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El pacto secreto de Isabel Preysler y el ministro: un amor clandestino, trece baños y un testamento bajo sospecha.

El pacto secreto de Isabel Preysler y el ministro: un amor clandestino, trece baños y un testamento bajo sospecha. ¿Qué ocultó realmente Miguel Boyer antes de perder la voz para siempre tras su trágico ictus y por qué su familia desató una despiadada guerra por su herencia silenciada?

Lo que Isabel Preysler y Miguel Boyer ocultaron treinta años — y el testamento que lo cambió todo 

Febrero de 2012. El hombre que había rediseñado la economía de una nación entera yacía en la UCI del hospital Ruber, sin poder pronunciar las palabras que durante décadas habían movido mercados y derribado ministros. A su lado estaba Isabel Presisler, la mujer por la que lo había dejado todo, la mujer que muchos nunca le perdonaron.

Y en ese momento, la única persona en esa habitación que sabía de verdad lo que había costado llegar hasta allí. El 29 de septiembre de 2014, Madrid amaneció como cualquier otro día de otoño. Nubes bajas, temperatura suave, la ciudad funcionando a su ritmo habitual, pero en el hospital Ruber Internacional algo se estaba acabando.

Miguel Boller Salvador, el economista que había diseñado la modernización financiera de la España democrática, el ministro al que Felipe González confió las llaves del haciendo de la hacienda del país. Falleció de una embolia pulmonar. Tenía 75 años. Días después, en el cementerio de San Isidro, se formó una imagen que resultaba difícil de ignorar.

 De un lado, Isabel Prisler, de negro impecable, junto a su hija Ana y al entonces novio de esta, el tenista Fernando Verdasco. Verdasco le tomó la mano al entrar al recinto, un gesto pequeño captado por los fotógrafos que decía algo sobre quién daba apoyo, a quién en ese momento.

 Del otro lado, a distancia calculada, los hijos del primer matrimonio de Boer, Laura y Miguel Arnedo, eran consolados por Tamara Falcó, que no guardaba ningún lazo de sangre con el difunto. Ana permaneció junto a su madre. El espacio entre los dos grupos no superaba 10 m. En décadas de historia familiar no resuelta, era un mundo entero.

30 años antes, España había visto nacer esta historia con una mezcla de fascinación y escándalo. La había seguido en las portadas de hola, en los debates de la prensa política, en las exclusivas pagadas y en los silencios estratégicos. El relato que circuló siempre fue el mismo.

 El ministro más brillante del socialismo español había renunciado a su cargo, a su matrimonio y a su posición moral dentro de su propio partido por la mujer más fotografiada del país. Pero la imagen en San Isidro hablaba de algo más. Hablaba de un precio y ese precio no lo había pagado solo él. ¿Qué le ocurre al hombre de poder cuando elige habitar el mundo de otra persona? ¿En qué momento dejó de ser el arquitecto de la economía española para convertirse ante los ojos de todos simplemente en el marido de Isabel Prisler? ¿Cuándo comenzó ese cambio? ¿Y

quién, si acaso alguien lo advirtió antes de que fuera demasiado tarde? Para entender lo que se cerró ese otoño de 2014, hay que regresar atrás a una España que estaba aprendiendo a ser libre a 1982 y a un almuerzo en la casa de una mujer llamada Mona Jiménez. En la primavera de 1982, Miguel Boyer no era todavía ministro.

Era economista, dirigente del PES OE, un intelectual de gestos contenidos y argumentos precisos que hablaba de los mercados financieros con la soltura de quien domina un idioma natal. Isabel Prisler llevaba 2 años casada con Carlos Falcó, marqués de Griñón. Era ya entonces lo que sería durante décadas la mujer más fotografiada de la prensa del corazón española.

El encuentro ocurrió en una de esas tertulias de los 80, donde la España que emergía del franquismo mezclaba sin pudor, política, arte, periodismo y dinero. Mona Jiménez, [carraspeo][música] dama peruana residente en Madrid, organizaba en su casa almuerzos a los que acudían periodistas, empresarios y figuras del mundo político.

 Uno de aquellos días, Boer e Isabel coincidieron. Quienes estuvieron presentes contaron después que fue un flechazo. Él, serio y magnético. Ella, elegante y con una presencia que llenaba cualquier sala. Meses después, en octubre de 1982, Felipe González ganó las elecciones generales con mayoría absoluta.

El PSOE llegaba al poder después de décadas de dictadura. Boer fue nombrado ministro de Economía y Hacienda. Era uno de los cerebros más respetados del nuevo gobierno. El hombre al que se encomendó poner en orden las finanzas de un país que quería modernizarse a toda velocidad. Durante los primeros años la relación fue clandestina.

Ambos seguían casados con sus respectivas parejas. Pero en julio de 1985, cuando presentó su dimisión como ministro, los dos matrimonios se deshicieron en cuestión de días. Carlos Falcó abandonó el domicilio familiar. Elena Arnedo firmó la solicitud de divorcio y la prensa rosa española, que llevaba meses rastreando indicios, confirmó lo que ya era un secreto a voces.

 Lo que siguió fue uno de los romances más cubiertos por Hola en toda la historia de la revista. Isabel y Miguel comenzaron a aparecer juntos en actos públicos. En enero de 1988 contrajeron matrimonio civil en una ceremonia íntima, tal como Boer había exigido. En abril de 1989 nació Ana Boer Prisler, la hija de ambos.

 España los vio construir una vida. Boer se incorporó al sector privado, alejado de la política formal. Isabel siguió siendo Isabel. portadas, contratos publicitarios, la mansión en el barrio de Puerta de Hierro, que se convertiría en el símbolo visible de su vida en común. Una pareja que vista desde fuera parecía haber ganado algo que pocas personas consiguen.

 El amor construido en sus propios términos, con el mundo entero mirando y sin rendirse a él del todo. Nadie preguntó entonces qué había tenido que ceder cada uno para que eso fuera posible. Esa pregunta tardó décadas en hacerse y cuando se hizo, Boer ya no podía responderla. Boer llegó a decir en algún momento de su enfermedad que Isabel le había salvado la vida.

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