Una noche sería a principios de octubre, no podía dormir por el calor. Me levanté a tomar agua y miré por casualidad hacia la ventana del segundo piso de la casa de las Moncada. Vi a Concepción de pie frente a la ventana abierta. Sostenía algo en brazos envuelto en una manta blanca y se mecía suavemente de lado a lado, como arrullando a un bebé.
Lo extraño es que mientras se mecía, parecía estar hablándole a alguien que estaba fuera de mi vista, dentro de la habitación. Su expresión nunca la olvidaré. No era la mirada de una mujer equilibrada. El señor Matías Cordero, dueño de la mercería ubicada frente a la plaza principal, declaró que en febrero de aquel año, Concepción Moncada compró en su establecimiento varias piezas de tela blanca y encaje fino.
Me sorprendió porque pidió suficiente para hacer una ju. Cuando le pregunté si era para algún familiar, me miró de una forma que no supe interpretar y dijo, “Es para recibir a alguien que ha estado esperando mucho tiempo.” El comerciante añadió que a lo largo de los meses siguientes, Concepción volvió a su tienda en varias ocasiones para comprar más telas, hilos y cintas.
En una de sus últimas visitas, a finales de septiembre, compró un carrete de hilo rojo y me preguntó si tenía cabello humano a la venta. Le dije que no. que eso solo se conseguía con los fabricantes de pelucas en la capital, se marchó visiblemente decepcionada. Este detalle sobre el cabello humano cobró un significado siniestro a la luz de lo que las autoridades encontrarían más tarde en la casa de las hermanas.
El caso tomó un giro aún más inquietante cuando las autoridades inspeccionaron el piso superior de la casa. En una habitación pequeña pintada recientemente de azul pálido, encontraron la cuna mencionada. Dentro había un bulto envuelto en mantas. El informe oficial del comisario Gómez describe sobriamente lo que encontraron.
No era un infante, sino una figura de trapo y porcelana con rostro pintado y cabello real adherido, vestida con ropones blancos bordados. La muñeca, según el informe, era de un realismo perturbador. El rostro de porcelana estaba pintado con delicadeza, con mejillas rosadas y labios rojos. Los ojos eran de vidrio azul, brillantes y fijos.
El cabello negro abundante y evidentemente humano estaba peinado en dos trenzas atadas con cintas blancas. El cuerpo hecho de tela rellena tenía extremidades articuladas que permitían colocarla en diferentes posiciones. La ropa era de una calidad excepcional. Un vestido de bautizo de batista blanca con encajes y bordados, medias de seda y diminutos zapatos de cuero.
Junto a la cuna había una mecedora pequeña y una mesita con diversos objetos, un cepillo de plata con cabellos negros en sus cerdas, varios vestidos infantiles cuidadosamente doblados, un rosario de cuentas nacaradas y un libro de oraciones con una inscripción manuscrita en la primera página para Eulalia en su primer día con nosotras, con amor infinito tus madres.
La habitación, por lo demás, estaba decorada como un cuarto infantil de clase acomodada. Cortinas de encaje en las ventanas, una alfombra de lana sobre el suelo de madera, cuadros con motivos de ángeles y niños en las paredes. En una esquina había un armario pequeño lleno de ropa infantil para diferentes edades, desde prendas para recién nacidos hasta vestidos para una niña de seis o 7 años.
Todo estaba nuevo, nunca usado. Pero, ¿dónde estaban las hermanas moncada? La casa estaba cerrada desde dentro con todas las ventanas aseguradas con los postigos. No había signos de violencia ni de huida precipitada. La mesa del comedor estaba puesta para tres personas con la comida a medio consumir y ya en estado de putrefacción. El Dr.
Sarate, tras examinar los platos, dictaminó que el contenido tenía restos de Belladona, una planta venenosa. Sin embargo, no se encontraron cuerpos. El único rastro de las hermanas fue descubierto en el patio trasero, un pozo de agua que había sido sellado recientemente con una losa de piedra pesada. Las autoridades decidieron no remover la losa de inmediato.
Lo que resultaba más desconcertante para los investigadores era la disposición de la mesa del comedor, tres servicios completos, tres sillas ocupadas, tres platos con restos de comida. ¿Quién era el tercer comensal? El examen de los restos de comida mostró que todos los platos contenían la misma mezcla letal de belladona.
Se habían suicidado las hermanas junto con una tercera persona no identificada. ¿O acaso habían colocado a la inquietante muñeca como una invitada más a su última cena? El 23 de noviembre, casi dos semanas después del descubrimiento inicial, llegó a Fresnillo un detective enviado desde la capital del estado. El capitán Rodrigo Montero había ganado cierta reputación por resolver casos complejos en Zacatecas y San Luis Potosí.
Era un hombre de mediana edad, metódico, con ojos que parecían registrarlo todo. La primera acción de Montero fue ordenar que se removiera la losa que sellaba el pozo. Según su informe, fechado el 24 de noviembre, el pozo estaba seco y vacío hasta donde alcanzaba la luz de las lámparas. Sin embargo, uno de los hombres que bajó a inspeccionar reportó un olor extraño, no de putrefacción, sino algo similar a flores marchitas y cera de velas.
El capitán Montero ordenó una inspección más exhaustiva del pozo, pero la estructura era antigua y peligrosamente inestable. Tras descender unos 5 metros, los hombres se negaron a continuar por temor a un derrumbe. Montero decidió entonces centrarse en otros aspectos de la investigación, dejando el misterio del pozo temporalmente sin resolver.
El misterio de las hermanas Moncada apenas comenzaba a desentrañarse. El capitán Montero decidió revisar meticulosamente la casa habitación por habitación. En el dormitorio de remedios, la hermana mayor encontró un pequeño diario encuadernado en cuero verde. Las últimas entradas, escritas con una caligrafía cada vez más temblorosa, hablaban de sueños recurrentes, donde veía a una niña sentada al borde de su cama.
No tiene rostro, escribió remedios en su última entrada fechada el 8 de noviembre. Pero sé que es ella. Ha vuelto para quedarse con nosotras. Concepción dice que debemos prepararnos. Esta noche cenaremos juntas por última vez. El diario contenía entradas que se remontaban a 5 años atrás, coincidiendo con la muerte de don Ernesto Moncada.
Las primeras páginas mostraban una caligrafía firme y ordenada y un contenido mayormente mundano, referencias al clima, a las visitas del médico y el sacerdote, a pequeñas tareas domésticas. Pero a medida que pasaban los años, tanto la escritura como el contenido se volvían más erráticos e inquietantes.
En una entrada de marzo de 1900, Remedios escribió: “He vuelto a soñar con ella. Estaba al pie de mi cama, más crecida que antes. Debe tener ya 4 años. No habla, solo me mira. Sus ojos son como los de Concepción, pero tiene mi boca. Esta mañana le pregunté a mi hermana si también la había visto. Se limitó a asentir. No necesitamos palabras entre nosotras para entender lo que esto significa.
En mayo de 1901 escribió el padre Aguirre dice que mis visiones son producto de la culpa y el remordimiento, que debo rezar y buscar la paz en la oración. No entiende que no es paz lo que busco. No merezco paz. Lo que necesito es otra oportunidad y ella nos la está ofreciendo. En octubre de ese mismo año, Concepción ha empezado a preparar la habitación.
Yo apenas puedo levantarme de la cama, pero ella tiene energía por las dos. dice que debemos tener todo listo para cuando llegue el momento. Faltan pocos meses y luego, en enero de 1902, un cambio notable en el tono. Ya no son sueños. Anoche estaba despierta cuando la vi. Estaba de pie junto a la ventana mirando hacia afuera.
Cuando me incorporé, se volvió hacia mí. Su rostro sigue siendo borroso, pero su presencia es cada vez más real. No hablamos, pero sentí que me pedía algo. Concepción dice que sabe lo que quiere. Lo que más perturbó al detective Montero no fueron estas palabras, sino lo que encontró entre las páginas finales del diario.
Un mechón de cabello negro atado con un listón azul y una fotografía amarillenta. En el reverso de la fotografía, con letra distinta a la del diario, alguien había escrito: “Ealia, 1896. La fotografía mostraba lo que parecía ser una niña pequeña, de quizás algunos meses de edad, vestida con un ropón de bautizo. La imagen era borrosa y el rostro de la criatura apenas distinguible.
Montero notó algo extraño en la postura rígida del bebé y en la ausencia de expresión en el rostro visible. Tras examinarla con una lupa, llegó a una conclusión perturbadora. No era la fotografía de un bebé real, sino de la muñeca encontrada en la cuna, tomada años atrás cuando fue creada por las hermanas. Este descubrimiento planteaba nuevas preguntas.
¿Por qué las hermanas habían fabricado aquella muñeca tan elaborada? ¿A quién representaba realmente Eulalia? ¿Y por qué habían mantenido esta macabra farsa durante años, culminando en lo que parecía ser un ritual suicida? Ninguno de los vecinos entrevistados recordaba a ninguna niña llamada Eulalia relacionada con la familia Moncada.
Los registros parroquiales no mostraban ningún bautizo con ese nombre asociado a la familia. El capitán Montero, sin embargo, estaba convencido de que esta eulalia era la clave del misterio. Su investigación lo llevó al cementerio municipal, donde revisó meticulosamente los registros de enterramientos.
El 24 de marzo de 1896, 6 años antes de los acontecimientos que investigaba, se había registrado el entierro de Eulalia, infante, 6 años, fiebre, sin apellido, sin más datos. Esto planteaba otra inconsistencia. Si Eulalia había muerto a los 6 años en 1896, ¿cómo podía ser la misma criatura cuya fotografía de bebé estaba fechada en ese mismo año? Y si había vivido hasta los 6 años, ¿por qué ningún vecino la recordaba? El sepulturero Juvencio Molina, un anciano que llevaba décadas en el oficio, recordaba vagamente el entierro. Fue muy temprano, casi al
amanecer, declaró. Solo vinieron dos mujeres jóvenes vestidas de negro. No hubo ceremonia, no hubo llanto. Dejaron la caja pequeña y blanca y se fueron casi de inmediato. Me pareció extraño, pero en este oficio uno ve cosas extrañas. Todos los días el capitán Montero ordenó que se exhumara la tumba marcada simplemente como eulalia.
Lo que encontraron desafía cualquier explicación racional. Según el acta levantada por el escribano municipal presente durante la exhumación. La caja, pequeña como corresponde a un infante, estaba vacía. En su interior solo se encontraron pétalos secos de flores blancas y un pequeño vestido de bautizo. Este descubrimiento confirmaba las sospechas del detective.
Nunca había existido una niña llamada Eulalia, al menos no una que hubiera llegado a vivir 6 años. La tumba vacía era parte de una elaborada ficción creada por las hermanas Moncada o quizás impuesta a ellas por su padre. Pero, ¿con qué propósito? La respuesta aparecía estar en la casa, en aquellos diarios y en los testimonios aún no recolectados.
Montero decidió ampliar el círculo de sus entrevistas, buscando a cualquier persona que hubiera tenido contacto con la familia Moncada en los últimos 10 años. Mientras tanto, en la casa de las hermanas Moncada, el silencio se había vuelto opresivo. Los vecinos reportaban escuchar ocasionalmente el crujido de la mecedora en el piso superior.
A pesar de que la casa estaba oficialmente vacía y sellada por las autoridades. Doña Mercedes Avilés, cuya casa compartía un muro con la de las Moncada, declaró haber escuchado tres noches después del descubrimiento inicial lo que parecía una canción de cuna. Era pasada la medianoche”, relató la mujer visiblemente alterada.
Mi marido estaba de viaje y yo me había quedado dormida en la sala. Me despertó un sonido que venía del otro lado de la pared de la casa de las moncada. Era una voz de mujer cantando muy bajito, apenas audible. La canción era Alorro niño, la misma que yo le cantaba a mis hijos cuando eran pequeños. Pero había algo en aquella voz, algo que no sonaba.
humano, como si viniera de muy lejos o de muy hondo. Le aseguro que esa noche no pude volver a dormir. El testimonio de doña Mercedes no fue el único. El sereno que vigilaba la calle durante la noche, Pascual Mendoza, reportó haber visto en dos ocasiones una luz tenue que se movía tras las cortinas del dormitorio que había pertenecido a Remedios Moncada.
Pensé que algún familiar de las señoritas había venido a recoger sus pertenencias”, declaró. “Pero cuando lo comenté con el comisario, me dijo que nadie había entrado en la casa desde que la sellaron. Desde entonces, cuando hago mi ronda, cruzo a la otra acera para no pasar frente a esa casa. El capitán Montero estableció su base de operaciones en la posada local y pasaba los días entre el archivo municipal, la iglesia y entrevistas con los habitantes de Fresnillo.
Una semana después de su llegada, hizo un descubrimiento perturbador en los registros del Hospital de Mineros, ubicado a las afueras del pueblo. El 15 de marzo de 1896, 9 días antes del supuesto entierro de Eulalia, una joven fue admitida con hemorragia severa y estado de shock. Su nombre, según el registro de ingreso, Remedios Moncada, 22 años.
El diagnóstico anotado por el médico de guardia. aborto espontáneo avanzado. El informe médico mencionaba que la paciente había sido traída por su hermana, quien insistió en llevársela esa misma noche a pesar de las recomendaciones médicas. La nota final decía. La paciente deliraba y mencionaba repetidamente el nombre de Eulalia, estado mental preocupante.
El médico que había atendido a remedios aquel día, el Dr. Felipe Miranda, ya no trabajaba en el hospital. Según le informaron a Montero, se había trasladado a Durango varios años atrás. Sin embargo, una enfermera que aún laboraba en el hospital, Josefina Quiroz, recordaba el caso. “Nunca olvidaré a esas hermanas”, dijo cuando Montero la entrevistó.
La paciente Remedios estaba semiconsciente cuando la trajeron, pálida como un fantasma y empapada en sangre. Pero lo más inquietante era su hermana. Concepción parecía completamente desconectada de lo que sucedía, como si su mente estuviera en otro lugar. Mientras atendíamos a remedios, ella se sentó en un rincón acunando algo envuelto en un chal.
Pensé que era el feto que había perdido su hermana y que planeaban enterrarlo en secreto como hacen muchas familias. Solo después, cuando el Dr. Miranda intentó tomarlo para examinarlo, descubrimos que era solo un bulto de trapos formando la silueta de un bebé. La muchacha tuvo un ataque de histeria cuando intentamos quitárselo.
Gritaba que era su hija, que se llamaba Eulalia y que nadie podía tocarla. Esta declaración arrojaba nueva luz sobre el caso. Parecía que el origen de Eulalia no era una niña que había vivido hasta los 6 años, como sugería la tumba en el cementerio, sino un embarazo de remedios que había terminado en aborto.
Pero, ¿quién era el padre? ¿Y por qué las hermanas habían creado toda aquella elaborada fantasía alrededor de una criatura que nunca llegó a nacer? El misterio comenzaba a tomar forma, pero seguían faltando piezas cruciales. ¿Dónde estaban ahora las hermanas Moncada? ¿Qué había ocurrido realmente en esa casa de la calle Reforma en noviembre de 1902? Y sobre todo, ¿quién era realmente Eulalia? La respuesta comenzó a dibujarse cuando el capitán Montero entrevistó a la única persona viva que había trabajado en la casa de los Moncada, Dorotea Ramírez, antigua
cocinera de la familia. quien había dejado el servicio tras la muerte del padre. La anciana, que vivía ahora en las afueras de Fresnillo, se mostró reticente a hablar. Solo después de mucha insistencia accedió a contar lo que sabía. Las niñas no siempre fueron así, comenzó Dorotea, refiriéndose a las hermanas Moncada.
Eran alegres, educadas. Todo cambió cuando don Ernesto comenzó a beber tras la muerte de la señora. Las niñas tenían apenas 15 y 13 años cuando quedaron huérfanas de madre. Dorotea Ramírez había entrado a servir en casa de los Moncada cuando las hermanas eran niñas. Había sido testigo de la transformación de la familia tras la muerte de doña Carmen, la madre.
La señora era el corazón de esa casa. Recordaba. Cuando murió del tifus fue como si se hubiera apagado una luz. Don Ernesto comenzó a beber y las niñas quedaron a su merced anciana hizo una pausa antes de continuar, como si estuviera decidiendo cuánto revelar. Finalmente, bajando la voz, aunque estaban solos, continuó: “Don Ernesto no era un buen hombre cuando bebía, que era casi siempre.
Se volvía sin apropiado con las niñas, especialmente con remedios, que se parecía tanto a su madre. Según Dorotea, don Ernesto Moncada se transformó tras enviudar. De ser un hombre respetado y ecuánime, se volvió iracible y propenso a largas ausencias. Cuando regresaba tarde en la noche, iba primero al cuarto de remedios. Yo escuchaba cosas.
Al principio pensé en denunciarlo, pero ¿quién iba a creerme? Él era don Ernesto Moncada y yo solo una cocinera. La anciana relató como las hermanas desarrollaron un vínculo casi simbiótico en aquellos años difíciles. Concepción era la protectora, explicó. Siempre trataba de distraer a su padre cuando estaba ebrio, de llevarse los golpes en lugar de su hermana, pero no siempre podía evitar lo otro.
El testimonio de Dorotea sugiere que ambas hermanas sufrieron abusos por parte de su padre durante años. Cuando Remedios cumplió 20 años, comenzó a mostrar señales de un embarazo que intentaba ocultar. Don Ernesto la mantuvo prácticamente encerrada durante meses. Nadie fuera de la casa supo nunca del embarazo. La cocinera describió el terror de la joven cuando comprendió que estaba esperando un hijo de su propio padre.
intentó de todo para perderlo. Recordó con voz temblorosa. Se arrojaba por las escaleras, tomaba brevajes, se ce señía el vientre con vendas tan apretadas que apenas podía respirar. Pero la criatura se aferraba a la vida como si ya tuviera la misma terquedad de los Moncada. Según Dorotea, Concepción intentó ayudar a su hermana en estos intentos, pero también comenzó a desarrollar una extraña obsesión con la idea del bebé.
A veces la sorprendía hablándole al vientre de remedios cuando creían que nadie las veía. Le decía que ellas serían sus madres, que nadie sabría la verdad, que le darían todo el amor que ellas nunca habían recibido. Dorotea recordaba el nacimiento ocurrido a principios de 1896. La niña nació muerta, o eso nos dijo don Ernesto.
Él mismo se la llevó envuelta en una manta. Cuando regresó, le dijo a remedios que la criatura había sido enterrada en el cementerio como eulalia, sin apellido, para evitar la vergüenza. Pero algo no encajaba en este relato. Si la niña nació muerta, ¿por qué remedios ingresó al hospital con un aborto espontáneo días después, cuando el capitán Montero confrontó a Dorotea con esta discrepancia? La anciana palideció.
La verdad es que la niña nació viva”, confesó finalmente. Yo misma la atendí. Era pequeña, pero perfectamente formada. Don Ernesto se enfureció. Dijo que era una abominación, fruto del pecado. La arrancó de mis brazos y salió con ella. Cuando regresó, nos dijo que la había ahogado en el pozo del patio trasero y que debíamos decir que había nacido muerta.
Después inventó lo del entierro para calmar a remedios. La anciana se secó una lágrima antes de continuar. Remedios no lo soportó. Se derrumbó por completo. Concepción hizo un bulto con trapos, lo vistió y comenzó a tratarlo como si fuera un bebé real. Al principio pensé que era una forma de consolar a su hermana, pero pronto ambas actuaban como si esa cosa de trapo fuera realmente eulalia.
Hablaban con ella, la mesían, le cantaban. Cuando Remedios comenzó a desangrarse unos días después, consecuencia del parto, tuvieron que llevarla al hospital. Concepción se llevó el muñeco con ellas, el pozo. El mismo que había sido sellado poco antes de la desaparición de las hermanas. El capitán Montero ordenó inmediatamente una inspección completa del pozo, esta vez vaciándolo por completo.
El proceso tomó dos días completos. A 8 m de profundidad en lo que había sido el fondo del pozo antes de secarse años atrás, encontraron restos óseos pequeños consistentes con los de un recién nacido. Junto a ellos una cadena de plata con un medallón que tenía grabado el nombre Eulalia. Dios mío”, murmuró el capitán Montero al ver aquellos diminutos huesos. Era verdad.
El examen posterior realizado por el Dr. Sarate confirmó que los restos correspondían a un recién nacido de sexo femenino de aproximadamente 9 meses de gestación. No era posible determinar la causa exacta de la muerte debido al estado de los restos, pero no había signos evidentes de traumatismo o violencia.
Mientras los restos eran examinados, el capitán Montero continuó reconstruyendo la historia. Don Ernesto Moncada había muerto 5 años antes, en 1897, aparentemente por complicaciones derivadas de su alcoholismo. Las hermanas heredaron la casa y una renta modesta. Y fue entonces cuando comenzaron su vida de reclusión. El testimonio de varios vecinos coincidía.
Tras la muerte de don Ernesto, las hermanas se volvieron aún más retraídas. Sellaron algunas habitaciones de la casa, despidieron a la poca servidumbre que quedaba y comenzaron a vivir como reclusas. Solo salían para ir a misa, siempre juntas, siempre de negro. Lo que nadie sabía es que tras la muerte de su padre, las hermanas desarrollaron un ritual perturbador.
Según los diarios de remedios, cada noche durante años habían llamado al espíritu de Eulalia. “Concepción dice que si la llamamos con suficiente fuerza, volverá a nosotras”, escribió Remedios en una entrada fechada en enero de 1901. “He empezado a soñar con ella. Está creciendo en el otro lado. Pronto tendrá la edad para volver.
El diario describía con inquietante detalle las visitas nocturnas de Eulalia. Anoche se sentó a los pies de mi cama. Ya no es un bebé, debe tener unos 5 años. No habla, solo me mira con sus ojos grandes, idénticos a los de Concepción. A veces parece querer decirme algo, pero luego cambia de opinión y se limita a sonreír.
Su sonrisa es lo que más me perturba. Es la misma sonrisa que tenía mi madre en su lecho de muerte. En otra entrada Remedios escribía, Concepción le está preparando una habitación. Dice que debemos tener todo listo para cuando decida quedarse definitivamente con nosotras. Ha comprado telas, encajes, juguetes.
Está confeccionando vestidos para diferentes edades. Dice que nuestra hija crecerá rápido una vez que esté con nosotras y debemos estar preparadas. El testimonio de Dorotea y los escritos encontrados sugieren que las hermanas creían que Eulalia cumpliría 6 años en el más allá en 1902 y que entonces podría regresar con ellas.
De ahí las compras de telas para ropa infantil, la habitación preparada, la cuna, pero había más. En el dormitorio de Concepción, Montero encontró un pequeño libro de oraciones con anotaciones en los márgenes. La mayoría eran breves invocaciones o ruegos. Tráela de vuelta a nosotras, permítele volver, danos una segunda oportunidad.
Sin embargo, la última anotación fechada el 7 de noviembre de 1902 era diferente. Esta noche ha hablado por primera vez. Nos ha dicho que está lista para volver, pero que el precio es alto. Remedios tiene miedo, pero yo sé que vale la pena. Por nuestra hija cualquier sacrificio es pequeño. Esta nota, escrita apenas cinco días antes de la desaparición de las hermanas sugería que su estado mental se había deteriorado hasta un punto crítico.
Habían llegado a creer realmente que podían traer de vuelta a la vida a la niña muerta o se trataba de una elaborada justificación para otro acto terrible. Pero, ¿qué había ocurrido en aquella última noche? El análisis de los platos con restos de comida confirmó la presencia de altas dosis de Belladona, una planta venenosa que en cantidades menores puede provocar alucinaciones.
Según el informe del doctor Saráate, la cantidad encontrada en los platos era más que suficiente para resultar letal. La teoría del capitán Montero expresada en su informe final era que las hermanas habían decidido envenenarse para reunirse con Eulalia en el otro lado. Lo que no explicaba era la ausencia de sus cuerpos y el hecho de que el pozo hubiera sido sellado recientemente.
El caso dio un giro inesperado cuando el capitán Montero entrevistó a don Felipe Mondragón, propietario de la funeraria local. Según su testimonio, tres días antes de que se descubriera la situación en la casa de las Moncada, recibió la visita de Concepción. Vino sola, cosa rara, porque nunca se separaban, declaró don Felipe.
Me encargó dos ataúdes, uno grande y uno pequeño. Pagó por adelantado en monedas de oro. Cuando le pregunté para cuándo los necesitaba, me dijo, “Para cuando vengan a buscarnos.” Me pareció extraño, pero en mi oficio uno aprende a no hacer demasiadas preguntas. Don Felipe recordaba que Concepción había solicitado que los ataúdes estuvieran forrados de seda blanca, no negra, como era habitual.
Me dijo que no era una ocasión triste, sino un reencuentro largamente esperado. También había insistido en que ambos ataúdes llevaran grabado un solo nombre. Eulalia. Le pregunté quién era Eulalia, continuó don Felipe. Y ella me respondió con una sonrisa extraña. Es el nombre que nos pertenece a las tres, el nombre de lo que somos juntas.
Fue la conversación más inquietante de toda mi carrera. Cuando se marchó, tuve que tomarme un trago de aguardiente para calmar los nervios. Los ataúdes nunca fueron recogidos. Seguían en el taller de don Felipe cuando Montero lo entrevistó, cubiertos por una lona en un rincón. El funerario no había querido terminarlos después de enterarse de la desaparición de las hermanas.
“Hay algo siniestro en esos ataúdes”, confesó. “A veces por la noche creo escuchar sonidos que vienen de ellos, como si alguien rascara la madera desde dentro. El capitán Montero ordenó una búsqueda en los alrededores de Fresnillo, especialmente en zonas boscosas y cuevas. No se encontró rastro de las hermanas.
El caso quedó oficialmente sin resolver, aunque la hipótesis más aceptada fue la del suicidio, con los cuerpos posiblemente ocultos por alguien que quería evitar el escándalo de un entierro en tierra no consagrada. La casa de las hermanas Moncada permaneció vacía durante años. Nadie quiso comprarla ni habitarla. Los vecinos reportaban ocasionalmente luces y sonidos provenientes del interior, aunque la casa estaba vacía y sellada.
El pozo del patio trasero fue cubierto con cemento y piedras por orden de las autoridades municipales. El comisario Gómez en su informe final escribió, “A pesar de la exhaustiva investigación dirigida por el capitán Montero, el caso Moncada debe cerrarse sin una conclusión definitiva. Las hermanas han desaparecido sin dejar rastro corpóreo.
Sus posesiones siguen en la casa y no hay evidencia de que planearan un viaje o huida. La teoría más probable es que se suicidaron y que sus cuerpos fueron ocultados, quizás por ellas mismas como parte de algún ritual perturbador relacionado con su creencia en el retorno de Eulalia. Sin embargo, no podemos descartar la posibilidad de que alguien más estuviera involucrado en su desaparición.
El informe concluía con una observación personal del comisario. Hay algo en este caso que va más allá de lo que podemos comprender con nuestros métodos habituales, algo que pertenece más al ámbito de lo espiritual que al de la justicia terrenal. Quizás hay preguntas que es mejor dejar sin respuesta. En 1918 años después de la desaparición de las hermanas, la casa fue finalmente vendida a un comerciante de Zacatecas. El nuevo propietario D.
Sebastián Valverde era un hombre pragmático con poca paciencia para las supersticiones locales. Había adquirido la propiedad por una fracción de su valor real, precisamente debido a su siniestra reputación, con la intención de renovarla completamente y convertirla en su residencia de verano. “Las historias de fantasmas son para niños y viejas”, declaró cuando los vecinos le advirtieron sobre los extraños sonidos y luces que se reportaban en la casa.
Lo único que hay en esa casa son ratas y tal vez algún vagabundo que entra a guarecerse del frío. El nuevo propietario ordenó una renovación completa, incluyendo la demolición de varias paredes interiores para ampliar los espacios. Contrató a una cuadrilla de albañiles de Zacatecas, hombres que no conocían la historia de la casa y por lo tanto, no estaban predispuestos por los rumores locales.
Los trabajos comenzaron en abril de 1910. El capataz Ignacio Fuentes recordaba que desde el primer día hubo problemas. Las herramientas desaparecían y luego aparecían en lugares donde ninguno de mis hombres las había dejado. Las puertas se cerraban solas con el pestillo por dentro y había esa habitación en el piso superior, la que estaba pintada de azul.
Ninguno de los hombres quería trabajar allí. Decían que se sentían observados, que escuchaban respiraciones cuando estaban solos. Fuentes había atribuido estas quejas al calor, al polvo y a la natural superstición de los trabajadores, hasta que él mismo tuvo una experiencia perturbadora. Estaba revisando el trabajo en aquella habitación azul al atardecer, los hombres ya se habían marchado.
De pronto sentí un frío intenso, como si hubiera entrado en una nevera. Y luego escuché una voz infantil muy cerca de mi oído, que dijo claramente, “No toques mis cosas. Me volví, pero no había nadie. Salí de allí tan rápido que tropecé en las escaleras y casi me rompo el cuello. Al día siguiente renunciaron tres de mis mejores hombres.
Dijo que durante la noche habían soñado con una niña de vestido blanco que les decía que se fueran. A pesar de los contratiempos, la renovación siguió adelante, hasta que al abrir una pared falsa en el antiguo cuarto de remedios, los albañiles hicieron un descubrimiento que estremeció a todo Fresnillo. Allí, sentadas una junto a la otra, fueron encontrados los cuerpos de las hermanas Moncada, entre ellas lo que parecía ser el de una niña vestida de blanco, cuidadosamente dispuesta como si formaran un círculo inseparable.
La escena fue descrita como profundamente perturbadora por su simbolismo. Las tres figuras parecían haber sido colocadas o haberse colocado en una especie de ritual silencioso. El cuerpo más pequeño mostraba señales de haber sido preparado con esmero, con ropajes blancos, cabello trenzado y una expresión serena.
Algunos expertos señalaron que no era posible confirmar con certeza si se trataba de una figura simbólica, una muñeca artesanal o algo más. El hallazgo dio fuerza a una antigua teoría que las hermanas habían querido reunirse con quien consideraban su hija en un acto final de delirio compartido. Se encontraron también una nota escrita a mano que decía: “Nos vamos juntas al encuentro de nuestra verdadera vida.
Tres fuimos siempre. Tres seremos por la eternidad. La casa fue sellada años después demolida. En su lugar se alza una plaza que muchos evitan al anochecer. Algunos aseguran que en las noches más silenciosas de noviembre se oye el crujido de una mecedora y tres voces entonando una canción de cuna que el tiempo no ha logrado silenciar.
¿Y tú qué crees que pasó realmente en esa casa?