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El Padre Pistolas es invitado al programa de Adela Micha… ¡pero lo que dice hace que lo censuren!  

El Padre Pistolas es invitado al programa de Adela Micha… ¡pero lo que dice hace que lo censuren!  

El micrófono quedó encendido cuando nadie miraba. Las palabras del padre Pistolas resonaron por todo el estudio mientras la cara de Adela Micha se transformaba. Lo que vendría después cambiaría para siempre el rumbo de ambos. Antes de continuar con la historia del padre Pistolas y sus controversiales declaraciones, haz clic en me gusta, suscríbete al canal y comenta desde qué parte de México o el mundo estás viendo.

 Tu apoyo nos ayuda a seguir contando estas historias reales. La parroquia de Chucándiro amanecía envuelta en la tranquilidad característica de los pueblos michoacanos. El sol apenas comenzaba a calentar las calles empedradas cuando el padre José Alfredo Gallegos Lara, mejor conocido por todos como el padre Pistolas, terminaba de oficiar la misa matutina.

 Los fieles se despedían con ese respeto mezclado con familiaridad que solo él había logrado inspirar a lo largo de sus años de servicio en aquella comunidad. Padre, tiene una llamada, interrumpió doña Lupita, la señora que llevaba más de 10 años ayudándole con las labores de la parroquia. Dicen que es importante de la Ciudad de México.

 El sacerdote, aún con la casulla puesta, se secó el sudor de la frente con un pañuelo blanco que siempre llevaba en el bolsillo. El calor de julio en Michoacán era implacable, incluso a primera hora de la mañana. ¿De México? Preguntó extrañado mientras se dirigía hacia la pequeña oficina junto a la sacristía. ¿Quién será a estas horas? La oficina era un espacio sencillo pero funcional.

Un escritorio de madera oscura, dos sillas, un crucifijo tallado en la pared y en la esquina un antiguo teléfono fijo que ahora sonaba con insistencia. El padre Pistolas tomó el auricular mientras se aflojaba ligeramente el alzacuello. Bueno, habla el padre Alfredo Gallegos. Buenos días, padre Gallegos, respondió una voz femenina al otro lado de la línea.

 Le habla Mariana Gutiérrez, productora del programa Me lo dijo Adela. Disculpe la hora, pero Adela Micha está muy interesada en tenerlo como invitado especial en nuestro programa La próxima semana. El sacerdote se quedó en silencio por unos segundos. Su nombre había aparecido en medios nacionales en múltiples ocasiones, especialmente tras recuperar su licencia para oficiar misas después de una suspensión que había generado polémica.

Sin embargo, una invitación a uno de los programas más vistos de la televisión mexicana era algo completamente diferente. ¿Sigue ahí, padre?, preguntó la productora ante el silencio. “Sí, aquí estoy,”, respondió finalmente. Me toma por sorpresa. Adela Micha quiere entrevistarme. ¿Y eso por qué? Su historia captado mucho interés, padre.

La manera en que usted habla sobre los problemas que afectan a las comunidades rurales, su postura frente al crimen organizado, las controversias con la jerarquía eclesiástica, Adela cree que el público merece conocer su versión directamente sin filtros. El padre Pistolas se ajustó el revólver que llevaba en la cintura, un gesto casi inconsciente que había incorporado a su rutina diaria desde hace años.

 aquel arma que le había valido su apodo y numerosas críticas, pero que para él representaba la cruda realidad que vivían las comunidades como chucandiro. No sé si sea buena idea, dijo con franqueza, ustedes los de la capital a veces no entienden cómo son las cosas en pueblos como este y yo no soy de andarme con rodeos ni de cuidar mis palabras para quedar bien con nadie.

 La productora soltó una pequeña risa al otro lado de la línea. Precisamente por eso queremos tenerlo, padre. Adela valora la autenticidad. No queremos que cuide sus palabras ni que sea alguien que no es. Queremos justamente al padre Pistolas que todos comentan con su estilo directo y sin tapujos.

 El sacerdote miró por la pequeña ventana de su oficina. Afuera el pueblo comenzaba su actividad diaria. Los niños caminaban hacia la escuela. Los comerciantes abrían sus pequeños negocios y algunos campesinos ya regresaban del campo con productos frescos. Era su gente y él había dedicado su vida a servirles y protegerles a su manera.

 ¿Cuándo sería? preguntó finalmente, “El próximo miércoles mandaríamos un auto por usted el martes para que se hospede en la ciudad y esté descansado para el programa.” El padre Pistolas reflexionó por unos momentos. Quizás esta era una oportunidad para hablar de los verdaderos problemas que enfrentaban las comunidades rurales, lejos de las opiniones filtradas de políticos y funcionarios que rara vez pisaban estos lugares.

 Está bien, respondió con determinación, pero con una condición. Iré con mi propia camioneta. No me gusta depender de nadie para moverme como usted prefiera, padre”, respondió la productora sin poder ocultar su entusiasmo. “Le enviaremos todos los detalles por mensaje. El programa comienza a las 10 de la mañana, pero necesitamos que esté en el estudio a las 8 para maquillaje y sonido.” Maquillaje.

El padre soltó una carcajada ronca. Mire, señorita, yo voy como soy, sin maquillajes ni arreglos. O me aceptan así con esta cara que Dios me dio o mejor busquen a otro. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. De acuerdo, padre. Lo consultaré con Adela, pero estoy segura que no habrá problema. Lo importante es que haya aceptado la invitación.

 Tras colgar, el padre Pistolas permaneció sentado en su escritorio por varios minutos. Por su mente pasaron todas las posibles preguntas que podrían hacerle, todos los temas controversiales que había tocado a lo largo de su ministerio, su postura sobre el uso de armas para defenderse del crimen organizado, sus críticas a algunos políticos, sus remedios naturales que había promovido entre la gente, sus comentarios sobre diversas situaciones sociales que le habían valido amonestaciones de la jerarquía eclesiástica. Doña Lupita tocó

suavemente a la puerta antes de asomarse. “Todo bien, padre”, preguntó con genuina preocupación. “Sí, Lupita”, respondió mientras se levantaba y se quitaba la casulla. “Me han invitado a un programa de televisión en la ciudad de México con Adela Micha.” La mujer abrió los ojos con sorpresa. “Ave María purísima.

 ¿Y va a ir?” “Pues ya dije que sí”, contestó con ese tono directo que lo caracterizaba. Tal vez ya es hora de que en la capital escuchen algunas verdades, aunque no les gusten. Mientras salía de la oficina, el padre Pistolas ya sentía esa mezcla de nerviosismo y determinación que siempre precedía a sus momentos más definitorios. No lo sabía en ese momento, pero aquella llamada telefónica era el comienzo de lo que se convertiría en uno de los episodios más comentados de la televisión mexicana reciente.

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