraciones posteriores de Peña Nieto. Esta es la cronología oficial de esa noche.
Mónica Pretelini, que dormía en su casa del fraccionamiento campestre del lago en Toluca, habría sufrido durante la madrugada del 11 de enero una crisis convulsiva de origen epiléptico. Según el parte médico del hospital ABC, esa crisis le provocó una arritmia cardíaca que a su vez provocó un paro respiratorio, que a su vez provocó una insuficiencia de oxígeno prolongada al cerebro.
Peña Nieto declaró en Univisión que al llegar a la casa la encontró en estado de shock y ya sin respiración. La trasladaron de inmediato, primero a un centro médico en Toluca y posteriormente al hospital ABC de la Ciudad de México, donde habría ingresado alrededor de las 3 de la madrugada.
El parte médico documentó edema generalizado, inflamación severa del tejido cerebral. Se inició manejo en terapia intensiva. Se realizó un perfil toxicológico sérico y urinario que descartó la presencia de drogas y sustancias tóxicas. A pesar de todas las maniobras de reanimación, Mónica Pretelini fue declarada con muerte cerebral por insuficiencia de oxígeno.
El fallecimiento fue confirmado oficialmente durante la tarde del 11 de enero. Tenía 44 años. Esa es la versión oficial. Es una versión que tiene respaldo documental. El parte médico existe. El Dr. Paul Shkurovic es una autoridad real en neurofisiología clínica. Las crisis epilépticas pueden efectivamente provocar paros cardiorrespiratorios fatales.
El perfil toxicológico negativo es un dato verificable y sobre todo, los reportes posteriores de sus hijos confirman que Mónica llevaba tiempo con tratamiento neurológico. No hay razón para descartar la versión médica oficial como imposible. Eso conviene decirlo con claridad. Pero la versión oficial tiene huecos.
Huecos que nunca se cerraron. Huecos que hicieron que durante años, como reconoció el propio Peña Nieto en Univisión, algunos medios dijeran sobre la muerte de su esposa que se había suicidado hasta que habían sido otras las causas de su muerte, incluso que si yo había participado.
Esa última frase la dijo él en televisión nacional estadounidense en el 2011. reconociendo él mismo que durante 4 años había circulado públicamente la hipótesis de que él había participado en la muerte de su esposa. Y reconociendo también con esas palabras que esa hipótesis había circulado el tiempo suficiente y con suficiente fuerza, como para que un presidenciable se viera obligado a desmentir la encadena nacional.
Detengámonos aquí un momento porque este es un punto de inflexión. Un hombre que aspira a la presidencia de la República en febrero de 2011 se ve obligado a salir en Univisión a decir que él no participó en la muerte de su esposa. Tú dime, ¿en qué momento de tu vida tú has tenido que salir en televisión a desmentir que mataste a tu pareja? Si hay que desmentir eso es porque esa sospecha existió.
Existía entonces y sigue existiendo hoy, casi 20 años después de esa noche en Toluca. Los huecos de la versión oficial son cuatro. Voy a enumerarlos con cuidado. Recuerda que mi trabajo no es acusar, mi trabajo es colocar los hechos uno al lado del otro y dejar que tú saques tus propias conclusiones.
Porque eso es lo que la prensa mexicana no hizo en su momento. Eso es lo que los diputados federales no hicieron. Eso es lo que los procuradores estatales no hicieron. Eso es lo que nadie hizo. Hueco número uno, la falta de cronología precisa. En ninguna de las declaraciones públicas de Peña Nieto, ni enero de 2007, ni en la entrevista previa con Adela Micha, que luego se volvió viral por el titubeo, ni en la entrevista con Jorge Ramos de 2011, ni en las entrevistas posteriores.
Aparece una cronología minuto a minuto de esa madrugada. ¿A qué hora exactamente él llegó a la casa? ¿De dónde venía? ¿Quién abrió la puerta? ¿Quién estaba con Mónica antes de que él llegara? ¿A qué hora exactamente se hizo la primera llamada de emergencia? ¿A qué hora salió la primera ambulancia? ¿Cuánto tardó Mónica en ser atendida por un médico después de la crisis? Esas preguntas que en cualquier hospital público en México se responden como parte del protocolo de emergencias.
Nunca se han respondido públicamente. Hueco número dos, la cremación. Las cenizas de Mónica Pretelini fueron depositadas en la catedral de Toluca el 11 de enero de 2007, es decir, la misma tarde de su muerte. Eso implica que el cuerpo fue cremado en cuestión de horas. Para una persona de 44 años, esposa de un gobernador en funciones, con una muerte que, según los propios reportes periodísticos, se describía como ocurrida en circunstancias no aclaradas.
Una cremación tan rápida es inusual. No tiene nada de ilegal, no tiene nada de criminal en términos técnicos. Los procesos de crema se pueden acelerar si la familia lo solicita y si todos los trámites médicos y civiles se completan rápido, pero es inusual y es un dato que aparece mencionado en columnas políticas y en comentarios posteriores a la entrevista de Univisión.
Columnistas como Genaro Villamil de Proceso lo hicieron notar en su momento. Nadie del gobierno estatal lo explicó. Hueco número tres, la ausencia de autopsia independiente. En México, la práctica forense estándar en casos de muerte súbita de adultos, especialmente cuando existen condiciones preexistentes documentadas como el tratamiento por convulsiones, puede o no incluir autopsia.
No hay una regla universal. Pero cuando se trata de una figura pública cuyo cónyuge es un presidenciable y cuando existen versiones extraoficiales que apuntan a posibles sobredosis o a inconsistencias en la cronología, una autopsia independiente ordenada por alguien distinto del propio círculo del gobernador habría cerrado dudas.
Esa autopsia independiente nunca existió. El Ministerio Público del Estado de México, cuya cabeza dependía institucionalmente del propio gobernador, no abrió ninguna investigación. La Comisión de Derechos Humanos del Estado de México no revisó el caso. La Cámara de Diputados Federal no pidió comparecencia.
El silencio fue total. Hueco número cuatro, la entrevista perdida. En 2009, apenas dos años después de la muerte, Peña Nieto dio una entrevista televisiva en la que el periodista que lo entrevistaba le preguntó aparentemente en un tono casual, ¿de qué había muerto su esposa. Esa entrevista se volvió viral porque el gobernador no supo responder con claridad.
trastavilló, se quedó en blanco, murmulló algo sobre convulsiones. La grabación circuló por YouTube durante años. fue junto con el episodio posterior de la feria internacional del libro de Guadalajara en 2011, en el que no supo nombrar los tres libros que más habían marcado su vida, uno de los momentos más dañinos para su imagen pública.
Y un hombre que no puede explicar con claridad de qué murió su esposa dos años después de la muerte es un hombre que genera preguntas legítimas, razonables. Preguntas que nadie en el poder mexicano se atrevió a hacerle en forma, sino que Jorge Ramos, ya fuera del circuito de Televisa y fuera del alcance del gobierno mexiquense, tuvo que hacer desde Miami en Univisión 2 años más tarde.
En marzo de 2010, una joven diputada federal del partido Acción Nacional, durante un debate en la tribuna de la Cámara de Diputados se atrevió a lo impensable. lo acusó con todas sus letras de haber asesinado a su esposa. El video de aquel momento también se conserva. La bancada priista del Estado de México respondió con indignación.
Exigieron una disculpa pública por la osadía de la joven legisladora. La diputada tuvo que retractarse. El episodio se archivó. Ninguna investigación formal se abrió. Pero la frase quedó registrada en el diario de los debates y la frase era grave. Te voy a pedir un favor. Busca ese video, búscalo en YouTube. Se encuentra todavía.
Vas a ver a una diputada joven de pie en la tribuna del Congreso diciéndole a sus colegas lo que ningún periodista de Televisa o TV Azteca se había atrevido a decir. La bancada priista la obligó a retractarse. Le costó políticamente, pero ella lo dijo. Ella tuvo el valor que los demás no tuvieron.
Era una mujer y era joven y la hicieron callar exactamente como habían hecho callar a Mónica antes. Si esta historia te está importando tanto como me está importando a mí contarla, déjame pedirte algo. Suscríbete a este canal. No te lo pido como se lo piden los demás. Te lo pido por una razón muy concreta. Este canal existe para que mujeres como Mónica Pretelini, como Paulina, como Nicole, como las hijas y las madres y las hermanas que siguen vivas cargando historias silenciadas, no vuelvan a quedar borradas de la
memoria pública. Cada suscripción es una pequeña forma de decir, “Yo también pregunto. Yo también quiero saber. Yo no acepto la versión oficial. Hazlo si puedes. Dale al botón de la campanita para que te llegue el próximo video. Comenta al final. Platica con tus hermanas, con tus comadres, con tus hijas.
Esa es la comunidad que estamos construyendo. Y en esa comunidad los silencios impuestos del poder no tienen lugar. Ahora volvamos a esa noche. La entrevista definitiva de Peña Nieto sobre la muerte de su esposa ocurrió con Jorge Ramos en Univisión en febrero de 2011. Las palabras exactas del entonces gobernador transcritas por la jornada el 11 de febrero de ese año fueron estas.
La trasladamos de inmediato al hospital. La reanimaron nuevamente con todos los medios que se pudieron valer en ese entonces, pero al final de cuentas y lamentablemente ya había tenido muerte cerebral por insuficiencia de oxígeno. Así fue como sucedió aquello. Y la frase que resume toda su versión en cinco palabras.
La encontré ya sin respirar. La encontré ya sin respirar. Esas cinco palabras son literalmente todo lo que Enrique Peña Nieto ha dicho públicamente sobre la escena de la muerte de la madre de sus tres hijos mayores durante casi 20 años. No hay más detalle, no hay descripción de la habitación.
No hay mención de a qué hora. No hay mención de cuánto tiempo pasó entre que la encontró y que llegó la ambulancia. No hay mención de quién estaba con ella antes. No hay mención de la separación reportada por Proceso. No hay mención de las peleas si las hubo. No hay mención del estado emocional de Mónica en los días previos.
Solo la encontré ya sin respirar. Esas cinco palabras han tenido que sostener todo. Han tenido que sostener el duelo público. Han tenido que sostener la pregunta de la diputada en la cámara. Han tenido que sostener las dudas del electorado en 2012. Han tenido que sostener a tres niños que crecieron sin madre.
han tenido que sostener a una primera dama de reemplazo llamada Angélica Rivera. Han tenido que sostener un sexenio presidencial completo. Cinco palabras. La encontré ya sin respirar y nadie, ni en México ni fuera de México, se atrevió a pedir más. Si la versión oficial fuera completa, si no hubiera huecos, si la cronología se hubiera llenado, si la autopsia independiente se hubiera hecho, si la separación reportada por proceso se hubiera explicado o desmentido, si los amigos de Mónica
hubieran podido hablar sin miedo, esta historia habría terminado el 11 de enero de 2007 con tristeza, con solidaridad hacia el viudo, con un luto público digno y con una sociedad que hubiera podido acompañar a esa familia en su dolor sin que quedaran sombras pendientes. Eso no ocurrió. Ocurrió lo contrario.
Ocurrió que los huecos quedaron abiertos. Ocurrió que la propia conducta posterior del viudo, con una velocidad de rehacer su vida sentimental que muchas espectadoras encontraron chocante, reabrió las preguntas. Una y otra vez ocurrió que cada nueva relación pública de Peña Nieto, cada nueva aparición con otra mujer, cada nuevo escalón hacia la presidencia traía de vuelta el fantasma de Mónica.
Y ese fantasma, el fantasma de una mujer que tuviste sonriendo en la tribuna del Teatro Morelos en septiembre de 2005 se convirtió en el costo psíquico invisible de todo el sexenio que vino después. Porque una nación puede ser gobernada por un hombre del que sospecha, pero lo hace con cinismo, con distancia, con resignación, no con confianza.
Y esa desconfianza fundacional, instalada desde el 11 de enero de 2007, nunca se fue del todo durante los 6 años que él estuvo en Los Pinos. Antes de pasar al siguiente bloque, hay una pieza que todavía tengo que contarte. Una pieza incómoda. Una pieza que los periodistas mexicanos que cubrían el tema en 2007 y 2008 empezaron a susurrar en privado sin atreverse a publicar.
Los tres hijos de Mónica, Paulina de 11 años, Alejandro de ocho casi nule quedaron bajo el cuidado oficial del padre. Pero en la práctica, durante las semanas y meses posteriores, fueron muy frecuentemente las tías maternas, las hermanas de Mónica, las que se hicieron cargo del día a día, porque Peña Nieto en cuestión de meses, empezó a rehacer su vida amorosa con gran velocidad.
Apenas 4 meses después de enviudar, como documentó después la revista Caras y otros medios especializados, inició una relación con la conductora regiomontana de televisión Rebeca Solano de Hoyos, a quien conoció el 5 de mayo de 2007 en una fiesta del ejecutivo televisivo Bernardo Gómez. Esa relación duró aproximadamente un año.
Ella incluso lo acompañó a algunos eventos oficiales fuera de México. Y apenas terminaba esa relación aparecía en su vida pública una actriz famosa, la actriz más conocida del momento, la gaviota de Destilando Amor, Angélica Rivera. Y aquí te quiero detener un segundo para que respires, porque esto que acabas de escuchar es importante.
Enero de 2007 muere Mónica. En mayo de 2007, 4 meses después, ya hay nueva relación con una conductora de Televisa. En 2008 termina esa relación. En noviembre de 2008 aparece públicamente Angélica Rivera. En 2010 se casa con ella. Es decir, entre la muerte de Mónica y la nueva boda en la catedral de Toluca pasaron 3 años y 10 meses.
3 años y 10 meses. En esos 3 años y 10 meses, el supuesto viudo devastado, que no podía ni explicar de qué había muerto su esposa, tuvo al menos dos relaciones públicas. Un viaje al Vaticano a pedirle al Papa Benedicto, XB. Autorización para volverse a casar, una anulación eclesiástica fraudulenta y una boda transmitida en vivo.
El salto de Mónica Pretelini a Angélica Rivera no fue un salto privado, fue un salto público, diseñado, estratégico, transmitido. Y ese salto es la siguiente parte de esta historia. Pero para contarlo bien, primero tengo que regresar a un nombre que mencioné al principio y que todavía no he desarrollado.
El nombre de Maritza Díaz Hernández. Porque Maritza no se fue. Maritza no desapareció cuando murió Mónica. Maritza siguió ahí con su hijo Diego, demandando lo que la ley les correspondía. Y años después, durante el sexenio presidencial convirtió en uno de los secretos peor guardados de Los Pinos.
Maritza Díaz Hernández. Retén ese nombre porque va a aparecer de formas muy específicas durante los próximos años. Maritza era funcionaria de la Secretaría de Finanzas del Estado de México durante el gobierno de Arturo Montiel, el gobernador anterior y tío político de Peña Nieto. Maritza y Enrique iniciaron una relación hacia el final de los años 90, según ha sido reportado en repetidas coberturas posteriores.
El 25 de junio del año 2004, dos años y medio antes de la muerte de Mónica, Maritza dio a luz a Diego, un niño que Peña Nieto reconoció privadamente desde el principio, pero que durante muchos años no reconoció públicamente. un niño que creció sabiendo quién era su padre biológico, viendo la cara de su padre biológico en las pantallas de televisión como candidato, después como gobernador, después como presidenciable, después como presidente de la República, mientras su propia existencia
se mantenía lejos de las fotografías oficiales durante casi una década, Peña Nieto solo aceptó públicamente su paternidad a principios del año 12 en plena precampaña presidencial en una entrevista con el diario El Universal. Ya era tarde para Mónica, pero para Diego y para su medio hermano Luis Enrique, que había muerto 5 años antes, el reconocimiento público llegó como una formalidad de último momento, orquestada en función de la carrera política y no como un acto de paternidad responsable.
Piensa en eso. Piensa en ese niño. Piensa en Diego. Un niño que tenía 2 años cuando murió Mónica. Un niño que tenía 6 años cuando su padre se casó en la catedral de Toluca con la gaviota de Destilando Amor. Un niño que tenía 8 años cuando su padre se volvió presidente de México y que no pudo entrar a Los Pinos por la puerta grande.
Un niño que veía como sus tres medios hermanos, Paulina, Alejandro y Nicole, aparecían en los actos oficiales y él no, que no es una invención. ¿Qué es la vida real de un menor que creció siendo el hijo no mostrado del presidente de México? Aquí viene lo tercero que te prometí. Las mujeres paralelas que Mónica sí conocía y lo que esa red de mujeres y de hijos ocultos significa para entender lo que pasó esa noche en Toluca.
Maritza Díaz Hernández demandó durante años, a través de la vía civil el reconocimiento y la manutención para su hijo Diego. Durante el sexenio presidencial, años 2012 a 2018, esa demanda se convirtió en uno de los temas incómodos del círculo íntimo de Los Pinos. abogados del presidente, abogados de Maritza, reuniones confidenciales.
Nunca se ventiló públicamente de forma directa porque ambas partes entendían que hacerlo sería demoledor para la imagen presidencial. Pero el hecho de que existiera esa demanda, el hecho de que un hijo no reconocido en términos de imagen pública estuviera ahí reclamando a través de un tribunal lo que un padre cualquiera tendría que dar voluntariamente, dice mucho sobre la distancia entre la versión pública del hombre que la nación votó en 2012 y la realidad privada del hombre detrás del traje y la
corbata. Mónica sabía de Maritza. Mónica sabía de Diego. Es un hecho documentado en reportajes posteriores que citan a personas cercanas a la familia. La esposa legítima, la primera dama del Estado de México, la presidenta del DIF, conocía la existencia de un hijo de su esposo con otra mujer.
Ella manejaba eso, según los testimonios recopilados por medios de espectáculos, con el silencio y el aguante que la generación de las mujeres mexicanas educadas para ser buenas esposas había aprendido a administrar. No divorció, no denunció, no escandalizó, pero no lo olvidó. Ese dolor estaba adentro.
Ese dolor fue el combustible de las alteraciones nerviosas y emotivas que reportó Proceso. Ese dolor fue el combustible de los somníferos que supuestamente consumía por tiempo prolongado para poder dormir. Ese dolor fue posiblemente uno de los factores que contribuyó al deterioro de su salud durante los dos años finales de su vida.
Jessica de la Madrid Tellez. El segundo nombre, la segunda mujer paralela. Licenciada en comercio internacional, originaria de Chihuahua, con maestría en economía y gobierno por la Universidad Anahuac. Llegó a la órbita de Peña Nieto en el año 2005 durante la campaña a la gubernatura del Estado de México.
Trabajaba con la Agencia de Publicidad Radar. contratada por el equipo de campaña. Según los reportes de caras, Infobae y otras publicaciones especializadas, Peña Nieto mantuvo una relación con ella durante ese año y en diciembre de 2005 nació un hijo, un niño al que pusieron de nombre Luis Enrique Peña la Madrid.
Un año después de nacer, al pequeño le diagnosticaron cáncer. Luchó contra esa enfermedad durante meses y falleció el 31 de enero de 2007, exactamente 20 días después de que Mónica Pretelini fuera declarada muerta en el hospital ABC de la Ciudad de México, nunca se hizo pública una ceremonia de despedida del pequeño Luis Enrique.
nunca apareció en las fotografías oficiales del gobernador. Durante muchos años su existencia se mantuvo fuera del registro público. Fue hasta principios de 2012, ya en plena precampaña presidencial, cuando Peña Nieto, en una entrevista con el Universal, reconoció públicamente haber tenido dos hijos fuera de matrimonio, Diego con Maritza Díaz y Luis Enrique con Jessica de la Madrid.
Para entonces, Luis Enrique llevaba 5 años muerto. 5 años en los que el padre biológico había continuado su carrera política sin mencionarlo, sin reconocerlo, sin incluirlo en las biografías oficiales. El niño vivió poco, sufrió de cáncer siendo un bebé y murió casi simultáneamente con la mujer a la que oficialmente Peña Nieto acababa de llorar en la catedral de Toluca.
Mientras el viudo oficial regresaba a sus funciones como gobernador, en otro hospital, con otra familia, con otra historia, se enterraba sin ruido a un bebé que era su hijo biológico. Deja que eso te caiga en el pecho, no como juicio moral, como hecho humano. dos mujeres distintas en dos hospitales distintos enfrentando dos tragedias distintas, ambas conectadas con el mismo hombre en las mismas tres semanas.
Mónica muere el 11 de enero. El bebé de Jessica muere el 31 de enero. ¿Alcanzas a imaginar cómo vivió esas semanas cada una de ellas? Mónica, que según los reportes ya sabía de la existencia de Jessica y del bebé enfermo. Jessica que veía al hombre que amaba convertido en viudo oficial de una mujer a la que probablemente envidió en silencio durante años, ambas cargando, cada una a su manera, el peso del mismo hombre.
Y ese hombre, en cuestión de meses, ya estaría saliendo en público con una tercera mujer de la televisión. Rebeca Solano de Hoyos. La tercera conductora de televisión Regio Montana con presencia en programas de espectáculos de Televisa. Y aquí viene un dato que me costó creer la primera vez que lo leí.
Según la cobertura de la revista Caras y de otras publicaciones especializadas, Rebeca Solano conoció a Enrique Peña Nieto el 5 de mayo de 2007 en la fiesta de cumpleaños del ejecutivo Bernardo Gómez, vicepresidente de Grupo Televisa. Quien nos presentó esa noche fue el empresario Carlos Bremer.
Retén esa fecha, 5 de mayo de 2007. Es decir, menos de 4 meses después de la muerte de Mónica Pretelini, menos de 4 meses después de que Paulina, de 11 años, cargara la urna con las cenizas de su madre en la catedral de Toluca. Menos de 4 meses. Es el tiempo que tardó el viudo oficial en llegar a una fiesta privada de un alto ejecutivo de Televisa y salir con una nueva novia bajo el brazo.
Esa sola información ya es reveladora. Bernardo Gómez no invita a fiestas privadas a cualquiera. Las fiestas de los altos ejecutivos de Televisa en esos años eran espacios de mezcla deliberada entre el poder político y el poder mediático, actores, políticos, empresarios, conductoras. Ahí se cerraban matrimonios, carreras, alianzas.
Y ahí, menos de 4 meses después de enviudar, Peña Nieto ya estaba abriendo la siguiente página de su historia sentimental. La relación con Rebeca Solano duró aproximadamente un año. Ella lo acompañó en viajes oficiales fuera de México. Terminaron, según reportó la prensa especializada, por una infidelidad de él.
antes de que empezara su relación pública con Angélica Rivera. No es una conjetura mía, es lo que analizaron en su momento periodistas como Carmen Aristegui en sus investigaciones posteriores. La familiaridad de Enrique Peña Nieto con el ecosistema femenino de Televisa no era casual.
Televisa producía estrellas. Televisa promovía candidatos y Televisa en el diseño estratégico de la campaña 2012 entregó como pieza central una primera dama potencial. Angélica Rivera había sido construida durante 20 años como protagonista de telenovelas románticas. Era conocida desde la serie de melodramas Alcanzar una estrella dos, desde la dueña, desde Mariana de la Noche, desde Destilando Amor.
Era conocida como la actriz que generaba simpatía entre las amas de casa. Era conocida como una mujer bonita con una sonrisa que quedaba bien importada. Esa mujer en el momento justo apareció al lado de Peña Nieto. Su entrada en la historia no fue casual. Ocurrió a través de un contrato publicitario.
En 2008, el gobierno del Estado de México, dirigido por Enrique Peña Nieto, contrató a Angélica Rivera como imagen de la campaña oficial llamada Compromisos Cumplidos. La campaña consistía en recorrer uno por uno los compromisos que Peña Nieto había hecho durante su campaña a la gubernatura y documentar su supuesto cumplimiento.
La gaviota aparecía en los promocionales, elegante, sonriente, presentando cada obra pública, cada escuela, cada clínica. El contrato era millonario. Se pagó con recursos públicos del Estado de México. Y ahí, en ese set, en esas grabaciones, en esas visitas a escuelas y clínicas, una actriz casada con un productor de Televisa y un gobernador viudo empezaron una relación.
Angélica Rivera llevaba más de 10 años en unión libre con el productor José Alberto Castro. conocido en la industria como el gero, hermano de Verónica Castro. Con él tenía tres hijas: Sofía, nacida en 1996, Fernanda, nacida en 1999 y Regina la Menor, nacida en 2005. En 2004, la pareja había formalizado su unión religiosamente con una ceremonia en la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima en la colonia Roma de la Ciudad de México.
9 días después habían hecho una ceremonia de acción de gracias en la playa de Pichilingue en Acapulco, oficiada por el padre José Luis Salinas Saranda, conocido en Televisa como el sacerdote de las estrellas. Todo estaba documentado, acta, firmas, fotos, testigos. Pero en el 2008, cuando Angélica Rivera aparece en los promocionales de compromisos cumplidos, esa unión con José Alberto Castro estaba ya en proceso de ruptura.
Ella empezó a mostrarse cada vez más cerca del gobernador. Los columnistas de espectáculos empezaron a hablar. Las revistas empezaron a preguntarse y en noviembre de 2008, en un programa de TV Azteca, Peña Nieto confirmó públicamente su noviazgo con la actriz. La gaviota se mudaba de canal narrativamente, dejaba la telenovela ficticia y entraba en la telenovela política.
Quizá tú recuerdas el momento, quizá tu hermana te lo comentó en el teléfono, quizá tu comadre te dijo, “Mira, ya vimos que el gobernador anda con la gaviota.” Y quizá allá adentro, sin atreverte a decirlo en voz alta, pensaste, “Qué rápido se consoló este hombre. Qué poco duró su luto. Qué fácil le resultó olvidarse de la mujer que le dio tres hijos.
Quizá no lo dijiste, pero lo pensaste. Muchas lo pensamos y nunca nadie lo publicó en los editoriales de los grandes medios. La relación con Angélica Rivera se aceleró vertiginosamente durante 2009. En diciembre de ese año, apenas un año después de hacer pública la relación, ambos viajaron al Vaticano.
Ahí, según documentó después la investigación conjunta de Aristeg Noticias y la revista Proceso, Peña Nieto solicitó directamente al Papa Benedicto X consentimiento para casarse con Angélica Rivera. Fue una gestión pública deliberadamente mediática. La pareja buscaba legitimar su próxima boda con una bendición papal informal como un argumento de autoridad religiosa de cara al matrimonio que planeaban celebrar al año siguiente.
El problema era que Angélica Rivera seguía casada ante la Iglesia Católica con José Alberto Castro. tenía que divorciarse civilmente, cosa que hizo sin mayor escándalo, y tenía que obtener una anulación eclesiástica de su primer matrimonio religioso, cosa que en el derecho canónico católico, en ese año 2010, antes de las reformas simplificadoras del Papa Francisco en 2015, podía tardar años, no eran meses, eran años.
Aquí es donde entra el sacerdote José Luis Salina Saranda, el hombre que había oficiado la ceremonia de acción de gracias de Rivera y Castro en la playa de Pichilingüe en 2004. El sacerdote de las estrellas, el cura que durante más de 15 años había mantenido una red de relaciones con celebridades de Televisa y que por eso era conocido en la propia televisora.
Según la investigación de Carmen Aristegui y del semanario Proceso publicada en febrero de 2016, la anulación del primer matrimonio de Angélica Rivera con José Alberto Castro se tramitó sobre la base de una interpretación muy particular. La interpretación fue que la ceremonia en la playa de Pichilingue en 2004 no había sido un matrimonio real, sino una simulación, que el padre Salinas no había sido el testigo canónico real, que por lo tanto el matrimonio era inválido [música]
desde el origen. Mira eso, subraya eso porque eso es clave. La versión que permitió la boda de Peña Nieto con la gaviota fue que el primer matrimonio religioso de ella había sido una simulación, un teatro falso. Y el sacerdote que había participado en ese supuesto teatro fue castigado por eso.
Lo sancionaron. Le quitaron las licencias para ejercer el ministerio. Le prohibieron vivir en la ciudad de México. Y todo eso ocurrió mientras él recibía tratamiento para el cáncer que finalmente le quitó la vida en octubre de 2015. El padre Salinas no se quedó callado. Escribió cartas, envió comunicaciones.
El 7 de octubre de 2015 murió sin haber recibido respuesta del Papa Francisco, a quien le había rogado que revisara su caso. Murió con el nombre manchado. murió acusado de haber organizado una simulación de matrimonio que, según él mismo, dejó por escrito en una carta dirigida al propio Peña Nieto tres semanas antes de la boda en Toluca.
Nunca había existido como simulación del consentimiento matrimonial. No fui yo el testigo canónico, sino un sacerdote debidamente delegado para ello, lo que hace que el matrimonio fuera absolutamente válido y no tan fácil de ser anulado. Esas fueron las palabras exactas del padre Salinas en su carta al gobernador, publicadas años después por Aristegui Noticias.
El Tribunal de la Rota Romana, el más alto tribunal de apelaciones del derecho canónico en la Iglesia Católica, según documentos obtenidos por la investigación conjunta, calificó el proceso de anulación de Rivera y Castro como un crzo simulacro de justicia. Un croo simulacro de justicia.
Esa expresión la usó un tribunal del Vaticano, no un periodista mexicano, no un opositor político. El propio Vaticano, a través de su más alto tribunal canónico, declaró que el proceso había sido fraudulento. Pero para cuando esas revelaciones salieron a la luz en febrero de 2016, Peña Nieto llevaba 3 años como presidente de México y ya era demasiado tarde.
La boda ya había ocurrido. La primera dama ya estaba instalada en Los Pinos. El costo político de admitir que el matrimonio presidencial se había sustentado en un fraude eclesiástico era demasiado alto. Así que una vez más, como con Mónica, hubo silencio. La prensa mexicana mayoritaria cubrió la investigación de Aristegui con pinzas.
Televisa la minimizó. Los programas de opinión del canal 2 apenas la mencionaron. Y la sociedad mexicana siguió adelante como siempre con la sensación incómoda, pero sin salida de que algo no cuadraba, pero tampoco había nada que hacer. Pero vamos a regresar a las mujeres porque en el fondo esta historia no trata de un hombre, trata de las mujeres que ese hombre usó, ignoró, silenció, proyectó según le convenía.
Mónica, la esposa legítima usada para construir la imagen familiar del proyecto político. Maritza, la amante antigua, ocultada para no arruinar esa imagen. Jessica, la amante de la campaña, borrada junto con su hijo Rebeca, la conductora de Televisa, utilizada durante el duelo y descartada cuando apareció una candidata mejor.
Angélica, la actriz construida como primera dama de reemplazo. Cinco mujeres, un solo hombre y un país que miró para otro lado. El gran momento de transición entre una primera dama y otra, entre el fantasma de Mónica y la presencia brillante de la gaviota, fue la boda del 27 de noviembre de 2010.
Esa boda es la siguiente pieza del rompecabezas y es la pieza que cierra el círculo brutal de esta historia. Porque esa boda no se celebró en cualquier iglesia, se celebró en la catedral de Toluca, la misma catedral donde 3 años y 10 meses antes, Paulina Peña Pretelini, con 11 años había entrado cargando la urna con las cenizas de su madre.
la misma catedral donde descansaban y todavía descansan esas cenizas. La misma catedral donde el hombre que acababa de jurar en el altar matrimonial ante una actriz de Televisa fingía no recordar lo que había jurado otras veces antes. El cliff hanger no puede ser más literal porque lo que viene es la descripción de esa boda minuto a minuto con los personajes que estuvieron presentes y los que no, con lo que pasó en las primeras filas y con lo que se ocultó a las cámaras.
Y después el sexenio, la Casa Blanca y el final de todo. 27 de noviembre de 2010, sábado. Toluca, Estado de México. En la plaza central, afuera de la catedral de la ciudad de México, en el estado de México, más conocida simplemente como la Catedral de Toluca, se ha congregado una multitud considerable.
Fotógrafos, reporteros de espectáculos, curiosos, admiradores. La seguridad estatal ha acordonado el perímetro. Hay policías montados, hay valla metálica, hay barreras que impiden el paso a quienes no están en la lista oficial de invitados. Dentro de la catedral, que fue construida originalmente en el siglo XIX y consagrada en el año 2000, están colocadas las decoraciones, pocas, discretas, arreglos florales blancos, un tapete largo hasta el altar.
Velas encendidas. Los primeros invitados se han ido sentando en las bancas de la nave central, pero hay un detalle llamativo. La catedral, que tiene capacidad para muchas personas está casi vacía. Solo se llenaron las primeras filas. Las filas más alejadas del altar, esas donde normalmente se acomoda la familia extensa y los conocidos.
quedaron con asientos vacíos. Es un matrimonio religioso íntimo. Eso fue lo que dijeron los voceros del gobernador cuando se les preguntó por la baja asistencia. Pero para una boda que estaba siendo cubierta por toda la prensa de espectáculos del país, que tenía como novios al gobernador del Estado de México y a una de las actrices más famosas de Televisa, esa asistencia reducida resultaba extraña.
Lo que sí se cubrió con mucha atención en los noticieros de esa tarde fue la llegada de algunos huéspedes, particularmente las celebridades de Televisa. Ahí llegaron productores, conductores, actrices conocidas. Ahí llegó el ejecutivo Bernardo Gómez. Ahí llegó gran parte del aparato corporativo que durante las siguientes semanas se convertiría sin ambigüedades, en la maquinaria de construcción presidencial para 2012.
Detente, quiero que veas esa escena en tu mente porque tú la viste en los noticieros de esa tarde. ¿Te acuerdas de las imágenes? El vestido blanco de la gaviota, la sonrisa de Peña Nieto de la mano de ella, los flashes de las cámaras, la bendición del sacerdote y lo que no viste, lo que las cámaras no te mostraron, es lo que está abajo de ese tapete.
Porque en la cripta de esa misma catedral, unos metros por debajo de la pareja que estaba diciendo, “Sí, acepto.” Estaban desde hacía 3 años y 10 meses las cenizas de Mónica Pretelini Sa. La primera esposa, la madre de sus tres hijos, la mujer a la que él había llorado públicamente, la mujer de la que él nunca había podido explicar de qué murió.
Paulina Peña Pretelini tenía 15 años ese 27 de noviembre. Alejandro tenía 12, casi 13. Nicole, la pequeña, tenía 11. Tres adolescentes y casi adolescentes que habían perdido a su madre cuando tenían 11, 8 y 7 años. Tres hijos que durante 3 años y 10 meses habían tenido como madre ausente a una mujer cuyas cenizas descansaban en esa misma catedral y que ahora en esa misma catedral veían a su padre casarse con otra mujer.
No hay manera de saber qué sintieron los tres en ese momento. No hay declaraciones públicas suyas del momento exacto. años después, en 2020, durante una dinámica de preguntas en Instagram, Paulina Peña Pretelini, ya con 24 años se refirió por primera vez públicamente a la muerte de su madre diciendo, “Siento que no me quedó de otra.
Fue lo que me tocó. Así como hay personas que les hace falta su papá, su hermana o su hermano, lo llevo como va.” Esa breve declaración publicada por la revista Qui en junio de 2020 se puede interpretar de muchas maneras, pero hay dos palabras que conviene retener. Dos palabras. No me quedó de otra.
No me quedó de otra. A mí me pega esa frase en el pecho. Escúchala otra vez. No me quedó de otra. Una hija de 24 años, hablando de la muerte de su madre a los 11 años dice que no le quedó de otra. No dice que su padre fue un gran apoyo. No dice que la sobreprotegió. No dice que hubo terapia, acompañamiento, conversaciones familiares.
Dice, “No me quedó de otra. Eso es lo que le dicen al duelo los niños que no tuvieron espacio para dolerse. Dentro de la catedral, esa tarde del 27 de noviembre, Angélica Rivera recorrió el pasillo central del brazo de su padre, el señor Manuel Rivera, que moriría en junio de 2011, pocos meses después de la boda.
El oficiante intercambió los consentimientos con los novios, se colocó el anillo, se firmó el acta matrimonial y luego en un momento que la misma investigación de Aristegui señaló después como extraño. En el ví público de la ceremonia publicado en redes no aparece la pareja pronunciando en completo la liturgia del sacramento matrimonial.
Aristegui y Proceso durante la investigación de 2016 intentaron obtener sin éxito un certificado oficial de la boda en la parroquia correspondiente en Toluca. Esa certificación nunca fue entregada. La oficina presidencial, cuando fue consultada por los reporteros, declinó a hacer comentarios.
Es decir, y esto conviene dejarlo claro, hasta el día de hoy no hay constancia pública completa de los documentos canónicos que hicieron posible esa boda. Existe la ceremonia, existe el vestido blanco, existen las fotos, existe el acta civil. Pero el expediente eclesiástico que permitió casar por la iglesia a una mujer previamente casada por la iglesia con otro hombre vivo.
Ese expediente fue calificado por el tribunal de la Rota Romana como un crazo simulacro de justicia. Y ese expediente fue armado mediante la sanción silenciosa de un sacerdote que murió en 2015 con el nombre manchado. Aquí viene lo cuarto que te prometí. La boda sobre la tumba, el silencio cómplice de Televisa y el legado del sexenio que vino después.
La boda de Toluca fue la pieza faltante del expediente presidencial. En 2010, cuando esa ceremonia se celebró, Peña Nieto tenía 44 años. le quedaba un año como gobernador. La maquinaria priista ya estaba en plena operación para lanzarlo como candidato presidencial. Todos los expertos en comunicación política sabían, y esto se ha comentado abierto y repetidamente en análisis posteriores, que un candidato presidencial viudo con una imagen triste no vendía.
Lo que vendía era un candidato presidencial con una primera dama joven, bonita, conocida por la ama de casa, apta para las portadas de ola y para las entrevistas con Adela Saavedra. Angélica Rivera cumplía ese perfil como nadie. Era la gaviota, era la protagonista de Destilando Amor, era un activo construido durante dos décadas por la propia Televisa.
Y lo que pasó en la campaña 2011 y 2012, lo que ocurrió entre el día de la boda y el día que Peña Nieto tomó protesta como presidente. Lo viste con tus propios ojos y vivías en México en esos años. La gaviota al lado del candidato en mítines. La gaviota grabando videos caseros para la campaña titulados Lo que mis ojos ven y mi corazón siente.
La gaviota recibiendo a gente humilde en giras proselitistas. sonriendo, saludando, firmando autógrafos. Las amas de Casa de México votando por el guapo que venía con la actriz que les había hecho llorar durante años en el canal de las estrellas. Peña Nieto ganó la elección del primero de julio de 2012 con 38.
21% del total de votos. El 1 de diciembre de ese año en Palacio Nacional tomó protesta como presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Al lado de él, con banda tricolor en mano, mientras él la entregaba, estaba Angélica Rivera, la nueva primera dama, la gaviota oficial, la mujer que había construido Televisa durante 20 años para un momento así.
Y en algún rincón mental del hombre que acababa de tomar protesta, si le quedaba algo de conciencia privada, también estaba Mónica. La primera, la verdadera, la que no pudo acompañarlo a Los Pinos, la que se quedó en Toluca, abajo de la cripta de la catedral donde acababa de casarse con otra dos años antes.
El sexenio que siguió está relativamente bien documentado. Yo voy a repetir todos los escándalos, pero hay que nombrarlos porque son la consecuencia directa del sistema que describí al principio. Noviembre 2014. Un reportaje del equipo de investigación de Carmen Aristegui, publicado en su portal Aristegi Noticias y difundido en el programa de radio MBS revela la existencia de una mansión de 7 millones de dólares ubicada en las Lomas de Chapultepec en la Ciudad de México, que estaba a nombre de una empresa
filial del grupo IGA, un contratista beneficiado por millones de dólares en obras públicas del gobierno federal. Esa mansión de diseño lujoso y construcción de alta gama estaba siendo habitada por la familia Peña Rivera. Era la llamada Casa Blanca. El escándalo de la Casa Blanca fue durante varios meses de 2015 uno de los principales temas de la agenda nacional.
La periodista Carmen Aristegui y su equipo de investigación, la cual incluía a Daniel Lizárraga, Irvin Huerta, Sebastián Barragán y Rafael Cabrera, hicieron una labor ejemplar de periodismo mexicano. Y en respuesta a ese trabajo, en marzo de 2015, la estación MBS despidió a Aristegui de su programa de radio matutino.
El despido, según denuncias posteriores, ocurrió bajo presión del propio gobierno federal. Aristegi continuó su trabajo desde plataformas alternativas. Su despido quedó como una de las agresiones más directas a la libertad de prensa del sexenio priista. Piensa en eso. La única periodista que hizo las preguntas que nadie había hecho.
La única que había investigado el expediente secreto de la boda Peña Nieto Rivera. La única que había sacado a la luz la Casa Blanca. La única que se atrevió a tirar del hilo que conectaba a Mónica muerta, a Maritza silenciada, a Jessica borrada, a Angélica construida. Esa periodista fue despedida.
Esa es la realidad del sistema que hablamos. El que pregunta pierde. La que pregunta pierde. El resto del sexenio fue una sucesión de desastres. Ayotsinapa en septiembre de 2014 con la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas de la escuela normal rural Raúl Isidro Burgos.
Un caso que sigue sin resolverse plenamente hasta el día de hoy. Emilio Lozoya, director de Petróleos Mexicanos durante el sexenio, posteriormente encarcelado por su participación en el escándalo internacional de sobornos de la constructora brasileña Odebrecht. Rosario Robles, secretaria de desarrollo social y luego de desarrollo agrario, territorial y urbano, investigada y encarcelada por su papel en la trama de corrupción conocida como la estafa maestra, en la que se documentó el desvío de miles de millones de pesos del
herario público a través de universidades de fachada. El abogado personal de Peña Nieto, Juan Collado, encarcelado por lavado de dinero. El aumento de la violencia, la ley de seguridad interior que permitía al ejército en funciones de seguridad pública con menos controles. Y en medio de todo eso, en 2018, pocos meses antes de dejar el poder, Peña Nieto y Angélica Rivera firmaron silenciosamente el divorcio.
El anuncio público no ocurrió hasta marzo de 2019, ya fuera de la presidencia. La disolución legal se formalizó el 2 de mayo de 2019. La gaviota, que había sido construida durante 20 años por Televisa, que había jugado su papel durante el sexenio presidencial, que había acompañado al hombre en todas las fotografías oficiales, salió de escena.
No volvió a las telenovelas, se retiró a la vida privada. Poco después se reportaron nuevas parejas, entrevistas con revistas de sociales, apariciones esporádicas. Pero nunca más habló en público de forma sustantiva de los años al lado de Peña Nieto, porque en ese patrón se repite la misma regla del sistema.
La mujer que acompañó al hombre poderoso cuando deja de ser útil desaparece del relato. No importa si se llama Mónica y muere en un hospital. No importa si se llama Angélica y se divorcia en silencio. No importa si se llama Maritza y es borrada de las biografías. No importa si se llama Jessica y entierra a un hijo sin reconocimiento público.
La regla es la misma. La mujer acompaña, la mujer sostiene, la mujer carga y cuando ya no sirve, la mujer se va. Mónica no pudo irse por sí misma. A Mónica la muerte le ahorró la humillación de ver a su esposo casarse con otra en la catedral de Toluca. Le ahorró la humillación de ver los carteles de campaña de 2012 con el rostro sonriente del hombre que la traicionó en vida.
Le ahorró la humillación del sexenio Casa Blanca a Yotsinapa o Debrecht, estafa maestra. Y para bien o para mal, leó también la humillación de ver a sus tres hijos crecer con una madrastra que era una estrella de Televisa. Pero a cambio de esa ausencia, Mónica cargó con otra cosa. Cargó con las preguntas no respondidas.
cargó con los rumores que su marido tuvo que salir a desmentir en televisión estadounidense. Cargó con el apellido Pretelini como un símbolo persistente de una mujer que murió demasiado convenientemente para el proyecto político del esposo. Cargó con el peso de la sospecha que la prensa mexicana nunca se atrevió a investigar, pero que nunca pudo tampoco enterrar del todo.
Hoy en 2026 el expresidente vive en Madrid, España, desde 2020. Vive con perfil bajo, según documenta la biografía actualizada del Think Tank Sidob. Ha tenido una nueva pareja desde hace años, la potosina Tania Ruiz. No da entrevistas, no aparece en actos públicos relevantes. Su legado, en términos del juicio de los historiadores, todavía está en disputa.
La Fiscalía General de la República ha abierto en años recientes diversas investigaciones contra él por presuntos actos de corrupción durante su sexenio, especialmente los vinculados a Odebrech. Esas investigaciones están en curso y su resultado es incierto. Paulina Peña Pretelini se casó con Fernando Tena en una ceremonia en el Estado de México.
En esa boda, según declaró ella misma, sintió la presencia de su madre. La ceremonia se celebró en la misma iglesia donde están los restos de su familia. dijo, “Llevo puesta la churumbela de mi mamá a diario conmigo”, añadió. Esa frase publicada también por la revista Quien es la imagen más entera que tenemos del legado emocional de Mónica.
Una hija adulta que ya no necesita explicar nada a nadie, que carga una churumbela, esa joya discreta como quien lleva una bandera. Una bandera silenciosa, una bandera privada, la bandera de una madre que nunca pudo defenderse. Alejandro Peña Pretelini ha mantenido un perfil bajo.
Ha aparecido en pocas ocasiones públicas. Nicole Peñapretelini es la menor, la que tenía 7 años cuando murió su madre. Los tres, cada uno a su modo, cargan la ausencia. Angélica Rivera vive retirada. Maritza Díaz Hernández continuó durante años las gestiones legales relacionadas con Diego. Diego, el niño que nunca entró a Los Pinos por la puerta grande, es hoy un joven adulto.
Jessica de la Madrid Telles, la mujer del bebé que murió de cáncer 20 días después de Mónica, desapareció casi por completo del registro público. Su duelo privado nunca recibió ningún tipo de acompañamiento oficial. La muerte de ese niño, de ese pequeño, cuya vida coincidió con el final de la vida demónica, permanece como una de las tragedias más silenciosas del expediente.
Quizá tú ahora estás pensando en algo. ¿Estás pensando en alguien que conoces? Una amiga, una hermana, una comadre, una tía, alguien que aguantó infidelidades porque le enseñaron a aguantar. Alguien que se consumió en silencio mientras por fuera sonreía. Alguien que murió sin que nadie preguntara de qué murió realmente, porque así se cuenta la historia oficial.
Y tú, como creciste escuchando esas historias oficiales, pero ahora algo es distinto. Ahora estamos hablando de esas historias en voz alta. Ahora las estamos contando desde el punto de vista de la mujer que no pudo hablar. Vuelve a esa imagen del principio. La madrugada del 11 de enero de 2007.
Una casa en el fraccionamiento campestre del lago en Toluca. Una mujer de 44 años, presidenta del DIF del Estado de México, madre de tres niños, esposa de un gobernador. Llevaba meses separada de ese esposo y llevaba año y medio medicada por crisis convulsivas. Esa mujer se quedó sin respirar en algún rincón de esa casa.
Su esposo dijo después que la encontró ya sin respirar. Esa fue la única frase que dio. No hubo cronología, no hubo autopsia independiente, no hubo investigación penal. La prensa mexicana aceptó el parte médico. La prensa internacional ni siquiera cubrió. Y Enrique Peña Nieto continuó su carrera política sin pausa, casándose 3 años y 10 meses después con una estrella de Televisa en la misma catedral donde descansan las cenizas de Mónica.
No estoy diciendo que la mataron. No estoy diciendo que no la mataron. No tengo prueba de lo uno ni de lo otro y nadie la tiene porque la investigación que debería haber respondido esa pregunta nunca se hizo. Lo que estoy diciendo es otra cosa. Estoy diciendo que Mónica Pretelini Saence fue una mujer real que tuvo una vida real, que cargó un dolor real durante años y que merecía como mínimo que alguien preguntara, que alguien tuviera el valor de preguntar, que la prensa preguntara,
que la oposición preguntara, que los órganos de justicia preguntaran, que la iglesia cuando 3 años después se le pidió bendecir la boda de su viudo en la misma catedral donde ella descansa, preguntara, que todos preguntáramos y nadie lo hizo. No a tiempo, no con fuerza, no de verdad. Y por eso esta historia sigue doliendo casi 20 años después la encontré ya sin respirar.
La encontré ya sin respirar. La encontré ya sin respirar. Tres veces la misma frase, como una letanía, como lo único que ese hombre ha dejado como legado público sobre la muerte de la madre de sus hijos. Cinco palabras para toda una vida. Cinco palabras para 13 años de matrimonio. Cinco palabras para tres hijos que quedaron huérfanos.
Cinco palabras para una mujer que sonreía en la tribuna del Teatro Morelos en septiembre de 2005 y que no sabía que ya estaba contando los días. La encontré ya sin respirar y nadie preguntó qué había antes. Nadie preguntó qué había después. Nadie preguntó lo que faltaba en esas cinco palabras.
Y ese silencio, ese silencio espeso de casi 20 años es la verdadera tumba de Mónica Pretelini. Hasta aquí llegamos hoy, mi gente. Esta es la historia que no pudimos contar cuando estaba pasando porque no nos dejaron. Pero es la historia que sí podemos contar hoy, porque ya nadie nos puede callar.
Mónica Pretelini, desde la cripta de la catedral de Toluca recibe el homenaje que le corresponde por haber sido la mujer que fue. La mujer que cargó. La mujer que aguantó. La mujer que murió sola en una madrugada de enero sin que nadie en el poder mexicano se atreviera a preguntar por qué.
Les hablo desde el corazón a cada una de las mujeres que me escuchan hoy, a las que están en México, en Guadalajara, en Toluca, en Monterrey, en la Ciudad de México, en cada rincón del país, a las que están en Los Ángeles, en Chicago, en Houston, en Nueva York, a mis mujeres de Colombia, de Argentina, de Venezuela, de Perú, de donde sea que se escuche esta voz.
Gracias por quedarse conmigo hasta el final. Gracias por no conformarse con las versiones oficiales. Gracias por pedir, como Mónica hubiera querido, que alguien pregunte. Cuéntame abajo en los comentarios. Cuéntame cuál es el primer recuerdo que tienes de Mónica Pretelini. Cuéntame si recuerdas aquel enero de 2007.
Si recuerdas dónde estabas cuando te enteraste de la noticia. ¿Qué te dijo tu mamá, tu hermana, tu comadre? Cuéntame si conociste a alguien que te recuerde a Mónica. Alguien que aguantó en silencio, alguien a quien su cuerpo le pasó la factura antes de tiempo. Cuéntame si tú misma aguantaste algo parecido, si tú misma recuerdas lo que es ser la mujer que sostiene por fuera lo que por dentro ya está roto.
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En el próximo video vamos a contar la historia de otra mujer del espectáculo mexicano que fue borrada por el sistema. Otra mujer a la que nadie escuchó. Otra mujer que merece que le hagamos justicia, aunque sea tarde. Nos vemos muy pronto, mi gente. Cuídense mucho y recuerden que a veces la mejor forma de honrar a las que ya no están es dejar que su silencio sea la última palabra.
La encontré ya sin respirar. Esa fue la última palabra oficial sobre Mónica Pretelini. Hoy, casi 20 años después, esa ya no es la única palabra. Hoy hay otras palabras, las de ustedes, las mías, las de las que todavía recordamos. Y desde aquí, desde esta conversación, Mónica Pretelini Sa vuelve a respirar.