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HARFUCH REVELA lo que le dijo EL MENCHO Antes de Morirr

HARFUCH REVELA lo que le dijo EL MENCHO Antes de Morirr

Omar García Harfuch no habla más de lo necesario. Es una característica que las personas que lo conocen mencionan de forma consistente cuando describen al hombre que durante 6 años construyó el cerco más paciente y más meticuloso que la seguridad mexicana había tendido sobre un objetivo criminal. No es el tipo de funcionario que llena los silencios con palabras para demostrar que sabe cosas.

 es el tipo de funcionario que guarda los silencios con la misma disciplina con que guarda la información, como si entendiera que las dos cosas tienen el mismo valor y requieren el mismo cuidado. Por eso, lo que dijo en las horas posteriores al operativo de Tapalpa tomó por sorpresa a todos los que lo escucharon.

 No lo dijo en una conferencia de prensa, no lo dijo frente a micrófonos con logos institucionales al fondo, ni con la formalidad calculada de las declaraciones que se preparan con equipos de comunicación y que se miden palabra por palabra antes de salir. Lo dijo en privado en una conversación con un círculo mínimo de personas de su confianza que habían estado con él durante los años de construcción del operativo y que estaban con él esa mañana cuando llegaron las primeras confirmaciones de lo que había pasado en la sierra de Jalisco. Lo que dijo en esa

conversación circuló después de la forma en que circulan todas las cosas que se dicen en los espacios donde las personas bajan la guardia porque creen que están entre los suyos. Llegó a oídos que no debía llegar. Se transformó en el camino, como se transforman todas las cosas que viajan de boca en boca, perdiendo algunos detalles y ganando otros.

 Y eventualmente llegó a los lugares donde estas historias terminan llegando cuando son suficientemente grandes para no poder ser contenidas. Pero antes de entender lo que García Harfuch dijo ese día, antes de entender el peso de esas palabras y lo que revelan sobre lo que ocurrió en los momentos finales del operativo, hay que entender algo que México no sabe completamente sobre cómo terminó realmente la historia en la Sierra de Jalisco, porque la versión oficial, la que los comunicados describieron con la precisión aséptica de los documentos

institucionales, contaba lo que había pasado en términos operativos, contaba el resultado, contaba los elementos desplegados, la resistencia encontrada, el saldo final. Lo que no contaba era lo que pasó antes de ese saldo final, los minutos específicos, lo que ocurrió en el espacio entre el momento en que los elementos de seguridad llegaron a la posición donde se encontraba Nemesio o Ceguera Cervantes y el momento en que todo terminó.

 Lo que ocurrió en ese intervalo que en los oficiales se describen con una brevedad que habla de una decisión deliberada, de no entrar en detalles que nadie había pedido públicamente, pero que cambian completamente la dimensión humana de una historia que México creía conocer. García Harfuch conoció esos detalles. Los conocieron porque había sido informado minuto a minuto del desarrollo del operativo desde el momento en que los primeros elementos entraron en la sierra esa madrugada.

 Los conocieron con la precisión de alguien que había dedicado 6 años a entender cada aspecto de la persona que ese operativo buscaba y que cuando los informes llegaron leyó en ellos algo que sus años de inteligencia acumulada le permitían interpretar de una forma que otros no podían. Lo que García Harfuch supo esa mañana sobre los últimos minutos de Nemesio o ceguera Cervantes no era solo información operativa, era algo más perturbador y más humano que eso.

 Era la respuesta a una pregunta que quizás nunca se había formulado explícitamente durante los 6 años de persecución, pero que estaba implícita en cada decisión, en cada análisis de inteligencia, en cada movimiento del cerco que se fue cerrando milímetro a milímetro durante todo ese tiempo.

 La pregunta de que hace un hombre como ese cuando sabe que todo terminó y la respuesta que llegó esa mañana al escritorio de García Harfuch. La respuesta que lo llevó a decir en privado lo que dijo era una respuesta que nadie en ese círculo había anticipado, no porque fuera extraordinario en términos operativos, sino porque revelaba algo sobre Nemesio o Ceguera Cervantes, que 15 años de perfil criminal, de análisis de inteligencia y de construcción del retrato más completo que el Estado mexicano había hecho jamás de un líder criminal, no habían capturado

completamente. revelaba que en sus últimos minutos el hombre más buscado del continente americano había hecho algo que ningún protocolo de entrenamiento para ese tipo de situaciones contemplaba como posibilidad real. Había pedido hablar no contra sus abogados, no con ninguno de los miembros de su estructura criminal, no con ninguna de las personas cuya presencia en ese momento habría tenido sentido operativo o legal.

 había pedido hablar con el hombre que lo había perseguido durante 6 años, con el hombre que había sobrevivido tres balas en su cuerpo en una madrugada de junio de 2020 y que había convertido esa sobrevivencia en la determinación más sostenida que la seguridad mexicana había producido en décadas. Había pedido hablar con García Harfuch.

 Esa petición llegó a través de la cadena de mando del operativo con la velocidad que tienen las informaciones que nadie sabe exactamente cómo manejar. No había protocolo para eso. No había un manual que dijera qué hacer cuando el objetivo de 6 años de persecución, en el momento en que el cerco finalmente se cerraba, pedía una conversación con el hombre que había ordenado cerrarlo.

 Los elementos en campo consultaron hacia arriba. La consulta llegó finalmente a García Harfuch y García Harfuch tomó una decisión que tampoco estaba en ningún protocolo. Dijo que sí. Lo que ocurrió en los minutos que siguieron a ese sí es la parte de esta historia que México no conoce, la parte que García Harfuch guardó con el mismo cuidado con que había guardado durante 6 años cada pieza de inteligencia sobre el hombre con quien ocurrió esa conversación.

 La parte que circuló después en fragmentos y versiones e interpretaciones que se alejaban progresivamente de lo que realmente había pasado, porque nadie que no hubiera estado ahí podía saber con certeza qué había pasado. Pero hay algo que García Harfuch dijo ese día en privado, que llegó sin distorsión suficiente como para perder su esencia.

Algo que dijo sobre lo que Nemesio o Seguera Cervantes le dijo en esos minutos finales. Algo que quien lo escuchó decir recordó con la precisión con que se recuerdan las cosas que uno sabe que no va a poder olvidar aunque quiera. Lo que el mencho le dijo a García Harfuch antes de morir no era lo que nadie esperaba. No era una amenaza.

No era la brabata de un hombre que intenta preservar hasta el final la imagen que ha construido durante 15 años. No era información operativa, ni una negociación de última hora, ni ninguna de las cosas que un perfil criminal de esa magnitud sugeriría como respuesta probable a esa situación. Era algo que García Harfuch, según las personas que estaban con él cuando lo contó, tardó un momento en repetir, como si necesitara un instante adicional para asegurarse de que las palabras que iba a usar fueran exactamente las correctas,

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