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En su último suspiro, ANTONIO AGUILAR confesó el SECRETO sobre LOLA BELTRÁN…  

En su último suspiro, ANTONIO AGUILAR confesó el SECRETO sobre LOLA BELTRÁN…  

Antonio Aguilar visitó la tumba de Lola Beltrán cada 24 de marzo durante 11 años, siempre solo, siempre a las 6 de la mañana, cuando el panteón jardín estaba vacío y los empleados apenas abrían las rejas. Llevaba gardenias blancas, las flores que Lola usaba en el pelo cuando cantaba Cucurucu paloma. Nunca se quedaba más de 7 minutos, nunca le dijo a nadie.

 Flor Silvestre creía que esas mañanas Antonio salía a caminar, que a los 80 y tantos años necesitaba aire, necesitaba moverse, necesitaba estar solo con sus pensamientos de hombre viejo. Nunca sospechó que su marido tenía una cita anual con una muerta, con la mujer que fue el amor real de su vida durante 29 años. Pepe Aguilar descubrió esto el 16 de junio de 2007 a las 11:52 de la noche en la habitación 304 del Hospital Ángeles del Pedregal, cuando su padre lo agarró de la mano con una fuerza que no debería tener un moribundo y le dijo, “Necesito

confesarte algo antes de que sea demasiado tarde. Algo que he cargado 52 años, algo que si no te digo ahora me voy a pudrir con ello en el infierno. Los monitores cardíacos pitaban irregularmente, 54 latidos, 49, 62. El Dr. Héctor Ramírez Soto había sido claro 3 horas antes, insuficiencia renal aguda. 48 horas de vida, quizá menos.

 El cuerpo de Antonio Aguilar, ese cuerpo que montó caballos en 120 películas, que llenó el Estadio Azteca cantando para 114,000 personas en 1997 se estaba apagando por dentro. Los riñones habían dejado de filtrar. Las toxinas inundaban su sangre. Cada respiración sonaba como papel arrugándose. Pepe miró hacia la puerta cerrada.

 Del otro lado estaba Flor, estaban sus hermanos, estaban las enfermeras esperando. Su padre acababa de pedirle que los sacara a todos. “Necesito hablar contigo a solas”, había dicho Antonio con esa voz que ya no sonaba a la voz del charro de México, sino a la voz de un hombre asustado. “Cierra bien la puerta, que nadie escuche.

” Y Pepe cerró la puerta. Se sentó en la silla junto a la cama. Antonio tenía puesta una bata de hospital color verde pálido que le quedaba enorme. Había perdido 18 kil en dos meses. Las venas de sus manos sobresalían como cables bajo papel crepé. Tenía una vía intravenosa en el brazo izquierdo conectada a una bolsa de suero, otra vía en el brazo derecho con morfina que goteaba cada 30 segundos, los labios resecos, los ojos hundidos, pero abiertos, muy abiertos, como si algo lo mantuviera despierto contra toda

lógica médica. “Papá, descansa”, dijo Pepe acomodándole la almohada. Ya hablamos mañana, necesitas No hay mañana. Lo interrumpió Antonio. Los doctores me dan dos días, yo me doy esta noche. Respiró hondo y el sonido fue espeluznante, como aire pasando por un tubo roto. Pepe, tu mamá, Flor. Ella cree que fui un buen esposo.

 Ustedes creen que fui un buen padre. México cree que fui un hombre honorable. Hizo una pausa larga. Todo eso es mentira. Pepe sintió que algo frío le bajaba por la espalda. ¿De qué hablas? Preguntó. Antonio cerró los ojos. Cuando los abrió tenía lágrimas, lágrimas reales corriendo por esas mejillas de 88 años que Pepe jamás había visto llorar.

 Ni cuando murió su madre en 1980, ni cuando se quedó sin voz en 2005 y creyó que nunca volvería a cantar. ni siquiera en las películas donde le pagaban por llorar. “El amor de mi vida no fue tu mamá”, dijo Antonio. “Fueron 57 años de matrimonio y ni un solo día la amé. Ni uno solo, Pepe, ni uno.” El monitor cardíaco se aceleró.

 72 latidos, 78. Una enfermera tocó la puerta, pero Pepe la ignoró. Me casé con Flor Silvestre el 11 de mayo de 1950 en la iglesia de San Hipólito en Ciudad de México. Continuó Antonio. Teníamos 31 años los dos. La boda salió en todos los periódicos. La pareja perfecta del cine mexicano. Decían. El amor que México necesita ver, escribió el Universal.

Todo fue una puesta en escena. Antonio tosió. Un sonido húmedo y feo. Pepe le acercó un vaso con agua, pero su padre lo rechazó. Las disqueras me presionaron. Columbia Records, específicamente. Mi manager, Ernesto Huerta Castillo, me lo dijo claro. Antonio, necesitas casarte. Necesitas una esposa que le guste a las señoras católicas, que cante, que se vea bien en las fotos. Flor es perfecta.

 Y lo era, Pepe. Era perfecta para la imagen, para las portadas, para las giras donde necesitábamos vender la fantasía del matrimonio ideal. Pero no la amabas, dijo Pepe y no sonó a pregunta. La respetaba, aclaró Antonio. La respeté 57 años. Le fui fiel de cuerpo durante 23 años. Nunca la traté mal.

 Nunca le grité, nunca le levanté la mano, pero amarla negó con la cabeza. Amarla como se supone que un hombre ama a su esposa, con eso que te hace querer morir si ella muere, con eso que te hace pensar en ella cuando despiertas y cuando te duermes. Eso nunca existió. Los monitores seguían pitando, el suero goteaba.

 Afuera alguien caminaba por el pasillo. Pepe se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Entonces, ¿quién?, preguntó. Antonio Aguilar sonró. Una sonrisa pequeña, dolorosa, llena de nostalgia y arrepentimiento. Lola Beltrán, dijo, “Lola fue el amor de mi vida durante 29 años, desde 1967 hasta el día que murió en 1996. 29 años amándola en secreto, 29 años mintiéndole a tu mamá, 29 años siendo un cobarde.

 Pepe sintió que el piso se movía. Lola Beltrán, la voz de México, la mujer que cantaba paloma negra como si le estuvieran arrancando el corazón con las manos. La que llenaba el palacio de bellas artes y hacía llorar a hombres que nunca lloraban. la que murió el 24 de marzo de 1996 de un derrame cerebral a los 61 años. La misma Lola Beltrán, que había cenado en casa de los Aguilar docenas de veces, que había ido a cumpleaños, que había cantado en la boda de Antonio hijo, que Flor llamaba comadre.

No puede ser”, dijo Pepe. “Fue”, respondió Antonio. “Y necesito contarte todo antes de morir, porque alguien tiene que saber la verdad. Alguien tiene que entender por qué fui tan miserable.” Pepe quiso pararse. Quiso abrir la puerta y salir corriendo, pero la mano de su padre lo detuvo. Esa mano de moribundo que temblaba, pero que seguía aferrada a la suya, como si Pepe fuera lo único que lo mantenía atado a la vida.

Escúchame”, suplicó Antonio, “por favor.” Y Pepe se quedó. La conocí el 18 de septiembre de 1967 en el Teatro Blanquita. Yo tenía 48 años. Llevaba 17 años casado con Flor. Ustedes ya habían nacido todos. Antonio hijo tenía 14. Pepe tenías nueve. Marcelo siete, Dalia C. Yo era el charro de México, el hombre que no podía hacer nada mal, el símbolo de la familia perfecta.

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