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EL SANTO: 40 años sin mostrar su rostro, una semana antes de morir la quitó en televisión n

EL SANTO: 40 años sin mostrar su rostro, una semana antes de morir la quitó en televisión n

Hay hombres que nacen con un destino tan pesado que ni ellos mismos lo entienden hasta que ya lo están viviendo. Soy Emiliano Herrera y hoy les voy a contar la historia del hombre que escondió su cara durante más de 40 años y cuando finalmente decidió mostrarla al mundo, le quedaban apenas días de vida.

 Pero antes de llegar a ese momento que cambió la historia del deporte mexicano para siempre, necesitan conocer al niño que existía antes de la máscara, porque sin ese niño nada de lo que viene sentido. El 23 de septiembre de 1910 en Tulancingo, Hidalgo, nació Rodolfo Guzmán Huerta, quinto de siete hermanos, hijo de Jesús Guzmán Campusano y Josefina Huerta Márquez, una familia humilde, trabajadora, que en los años 20 hizo lo que miles de familias mexicanas hacían en aquella época, emigrar a la Ciudad de México buscando una

oportunidad que en el campo ya no existía. se instalaron en Tepito y si conocen Tepito saben que ese barrio no te regala nada, te forma o te destruye, no hay punto medio. Rodolfo creció en las calles de un barrio que exigía dureza para sobrevivir. Jugó béisbol, jugó fútbol americano, pero lo que realmente le llamó la atención fue algo distinto, algo que veía en las arenas improvisadas del barrio, donde hombres enormes se agarraban a llaves y proyecciones mientras la gente gritaba desde las gradas de madera. la lucha y

no era el único. La lucha corría por la sangre de los Guzmán Huerta, su hermano mayor, Miguel, conocido en las arenas como Black Guzmán, ya había debutado profesionalmente a principios de los años 30. Miguel fue un pionero. Desarrolló un estilo aéreo que era inusual para su época, con tijeras voladoras y proyecciones que nadie más.

 Llegó a competir en Texas, a ganar campeonatos en ambos lados de la frontera. Otro hermano, Jesús, luchaba como pantera negra, pero su historia terminó en tragedia. El 12 de agosto de 1934, Jesús murió durante un combate en Puebla. tenía toda la vida por delante. Esa muerte marcó a la familia y marcó a Rodolfo, pero no lo detuvo, al contrario, lo empujó más profundo dentro del mundo que se había llevado a su hermano.

 Pero no se confundan, Rodolfo no empezó con una máscara de plata ni con un nombre legendario. Empezó desde abajo, desde lo más abajo que se a mediados de los años 30, con apenas 17 o 18 años debutó profesionalmente usando su nombre real, Rudy Guzmán. Después probó con otros nombres. Luchó como el hombre rojo, como el demonio negro. Incluso usó el nombre el murciélago enmascarado segmos, tomando prestada la identidad de otro luchador.

 Ninguno funcionó. Rodolfo era buen luchador, técnico, disciplinado. Pero en la lucha libre mexicana de esa época, ser buen luchador no bastaba. Necesitabas algo más, algo que te separara de los otros 200 tipos que también sabían dar una quebradora. hasta que algo cambió. Y cuando cambió, cambió todo. En 1942, un promotor de lucha libre llamado Jesús Lomelí tuvo una idea.

 Quería armar un equipo de luchadores nuevos, todos vestidos de plateado. Necesitaba nombres que resonaran, nombres que la gente recordara al salir de la arena. le presentó a Rodolfo tres opciones. El  el ángel, el santo. Piensen en eso un momento. Si Rodolfo hubiera elegido el toda esta historia sería completamente diferente.

 México tendría un villano en lugar de un héroe, pero eligió el santo. Y con esa decisión que probablemente tomó en cuestión de segundos, cambió la cultura popular de un país entero. El 26 de julio de 1942, en la Arena México, un hombre subió al ring con una máscara plateada que le cubría todo el rostro.

 Nadie sabía quién era. Nadie conocía sus ojos. Nadie iba a conocerlos en las siguientes cuatro décadas. Ese día nació el santo, el enmascarado de plata. Pero lo que pocos saben es que el santo no empezó como héroe. En la lucha libre mexicana existen dos categorías. Los técnicos, que son los buenos, y los rudos, que son los villanos.

El santo debutó como rudo durante sus primeros años. Era el malo de la película, el que [carraspeo] hacía trampa, el que provocaba al público y funcionó. La gente lo odiaba, pero lo odiaba de esa manera en que no puedes dejar de mirar. Le abuchean, le lanzaban cosas, le insultaban desde las gradas y mientras más lo odiaban, más boletos se vendían.

 Fue hasta mediados de los años 40 que los promotores entendieron algo crucial. El santo era más poderoso como héroe que como villano. Lo giraron a técnico y desde ese momento algo extraordinario comenzó a pasar. La gente no solo lo admir en un país donde las instituciones fallaban, donde la justicia era un lujo que los pobres no podían pagar, el santo se convirtió en algo que México necesitaba desesperadamente, un héroe que siempre ganaba contra el mal, un hombre sin rostro que representaba a todos los que no tenían voz. Pero toda leyenda necesita un

rival. Y el santo encontró al suyo. Se llamaba Blue Demon, otro enmascarado, otro gladiador que llenaba arenas. A principios de los años 50, Blue Demon derrotó a el Santo en un combate que sacudió al mundo de la lucha libre. Y a partir de ese momento, la rivalidad entre los dos se convirtió en la más feroz y apasionada que México había visto.

 Eran como dos fuerzas opuestas que no podían coexistir. El público se dividía. Había familias de santos y familias de blue demons. Se peleaban en las calles por quién era mejor. esa rivalidad iba a transformarse en algo completamente inesperado años después. Pero eso viene más adelante y eso nos lleva a algo que necesitan entender antes de seguir adelante, algo que si no lo comprenden van a perderse todo lo que viene después.

 ¿Por qué la máscara importaba tanto? En la lucha libre mexicana, la máscara no es un accesorio, no es un disfraz, no es mercadotecnia. La máscara es la identidad misma del luchador, su honor, su alma. Esta tradición tiene raíces que van mucho más atrás que el rink. En las culturas prehispánicas de México, las máscaras eran objetos de poder.

 Los guerreros aztecas las usaban para canalizar la fuerza de los dioses. Los sacerdotes las portaban en rituales que conectaban el mundo terrenal con el espiritual. La máscara no ocultaba al hombre, lo transformaba en algo superior. Cuando la lucha libre profesional llegó a México en los años 30, esa tradición ancestral se fusionó con el espectáculo.

Los luchadores enmascarados no eran simples atletas con un pedazo de tela en la cara, eran personajes mitológicos vivientes, héroes y villanos de una narrativa que el público mexicano entendía en lo más profundo de su cultura. Y aquí viene lo que hace que todo sea tan intenso. [resoplido] En la lucha libre mexicana existe un tipo de combate llamado lucha de apuestas.

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