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HARFUCH GOLPEA A LOS CHAPITOS: cae ‘El Gabito’ y el alcalde que compró el narco 

HARFUCH GOLPEA A LOS CHAPITOS: cae ‘El Gabito’ y el alcalde que compró el narco 

Las 8:15 de la noche de un lunes. Esa es la hora exacta que quedó escrita en una ficha del Registro Nacional de Detenciones. Ese registro, el documento frío donde el Estado anota a quién atrapó, a qué hora y con qué ropa puesta es el centro de esta historia. Porque en cuestión de días dos hombres muy distintos terminaron reducidos a ese mismo papel.

Uno presunto lugar teniente de los chapitos en el sur de Sinaloa, el otro un alcalde en funciones y los dos, según el gobierno, servían a la misma organización. Antes de entrar de lleno, hazme un favor rápido, deja tu like y si andas en el celular, presiona el botón de hype que aparece justo al lado. Suscríbete y activa la campana porque esta semana el cerco sobre el cártel de Sinaloa se apretó por dos lados a la vez.

 Quédate que en un momento te voy a explicar por qué una empresa minera canadiense terminó en el corazón de todo esto. Vamos por orden con calma. Lo confirmado primero. La noche del lunes 1 de junio de 2026, fuerzas federales y estatales detuvieron en Mazatlán, Sinaloa, a un hombre identificado en reportes de inteligencia y de prensa como Gabriel Nicolás Martínez Larios, alias el Gabito o el 80.

 La captura ocurrió alrededor de las 8:15 de la noche en la colonia Real del Valle, sobre la calle Paseo del Atlántico. El secretario de seguridad, Omar García Jarfuch, confirmó la detención [carraspeo] y la ficha del Registro Nacional de Detenciones. Ese documento oficial dejó constancia de la hora, del lugar y hasta de cómo iba vestido.

Quédate con un detalle de esa ficha porque dice mucho. En el apartado de alias, según reportaron varios medios, aparecía la leyenda sin dato. O sea, que en el papel ese hombre llegó casi como un anónimo. El alias por el que lo conocen, el gavito, no salió de un comunicado oficial, salió de reportes periodísticos y de documentos de inteligencia.

 Esa pequeña discrepancia entre lo que dice la ficha y lo que dicen las fuentes es la primera grieta de una historia llena de capas. ¿Quién es el gavito? Según informó la Secretaría de la Defensa Nacional, se trata de un jefe regional del cártel de Sinaloa de la facción conocida como Los Menores, una de las ramas de los chapitos.

 Su zona de operación, de acuerdo con esa misma dependencia, abarcaba municipios del sur del estado, Escuinapa, San Ignacio, Cosalá, El Rosario, Concordia, Villa Unión y Mazatlán, una franja completa de territorio. Y entender qué significa esa franja ayuda a medir el golpe. Hablamos del sur de Sinaloa, una región que conecta la sierra con la costa del Pacífico y con los límites hacia Nayarit y Durango.

 Controlar esos municipios significa controlar caminos, puertos pequeños, zonas serranas difíciles de vigilar y ahora se sabe también la actividad minera. Para una facción en guerra, ese corredor vale oro. Sirve para mover mercancía, para refugiarse cuando el bando rival aprieta y para sacar dinero del territorio mediante la extorsión.

 Quien manda ahí no controla un pueblo, controla una ruta. Por eso el gavito pesaba tanto en el organigrama y por eso su caída deja un hueco que otros dentro de la misma estructura ya deben estar peleándose. Y un dato que lo coloca muy arriba en el organigrama. Las autoridades lo describen como colaborador cercano y presunto compadre de Iván Archivaldo Guzmán, alias El Chapito, hijo de Joaquín el Chapo Guzmán.

 Detente ahí un segundo, compadre. Hablamos de un lazo personal con uno de los hombres que hoy encabezan la facción más vigilada del país, muy lejos del perfil de un operador desechable de bajo rango. Si ese vínculo se sostiene, hablamos de alguien con acceso directo al núcleo de los chapitos y por eso su caída pesa tanto.

 ¿Por qué importa esto justo ahora? Porque los chapitos están en guerra. Desde septiembre de 2024, la facción de los hijos de El Chapo libra una disputa sangrienta contra otro brazo del propio cártel de Sinaloa, el grupo conocido como La Maisa, ligado a Ismael el mayo Zambada. Esa guerra interna ha convertido a Sinaloa en un campo de batalla y cada lugar teniente que cae, cada pieza que el estado le arranca a un bando, altera el equilibrio de esa guerra.

 Quitarle a los chapitos a un jefe regional del sur no es un trámite menor en ese tablero. Déjame contarte de dónde viene esa guerra, porque sin eso no se entiende nada. El 25 de julio de 2024, Ismael el Mayo Zambada, cofundador del cártel de Sinaloa y uno de los capos más buscados durante décadas, terminó detenido en Estados Unidos, en El Paso, Texas, tras un vuelo irregular en una avioneta.

 Según la versión que dio su propio abogado, el mayo no se entregó, lo habrían traicionado. Y el señalado de esa traición fue Joaquín Guzmán López, uno de los hijos del Chapo, un capo entregando a otro, la ruptura del pacto que durante décadas mantuvo unido al cártel. Lo que vino después fue un polvorín. El 9 de septiembre de 2024 estalló de manera abierta la guerra entre las dos grandes facciones.

 Por un lado, la Chapiza, los hijos de El Chapo. Por el otro, la Miza, la gente de Zambada, ahora encabezada por su hijo Ismael Zambadas y Cairos, el mallito flaco, que busca cobrar la afrenta de la entrega de su padre. Desde esa madrugada, Sinaloa cambió y no para bien. Las cifras de ese primer año son escalofriantes.

Reportes de prensa basados en datos oficiales hablan de cerca de 2,000 homicidios y más de 1900 personas privadas de la libertad solo en los 12 meses siguientes al estallido, Culiacán, una ciudad que durante años presumió cierta calma pactada, se llenó de balaceras, bloqueos, escuelas cerradas y familias desplazadas.

 La violencia se desbordó incluso hacia Durango, Chihuahua y Baja California. Toda esa sangre tiene una raíz común, la disputa por quedarse con el control del cártel más poderoso que ha tenido México. Y conviene no quedarse solo en las cifras, porque detrás de cada número hay gente. En Culiacán, una ciudad acostumbrada durante años a una calma tensa, los vecinos aprendieron a leer el día por el sonido de las balaceras.

 Hubo temporadas en que las escuelas suspendían clases, en que los comercios cerraban temprano, en que las familias evitaban salir de noche. Pueblos enteros de la sierra quedaron prácticamente vacíos con la gente desplazada hacia las ciudades buscando refugio. Negocios que cerraron, empleos que se perdieron, una economía local golpeada por una guerra que nadie de la población pidió.

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