Posted in

¿El mayor secreto del cine? El día que el orgullo de María Félix y Sophia Loren desató una tormenta en Roma

¿El mayor secreto del cine? El día que el orgullo de María Félix y Sophia Loren desató una tormenta en Roma: la burla que terminó en un pacto de silencio absoluto y lágrimas ocultas que el mundo jamás debió descubrir hasta hoy.

El día que Sophia Loren se burló de María Félix en público – Su respuesta dejó a todos helados

Había dos tipos de mujeres en el mundo del cine de los años 60, las que eran bellas y las que eran peligrosas. Sofía Loren era ambas cosas, María Félix también. Y esa noche en Roma, el universo cometió el error de ponerlas en la misma habitación. Antes de continuar, no olvides suscribirte al canal para seguir escuchando más historias como estas.

Roma, octubre de 1969. La ciudad todavía olía a verano tardío esa mezcla de piedra caliente y ja que solo existe en Italia cuando el otoño no se decide a llegar en una villa privada de los alrededores del Trastevere. Federico Fellini había organizado una cena que, según los que estuvieron ahí fue la más extraña, la más tensa y la más inolvidable de toda esa década.

 Los invitados eran lo que el mundo llamaba genios, directores, pintores, escritores, actores de tres continentes, gente acostumbrada a ser el centro de cualquier habitación. Pero esa noche, desde el momento en que llegó la primera de las dos, nadie miraba a ningún otro lado. Sofia Lauren llegó primero. Tenía 35 años y llevaba un vestido negro que parecía hecho específicamente para recordarle al mundo que ella no necesitaba colores para incendiar una habitación.

 Entró sola sin su esposo Carlo Pontti, que había cancelado a último momento. Entró como entraba siempre, como si el suelo que pisaba le perteneciera desde antes de nacer. Los hombres dejaron de hablar, las mujeres también, aunque por razones distintas. Felini la recibió con dos besos y una sonrisa que decía todo lo que no podía decir en voz alta.

 “Esta noche va a ser memorable”, le susurró. Sofía sonríó. No sabía todavía cuánta razón tenía. Durante 20 minutos, la cena fue exactamente lo que se esperaba de una reunión de esa magnitud. Conversaciones brillantes, vino caro, risas calculadas. Sofía hablaba con un director francés sobre su próxima película cuando sintió algo.

 No escuchó nada, no vio nada, solo sintió que algo en la temperatura de la habitación había cambiado. Se dio vuelta. María Félix había entrado y el mundo por un momento se detuvo. No era solo su belleza, aunque esa belleza era de las que dejan una marca permanente en la memoria de quien la ve. Era algo más.

 Era la forma en que María Félix ocupaba el espacio. No caminaba hacia una habitación, la tomaba, no llegaba a una fiesta, la conquistaba. Llevaba un vestido rojo que parecía una declaración de guerra y joyas que habrían hecho llorar de envidia a cualquier reina europea. Tenía 51 años esa noche y se veía como si el tiempo le tuviera miedo.

Felini fuer por feir no fue a recibirla con la misma sonrisa de antes. Sofía observó la escena desde el otro lado del salón. Vio como todos los ojos de la habitación se movieron hacia María. vio como los hombres que un minuto antes la miraban a ella, ahora miraban a la recién llegada y sintió algo que rara vez sentía, algo que no iba a admitir esa noche ni en los años que siguieron.

Las dos mujeres se miraron desde la distancia, una fracción de segundo, una fracción que contenía todo lo que estaba por venir. Felini, con esa genialidad suya para crear escenas que nadie pidió, pero que todos necesitaban, las guió hacia la misma mesa. Hay momentos en la vida que uno reconoce mientras están ocurriendo.

 Momentos en los que algo dentro de ti dice, “Presta atención, esto no va a repetirse.” Los que estaban en esa cena dijeron después que desde el instante en que Sofía Loren y María Félix se sentaron una frente a la otra, el aire en la habitación cambió como antes de una tormenta, como cuando dos fuerzas de la naturaleza deciden ocupar el mismo territorio.

 Las presentaciones fueron correctas, demasiado correctas. El tipo de cortesía que es en realidad una forma de combate. Sofía extendió el mano primero. María la tomó. Un apretón breve, firme, dos reinas que se reconocen mutuamente sin ceder un centímetro de terreno. “¡Qué placer que conocerla”, dijo Sofía en francés, “El idioma neutral que ambas dominaban.

 He admirado su trabajo desde hace mucho tiempo.” María sonrió. Una sonrisa perfecta, construida durante décadas frente a cámaras y espejos. “El placer es mío”, respondió. Aunque debo decir que pensé que era más alta. El silencio que siguió duró exactamente dos segundos. Luego Sofía soltó una carcajada breve, casi involuntaria, y en esa risa, los que la conocían bien pudieron leer lo que en realidad pensaba. La cena comenzó.

 Lo que pasó durante las siguientes dos horas fue, según los testigos, una obra maestra de la tensión contenida. Dos mujeres extraordinariamente inteligentes, extraordinariamente conscientes de su propio poder, moviéndose alrededor la una de la otra como dos planetas que se atraen y se repelen al mismo tiempo. Hablaban con los demás invitados, reían en los momentos correctos, bebían vino con elegancia, pero todo el mundo en esa mesa sabía que la conversación real, la que importaba, era la que no se estaba diciendo. Un director italiano intentó

provocar la chispa directamente. Les preguntó a ambas qué pensaban sobre el papel de la mujer en el cine contemporáneo. Una pregunta diseñada para crear fricción. María respondió primero. El cine siempre ha usado a las mujeres dijo. Con esa voz suya que sonaba como terciopelo sobre piedra. Las ha usado como decoración, como premio, como símbolo, muy pocas veces como personas. Todos miraron a Sofía.

Esperaban una respuesta diplomática. El tipo de declaración cuidadosa que dan las estrellas cuando no quieren crear controversia. Sofía dejó su copa sobre la mesa. Miró a María directamente por primera vez desde que se habían sentado. Tienes razón, dijo. Y lo más interesante es que las mujeres que logramos escapar de ese molde tuvimos que pagar un precio que ningún hombre ha pagado jamás.

 María la miró. Algo cruzó por sus ojos, algo que no era exactamente hostilidad, pero tampoco era calidez, era reconocimiento. El tipo de reconocimiento que duele un poco porque viene de alguien que uno preferiría no entender. ¿Y cuál fue su precio?, preguntó María. La pregunta iba dirigida a Sofía, pero la habitación entera contuvo la respiración porque todos sabían que en realidad María se la estaba haciendo a sí misma.

Read More