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Escribió “El Rey”, pero agonizó en la miseria absoluta, devorado por el alcohol.

Escribió “El Rey”, pero agonizó en la miseria absoluta, devorado por el alcohol. Sin embargo, el mayor giro de guion estalló tras su muerte: un testamento secreto dejó en la calle a sus hijos para entregarle toda su millonaria fortuna a la única mujer que lo había abandonado.

José Alfredo Jiménez: Escribió “El Rey”… Pero Murió Como Mendigo Por Esta Mujer 

se toma un lago porque después yo no veo nada de malo. Yo se fue haciendo canción de ese tipo. El 23 de noviembre de 1973, en una clínica al sur de la Ciudad de México, el hombre que escribió el rey estaba muriendo. José Alfredo Jiménez tenía 47 años. Su cuerpo estaba destrozado por la cirrosis. Las várices en su esófago se reventaban constantemente,  provocándole hemorragias. internas.

No podía moverse de la cama. El dolor  era insoportable y mientras agonizaba, solo una persona estaba a su lado, Alicia Juárez, su tercera esposa, la mujer con quien se había casado en California en 1966. Pero ese matrimonio nunca fue legal, porque José Alfredo Jiménez nunca se divorció de su primera esposa, nunca dejó de estar casado con Paloma Gálvez, la mujer a quien le escribió Paloma querida.

 Ella, qué bonito amor, la mujer que lo abandonó en 1960 porque ya no soportaba su alcoholismo y que 13 años después, cuando José Alfredo  estaba muriendo, escuchaba sus canciones todos los días en su casa,  recordando al hombre que la había amado toda su vida, pero que había destruido todo con el alcohol.

 Esta  es la historia del compositor más grande de México, el hombre que escribió más de 300 canciones que todo el mundo canta. El hombre que  compuso el rey, pero que murió como mendigo. El hombre que pasó su vida entera buscando el amor de Paloma Gálvez y cuando finalmente lo perdió, se ahogó en alcohol hasta  morir.

 Y la historia de cómo esa misma mujer que lo abandonó heredó su fortuna  completa mientras sus otros hijos no recibieron nada. Si te gusta este contenido de historias verdaderas de personajes que marcaron la música mexicana,  me ayudarías mucho con una suscripción y un me gusta. Ahora sí, vamos con esta historia.

 José Alfredo Jiménez Sandoval nació el 19 de enero de 1926 en Dolores, Hidalgo, Guanajuato. Un pueblo pequeño, colonial, tradicional en el corazón de México. Un pueblo famoso por haber sido el lugar donde Miguel Hidalgo dio el grito de independencia en 1810. Un pueblo de calles empedradas,  iglesias antiguas, plazas tranquilas.

 Un pueblo donde todos se conocían. Era hijo de Agustín Jiménez Tristán, un hombre respetado en el pueblo, dueño de la única farmacia del lugar llamada San Vicente  y de Carmen Sandoval Rocha, ama de casa dedicada a sus hijos. José Alfredo tenía tres hermanos mayores. Concepción, la única mujer,  quien cuidaba de sus hermanos menores.

 Víctor, el segundo hijo, serio y responsable, e Ignacio, el tercero, más cercano a José Alfredo en edad. Y José Alfredo era el menor de los cuatro, el bebé de la familia, el consentido. La familia Jiménez vivía bien para los estándares de un pueblo mexicano en los años 30. No eran ricos como los hacendados o los comerciantes grandes, pero tampoco eran pobres como los campesinos o los jornaleros.

 Eran clase media. Agustín ganaba suficiente dinero con la farmacia para mantener a sus cuatro hijos en la escuela,  darles ropa limpia, comida todos los días, un techo seguro. Los niños iban a la escuela primaria del pueblo, jugaban en la plaza, iban a misa los domingos. Era una vida tranquila, predecible, segura en un pueblo tranquilo.

 José Alfredo era un niño normal, no era particularmente brillante en la escuela,  no era el más travieso, no destacaba en nada, era solo un niño más del pueblo.  Pero había algo que le gustaba hacer desde pequeño, cantar. Cantaba en la casa, cantaba en  la escuela, cantaba en la iglesia.

 No tenía una voz particularmente bonita. Era ronca, áspera, pero había algo en la forma en que José Alfredo cantaba que llamaba la atención. Cantaba con emoción, con sentimiento, como si cada canción fuera personal. Y su madre, Carmen, lo notaba. Le decía, “Tienes algo especial cuando cantas, mi hijito.” Pero todo cambió en 1936,  cuando José Alfredo tenía 10 años.

 Su padre,  Agustín Jiménez murió. Las circunstancias exactas de su muerte nunca quedaron completamente claras para la familia.  La versión oficial era que había sido una enfermedad. Algunos decían que fue el corazón, otros que fue algo  en los pulmones. Pero lo que sí quedó claro fue que la muerte fue rápida.

 Un día, Agustín estaba trabajando en la farmacia,  saludando a los clientes, despachando medicinas y a la semana siguiente estaba muerto. José Alfredo tenía 10 años  y acababa de perder a su padre y esa pérdida lo marcaría para siempre, porque sin su padre la familia se derrumbó. La farmacia tuvo que cerrarse.

 Carmen no sabía cómo administrarla. No sabía de medicinas, de inventarios, de proveedores. Y sin la  farmacia no había dinero. Y sin dinero no había forma de mantener a cuatro hijos. Carmen Sandoval se quedó sola con cuatro hijos que mantener, sin dinero,  sin trabajo, sin ninguna habilidad laboral más allá de ser ama de casa.

 Y en el México de 1936 las opciones para una viuda con cuatro hijos eran prácticamente nulas. Podía quedarse en Dolores Hidalgo y depender de  la caridad de los vecinos. Podía mandar a sus hijos a trabajar en el campo por unas monedas o podía tomar la decisión más difícil, mudarse a la Ciudad de México, donde había más oportunidades de trabajo.

 Aunque fuera como empleada doméstica. Carmen tomó la única decisión que creía posible, mudarse a la capital. Así que en  1936, cuando José Alfredo tenía apenas 10 años, la familia empacó sus pocas pertenencias, cerró la casa donde habían vivido toda la vida y dejó Dolores Hidalgo para siempre. Se subieron a un autobús con destino a la  ciudad de México, a una ciudad que ninguno de ellos conocía, a una ciudad enorme,  caótica, violenta, impersonal, a una ciudad donde Carmen trabajaría lo que pudiera para alimentar a sus hijos y

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