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La vida secreta que aniquiló al “Macho” Camacho: De ganar 100 millones en el ring a morir acribillado.

 

La vida secreta que aniquiló al “Macho” Camacho: De ganar 100 millones en el ring a morir acribillado. ¿Por qué el único testigo escapó del país, cinco sicarios siguen en libertad y el gobierno ocultó durante más de una década los oscuros vínculos del campeón con el inframundo?

HECTOR ”MACHO“ CAMACHO: POR ESTO ACABARON CON SU VIDA Y 5 HOMBRES SIGUEN LIBRES  

El campeón mundial en tres divisiones distintas, 79 victorias, 38 por knockout, más de 100 millones de dólares ganados arriba del cuadrilátero. Y ese mismo hombre sin dinero, boca arriba en su coche, destrozado, con una bala atravesando su mandíbula y al lado su mejor amigo de la infancia muerto. Hoy vas a saber por qué querían matar al macho camacho y no a su amigo del lado, aún más oscuro.

 ¿Quién mandó matarlo? ¿Y por qué el único testigo del crimen huyó a otro país dejando libres a sus asesinos? Y lo peor de todo, la asquerosa vida oculta del macho Camacho, que las autoridades de Puerto Rico nunca quisieron que saliera a la luz. Pero antes de la bala calibre 45, que entró por la mandíbula del lado izquierdo, antes del Ford Mustang, estacionado en la carretera 167 antes del baruquita de Bayamón, aquella noche del 20 de noviembre del 2012.

 Hay que retroceder 50 años a un niño que llegó a Spanish Harlem en el norte de Manhattan con la mano de su madre apretada en una bolsa de plástico. Una bolsa que llevaba dentro toda la ropa que el niño iba a tener durante los siguientes 8 años. Era el 24 de mayo del 1962, una clínica modesta del municipio de Ballamón, Puerto Rico.

 A las 2:20 de la tarde nació un niño de ojos claros y piel canela. La madre, María Matías Pizarro tenía 22 años aquella tarde. Trabajaba en una cafetería del centro de Bayamón y al niño le pusieron por nombre Héctor Luis Camacho Matías. El padre del niño no apareció en la clínica. Tampoco apareció en la casa de María durante los meses siguientes y no apareció ya nunca más.

Según contó la propia madre del macho años después en distintas entrevistas, el padre biológico del campeón mexicano más espectacular del boxeo puertorriqueño se había marchado de Ballamón cuando María Matías llevaba 4 meses de embarazo y desde entonces su nombre nunca volvió a pronunciarse dentro de la casa.

 Los primeros tres años de vida del niño fueron en Bayamón, una casa modesta de la calle Estrella, un patio pequeño con un árbol de plátano y una madre que sostenía la economía familiar trabajando dos turnos seguidos en la cafetería La Esperanza. A los 3 años y medio, María Matías tomó la decisión más difícil de su vida.

 le dijo al niño una sola frase parada en la sala de la casa de la calle Estrella mientras envolvía la ropa de los dos en una bolsa de plástico negra, le dijo, “Nos vamos al norte. Acá no hay futuro para nosotros. El destino era Spanish Harlem, el barrio puertorriqueño más grande de la ciudad de Nueva York, una zona del norte de Manhattan que en los años 60 y 70 cargaba con la peor fama de crimen, drogas y pobreza de toda la isla de Manhattan.

 Pero también el único sitio donde una madre soltera puertorriqueña podía encontrar trabajo sin hablar inglés. María Matías y su hijo Héctor Luis aterrizaron en el aeropuerto John F. Kennedy en el invierno del 65. El niño tenía 3 años y medio. Salieron de la terminal con dos abrigos prestados que María había conseguido de una vecina antes de dejar Bayamón.

 El termómetro marcaba 2 gr bajo cer y al niño, según contó él mismo décadas después en una entrevista con Showtime, le dolieron tanto las manos del frío que se puso a llorar dentro del taxi que los llevaba hacia la calle 118. María Matías nunca le explicó al niño por qué se iban de Puerto Rico. Ese taxi de aeropuerto cargado con dos abrigos prestados, una bolsa de plástico con toda la ropa de los dos y un niño puertorriqueño que lloraba de frío.

 Iba a depositar al futuro campeón mundial del boxeo en una de las cuadras más peligrosas de Spanish Harlem en aquellos años. Y lo que el niño iba a ver, oír y sufrir en esa cuadra durante los siguientes 8 años iba a marcar todas las decisiones de su vida adulta. La calle 118 entre Lexington Avenue y la tercera avenida en el corazón de Spanish Harlem era a principios de los años 70 uno de los lugares más violentos de la ciudad de Nueva York.

 Cinco edificios de cinco pisos en la cuadra, tres de ellos con problemas estructurales serios. Dos con calefacción que funcionaba solo a medias durante los inviernos. María Matías rentó un apartamento de una sola habitación en el segundo piso del número 322. Pagaba 62 al mes. Trabajaba en una cafetería en la esquina de la tercera avenida con la calle 117 y dejaba al niño durmiendo solo en el apartamento desde las 5 de la mañana hasta las 3 de la tarde todos los días.

 Mientras ella cumplía con el turno del desayuno, Héctor Luis Camacho aprendió a sobrevivir solo desde los 4 años. Sabía calentar leche en la estufa de gas. Sabía cerrar las cinco cerraduras de la puerta. Sabía no abrirle a nadie, ni siquiera al vecino del piso de arriba. A los 7 años, el niño empezó a salir a la calle 118 sin permiso de su madre.

 Lo que vio en esa cuadra durante los siguientes años marcaría para siempre su carácter. Vio peleas entre pandillas puertorriqueñas y dominicanas. Vio personas inyectándose heroína en los portales de los edificios. Vio policías golpeando muchachos por hablar español en voz alta.

 vio cuerpos sin vida los lunes por la mañana después de fines de semana violentos en el barrio. A los 9 años, Héctor Luis Camacho ya tenía la mirada de un adulto. A los 10 ya había dado su primera puñalada. A los 11 su madre lo metió por primera vez a un gimnasio de boxeo en la calle 114, un gimnasio modesto regentado por un entrenador puertorriqueño llamado Bobby Lee Véz.

 El gimnasio se llamaba Big Time Boxing y entre las paredes de ese local, en el sótano de un edificio del barrio, María Matías depositó a su hijo de 11 años con una sola frase pronunciada en la puerta. Le dijo a Bobby Lee Vel con el niño parado al lado, “Si no lo arregla usted, lo arregla la cárcel.” Esa frase de María Matías, pronunciada en el sótano de un gimnasio de Spanish Harlem en 1973, fue el inicio de la carrera más espectacular del boxeo puertorriqueño moderno, pero también fue el inicio de una doble vida que el

muchacho de la calle 118 iba a esconder de su entrenador durante los siguientes 35 años. Una doble vida que terminó por costarle la propia vida. A los 12 años, Héctor Luis Camacho ya peleaba en torneos Amateur del estado de Nueva York. A los 14 ganó su primer guantes dorados de Nueva York en la categoría de 55 kg.

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