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El Macabro Enigma de las Hermanas Moncada: Un Inconfesable Pecado Familiar, una Aterradora Muñeca con Cabello Humano y un Pacto Suicida con Belladona.

El Macabro Enigma de las Hermanas Moncada: Un Inconfesable Pecado Familiar, una Aterradora Muñeca con Cabello Humano y un Pacto Suicida con Belladona. Descubre el Escalofriante Caso de 1902 en Zacatecas que Culminó con Tres Cadáveres Ocultos Tras una Pared Falsa y una Canción de Cuna que Aún Resuena.

(1902, Zacatecas) El Aterrador Caso de las Hermanas Moncada 

Bienvenido a este recorrido por uno de los casos más inquietantes registrados en la historia de Zacatecas. Antes de iniciar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás viendo y la hora exacta en la que escuchas esta narración. Nos interesa saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados.

 En 1902, el pequeño pueblo minero de Fresnillo, a unos 60 km de la capital de Zacatecas, era como tantos otros del México porfiriano. La plata había traído riqueza a algunos y miseria a muchos. Las calles empedradas resonaban con el ir y venir de carretas, y el polvo del desierto se adhería a todo, a las fachadas de adobe, a las ropas tendidas, a los rostros cansados.

Entre las familias acomodadas del lugar destacaba una casa en particular ubicada en la calle Reforma, a tres cuadras de la iglesia principal, una residencia de dos plantas con balcones de hierro forjado y un pequeño patio interior donde nunca parecía entrar suficiente luz. Ahí vivían las hermanas Moncada, remedios de 28 años y Concepción de 26, huérfanas desde hacía 5 años, hijas de don Ernesto Moncada.

 antiguo administrador de la mina la Colorada. Las hermanas habían heredado una posición respetable y una renta modesta, pero suficiente. Lo que llamaba la atención de los vecinos no era su riqueza, sino su extremo recogimiento. Según consta en los registros parroquiales, las hermanas apenas salían de su casa, excepto para asistir a misa los domingos, siempre juntas, siempre de negro riguroso, siempre ocupando el mismo banco en la última fila de la iglesia.

 El informe del comisario Gómez fechado el 12 de noviembre de 1902 menciona que fue doña Soledad y Turbe, la panadera que les llevaba pan fresco tres veces por semana, quien dio la primera señal de alarma. La mujer declaró que durante dos entregas consecutivas nadie había respondido a sus llamados. Más inquietante aún, el dinero que solían dejar bajo una maceta en el saguán seguía intacto y el pan de la entrega anterior permanecía sin tocar, cubierto de hormigas.

 Lo que encontraron cuando las autoridades decidieron forzar la entrada de aquella casa de la calle Reforma cambiaría para siempre la historia de Fresnillo. Y sin embargo, lo más perturbador no fue lo que vieron, sino lo que escucharon, el sonido de una cuna meciéndose en el piso superior.

 Una cuna que, según todos los registros civiles y eclesiásticos no debería existir. Nadie en Fresnillo recordaba haber visto a ninguna de las hermanas moncada embarazada. Nadie las había visto jamás en compañía de hombre alguno. Y sin embargo, los registros médicos del Dr. Anselmo Sarate, el único médico del pueblo, mencionan que fue llamado a la casa de las Moncada en seis ocasiones distintas entre enero y octubre de aquel año.

 En todas sus visitas anotó escuetamente visita domiciliaria, estado satisfactorio. El Dr. Táate, un hombre de 70 años con cataratas avanzadas y una reputación de discreción absoluta, se negó inicialmente a ampliar la información contenida en sus registros. Solo después de ser interrogado formalmente por el comisario Gómez, admitió que sus visitas habían sido solicitadas por Concepción para atender a su hermana Remedios, quien según le habían dicho, sufría de melancolía profunda y episodios de delirio. El médico confesó que durante

sus visitas nunca le permitieron examinar físicamente a la paciente, limitándose a observarla desde la puerta de su habitación y a prescribir tónicos para los nervios que Concepción administraba. La señorita Remedios siempre estaba en cama, cubierta hasta el cuello mirando hacia la ventana. Apenas me dirigía la palabra”, declaró el médico.

 Cuando el comisario le preguntó si había notado algo inusual, el Dr. Sarate guardó silencio durante varios segundos antes de responder: “Solo una vez, en mi última visita en octubre. Creía escuchar el llanto de un bebé en alguna parte de la casa, pero cuando lo mencioné, Concepción me dijo que era el hijo recién nacido de una sirvienta que habían contratado temporalmente y que se alojaba en el área de servicio.

 No le di mayor importancia. Sin embargo, según los registros municipales de contrataciones domésticas, ninguna sirvienta había sido registrada como empleada en la casa Moncada desde la muerte de don Ernesto, 5 años atrás. En el despacho del padre Jerónimo Aguirre, párroco de Fresnillo, durante 20 años, se encontró un diario donde consignaba sus visitas pastorales.

En la entrada correspondiente al 30 de marzo de 1902 escribió algo desconcertante. He visitado a las hermanas Moncada. Remedios insiste en confesar el mismo pecado. Le he dicho que Dios ya la ha perdonado, pero ella dice que no es perdón lo que busca. Me preocupa su estado mental. Hay algo en esa casa que no me deja respirar bien.

 El padre Aguirre, interrogado por el comisario Gómez, se mostró reticente a violar el secreto de confesión. Sin embargo, admitió que Remedios Moncada había mostrado signos de un desequilibrio creciente en los meses previos a su desaparición. hablaba constantemente de una deuda que debía pagar, de un regalo que iba a recibir, de una presencia que sentía en su dormitorio por las noches”, declaró el sacerdote.

 Al principio pensé que se trataba de una crisis de fe o de un simple agotamiento nervioso, pero con el tiempo sus palabras adquirieron un tono perturbador. mencionaba a una niña que la visitaba en sueños, una niña que, según ella, estaba creciendo al otro lado y pronto estaría lista para volver. Cuando el comisario le preguntó si creía que las hermanas habían sufrido algún tipo de episodio psicótico compartido, el padre Aguirre respondió con una frase que los investigadores recordarían durante años.

 Lo que habitaba esa casa no era locura, comisario. Era algo más antiguo y hambriento, algo que se alimentaba del remordimiento de esas pobres mujeres. Los testimonios recogidos por el juez de paz, don Alfonso Terrazas, pintan un cuadro extraño de las hermanas Moncada. Según doña Guadalupe Carranza, vecina del número 17 de la misma calle.

 Las Moncada eran muchachas educadas, pero siempre hubo algo raro en ellas. Desde que murió su padre era como si se hubieran secado por dentro. A veces, muy tarde en la noche se escuchaban cantos que venían de su casa, cantos de cuna, pero tan tristes que ponían la piel de gallina. Doña Guadalupe amplió su testimonio con un detalle que no se incluyó en el informe oficial, pero que fue registrado en las notas personales del juez terrazas.

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