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Ex cocinera ROMPE SU SILENCIO y revela lo que nadie sabía de Pepe Aguilar e

Ex cocinera ROMPE SU SILENCIO y revela lo que nadie sabía de Pepe Aguilar  

Me llamo Carmen Villanueva y tengo 58 años. Fui cocinera en la casa de Pepe Aguilar durante 15 años, que me cambiaron de una manera que todavía estoy procesando. Hoy voy a revelar la verdadera cara de Pepe Aguilar, aunque firmé un acuerdo de confidencialidad que me prohíbe hablar. Me da igual. Quiero que el mundo sepa cómo trataba a las personas que trabajaban para él cuando no había nadie de afuera mirando.

 Y quiero que el mundo sepa lo que le decía a su propia hija Ángela cuando no había cámaras de por medio, cosas que ella nunca supo que yo escuché. He callado durante 15 años. He llegado a casa muchas noches sin poder contarle nada a mis hijas. He cargado con cosas que no le deseo a nadie.

 Pero el día que salí de esa casa por última vez y me senté en mi carro sin poder arrancar, entendí que si no hablaba ahora no iba a hablar nunca. Y cargarme esto a la tumba ya no es una opción. Antes de contarles lo que vi, necesito que entiendan una sola cosa. Pepe Aguilar no es cualquier famoso. En México ese apellido pesa diferente.

 Su papá, don Antonio Aguilar, era de esos hombres que se convierten en parte de la memoria del país. Las películas, las canciones, el charro, el campo, todo eso que mucha gente de mi generación creció viendo y escuchando. Y Pepe agarró todo eso y lo hizo más grande. No solo la música, la imagen, la familia, el mensaje, el hombre que llora cuando habla de su papá, el que saca sus hijos al escenario y le dice a México entero, “Miren lo que construí.

 Miren que los valores todavía existen. Familia, legado, raíces, respeto.” La gente le creía, yo también le creí. Llegué a esa casa en el año 2008. Tenía 43 años. El matrimonio roto desde hacía dos, dos hijas que mantener y no me podía dar el lujo de escoger trabajo. Una señora para quien había trabajado antes me recomendó.

 Me dijo que pagaban bien, que era trabajo fijo. No me dijo para quién era hasta que pasé la primera entrevista. Cuando me lo dijeron esa noche, llegué a mi casa y les dije a mis hijas. La grande me abrazó emocionada. La chica brincó de gusto. Yo me reí con ellas, pero nadie me había preparado para lo que iba a haber en esa casa.

 Y cuando digo nadie es nadie. Ni la señora que me recomendó, ni las personas que me entrevistaron. Nadie me dijo lo que me esperaba del otro lado de esa puerta. No sabía entonces lo que iba a haber ahí adentro. No sabía que años después iba a estar aquí contando estas cosas. No sabía nada.

 Solo sabía que necesitaba el trabajo. Lo que no sabía era que ese trabajo me iba a mostrar una cara de Pepe Aguilar que ninguna de mis hijas ni yo misma nos hubiéramos imaginado nunca. El primer día que llegué a trabajar, una señora que llevaba años en esa casa se me acercó en la cocina y me dijo algo en voz baja.

 Aquí se trabaja bien, Carmen, pero aprende rápido a ver sin mirar y a escuchar sin oír. Eso es lo más importante que te puedo decir. En ese momento lo tomé como el consejo normal de alguien que quiere ayudar a la que acaba de llegar. Con los años entendí que era una advertencia. Esa casa funcionaba con reglas que nadie escribía en ningún papel, pero que todo el mundo conocía.

 ¿Quién podía estar en qué parte? ¿Qué se hablaba con personas de afuera? ¿Y qué no? Y la regla más importante de todas, la que aprendí más rápido que ninguna otra. Lo que pasa en esta casa se queda en esta casa. El personal rotaba de una manera que yo no había visto en ningún trabajo anterior. No se despedían. Un día estaban y al otro ya no estaban.

 Y con los años noté algo que me puso a pensar mucho. Las personas que se iban así de ese modo silencioso y de un día para otro casi siempre eran las mismas, no las que trabajaban peor, las que habían estado más cerca, las que sabían más. Y eso me fue dejando una pregunta que no podía sacudir. ¿Qué era exactamente lo que habían visto? Tardé tiempo en entenderlo, pero cuando lo entendí ya no pude hacer como que no lo había visto.

Yo llegaba a las 6 de la mañana, 12, 13 horas diarias a veces. Y en ese tiempo aprendí algo que no estaba en ningún contrato. Aprendí a no existir cuando no me necesitaban, a estar en el cuarto sin estar, a escuchar sin escuchar. Esa invisibilidad fue la que me permitió ver y escuchar cosas que nunca estuvieron destinadas a mis oídos.

 Pepe Aguilar sabía muy bien cómo presentarse al mundo. Sabía qué decir, cuándo decirlo y cómo decirlo para que sonara genuino. Lo que el mundo no sabía era lo que pasaba cuando las cámaras se apagaban, cuando no había periodistas, cuando no había fans, cuando no había nadie más que las personas que vivíamos o trabajábamos en esa casa.

 Esa versión de Pepe Aguilar era muy diferente a la que salía en televisión. Cada mañana cuando preparaba el desayuno, cada tarde cuando servía la comida, cada vez que algo en esa casa no salía exactamente como él esperaba. Y en esos momentos, en esos momentos donde las cosas no salían como él quería, era cuando yo aprendía quién era Pepe Aguilar de verdad, no el de la televisión, el otro, el que muy poca gente conoce y el que hoy voy a describir.

 Muchas veces me pregunté si lo que veía era normal, si en todas las casas grandes pasaban esas cosas, si yo estaba exagerando, estaba yo exagerando o había algo en esa casa que no tenía nada de normal y que yo estaba aprendiendo a aceptar como si lo fuera. Tardé años en responderme esa pregunta con honestidad y la respuesta que me di no me gustó nada.

 Voy a contarles cómo trataba Pepe Aguilar al personal cuando no había nadie de afuera mirando. No voy a exagerar nada. No necesito exagerar porque la realidad sola ya es suficiente. Pepe Aguilar en público es un hombre que habla mucho de humildad, de no olvidar de dónde viene, del respeto a la gente que trabaja con las manos, que se levanta temprano, que hace el trabajo que nadie ve.

 Yo escuché esas palabras en entrevistas muchas veces y cada vez que las escuchaba pensaba en lo que había visto esa misma semana desde mi cocina, porque el hombre que hablaba así en televisión y el hombre que yo conocía dentro de esa casa no era la misma persona. No cuando algo salía mal, no cuando alguien del personal cometía un error.

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