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¿Qué le pasó a Michelle Itzayana? Lo que reveló la Fiscalía de Morelos sobre la alumna de la UAEM tc

¿Qué le pasó a Michelle Itzayana? Lo que reveló la Fiscalía de Morelos sobre la alumna de la UAEM tc

Salió de su casa a comprar una cartulina. Nunca volvió. Eran cerca de las 12:50 de la tarde del domingo 24 de mayo de 2026. Una adolescente de 15 años cruzó la puerta de su domicilio en la colonia Álvaro Leonel del municipio de Yautepec en Morelos. Llevaba un encargo tan simple que nadie en casa lo pensó dos veces.

 Necesitaba una cartulina para una tarea de la escuela. La papelería estaba cerca. El trayecto de apenas unos minutos. Esos minutos se convirtieron en 9 días de angustia. Su nombre era Michelle Itzayana Fuentes Calderón. Estudiaba el bachillerato en el Sistema Universitario de Educación Mixta de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

 era hija de una profesora de la Facultad de Contaduría, Administración e informática de esa misma casa de estudios y era, sobre todo, la hermana menor de una familia que esa tarde de domingo empezó a marcar su número una y otra vez sin recibir respuesta. Al principio, como ocurre siempre, hubo explicaciones tranquilizadoras. Tal vez se había entretenido, tal vez se había encontrado con alguna amiga, tal vez la batería del teléfono se había agotado, pero esas explicaciones duran poco cuando se trata de una joven que no acostumbraba a desaparecer, que avisaba,

que regresaba. Conforme la tarde se apagaba, la familia rehzo mentalmente su ruta, la salida de casa, las calles hacia la papelería, el camino de vuelta que nunca se completó. En algún punto de ese recorrido tan corto, Michelle se había esfumado. Quienes la conocían la describían como una joven tranquila, dedicada a sus estudios, sin problemas aparentes.

 Por eso, conforme las horas avanzaban y el teléfono seguía mudo, la familia comprendió que algo no encajaba. Cada minuto sin noticias pesaba más que el anterior. La preocupación se transformó en miedo y el miedo en algo difícil de nombrar. No tardaron en presentar el reporte y no tardaron tampoco en imprimir su rostro en una ficha de búsqueda que pronto circularía por todo el estado, una descripción física y un número al cual llamar.

 Esa imagen se volvería en cuestión de días, tristemente conocida en Morelos. Pero hay un dato que convierte esta desaparición en algo mucho más grande. Michelle no era la primera. En lo que iba de ese año 2026, ya era la tercera estudiante de esa universidad en ser reportada y más tarde hallada sin vida. Tres jóvenes, la misma institución, el mismo calendario.

 Una repetición que para buena parte de la comunidad morelense hacía tiempo que había dejado de parecer una simple coincidencia. Y es justo ese antecedente el que lo cambia todo, porque cuando una familia sabe que otras dos estudiantes de la misma universidad ya habían corrido la peor de las suertes, la desaparición deja de vivirse como un retraso.

 Se vive como una emergencia. El reloj de pronto corre distinto, así que esta familia decidió no quedarse sentada a aguardar que alguien más buscara por ellos. Lo que esos 9 días sacarían a la luz iba mucho más allá de la ausencia de un adolescente que salió a hacer un mandado. Pero para entenderlo hay que volver al inicio.

 A una madre que se negó a soltar la esperanza. La denuncia se presentó de inmediato. No hubo margen para las 48 horas de espera de las que tanto se ha hablado en otros casos de personas desaparecidas. La familia acudió a las autoridades ese mismo día y exigió que se activaran los protocolos. correspondientes y al menos en el discurso se activaron.

 El fiscal general del Estado, Fernando Blumencron Escobar, informó que desde el primer momento se pusieron en marcha las acciones de la Fiscalía Especializada en Desaparición de Personas. Hubo operativos de rastreo en distintos puntos del territorio. Hubo trabajos forenses sobre las líneas de telefonía celular en un intento por reconstruir sus últimos movimientos y hubo órdenes de cateo consideradas relevantes dentro de la carpeta de investigación.

 El propio fiscal subrayó algo que después sería motivo de discusión, que cada diligencia se realizaba con el acompañamiento directo de la familia, en particular de la madre, a quien según la versión oficial se mantenía informada de cada avance en comunicación permanente, porque mientras eso ocurría pasaba algo que se ha vuelto tristemente común en este país.

 La búsqueda no recayó solo en el estado, recayó en buena medida sobre los hombros de quienes más la querían. Familiares, amistades y compañeros de la universidad se organizaron por su cuenta. Se repartieron zonas, recorrieron calles bajo el sol, pegaron su ficha en postes, en paradas de autobús, en tiendas, preguntaron casa por casa y cuando hizo falta se internaron en terrenos difíciles para realizar jornadas de búsqueda de campo, esas en las que la gente común termina haciendo el trabajo que en teoría le corresponde a las

instituciones. Hay algo profundamente injusto en esa imagen. Madres, hermanas y estudiantes convertidos en rastreadores improvisados, aprendiendo sobre la marcha a leer el terreno, cargando con el agotamiento físico y, peor aún, con el desgaste emocional de buscar a alguien a quien aman. Sin saber qué van a encontrar.

 La desaparición encendió las redes y encendió las calles. Hubo movilizaciones que pedían su localización con vida y de paso mayor seguridad para una comunidad universitaria que ya cargaba con demasiado dolor reciente. Pasó una semana completa. Las protestas no seían, la presión sobre la fiscalía aumentaba día con día y la pregunta que todos repetían era la misma.

 ¿Dónde estaba Michelle? Entonces llegó el martes 2 de junio. Ese día el operativo cambió de escala por completo. Dejó de ser una búsqueda dispersa para convertirse en un despliegue interinstitucional de gran tamaño. A la fiscalía se sumaron la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado, la Secretaría de Seguridad Estatal, la Guardia Nacional, el Ejército Mexicano, la Marina y unidades municipales.

 Decenas de personas peinando el terreno de manera ordenada, dividiéndolo en polígonos, avanzando metro a metro, sin dejar un solo rincón sin revisar. Uno de esos polígonos era la reserva ecológica del Texcal, una zona boscosa y agreste que se extiende hacia el municipio de Tepostlán, en los límites con el territorio del que la joven había salido aquel domingo y fue ahí, en esa franja de Montecerrado, donde la búsqueda terminó de la peor manera posible.

 Durante la jornada de campo, los equipos localizaron un cuerpo sin vida en uno de los puntos de rastreo. Hay un detalle que muchos pasaron por alto y que conviene no olvidar. Con toda la tecnología, con todos los análisis de telefonía y con todo el despliegue institucional, el hallazgo ocurrió durante una jornada de búsqueda en campo.

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