Porque si algo me pasa, che, necesito que alguien sepa la verdad. Necesito que alguien en quien confío completamente sepa que no fue un accidente. El corazón del Che se detuvo. No digas eso. No basa, escúchame, interrumpió Camilo, agarrando los hombros del Che con fuerza. Este avión tiene problemas reportados en el sistema de combustible.
Lo sé porque hablé con el mecánico esta mañana. Le pregunté por qué no se había reparado antes de mi vuelo. ¿Sabes qué me dijo? Que recibió órdenes de que el avión estaba autorizado para volar. De todos modos, el che sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Órdenes de quién. Su voz sonaba extraña en sus propios oídos. Camilo no respondió directamente, en cambio dio un paso atrás y se quitó su legendario sombrero de cowboy.
Lo sostuvo entre sus manos por un momento, como si estuviera memorizando cada detalle. Luego se lo entregó al Che. Guárdalo por mí, hermano. Si regreso, me lo devuelves. Si no regreso, bueno, entonces sabrás que tenía razón. El Che tomó el sombrero con manos temblorosas. Camilo, no subas a ese avión, por favor.
Podemos ir juntos ahora mismo a ver a Fidel. Podemos hablar de esto. Podemos. Podemos. ¿Qué? Che. La voz de Camilo era suave, pero firme. Acusar al líder de la revolución de planear matar a uno de sus comandantes, sin pruebas, solo con mi paranoia y un reporte de mantenimiento, destruiríamos todo lo que hemos construido.
El piloto gritó desde el avión. Era hora de partir. Las nubes tormentosas se acercaban rápidamente. Camilo se acercó para un último abrazo. El Che lo sostuvo fuerte, como si al aferrarse a él pudiera mantenerlo en tierra. mantenerlo seguro y fue en ese abrazo con sus cabezas juntas y el ruido del viento, ocultando sus palabras de cualquier oído indiscreto.
Que Camilo susurró las cinco palabras que cambiarían la vida del Che para siempre. Si no regreso, desconfía de Fidel. El Che se quedó congelado. Quería responder, quería gritar, quería arrastrar a Camilo lejos del maldito avión. Pero antes de que pudiera hacer o decir nada, Camilo se separó. Nos vemos mañana, hermano”, dijo Camilo en voz alta con esa sonrisa característica de vuelta en su rostro, como si los últimos minutos nunca hubieran ocurrido.
“Nos vemos mañana”, repitió el Che automáticamente. Aunque ambos sabían que era una mentira, Camilo caminó hacia el Cesna sin mirar atrás. El Che se quedó de pie en la pista, sosteniendo el sombrero de cowboy, mientras su mejor amigo subía al avión que lo llevaría a la muerte. El Cesna despegó a las 4:20 de la tarde.
El Che observó hasta que se convirtió en un punto pequeño contra el cielo cada vez más oscuro. Luego simplemente desapareció entre las nubes. El Che permaneció en el aeropuerto durante dos horas más, incapaz de moverse, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Finalmente, cuando la oscuridad cayó completamente, condujo de regreso a la Habana en un estado de shock.
llegó a su casa después de medianoche. Aleida lo esperaba despierta, preocupada. ¿Dónde estabas? Te he estado buscando todo el día. El Che no respondió, simplemente caminó hasta su estudio, cerró la puerta y se sentó en su escritorio. Frente a él estaba su diario personal, un cuaderno de cuero marrón donde registraba sus pensamientos más privados.
con manos temblorosas abrió una nueva página y comenzó a escribir. 28 de octubre de 1959. Hoy vi a Camilo por última vez. Me dijo cinco palabras que nunca podré olvidar, pero antes de que pudiera escribir esas palabras, sonó el teléfono. Era pasada la medianoche. El che sabía, incluso antes de contestar qué era lo que iba a escuchar.
Che era la voz de Fidel y sonaba devastada. El avión de Camilo ha desaparecido. Control de tráfico aéreo perdió contacto hace 4 horas. Hemos estado tratando de localizarlo, pero la voz de Fidel se quebró. Che, no podemos encontrarlo. El Che cerró los ojos. Las cinco palabras de Camilo resonaban en su mente como una sentencia de muerte.
Si no regreso, desconfía de Fidel. Estaré ahí en 20 minutos dijo el Che. Su voz mecánica vacía. colgó el teléfono y miró el sombrero de cowboy que había colocado en su escritorio. Ya no era solo un sombrero, era evidencia, era una acusación silenciosa. Era la última voluntad y testamento de un hombre que sabía que iba a morir.
El Che tomó el sombrero y lo guardó en el cajón inferior de su escritorio bajo montones de papeles. Cuando el Che llegó al palacio de la revolución, encontró a Fidel en su despacho, rodeado de mapas y reportes. El líder de la revolución tenía los ojos rojos. De lágrimas o de falta de sueño, el Che no podía saberlo. “Che, gracias por venir.
” Fidel se levantó y abrazó al Che. Era un abrazo que se sentía ensayado o el Che estaba volviéndose paranoico. “Tenemos que encontrarlo.” dijo Fidel. “He ordenado una búsqueda masiva. Cada barco, cada avión disponible. Camilo es nuestro hermano, no descansaremos hasta cuándo ordenaste la búsqueda? La pregunta del chef fue suave, pero cortante.
Fidel parpadeó. ¿Qué? El avión desapareció a las 6:40 y 7 de la tarde, según dijiste. Son casi la 1 de la madrugada. ¿Cuándo exactamente ordenaste la búsqueda masiva? Un silencio incómodo llenó la habitación. Che, no entiendo qué estás insinuando. Obviamente ordené la búsqueda inmediatamente cuando inmediatamente o esperaste a ver si realmente era necesario.
El rostro de Fidel se endureció. Cuidado con lo que dices, che. Estamos todos devastados, pero eso no te da derecho a Hablé con Camilo hoy. Interrumpió el Che antes de que subiera al avión. Fidel se quedó muy quieto. ¿Y qué te dijo? El Che sostuvo la mirada de Fidel. En ese momento tuvo que tomar una decisión que lo perseguiría por el resto de su vida.
Podía decir la verdad, podía revelar las cinco palabras de Camilo, podía acusar a Fidel directamente o podía guardar silencio, proteger la revolución y cargar con el secreto. Solo me dijo que te viera esta noche, mintió el Che. Me dijo que te asegurara. Matos estaba asegurado y que el informe completo llegaría mañana.
Fidel asintió lentamente. Típico de Camilo, siempre profesional hasta el final. Hasta el final. La elección de palabras hizo que el estómago del Che se retorciera. Voy a unirme a la búsqueda, dijo el Che. Quiero estar en uno de los barcos. No, respondió Fidel firmemente. Te necesito aquí coordinando con el Ministerio del Interior.
Tu experiencia militar es No es una sugerencia fidel. La voz del Che era fría como el acero. Voy a buscar a mi hermano. Los dos hombres se miraron. Por primera vez en años. Había una tensión palpable entre ellos. Finalmente, Fidel asintió. Está bien, pero, Che, necesito que entiendas algo. Fidel caminó hacia la ventana dándole la espalda al Che.
A veces en una revolución suceden tragedias, accidentes, cosas que no podemos controlar ni predecir. Y cuando esas tragedias ocurren, tenemos que ser fuertes, tenemos que seguir adelante, porque la revolución es más grande que cualquiera de nosotros, incluso más grande que Camilo. El Che sintió que la sangre se le helaba.
¿Qué estás tratando de decirme, Fidel? Fidel se volvió. Su rostro era una máscara impenetrable, solo que a veces, che, el destino toma decisiones que nosotros no podemos y tenemos que aceptarlas por el bien de Cuba, por el bien de todo lo que hemos construido. En ese momento, el Che supo con certeza absoluta que Camilo había tenido razón.
Los siguientes nueve días fueron un infierno. Miles de voluntarios se unieron a la búsqueda. Decenas de barcos peinaron el mar entre Camagüy y la Habana. Aviones sobrevolaban el área constantemente. El Che apenas durmió, pasando cada hora disponible en el mar, escudriñando las olas, buscando cualquier señal de su amigo, pero no encontraron nada, ni restos del avión, ni cuerpos, ni siquiera escombros flotando en el agua.
Era como si el Cesna y todos en él hubieran sido tragados por el mar sin dejar rastro. Y durante esos 9 días, El Che observó a Fidel. observó como el líder de la revolución organizaba ceremonias, cómo daba discursos emotivos sobre la pérdida de nuestro querido hermano Camilo, cómo lloraba públicamente. Todo perfectamente ejecutado, todo perfectamente timing, demasiado perfecto.
El 7 de noviembre, exactamente 10 días después de la desaparición, Fidel declaró oficialmente a Camilo 100 fuegos muerto. Habría un funeral nacional, un monumento. Camilo sería recordado como un héroe de la revolución para siempre. Esa noche, después del anuncio oficial, el Che regresó a su estudio, sacó su diario y finalmente completó la entrada que había comenzado 10 días antes.
28 de octubre de 1959. Hoy vi a Camilo por última vez. Me dijo cinco palabras que nunca podré olvidar. Si no regreso, desconfía de Fidel. no regresó y ahora tengo que vivir con una verdad que no puedo probar y no puedo compartir, porque si lo hago, destruiré la revolución y si no lo hago, traiciono a mi hermano.
Camilo, donde quiera que estés, perdóname. He elegido la revolución sobre ti. He elegido el silencio sobre la justicia. Y esta elección me matará lentamente, día tras día, hasta que finalmente esté contigo de nuevo, tu hermano en el pecado, Ernesto. El Che cerró el diario y lo guardó. Luego sacó el sombrero de cowboy del cajón.
Lo sostuvo en sus manos, sintiendo el peso de todo lo que representaba. Y por primera vez desde que Camilo había desaparecido, el cheegue vara lloró. noviembre de 1959 se convirtió en el mes más largo de la vida de Ernesto Cheegevara. Cada mañana despertaba esperando noticias de que habían encontrado a Camilo. Cada noche se dormía sabiendo que no la sabría.
Los primeros días después de la desaparición, El Che se unió personalmente a la búsqueda. Pasó 72 horas consecutivas en un barco de la Marina, escudriñando el horizonte con binoculares, buscando cualquier señal de vida, cualquier resto del Cesna. Pero el Mar Caribe se lo había tragado todo sin dejar rastro.
Era como si Camilo 100 fuegos nunca hubiera existido, como si ese avión hubiera volado directamente a otra dimensión. En La Habana, Fidel organizaba ceremonias públicas. Miles de cubanos marchaban por las calles gritando el nombre de Camilo, arrojando flores al mar en su honor. El Che observaba estas escenas con una mezcla de dolor y repulsión.
Veía a Fidel dar discursos apasionados sobre nuestro hermano perdido, lágrimas corriendo por sus mejillas. Y cada vez que Fidel lloraba en público, el che recordaba las cinco palabras. Si no regreso, desconfía de Fidel. ¿Eran esas lágrimas reales o eran parte de una actuación perfectamente coreografiada? El Che ya no podía distinguir la diferencia.
El 7 de noviembre de 1959, exactamente 10 días después de la desaparición, Fidel Castro declaró oficialmente muerto a Camilo sin fuegos. Habría un funeral nacional sin cuerpo, un monumento sin tumba, un héroe sin restos que enterrar. Esa noche, el che regresó a su casa después de la ceremonia oficial.
A Leida, su esposa, lo esperaba en la sala. Ella había visto el deterioro de su esposo durante esos 10 días. Ernesto había perdido peso, tenía ojeras profundas y sus manos temblaban constantemente. “Ernesto, tienes que hablar conmigo”, le dijo a Leida con voz suave pero firme. “Algo te está destruyendo por dentro y no puedo ayudarte si no me dices qué es.
” El ch la miró con ojos vacíos. Quería decirle todo. Quería compartir el peso insoportable que llevaba. Pero, ¿cómo podía explicarle que sospechaba que el líder de la revolución, el hombre que todos veneraban como un dios, había orquestado la muerte de su mejor amigo? ¿Y cómo podía admitir que él, el Che, había elegido guardar silencio? Es solo el dolor por Camilo. Mintió.
Era mi hermano. Necesito tiempo. Aleida lo abrazó, pero el Che permaneció rígido en sus brazos. No podía permitirse sentir consuelo. No lo merecía. Los meses siguientes fueron una pesadilla interminable. El Che se sumergió en el trabajo esperando que la actividad incesante lo distrajera de sus pensamientos.
Como ministro de industrias trabajaba 18 horas al día implementando políticas económicas, visitando fábricas, dando discursos. Pero cada noche, cuando finalmente se quedaba solo en su despacho, sacaba su diario y escribía páginas y páginas sobre Camilo, sobre las cinco palabras, sobre su cobardía al no revelar la verdad. 28 y de noviembre de 1959.
Han pasado 30 días. Cada día que pasa sin que yo hable, es otro día que traiciono a Camilo. ¿En qué me he convertido? ¿En qué nos hemos convertido todos? 15 de diciembre de 1959. Hoy Fidel habló en un acto sobre Camilo. Dijo que Camilo era el revolucionario perfecto que dio su vida por Cuba. Casi vomité. Camilo no dio su vida.
Se la quitaron y yo lo sé y no hago nada. 3 de enero de 1960. 3 meses. He guardado este secreto durante 3 meses. Me está matando lentamente. Pero si hablo, ¿qué sucede? Destrozo la revolución. Doy municiones a los enemigos de Cuba. Camilo, donde quiera que estés, perdóname, no sé qué hacer.
Febrero de 1960 trajo un encuentro que cambiaría aún más la perspectiva del Che. Un mecánico del aeropuerto de Camawei, llamado Roberto García, solicitó una reunión privada con él. El hombre tenía 45 años, manos callosas de trabajador y ojos que no podían sostener la mirada del che. “Comandante Guevara”, comenzó Roberto con voz temblorosa.
Necesito decirle algo sobre el avión del comandante C fuegos. El corazón del Che se aceleró. ¿Qué sabes? Roberto sacó un papel arrugado de su bolsillo. Era un reporte de mantenimiento fechado el 26 de octubre de 1959, dos días antes del vuelo de Camilo. Yo revisé ese Cesna personalmente. Tenía problemas serios en el sistema de combustible.
Escribí este reporte recomendando que no volara hasta que fuera reparado completamente. El Che tomó el papel con manos temblorosas. Efectivamente, allí estaba la firma de Roberto y la recomendación clara. No autorizado para vuelo hasta reparación completa. ¿Y qué pasó?, preguntó el Che, aunque ya conocía la respuesta.
Recibí una llamada la mañana del 28. Me dijeron que el avión estaba autorizado para volar de todos modos, que el comandante 100 fuegos tenía prisa y que el avión era suficientemente seguro. ¿Quién te llamó? No lo sé, comandante. La voz no se identificó, pero la orden venía de alto nivel, muy alto nivel. El Che guardó el reporte de mantenimiento en el cajón de su escritorio junto al sombrero de cowboy de Camilo. Ahora tenía evidencia física.
No era solo paranoia o las últimas palabras de un amigo preocupado. Era un documento oficial que probaba que el avión no debería haber volado ese día. Y alguien, alguien con poder suficiente para anular protocolos de seguridad había ordenado que volara de todos modos. Esa noche el Che consideró seriamente confrontar a Fidel directamente.
Podría mostrarle el reporte de mantenimiento, podría exigir una investigación. Pero entonces pensó en las consecuencias. Roberto García, el mecánico que había sido lo suficientemente valiente como para venir a él, ¿qué le pasaría? probablemente sería arrestado por difundir rumores contra revolucionarios y el che mismo le pasaría.
Fidel no lo mataría, eso sería demasiado obvio, pero podría marginarlo, convertirlo en irrelevante, erosionar su poder poco a poco hasta que el che no fuera más que una figura decorativa. Y entonces, ¿quién quedaría para recordar a Camilo? ¿Quién quedaría para conocer la verdad? Soy un cobarde, escribió el Che esa noche. Un maldito cobarde.
Y Camilo murió porque confiaba en que yo sería valiente. 1960 se convirtió en 1961. 1960 y un en 1962. Los años pasaban, pero el peso en el pecho del Che solo se hacía más pesado. Su relación con Fidel se deterioraba constantemente. En las reuniones del gabinete, el Che se volvió cada vez más crítico, cuestionando decisiones, desafiando políticas.
No era solo por diferencias ideológicas, era porque cada vez que veía a Fidel veía al hombre que probablemente había matado a Camilo. Y cada vez que no lo acusaba públicamente, el Che se sentía más y más como un cómplice. En octubre de 1962, el mundo estuvo al borde de la aniquilación nuclear durante la crisis de los misiles.
La Unión Soviética había instalado misiles nucleares en Cuba. Estados Unidos exigió su remoción. Durante 13 días, la humanidad contuvo el aliento mientras dos superpotencias jugaban a la ruleta rusa con el destino del planeta. El Che asistió a las reuniones de emergencia donde se discutía la crisis. Su posición fue clara y aterradora.
Cuba debería estar dispuesta a usar esos misiles, incluso si eso significaba la destrucción total de la isla. Si vamos a morir, argumentó el Che con pasión, que sea con honor, que sea defendiendo nuestros principios hasta el último aliento. Prefiero ver a Cuba convertida en cenizas radiactivas antes que ver la revolución humillada.
Fidel lo miraba como si estuviera loco. Cuando Nikita Kruscheev finalmente acordó con John F. Kennedy retirar los misiles a cambio de promesas de no invasión, el Che sintió que algo se rompía definitivamente dentro de él. Fidel había aceptado el acuerdo, había elegido la supervivencia sobre los principios, había demostrado que cuando llegaba el momento crucial estaba dispuesto a negociar, a comprometer, a hacer lo que fuera necesario para mantener el poder.
Y en ese momento, El Che entendió completamente lo que Camilo había visto 3 años antes. Fidel no era el revolucionario puro e incorruptible que pretendía ser. era un político y los políticos hacían cálculos. Camilo había sido un cálculo. Su muerte había sido conveniente. Había eliminado a un rival potencial.
Había consolidado el poder de Fidel. No había sido personal, había sido simplemente política. Esa noche el Che vomitó en el baño de su casa. Vomitó hasta que no quedó nada en su estómago y luego siguió con arcadas secas. Aleida lo encontró allí arrodillado en el suelo del baño temblando. “Ernesto, por Dios, ¿qué te está pasando?” “Nada”, mintió él una vez más, “solo el estrés de la crisis.
” Pero ambos sabían que era algo más, algo que lo estaba devorando desde adentro. 1963 trajo más viajes internacionales. El Che representaba a Cuba en conferencias en África, Asia, Europa. Oficialmente estaba difundiendo el mensaje revolucionario, pero en realidad estaba buscando una salida. Estaba explorando dónde podría continuar la revolución lejos de la sombra de Fidel.
En Argelia conoció a líderes revolucionarios que hablaban de liberación africana. En el Congo, escuchó sobre movimientos guerrilleros que necesitaban experiencia militar. En cada lugar, el Che evaluaba posibilidades. Podría hacer aquí lo que ya no podía hacer en Cuba. Podría redimirse aquí. En diciembre de 1964, el Che dio su famoso discurso en las Naciones Unidas sin consultar a Fidel.
criticó duramente a la Unión Soviética, llamó a los países socialistas cómplices del imperialismo por su política de coexistencia pacífica con Occidente. El discurso fue un escándalo internacional. Cuba dependía completamente de la ayuda soviética para sobrevivir. El Che acababa de insultar a los patrocinadores de su país.
Cuando regresó a La Habana, Fidel lo estaba esperando en el aeropuerto. El Che nunca había visto al comandante tan furioso. No hablaron allí. Pero esa noche Fidel convocó al Che a una reunión privada en el Palacio de la Revolución. Sería una conversación que definiría el resto de sus vidas. 5 de marzo de 1965, el Che entró al despacho de Fidel a las 11 de la noche.
Era el mismo despacho donde 5 años antes habían hablado sobre la desaparición de Camilo. Los fantasmas de aquella conversación llenaban la habitación. Fidel estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda al Che. ¿Sabes cuánto daño has hecho? Comenzó Fidel sin volverse. Los soviéticos están furiosos.
Están amenazando con cortar la ayuda. Sin esa ayuda, Cuba muere. Millones de cubanos pasan hambre. Todo porque tú decidiste que tu pureza ideológica era más importante que la supervivencia de una nación. El Che se sentó sin que lo invitaran. Estaba cansado. Tan cansado. Dije la verdad, Fidel. Algo que tú has olvidado cómo hacer. Fidel se volvió bruscamente.
La verdad. ¿Quieres hablar de verdades, che? Entonces, hablemos de verdades. Tú crees que eres el único revolucionario puro, que el resto de nosotros somos corruptos, comprometidos, pero déjame decirte una verdad, la pureza es un lujo que solo pueden permitirse los que no tienen que gobernar. Camilo era puro, dijo el cheque da mente.
El nombre cayó entre ellos como una granada. Fidel se quedó paralizado. Por un largo momento, ninguno de los dos habló. No te atrevas”, dijo Fidel finalmente, su voz baja y peligrosa. “No te atrevas a usar su nombre para atacarme.” El Che se levantó, sacó de su chaqueta el reporte de mantenimiento que Roberto García le había dado 5 años antes.
Lo colocó en el escritorio de Fidel. “¿Sabes qué es esto?”, preguntó. Fidel miró el papel, pero no lo tocó. Es el reporte de mantenimiento del Cesna que Camilo voló el 28 de octubre de 1959. El avión tenía fallas serias. No debería haber volado ese día, pero alguien dio la orden de que volara de todos modos. El rostro de Fidel era una máscara impenetrable.
Los accidentes pasan, “Che, las tragedias ocurren. Camilo me lo dijo.” Continuó el Che, su voz ganando fuerza. antes de subir al avión me dijo que tú ibas a matarlo. Me dijo que desconfiara de ti y yo no le creí. Pensé que estaba siendo paranoico, pero tenía razón, ¿verdad, Fidel? Camilo era demasiado popular.
Era una amenaza para tu poder, así que creaste las condiciones perfectas para un accidente. Fidel caminó lentamente hacia el Che hasta que estuvieron cara a cara. Escúchame muy bien, Ernesto. No sé qué fantasías has estado construyendo en tu cabeza durante 5 años, pero Camilo murió en un accidente, un trágico, horrible accidente.
Entonces, ¿por qué la búsqueda tomó 12 horas en comenzar seriamente?, presionó el Che. ¿Por qué los recursos llegaron tan lentamente? ¿Por qué cada decisión que tomaste esa noche parecía diseñada para asegurar que si Camilo había sobrevivido al impacto, no sobreviviría el tiempo suficiente para ser rescatado? Fidel golpeó el escritorio con tal fuerza que el cheo un paso atrás. Basta.
No voy a quedarme aquí y escuchar estas acusaciones deementes. Amaba a Camilo como a un hermano. Su muerte me destrozó. Y si tú has pasado 5co años convirtiéndote en un lunático conspiranoico, ese es tu problema, no el mío. Entonces, déjame ir, dijo el che. La habitación quedó en silencio. Fidel parpadeó.
¿Qué? Déjame ir, repitió el Che. Quiero ir al Congo. Quiero ayudar a los movimientos revolucionarios en África. Quiero salir de Cuba. Fidel estudió al Che durante un largo momento. ¿Por qué? Porque ya no puedo estar aquí. Porque cada día que paso en esta isla trabajando para tu gobierno, sonriendo en tus ceremonias, fingiendo que todo está bien, me mata un poco más.
Él, che sacó el sombrero de cowboy de Camilo de su bolsa. Lo había llevado consigo a la reunión. Camilo me dio esto antes de morir. Me pidió que lo guardara y durante 5 años lo he guardado como un recordatorio de mi cobardía. El che colocó el sombrero en el escritorio entre ellos. He sido un cobarde fidel porque sabía la verdad o al menos sospechaba la verdad y no hice nada.
Elegí la revolución sobre mi hermano. Elegí el silencio sobre la justicia y esa elección me ha estado matando cada día desde entonces. Fidel miraba el sombrero como si fuera una serpiente venenosa. Si te dejo ir, dijo finalmente, “Hay condiciones.” ¿Qué condiciones? Escribirás una carta. Una carta.
renunciando a todos tus cargos, a tu ciudadanía cubana, a todo. Y esa carta se quedará conmigo. La publicaré cuando yo decida que es el momento correcto. El Che entendió inmediatamente. Era una trampa perfecta. La carta sería el seguro de Fidel. Si el Che hablaba, si revelaba sus sospechas sobre Camilo, Fidel podría publicar la carta y decir, “Miren, renunció voluntariamente.
Ya no habla por Cuba. Era brillante, era maquiabélico. Era exactamente lo que el Che esperaría del hombre que había matado a Camilo. Está bien, dijo el Che. Escribiré tu carta. Fidel sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa. Siempre supe que eras un hombre pragmático debajo de todo ese idealismo.
El Che tomó el sombrero de vuelta. No soy pragmático Fidel. Soy un cobarde, pero al menos soy un cobarde que admite lo que es. Abril de 1965. El Che dejó Cuba en secreto partiendo hacia el Congo. Solo un puñado de personas sabían que se había ido. Antes de partir tuvo una última conversación con Aleida.
¿Vas a regresar? Le preguntó ella. Lágrimas corriendo por su rostro. El Chel abrazó fuerte. No lo sé. Honestamente no lo sé, pero necesito hacer esto. Necesito encontrar algo que le dé sentido a los últimos 5 años. Esto tiene que ver con Camilo, preguntó Aleida súbitamente. Era la primera vez que ella mencionaba su nombre. El Che se separó sorprendido.
¿Cómo, Ernesto? He sido tu esposa durante 6 años. Te conozco. Sé que algo relacionado con Camilo te ha estado atormentando desde su muerte. No sé qué es, pero sé que es algo terrible. El Che quiso decirle todo, pero no podía. Protegerla significaba mantenerla en la ignorancia. Algún día, prometió, si sobrevivo, si regreso, te lo diré todo.
Pero por ahora solo necesito que confíes en que estoy haciendo lo que tengo que hacer. Se besaron una última vez. Luego el Che se fue, llevando consigo solo una mochila pequeña. Dentro, cuidadosamente envuelto, estaba el sombrero de Cowboy de Camilo. Iría con él a África, a Bolivia, a donde sea que el destino lo llevara.
El Congo fue un desastre absoluto. La misión revolucionaria del Che estaba condenada desde el principio. Los guerrilleros locales desconfiaban de los cubanos. Las condiciones eran brutales. La enfermedad y el hambre diezmaban a su pequeño grupo, pero lo peor de todo era la ayuda prometida por Fidel, que nunca llegaba.
El Che enviaba mensajes desesperados a la Habana. Necesitamos armas, necesitamos suministros médicos, necesitamos refuerzos. Las respuestas de Fidel eran siempre vagas. Paciencia. Los recursos están en camino, pero nunca llegaban o llegaban tan tarde que ya no servían de nada. Una noche, sentado en una choosa de barro en la selva conña, el che finalmente entendió Fidel lo estaba dejando morir, no activamente, no con una orden directa, sino pasivamente, negando apoyo, creando las condiciones para el fracaso. Era el mismo método que
había usado con Camilo. Era perfecto porque no dejaba huellas, no había orden de asesinato, no había conspiración evidente, solo circunstancias desafortunadas, solo mala suerte. Solo el destino. El Che escribió en su diario congoleño. Ahora soy Camilo. Ahora entiendo exactamente cómo se sintió cuando subió a ese avión, sabiendo que probablemente no volvería.
La diferencia es que Camilo me advirtió y yo fui lo suficientemente estúpido como para no entender que la advertencia también se aplicaba a mí. Noviembre de 1965. El Che abandonó el Congo derrotado, enfermo, al borde de la muerte, pero no regresó a Cuba. Sabía que regresar sería una sentencia de muerte lenta. Fidel lo marginaría, lo convertiría en irrelevante, lo destruiría psicológicamente.
Así que el Che se escondió primero en Tanzania, luego en Praga, planificando su próximo movimiento. Bolivia. La palabra apareció en sus conversaciones con otros revolucionarios. Había un movimiento guerrillero naciente allí. Las condiciones parecían prometedoras y lo más importante, estaba lejos de la influencia directa de Fidel.
En marzo de 1966, el Che entró clandestinamente a Bolivia, disfrazado como un empresario uruguayo llamado Adolfo Mena González. Llevaba documentos falsos, una barba diferente, lentes, nadie lo reconocía, llevaba muy poco equipaje, pero en su mochila, protegido en plástico impermeable, estaba el sombrero de cowboy de Camilo.
Una noche, uno de sus compañeros guerrilleros, un joven boliviano llamado Inti Peredo, lo vio mirando el sombrero a la luz de la fogata. “Comandante, ¿de quién es ese sombrero?”, preguntó Inti. El che acarició el ala desgastada de mi hermano, del hombre más valiente que conocí, del hombre que intentó salvarme y yo no lo escuché.
Está muerto hace 7 años en un avión que nunca debería haber volado. Los meses en Bolivia fueron una agonía lenta. La guerrilla del Che estaba completamente aislada. Los campesinos locales no los apoyaban. El ejército boliviano, entrenado y equipado por la CIA, los perseguía implacablemente, y el che sufría. Su asma era severa y a menudo no tenía medicinas.
Perdía peso rápidamente, pero lo peor era el silencio de Cuba. El Che envió múltiples mensajes a la Habana pidiendo ayuda. Muchos nunca fueron respondidos. Los que sí obtuvieron respuesta fueron promesas vagas que nunca se cumplieron. En julio de 1967, el Che escribió su última comunicación a Fidel. No era una petición de ayuda, era una despedida.
Fidel, sé que no enviarás la ayuda, sé por qué. Y está bien. Camilo me enseñó hace 8 años que algunos hombres prefieren morir libres que vivir como prisioneros. Tú elegiste el poder. Nosotros elegimos algo diferente. Nos vemos en el infierno, hermano Ernesto. El mensaje nunca recibió respuesta. 8 de octubre de 1967. La guerrilla del Che fue emboscada en la quebrada del yuro.
En la confusión del tiroteo, el Che fue herido en la pierna. Su rifle fue destruido por una bala. Cuando los soldados lo rodearon, el che levantó las manos. No disparen”, gritó. “Soy el Chegueevara, valgo más vivo que muerto para ustedes.” Lo llevaron a la pequeña escuela del pueblo de la higuera. Lo encerraron en un salón de clases diminuto.
El che se sentó en el suelo de tierra, su espalda contra la pared fría. A través de la ventana pequeña podía ver a los soldados discutiendo afuera. Sabía lo que estaba pasando. Estaban esperando órdenes de la paz sobre qué hacer con él. sabía que dirían esas órdenes. Su mochila había sido confiscada. El sombrero de Camilo estaba dentro de ella.
El Che cerró los ojos y dejó que su mente vagara de regreso a ese día en el aeropuerto de Camawei, 8 años antes. Podía ver a Camilo tan claramente como si estuviera allí en ese salón con él. Podía sentir ese último abrazo. Podía escuchar esas cinco palabras susurradas en su oído. Si no regreso, desconfía de Fidel.
Lo siento, hermano”, susurró el Che en la oscuridad. “Tenías razón sobre todo, sobre Fidel, sobre lo que nos pasaría a ambos. Ojalá te hubiera escuchado. Ojalá hubiera sido lo suficientemente valiente como para exponer la verdad. Pero elegí la cobardía, elegí el silencio y ahora voy a morir exactamente como tú moriste, abandonado por el hombre en quien una vez confiamos.
” 9 de octubre de 1967. 1:10 de la tarde. La puerta del salón se abrió. El sargento Mario Terán entró. Rifle en mano, manos temblando, rostro pálido. El Che levantó la vista. Sus ojos estaban extrañamente tranquilos. “¿Has venido a matarme, soldado?” Teran asintió, incapaz de hablar. “Está bien”, dijo el Che.
“Solo hazlo rápido y dile a Fidel si alguna vez tienes oportunidad, que Camilo y yo lo esperaremos. El Che cerró los ojos en sus últimos momentos en la Tierra. No pensó en Marx o Lenin. No pensó en las revoluciones futuras o en las masas oprimidas. Pensó en un aeropuerto soleado en Camai, en un abrazo final, en cinco palabras que habían definido los últimos 8 años de su vida en un hermano que había tenido razón.
Los disparos resonaron en el pequeño salón. Ernesto Cheegevara cayó. tenía 39 años. En La Habana, Fidel Castro recibió la noticia por teléfono. Testigos dijeron que cerró los ojos por un largo momento. Cuando los abrió había lágrimas, pero también, según algunos que estaban allí, había algo más en su rostro, algo que parecía como y liberación.
Esa noche, Fidel dio un discurso al pueblo cubano anunciando la muerte del Cheé. lloró públicamente, llamó al Che mi hermano, mi camarada, el revolucionario más puro y tal vez en cierto nivel era sincero. Tal vez Fidel realmente había amado al Che de la misma manera que probablemente había amado a Camilo.
Pero amar a alguien y permitir que vivas son dos cosas diferentes cuando el poder está en juego.