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Los OSCUROS SECRETOS de las 3 HERMANAS JIMÉNEZ: FLOR SILVESTRE, LA PRIETA LINDA Y MARY JIMÉNEZ…  tc

Los OSCUROS SECRETOS de las 3 HERMANAS JIMÉNEZ: FLOR SILVESTRE, LA PRIETA LINDA Y MARY JIMÉNEZ…  tc

tres hermanas, una misma sangre. Pero lo que sucedió entre ellas fue tan oscuro que durante décadas nadie se atrevió a contarlo. Flor silvestre, la más famosa, la que conquistó a Antonio Aguilar y fundó una dinastía, la prieta linda, la del medio, quien guardaba un secreto tan devastador que cuando salió a la luz destruyó la paz familiar para siempre.

 y Mary Jiménez, la pequeña, la olvidada, aquella cuyo destino fue tan trágico que su propia familia prefirió borrarla de la historia oficial. Entre ellas hubo celos, traiciones, palabras que jamás se perdonaron y un amor prohibido que las enfrentó hasta el final de sus días. Porque cuando tres mujeres comparten apellido, pero no pueden compartir el éxito, la envidia se vuelve veneno y ese veneno, tarde o temprano cobra su precio.

 Todo comenzó en Salamanca, Guanajuato, en una casa humilde donde el olor a carne cruda se mezclaba con los sueños de grandeza. Jesús Jiménez Cervantes era carnicero, un hombre de manos ásperas y mirada dura que trabajaba de sol a sol para alimentar a sus siete hijos. Su esposa, María de Jesús Chabolla Peña, era una mujer callada, pero con un alma musical que vibraba cada vez que escuchaba un mariachi.

 En esa casa de techos bajos y paredes descascaradas nacieron tres niñas que llevarían el apellido Jiménez a lo más alto de la música ranchera mexicana. Pero nadie les advirtió que el precio de la fama sería su propia sangre. Guillermina la mayor, nació en 1930. Desde pequeña tenía una voz que hacía llorar a las vecinas cuando cantaba en la iglesia.

 Era bonita, de piel clara y ojos expresivos, y su madre la adoraba con un amor casi obsesivo. “Tú vas a ser alguien, mi hijita”, le decía mientras le trenzaba el cabello. Y Guillermina lo creyó. Se creyó especial, elegida, destinada a brillar más que nadie. Cuando el locutor Arturo Blancas la escuchó cantar y le puso el nombre artístico de Flor Silvestre en honor a la película de Dolores del Río, la niña de Salamanca supo que su vida había cambiado para siempre.

 Pero con ese cambio llegó también la arrogancia, esa certeza de que ella era la estrella y las demás solo serían su sombra. 3 años después, en 1933, nació en riqueta. Desde el momento en que abrió los ojos al mundo, todo fue diferente para ella. No era tan clara como Guillermina. Su piel morena la hacía menos presentable según los estándares crueles de la época.

Su madre la quería, sí, pero no con el mismo fervor, no con esa devoción ciega que le dedicaba a la primogénita. Enriqueta creció sabiendo que era la segunda opción, la que vendría después, la que tendría que esforzarse el doble para conseguir la mitad del reconocimiento. Y eso la marcó. La hizo hambrienta de aceptación, desesperada por demostrar que ella también valía, que su voz también podía hacer temblar corazones.

 Cuando años más tarde alguien la llamó la prieta linda, ella abrazó ese nombre como un escudo, como si dijera, “Sí, soy prieta y qué.” Pero en el fondo, muy en el fondo, siempre sintió que Flor Silvestre la miraba por encima del hombro. Y luego llegó Mary, la pequeña, la última de las hermanas cantantes. De ella se sabe poco porque así lo quisieron.

 Mary Jiménez no tuvo la suerte de Flor ni la tenacidad de la prieta linda. Era la hermana invisible, aquella que también cantaba, que también soñaba, pero que nunca logró despegar. Lo que nadie cuenta es que Mary fue la primera en enamorarse de un hombre que después causaría el mayor escándalo en la familia Jiménez.

 un músico de mariachi, guapo, seductor, de esos que prometen el cielo y entregan el infierno. Mary lo amó con locura adolescente, con esa entrega ciega de quien cree que el amor lo puede todo. Pero ese hombre, cuyo nombre la familia siempre ha ocultado, tenía los ojos puestos en otra de las hermanas. Y cuando Mary descubrió la traición, algo se rompió dentro de ella que jamás volvió a componerse.

 Las tres hermanas comenzaron a cantar profesionalmente casi al mismo tiempo, pero fue Flor Silvestre quien despegó primero. A los 13 años ya estaba en la ciudad de México cantando en el teatro del pueblo, deslumbrando con su voz y su presencia. Los empresarios la querían, los compositores escribían para ella. El público la adoraba y con cada éxito, con cada aplauso, Flor se alejaba más de sus hermanas, no físicamente, pero sí emocionalmente.

Comenzó a frecuentar círculos de gente poderosa, actores, productores, políticos. Se codeaba con dolores del río y María Félix iba a fiestas donde corrían el champán y las promesas de estrellato. Y cuando regresaba a Salamanca a visitar a la familia, ya no era la misma Guillermina, era Flor Silvestre, la estrella, y sus hermanas lo sentían en cada gesto, en cada palabra medida, en cada abrazo que se volvía más frío.

 En 1950, cuando Flor ya era una figura consolidada, alguien tuvo la brillante idea de que las hermanas formaran un dueto. Las flores le llamaron. Flor silvestre y la prieta linda cantando juntas, uniendo sus voces para Columbia Records. En teoría era el sueño perfecto. En la práctica fue el principio de la pesadilla, porque cuando grabaron los desvelados y lo traigo en la sangre, quedó claro quién era la estrella y quién el complemento.

 Los productores querían a Flor al frente, su voz liderando las melodías, su rostro en las portadas. La prieta linda quedaba en segundo plano, literalmente invisible en las fotografías promocionales. Y cada vez que Enriqueta veía esas imágenes, sentía como la rabia crecía dentro de ella como una planta venenosa.

 Lo que sucedió durante las sesiones de grabación del dueto fue aún peor que el resultado final. Cuentan los ingenieros de sonido que estuvieron presentes que Flor llegaba siempre tarde a propósito, haciendo esperar a Enriqueta por horas en el estudio frío. Cuando finalmente aparecía, venía perfumada, maquillada, radiante, mientras la prieta linda ya llevaba horas ahí nerviosa, sudando, preparándose.

Y Flor entraba como si nada, saludaba apenas y se ponía a ensayar como si el tiempo de su hermana no valiera nada. Durante las tomas, cuando la prieta linda cometía algún error, Flor suspiraba exageradamente, como si estuviera perdiendo su valioso tiempo. Pero cuando era Flor quien se equivocaba, sonreía con encanto y pedía otra oportunidad, y los productores se la daban sin chistar.

 Hubo un incidente particularmente vergonzoso durante la grabación de Lo traigo en la sangre. La prieta linda había preparado una armonía especial para el coro, algo que había ensayado durante semanas. Pero cuando llegó el momento de grabar, Flor cambió completamente su parte vocal, sin avisarle, haciendo que la armonía de Enriqueta sonara desafinada.

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