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Porfirio Rubirosa: el amante de millonarias que convirtió el lujo en una obsesión m

Porfirio Rubirosa: el amante de millonarias que convirtió el lujo en una obsesión m

Imagina por un momento que eres la mujer más rica del mundo. Tienes mansiones en tres continentes. Joyas que harían palidecer a reinas, yates, arte, poder. No te falta absolutamente nada hasta que él cruza la puerta del salón. No es el más guapo de la habitación, tampoco el más joven, pero algo en su mirada, en la manera en que sonríe, en el modo en que pronuncia tu nombre.

 hace que el resto del mundo desaparezca. Esa noche duermes pensando en él. A la semana siguiente le has regalado un avión. Bienvenidos. Hoy les traigo la historia de un hombre que convirtió el encanto personal en una forma de vida y el lujo en una obsesión que nunca pudo apagar. Un nombre que en los años 40 y 50 hacía temblar los salones más exclusivos de París, Nueva York y Montecarlo.

 Un nombre que aún hoy, décadas después de su muerte, evoca escándalo, glamur misterio a partes iguales. Ese nombre es Porfirio Rubirosa. Antes de comenzar, les pido que dejen en los comentarios el nombre de la persona más carismática que hayan conocido en su vida. esa que con solo entrar a un lugar cambia la energía de la habitación, porque eso, exactamente eso, era rubirosa en estado puro.

La historia comienza el 22 de enero de 1909 en San Francisco de Macorí, una ciudad de la región del Cibao en la República Dominicana. Allí nace el tercer hijo de Ana Arisa Almansar y del general Pedro María Rubirosa Rossi, un militar de carrera con sangre catalana por parte de su padre, inmigrante llegado de Tordera.

Por línea materna, el pequeño Porfirio desciende de Juan Esteban Ariza, quien presidió la Junta Central Gubernativa Dominicana en 1876. Desde su primera respiración, este niño lleva en la sangre dos mundos que parecen incompatibles, el Caribe rugiente y la Europa refinada, y toda su vida intentará habitar ambos al mismo tiempo.

 El Caribe de aquel entonces no era el paraíso turístico que conocemos hoy. Era un territorio convulso, marcado por la pobreza, la inestabilidad política y la influencia norteamericana que ya comenzaba a sentirse con fuerza. La República Dominicana había visto pasar dictadores, invasiones y revoluciones como quien ve pasar nubes en el cielo.

Nacer en ese contexto y terminar bebiendo champán en el Rits de París junto a las mujeres más deseadas del planeta no era el destino que le esperaba a ningún dominicano de clase media, por muy distinguida que fuera su familia. Pero Porfirio Rubirosa nunca jugó con las reglas del destino ordinario, las reescribió.

Su padre, el general Pedro, tuvo la fortuna o quizás la astucia de ascender en la escala diplomática del país. Después de una temporada en Saint Thomas, fue designado como jefe de la embajada dominicana en París en 1915. Porfirio tenía apenas 6 años cuando su familia hizo las maletas y embarcó rumbo a Europa.

 El niño que había abierto los ojos en el calor húmedo del Cibao, los abriría de nuevo en los blevares iluminados de la ciudad de la luz, entre elegantes damas con sombreros de plumas y caballeros de fracan política en los cafés. Ese contraste brutal, esa transición de un mundo a otro moldearía su carácter para siempre. París en la segunda década del siglo XX era una ciudad en ebullición.

 El arte, la moda, la filosofía, el placer, todo confluía en sus calles con una intensidad que no existía en ningún otro lugar del mundo. Rubirosa creció respirando esa atmósfera, aprendiendo idiomas con la facilidad de quien absorbe música, puliendo sus modales en reuniones sociales donde la conversación era tan importante como el apellido, y entendiendo desde muy joven que en ciertos círculos el estilo no es un lujo, sino una llave maestra.

 París le enseñó a Porfirio Rubirosa algo que ninguna escuela del Caribe podría haberle dado, que la seducción es un arte que se cultiva. No un don que se hereda. Durante sus años de infancia y adolescencia en Francia, el joven dominicano aprendió a moverse con soltura en los ambientes más refinados, a observar con detalle los códigos no escritos que separan a quienes pertenecen a ciertos círculos de quienes solo los visitan.

Observaba como los hombres elegantes encendían sus cigarrillos, cómo saludaban a las damas, cómo una pausa en el momento justo dentro de una conversación podía decir más que 10 frases seguidas. Cada detalle era una lección y él era el alumno más aplicado que nadie pudiera imaginar. Pero la infancia parisina tuvo un final abrupto.

 Cuando su padre completó su misión diplomática, la familia regresó a la República Dominicana y Porfirio tuvo que readaptarse a un mundo muy diferente al que sus ojos ya habían aprendido a preferir. El calor, el ritmo más lento, la falta de esa efervescencia cultural que París respiraba por cada esquina. Todo eso chocó contra el adolescente que había vuelto con la cabeza llena de boulevares y tertulias.

Sin embargo, en lugar de resignarse, Porfirio decidió convertirse él mismo en el espectáculo que echaba de menos. En Santo Domingo comenzó a cultivar su imagen con una disciplina casi militar. Practicó deportes con intensidad, primero el polo, luego el boxeo y eventualmente el automovilismo que se convertiría en una de sus grandes pasiones.

Aprendió a bailar con una gracia que hacía que las mujeres olvidaran a dónde iban y a reír con esa carcajada despreocupada que comunica al mundo que uno no tiene ningún miedo. Era un joven que irradiaba algo difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. esa mezcla de despreocupación auténtica y presencia total que los anglosajones llaman carisma y que en el Caribe simplemente se reconoce sin necesidad de ponerle nombre.

 Fue en ese ambiente de sociedad provincial pero pretenciosa, donde Porfirio comenzó a entender una verdad que definiría el resto de su existencia. En el mundo al que él aspiraba, las puertas no se abren con dinero propio, sino con la capacidad de hacer que otros deseen abrirlas por ti. Y si había alguien dispuesto a abrir todas las puertas del país de un solo golpe, ese era un hombre que por aquel entonces comenzaba a consolidar su poder de manera brutal y definitiva.

Rafael Leónidas Trujillo Molina, el dictador que gobernaría la República Dominicana con puño de hierro durante más de 30 años. Rafael Trujillo era, en muchos sentidos, el espejo distorsionado de lo que Rubirosa quería ser. Ambos venían de orígenes modestos. Ambos habían aprendido a usar el encanto como herramienta de ascenso social y ambos compartían una devoción casi religiosa por las mujeres, los coches rápidos.

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