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El macabro secreto de Lupita D’Alessio: Desde el veneno que su esposo le entregó en la noche de bodas hasta el oscuro infierno de consumir con sus propios hijos.

El macabro secreto de Lupita D’Alessio: Desde el veneno que su esposo le entregó en la noche de bodas hasta el oscuro infierno de consumir con sus propios hijos. Descubre la escalofriante y oculta verdad de la estrella que la cárcel, los golpes y la sociedad intentaron destruir para siempre.

Lupita D’Alessio: Su Esposo le Dio Algo Esa Noche… y Nunca se Recuperó 

Lupita Dalesio cantaba. Ese hombre solo sabe hacer sufrir. Mientras su esposo la golpeaba en casa. Llenaba estadios, ganaba premios. Era la voz más poderosa de México. Y cada noche volvía a una casa donde el hombre que decía amarla le partía la cara. A los 17 años escapó de un padre que la explotaba para casarse con un hombre 13 años mayor.

 Ese hombre la golpeó durante 7 años, le quitó a sus hijos y cuando ella intentó rehacer su vida, la sociedad la llamó mala madre. Pero eso no fue lo peor, porque el hombre que vino después, el que le prometió amor y le dio un escenario, le puso cocaína en la mano el día de su boda. El día de su boda. 23 años de adicción empezaron esa noche y nadie pagó.

 Ni el padre que la explotó, ni el esposo que la golpeó, ni el productor que la drogó, ni el sistema que le arrancó a sus hijos, nadie. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te han contado de Lupita Dalesio. Primero, las palabras exactas que ella usó para describir lo que su padre le hizo en una entrevista con Jordi Rosado en 2021.

 Palabras que llevaba 60 años guardando. Segundo, el momento exacto en que perdió a sus hijos, no por decisión propia, por un juez que creyó que una mujer golpeada no merecía ser madre. Y lo que pasó 10 años después, cuando sus hijos escaparon de la casa del padre para buscarla. Tercero, lo que pasó en esa casa cuando ella y sus propios hijos consumían juntos, lo que su hijo Ernesto confesó en televisión nacional, la noche en que su hijo Jorge convulsionó y casi muere frente a ella.

 Y cuarto, el momento en que estuvo a punto de inyectarse heroína, lo que vio en la televisión que la detuvo y las palabras exactas que sus hijos le dijeron. cuando decidieron perdonarla. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas entender como una niña de Tijuana terminó convertida en la mujer que México amaba en el escenario y destruía en Mindomin los titulares.

Porque la historia de Lupita Dalesio no empieza con la fama, no empieza con los discos de oro ni con los estadios llenos. empieza con un padre que vio a su hija como un billete de lotería y con una niña que aprendió antes de saber leer que su voz no le pertenecía. Guadalupe Contreras Rivas nació el 9 de enero de 1954 en Tijuana, Baja California.

 Su padre, Alfonso Poncho Dalesio, era músico, tenía una orquesta. Tocaba en eventos, en fiestas, en donde le pagaran y tenía planes, grandes planes. Lupita cantó por primera vez en público a los 5 años, no porque quisiera, no porque soñara con ser cantante, porque su padre la subió al escenario, la vistió, la peinó, la paró frente a un micrófono más grande que ella y le dijo que cantara.

Lo que vino después no fue una infancia, fue un entrenamiento. Un entrenamiento para ser un producto, un entrenamiento para generar dinero, un entrenamiento para aguantar. Ensayos que duraban horas mientras otras niñas jugaban en la calle. Presentaciones en bares y cantinas cuando debería estar durmiendo.

 Humo de cigarro llenando sus pulmones de niña. Hombres borrachos mirándola mientras cantaba y su padre contando el dinero al final de la noche. Regaños cuando desafinaba, golpes cuando no obedecía, silencio cuando lloraba. Porque las niñas que lloran no sirven para el escenario. Porque las niñas que se quejan no generan dinero.

 Porque las niñas como Lupita tenían que funcionar. Ponchoio no estaba criando a una hija, estaba construyendo un producto y el producto tenía que funcionar sin fallas, sin quejas, sin sentimientos que estorbaran. Y Lupita aprendió. Lupita aprendió rápido que su valor dependía de su voz, que el cariño de su padre estaba acondicionado a cuánto dinero pudiera generar, que equivocarse tenía consecuencias.

Los niños normales aprenden a andar en bicicleta y a hacer amigos. Lupita aprendió a sonreír en el finto escenario, aunque estuviera llorando por dentro. Aprendió que el show debe continuar. Esa frase la perseguiría toda su vida. En 2021, sentada frente a Jordi Rosado en su programa de entrevistas, Lupita dijo algo que llevaba décadas guardando.

Aquí viene lo primero que te prometí. Jordi le preguntó sobre su infancia, sobre su padre, sobre cómo había empezado todo. Y Lupita, con 67 años encima y nada que perder, soltó seis palabras que pesaban como piedras. Me sentí usada por mi propio padre. Usada, no criada, no guiada, no apoyada. Usada como una herramienta, como un instrumento, como una fuente de ingresos. Pero eso no era todo.

 En su bioserie Hoy voy a cambiar, producida por Televisa en 2017, Lupita reveló algo más oscuro. Mi papá llegó a golpear a mi mamá. En el piso yo la vi tirada. La niña que cantaba canciones de amor en los escenarios veía a su madre sangrando en el piso de su casa. veía al hombre que la obligaba a cantar golpeando a la mujer que debía protegerla y no podía hacer nada.

 Solo mirar, solo callar, solo esperar a que terminara y al día siguiente subir al escenario y cantar como si nada hubiera pasado, porque el show debía continuar. Había otro secreto en esa casa, algo que Lupita no descubrió hasta años después. Poncho Dalesio tenía otra familia, otra mujer, otros hijos, otra vida completa que existía en paralelo.

 El hombre que exigía perfección de Lupita, el hombre que la golpeaba cuando no cumplía, el hombre que se quedaba con cada peso que ella ganaba. Ese hombre mantenía dos familias con el dinero que su hija generaba y Lupita no lo sabía. Cantaba para mantener una casa que no era la única. Trabajaba para un padre que la usaba doblemente.

Sangraba para un hombre que ni siquiera le daba toda su atención. Cuando lo descubrió, algo se rompió. La poca confianza que le quedaba en los hombres se fracturó. Y esa fractura explicaría todo lo que vino después. A los 17 años, Lupita vio una salida. Había un hombre, se llamaba Jorge Vargas.

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