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¿La princesa loca que desafió a Freud y humilló a Hitler? La oscura historia oculta de la familia real británica

¿La princesa loca que desafió a Freud y humilló a Hitler? La oscura historia oculta de la familia real británica: cómo Alicia de Battenberg, una mujer sorda y desterrada por los suyos, arriesgó su vida en secreto para salvar a una familia judía de las garras del nazismo.

Alicia de Battenberg: La Declararon Loca… y Salvó a una Familia Judía del Holocausto 

Era madre de un príncipe. Nació completamente sorda. Sigmund Freud en persona ordenó parte de su tratamiento médico y mientras Europa entera ardía bajo las botas del nazismo, ella sola escondía a una familia judía en su propia casa de Atenas. Su nombre era Alicia de Battenberg, bisnieta de la reina Victoria, madre del hombre que un día sería el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II, madre, en consecuencia de la familia real británica tal y como hoy la conocemos. Pero esta no es una historia

de palacios. Esta es la historia que tres generaciones de la familia Winsor intentaron borrar. La historia de una mujer a la que el siglo XX intentó destruir por todos los medios posibles y casi lo logra. Atenas, enero de 1944, es de noche, la temperatura ha caído por debajo de cero y la ciudad lleva más de 3 años bajo ocupación alemana.

 Cada calle, cada esquina, cada documento está bajo control de la Vermacht. Los 50,000 judíos de Salónica han sido casi todos deportados a Auschwitz pocos meses antes. En Atenas quedan algunos miles escondidos donde pueden, sobreviviendo como sombras. En el tercer piso de una pequeña residencia, una mujer de 58 años espera junto a la puerta.

 Va vestida enteramente de negro, como una viuda griega. Tiene los cabellos completamente blancos y una mirada que parece atravesar las paredes. Es la dueña de la casa. Llaman tres veces a la puerta. Es la señal acordada. Alicia abre. Detrás del umbral entra Rachel Cohen, una viuda judía cuyo esposo, antiguo diputado del parlamento griego, murió en el exilio.

Detrás de Rachel entran sus dos hijos, Tilde y Mitchell, con los ojos hundidos del hambre y del miedo. La Gestapo lleva semanas buscándolos por toda la ciudad. Si los encuentran allí en la casa de una mujer que es alemana de sangre, prima del propio Kaiser Guillermo II, prima del Sar Nicolás II, prima de medio continente europeo, las consecuencias serán inmediatas para todos.

 Pero Alicia tiene un plan. Les ha preparado una habitación interior sin ventanas donde nadie podría verlos desde la calle. Les ha dejado mantas, hay pan duro, un poco de queso, agua, lo poco que ha podido reunir en una ciudad donde la gente se desploma de hambre por las aceras. Cuando Rachel intenta darle las gracias en voz baja, Alicia, que solo entiende leyendo los labios, levanta una mano para detenerla. No hace falta hablar.

Las dos mujeres se miran a los ojos y en ese silencio absoluto queda sellado un pacto que ninguna de ellas romperá. La familia Cohen permanecerá escondida en aquella casa durante más de un año, pero pocas semanas después de aquella primera noche, alguien tocará la puerta de un modo muy distinto.

 No serán tres golpes suaves, serán golpes secos, autoritarios, en pleno día. Un alto oficial alemán pedirá hablar con la princesa Alicia de Grecia. ¿Querrá saber por qué una mujer de sangre noble alemana sigue viviendo en una Atena hambrienta y bombardeada en lugar de regresar al Rik, donde sus parientes la recibirían con honores.

 Querrá saber sobre todo si necesita algo. Lo que Alicia responderá esa tarde sigue siendo 80 años después una de las frases más sorprendentes de toda la Segunda Guerra Mundial. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, como una bisnieta de la reina Victoria terminó arriesgando su vida por una familia judía en una calle nevada de Grecia, hay que volver al principio, a una noche de invierno mucho más antigua, a un castillo y a una niña que nació diferente.

I Oh o Castillo de Winsor, 25 de febrero de 1885. En una de las habitaciones más privadas del castillo, una joven de 21 años está dando a luz a su primera hija. Se llama Victoria. Es princesa de Gess y del Rin, en lo que hoy llamaríamos Alemania. Pero más importante que todos esos títulos, es nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra.

 Y la reina Victoria, una anciana ya muy entrada en años, ha pedido estar presente en aquel parto. Es un detalle que solo se puede entender si se conoce el siglo XIX. Las cabezas coronadas de Europa son prácticamente una sola familia enorme. La reina Victoria es la abuela del continente. Sus hijos y sus nietos se sientan en los tronos de Inglaterra, Alemania, Rusia, Grecia, Suecia, España, Rumania, Noruega.

 Cada nacimiento real es un asunto político. Cada bebé que llega al mundo es una pieza más en un tablero diplomático que abarca toda Europa. La niña que nace esa noche se llama Victoria Alicia Isabel Julia María de Battenberg, pero todos la llamarán siempre por el segundo nombre. Alicia pesa lo que tiene que pesar, llora con la fuerza que se espera y la reina Victoria, una mujer dura, severa, que ha enterrado a su esposo y a su mejor amiga.

 Sostiene a la bebé en sus brazos arrugados y la besa en la frente. Nadie sospecha aún la verdad. Pasan los meses. Alicia crece. Es una niña hermosa, rubia, de ojos enormes y mirada despierta. Su madre, sin embargo, empieza a notar algo extraño. La pequeña no responde cuando la llaman desde la otra habitación. No gira la cabeza al oír un ruido fuerte.

 No reacciona ante la música de las cajas que su abuela le envía desde Londres. No se asusta con los ladridos de los perros de casa, ni con los gritos de los criados que corren por los pasillos. Le hacen pruebas, le acercan campanas, panderetas, instrumentos diversos. Nada. El diagnóstico llega cuando Alicia tiene 4 años y es tan claro como devastador.

 La niña es completamente sorda. Sorda de nacimiento, sin posibilidad alguna de oír. En aquella época, en 1889, ser sordo en una familia real era casi una condena. La sordera estaba asociada al estigma, a la deficiencia, al ocultamiento. Muchos niños sordos de buenas familias eran enviados a instituciones lejanas, olvidados, apartados de la vida pública.

 Pero la madre de Alicia decidió desde el primer día que su hija sería distinta. Le contrató a los mejores especialistas de Europa. Le enseñó a leer los labios, no solo en inglés, en alemán también. y más tarde en francés. Y cuando Alicia, años después fuera a vivir a Grecia, aprendería a leer los labios también en griego, cuatro idiomas leídos en los labios de los demás, por una niña a la que el mundo había considerado defectuosa.

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