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Isabel Preysler Dijo ADIÓS a Julio Iglesias en Público—Lo Que Él Hizo Esa Noche NADIE lo Esperaba a

Isabel Preysler Dijo ADIÓS a Julio Iglesias en Público—Lo Que Él Hizo Esa Noche NADIE lo Esperaba 

15 de enero de 1978. Julio Iglesias está en el escenario del Teatro Monumental de Madrid cantando Amor cuando ve a Isabel Prisler levantarse de su asiento en primera fila. Lleva puesto ese vestido blanco que él le regaló por Navidad. Se dirige hacia la salida. Julio sigue cantando, pero su voz tiembla ligeramente.

La gente piensa que es emoción, pero Julio sabe la verdad. Isabel acaba de salir de su vida para siempre y lo que él hizo en las siguientes 48 horas revelaría el verdadero corazón de un hombre que el mundo entero creía conocer. Para entender lo que pasó esa noche en el Teatro Monumental, necesitas entender quiénes eran Julio Iglesias e Isabel Prisler en 1978.

No eran simplemente una pareja famosa, eran la pareja de España, la realeza no oficial de un país que acababa de salir de 40 años de dictadura franquista y estaba redescubriendo la libertad, el glamurad soñar. Julio era el hombre que había conquistado el mundo con su voz. Hijo de un ginecólogo de Madrid, había sobrevivido a un accidente de coche devastador en 1963, que destruyó su sueño de ser futbolista profesional del Real Madrid.

 Durante dos años de recuperación aprendió a tocar la guitarra. Una tragedia se convirtió en destino. En 1968 ganó el festival de Benidorm. En 1970 representó a España en Eurovisión. Y en 1975, mientras Franco agonizaba en su lecho de muerte, Julio Iglesias estaba vendiendo millones de discos en América Latina, trayendo orgullo a una España que desesperadamente necesitaba algo de que sentirse orgullosa.

Isabel Prisler era la definición misma de la elegancia. Nacida en Manila, Filipinas, había llegado a Madrid en 1971 con apenas 20 años. alta, exótica, con una belleza que hacía que los hombres tropezaran en la calle y las mujeres suspiraran de envidia. No era solo bella, era inteligente, culta, sofisticada.

 Hablaba cuatro idiomas, sabía moverse en cualquier círculo social con una gracia natural que parecía innata. Se conocieron en 1970 en una fiesta en Marbella. Julio tenía 27 años, Isabel 20. Él la vio cruzar el salón y le dijo a su amigo Carlos, “Esa mujer va a ser mi esposa.” Carlos se rió. Julio, ni siquiera la conoces. No importa, respondió Julio. Lo sé.

 Y tenía razón. Se casaron el 29 de enero de 1971 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción en Madrid. Fue la boda del año. Fotógrafos, periodistas, fans gritando en las calles. España necesitaba un cuento de hadas y Julio e Isabel se lo dieron. Parecían perfectos juntos. Él, el cantante romántico con la voz de terciopelo.

 Ella, la belleza filipina con la sonrisa que iluminaba portadas de revistas. Tuvieron tres hijos. Chabeli en 1971, Julio Junior en 1973, Enrique en 1975, el mismo año que murió Franco. Cada nacimiento fue celebrado como un evento nacional. Los iglesias Praisler no eran solo famosos, eran la familia que representaba la nueva España, moderna, internacional, exitosa.

 Pero detrás de las portadas de hola y las sonrisas en las galas había grietas. Grietas que en 1977 ya eran cañones imposibles de cruzar. El problema era simple, pero insuperable. Julio vivía en el camino. Su carrera lo exigía. En 1977 dio 312 conciertos. 312. Eso significa que estuvo en casa menos de 53 días en todo el año.

 México, Argentina, Chile, Venezuela, Estados Unidos, Italia, Francia, Alemania. El mundo entero quería a Julio Iglesias. Pero Isabel solo quería su esposo. Ella se quedaba en Madrid con los niños, sola en esa casa enorme de la moraleja, viendo a sus hijos crecer, asistiendo a eventos sociales sin su marido, respondiendo una y otra vez a la mismo pregunta.

 Y Julio, ¿dónde está Julio? En México, decía con una sonrisa que ya no alcanzaba sus ojos. en Buenos Aires, en Miami, trabajando, siempre trabajando y ella siempre esperando, esperando las llamadas telefónicas a medianoche desde diferentes zonas horarias, esperando que él llegara a casa para el cumpleaños de Chabeli.

 No llegó, esperando que estuviera allí para la Navidad de 1976, llegó el 27 de diciembre esperando que recordara su aniversario. lo olvidó dos veces. Isabel no era una mujer que se quejaba. Había sido criada con la disciplina católica filipina. Sabía lo que significaba el sacrificio, el deber. Pero en 1977, después de 6 años de matrimonio, después de tres hijos, después de miles de noches durmiendo sola, mientras su esposo cantaba canciones de amor a otras mujeres en otros países, Isabel Prisler había llegado a una conclusión dolorosa,

pero clara. Amaba a Julio Iglesias, pero no podía seguir viviendo así. Intentó hablarlo con él. Julio, los niños te necesitan. Yo te necesito. No puedes seguir viajando tanto. Mi amor, respondía él. Esto es temporal, solo unos años más. Estoy en la cima de mi carrera. No puedo parar ahora. Pero, ¿cuándo vas a parar? ¿Cuándo seremos suficiente para ti? Esa pregunta quedaba suspendida en el aire sin respuesta, porque Julio no tenía una respuesta.

 O más honestamente, la respuesta era nunca, pero no podía decirlo en voz alta. En noviembre de 1977, Isabel tomó una decisión. No fue impulsiva. No fue por otro hombre, como los chismosos después dirían. Fue simplemente el reconocimiento de una verdad inevitable. Ella merecía un esposo que estuviera presente.

 Sus hijos merecían un padre que estuviera allí. Y Julio merecía ser honesto consigo mismo sobre lo que realmente quería. Ella le pidió el divorcio en privado en la sala de estar de su casa un martes por la tarde mientras los niños estaban en el colegio. Julio se quedó en silencio durante mucho tiempo.

 Finalmente dijo, “¿Hay alguien más?” “No, respondió Isabel. Solo hay la verdad. Y la verdad es que tú ya elegiste, elegiste la música, elegiste el mundo y yo respeto eso, pero no puedo seguir esperándote. Julio lloró no con soyosos dramáticos, sino con lágrimas silenciosas que rodaban por sus mejillas mientras miraba a la mujer que había amado desde el momento que la vio en Marbella.

 Te amo”, dijo. “Lo sé, pero amar no es suficiente.” Acordaron mantenerlo en privado hasta después de las Navidades, por los niños, por las familias, por España, que los adoraba y que no entendería. Pero en diciembre los periodistas ya olían la sangre en el agua. Fotos de Isabel sola en eventos sociales, rumores de que Julio había cancelado una cena familiar, susurros en los círculos de Madrid.

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