Aleida tenía 4 años y medio. Su padre llegó una tarde a casa más serio de lo habitual. Mamá nos reunió a todos, recuerda a Leida. En ese momento ya eran cuatro hijos. Ella, Camilo, Celia, nacida el 14 de junio de 1963 y el bebé Ernesto, nacido el 24 de febrero de 1965, apenas un mes antes. Papá se arrodilló frente a mí y me dijo, “Voy a hacer un viaje largo, mi amor, pero esta vez voy a estar fuera mucho tiempo.
” Le pregunté cuánto, me dijo, “No lo sé.” Le pregunté si volvería para mi cumpleaños. me dijo, “Voy a intentarlo.” Esa fue la última conversación real que tuve con mi padre. Lo que el Che no le dijo a su hija de 4 años era que ese viaje largo era en realidad un adiós permanente, que había escrito una carta de despedida a Fidel Castro renunciando a todo.
Su ciudadanía cubana, sus cargos en el gobierno, su salario, su vida en Cuba, que había decidido que ser padre era incompatible con ser revolucionario. Abril de 1965. El Che partió hacia el Congo. Aleida se quedó en la Habana, preguntándose por qué su papá no había vuelto todavía. Mamá intentaba explicármelo. Recuerda Aleida.
Me decía, “Papá está ayudando a niños en África que no tienen casa, ni comida ni escuela. Está siendo un héroe.” Pero yo pensaba, “¿Y por qué tiene que ayudar a esos niños y no puede estar conmigo que soy su hija?” Durante los siguientes meses, Aleida desarrolló un ritual. Todas las noches, antes de dormir, le pedía a su madre que le mostrara fotos de su padre.
Tenía miedo de olvidar su cara. Confiesa. Tenía 4 años, casi cinco, y ya sentía que estaba perdiendo los recuerdos de cómo era su voz, su risa, el olor de su barba cuando me abrazaba. En julio de 1965 llegó la primera carta del Cheé. Venía desde algún lugar de África sin remitente específico por razones de seguridad.
Estaba dirigida a mi familia amada, pero no mencionaba nombres específicos. Mamá nos la leyó en voz alta. Recuerda, Aleida, hablaba sobre la lucha, sobre la revolución, sobre crear un mundo mejor. Al final decía, “Los amo y los llevo en mi corazón. Yo tenía 5 años y pensé, si nos amas, ¿por qué no estás aquí? No vas a creer esto. Pero durante los siguientes dos años, Aleida solo recibió cuatro cartas más de su padre, cinco cartas en dos años.
Hice las cuentas cuando era adulta”, dice Aleida. Cinco cartas en 24 meses. Una carta cada 5co meses aproximadamente. Eso es lo que valíamos para él. Una carta cada casi medio año. En esas cartas, el Che escribía sobre la revolución, sobre la lucha armada, sobre sus compañeros guerrilleros. Apenas mencionaba a sus hijos.
En una carta preguntó cómo estábamos creciendo. Recuerda a Leida con ironía. Qué generoso, ¿no? Preguntar cómo estábamos creciendo sus cuatro hijos mientras él jugaba a ser Rambo en la selva africana. La amargura en su voz es palpable incluso décadas después. En 1966, el Che fracasó en el Congo. La guerrilla fue un desastre.
En lugar de regresar a Cuba con su familia, decidió ir a Bolivia a comenzar otra guerrilla. Cuando mamá nos dijo que papá no volvería todavía, que había ido a otro país a seguir luchando por la justicia. Yo tenía 6 años y algo dentro de mí se rompió, confiesa Aleida. Dejé de preguntar por él. Dejé de mirar sus fotos todas las noches.
Decidí que si él no nos necesitaba, yo tampoco lo necesitaba a él. Aún no has visto la mayor sorpresa, porque lo que sucedió el 9 de octubre de 1967 destruyó lo poco que quedaba de la relación entre Aleida y el recuerdo de su padre. Era un lunes normal en La Habana. Aleida tenía casi 7 años e iba a segundo grado de primaria.
Recuerdo ese día perfectamente, dice con la voz quebrada. Era un día soleado. Yo estaba en la escuela, en la clase de matemáticas. A mitad de la mañana, la directora entró al salón y le susurró algo a mi maestra. Mi maestra me miró con una cara rara, como de lástima, y me dijo que tenía que ir a casa inmediatamente. Cuando Aleida llegó a su casa, encontró el patio lleno de autos oficiales.
Había hombres uniformados por todas partes. Su madre estaba en la sala sentada en el sofá con la cara completamente blanca. Mamá me vio entrar y comenzó a llorar. Recuerda a Leida. Me hizo una seña para que me acercara. Me senté en su regazo y ella me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.
Entonces me dijo, “Mi amor, tengo que decirte algo muy triste. Tu papá, tu papá ha muerto.” El mundo de Aleida se detuvo en ese momento. Tenía casi 7 años y acababa de enterarse de que su padre, a quien apenas recordaba, había muerto en un lugar llamado Bolivia. ejecutado por soldados después de ser capturado en una emboscada.
Lo primero que sentí no fue tristeza. Confiesa a Leida con honestidad brutal. Fue confusión. Pensé, “¿Cómo puedo estar triste por alguien que casi no conozco?” Luego sentí culpa por no estar más triste y después, mucho después, sentí rabia. Una rabia que no desaparecería en décadas.
Los días siguientes fueron un caos. La casa se llenó de gente, oficiales del gobierno, amigos de sus padres, periodistas queriendo entrevistar a los huérfanos del Che. Todos nos miraban con lástima, recuerda Aleida, nos decían, “Su padre fue un héroe. Dio su vida por la revolución. Deben estar orgullosos.” Pero yo no me sentía orgullosa, me sentía abandonada.
El 18 de octubre, 9 días después de la muerte del Che, Fidel Castro dio un discurso público leyendo la carta de despedida que el Che había escrito en marzo de 1965. Fue la primera vez que supe que mi padre se había ido voluntariamente, dice Aleida, que había renunciado a nosotros de forma oficial.
No nos habían expulsado. Él había elegido irse. Eso fue peor que su muerte. En ese momento todo se aclaró para Aleida, pero de la peor manera posible. Su padre no había muerto en una misión inesperada. Había muerto en una aventura que él mismo había elegido, sabiendo los riesgos, sabiendo que probablemente no regresaría.
Y aún así había preferido eso antes que quedarse con su familia. Tenía 7 años, pero entendí perfectamente el mensaje. Dice Aleida. Mi padre nos había cambiado por su revolución. Nosotros no fuimos suficiente razón para quedarse. Cuatro hijos, una esposa que lo amaba, una vida cómoda en la Habana. Nada de eso pesó más que su deseo de ser un guerrillero eterno.
Los años siguientes fueron los más difíciles. Aleida creció siendo la hija del Che, una etiqueta que llevaba como una maldición. En la escuela, los maestros me ponían como ejemplo, recuerda, decían, “Miren a Aleida. Su padre dio su vida por todos nosotros. Ella debe ser fuerte como él. Pero yo no quería ser fuerte.
Quería tener un padre que me llevara a la escuela, que me ayudara con la tarea, que estuviera en mis cumpleaños. No pedía un héroe, pedía un papá. En 1968, cuando cumplió 8 años, Aleida hizo algo que nadie supo durante años. Tomó todas las fotos de su padre que tenía en su cuarto y las guardó en una caja debajo de su cama.
No las destruí porque mamá se habría enojado, explica. Pero ya no quería verlas. Estaba harta de mirar la cara del héroe que nos había abandonado. Lo que estás viendo ahora no es nada comparado con lo que Aleida descubriría durante su adolescencia. En 1975, cuando tenía 15 años, una maestra de historia le dio un libro, El diario del Che en Bolivia.
Me dijo que debía leerlo, que era importante conocer las últimas palabras de mi padre. Recuerda Aleida. Lo leí completo en dos noches y me destrozó. En el diario, el che documentaba sus días en Bolivia, las emboscadas, el hambre, las enfermedades, la soledad. Pero lo que más impactó a Aleida fue lo poco que mencionaba a su familia.
En 11 meses de diario, en páginas y páginas de escritura, mencionó a sus hijos exactamente tres veces, dice Aleida contando con los dedos. Tres veces en casi un año y siempre de forma genérica. Pensé en mis hijos hoy. No nuestros nombres, no recuerdos específicos, solo mis hijos, como si fuéramos un concepto abstracto, y no personas reales.
Había una entrada particularmente dolorosa del 24 de noviembre de 1966, el cumpleaños número 6 de Aleida. Ese día escribió sobre problemas de suministros, sobre un enfrentamiento con el ejército boliviano, sobre la dificultad de conseguir medicinas. ni una palabra sobre que era mi cumpleaños, ni una palabra. Aleida cerró el libro esa noche y tomó una decisión.
Dejaría de intentar amar la memoria de su padre. Cuando pensabas que todo había terminado, en 1982, Aleida tuvo acceso a algo que cambiaría completamente su perspectiva, las cartas personales de su padre que su madre había guardado durante años. Aleida tenía 22 años. Acababa de casarse y estaba embarazada de su primer hijo.
Mamá me llamó un día y me dijo que había algo que yo debía ver. Recuerda, me llevó a su habitación, abrió un cajón cerrado con llave y sacó un fajo de cartas atadas con una cinta roja. Eran todas las cartas que mi padre le había escrito a ella durante sus años juntos. Aleida pasó toda la noche leyéndolas.
Lo que descubrió fue devastador. Su padre era capaz de escribir cartas hermosas, largas, detalladas, llenas de amor y poesía, pero solo a su esposa. Había cartas de 10 páginas donde le describía sus sentimientos, sus miedos, sus sueños. dice Aleida. Le escribía sobre cuánto la extrañaba, sobre cómo recordaba cada detalle de su rostro, pero a nosotros, sus hijos, apenas nos mencionaba, éramos notas al pie en sus cartas de amor.
Había una carta particularmente reveladora de enero de 1965, dos meses antes de partir al Congo. En ella, el Chele confesaba a su esposa, “Sé que soy un mal padre. Sé que mis hijos merecen más de lo que les puedo dar, pero la revolución me necesita más que ellos. Espera un minuto. No te pierdas este detalle, porque fue en 1985 cuando Aleida hizo lo que ningún hijo del Che se atrevería a hacer públicamente.
Tenía 25 años, dos hijos propios, y había decidido que ya no podía seguir fingiendo que honraba la memoria de su padre. Un día estaba en casa mirando la famosa fotografía de mi padre con la boina estrellada. Esa que todo el mundo tiene, esa que se volvió un icono mundial, recuerda, y algo dentro de mí explotó. Tomé la fotografía, fui a la cocina y la arrojé al fuego de la estufa.
Vi cómo se quemaba, como la cara de mi padre se ennegrecía y desaparecía entre las llamas. Su esposo entró a la cocina y la encontró llorando frente a la estufa. me preguntó qué había hecho y le dije la verdad. Acabo de quemar a mi padre, o al menos acabo de quemar la imagen de mi padre porque eso es lo que era para mí, una imagen, un símbolo, un icono vacío.
Nunca fue realmente mi padre. Esa noche Aleida juró que sus propios hijos nunca sentirían lo que ella sintió. Les prometí que siempre estaría ahí para ellos. Dice con determinación que ninguna causa, ningún ideal, ninguna revolución sería más importante que verlos crecer. Porque mi padre me enseñó exactamente cómo no ser padre y esa fue su única lección valiosa para mí.
Los años pasaron y Aleida March Guevara construyó una vida deliberadamente alejada del legado de su padre. se casó, tuvo tres hijos, trabajó como pediatra en un hospital de La Habana y evitó todas las ceremonias oficiales donde se honraba la memoria del Cheé. Cada 8 de octubre, el aniversario de su captura, el gobierno organizaba eventos masivos.
Recuerda, me invitaban, me rogaban que asistiera. Yo siempre decía que estaba enferma o que tenía que trabajar. La verdad es que no podía estar allí escuchando a políticos hablar de mi padre como si lo hubieran conocido, como si supieran quién era realmente. Durante 30 años, Aleida vivió en una especie de limbo emocional.
No odiaba abiertamente a su padre en público, porque eso habría destruido a su madre y habría sido un escándalo político en Cuba, pero tampoco lo amaba en privado. Era como vivir con un fantasma que todos veneran, pero que tú conociste como un desertor. Explica. El mundo veía a un héroe revolucionario.
Yo veía al hombre que eligió no estar en mis cumpleaños, en mi graduación, en mi boda, en el nacimiento de mis hijos. ¿Cómo reconcilias esas dos versiones? Todavía no sabes lo que está por venir, porque en 1997 algo sucedió que obligó a Aleida a enfrentar el fantasma de su padre de una manera brutal. Después de 30 años, los restos del Che fueron finalmente encontrados en Bolivia y traídos de regreso a Cuba.
El gobierno organizó un funeral de estado masivo en Santa Clara. Me llamaron directamente desde el palacio presidencial. Recuerda a Leida. Me dijeron que como hija mayor yo debía estar en la primera fila, que el mundo entero estaría mirando. Dije que no. Me dijeron que no era una petición, era una obligación.
El 17 de octubre de 1997, Aleida, de 37 años tuvo que pararse frente a medio millón de personas, mientras los restos de su padre eran enterrados con honores militares. Fidel Castro dio un discurso de 2 horas, dice con amargura. habló de mi padre como si hubieran sido hermanos inseparables, como si Fidel hubiera hecho todo lo posible por salvarlo.
Todo mentiras, pero yo tenía que estar allí sonriendo para las cámaras, fingiendo que estaba orgullosa. Durante la ceremonia, cuando le tocó poner flores sobre el ataúd, Aleida sintió algo inesperado, no tristeza, sino furia pura. Pensé, “¿Por qué ahora sí te traen de vuelta? ¿Por qué ahora sí eres importante para Cuba, cuando estabas vivo y nosotros te necesitábamos, elegiste estar lejos.
Ahora que estás muerto, te usan como propaganda. Esa noche, después del funeral, Aleida hizo algo que nunca le había contado a nadie hasta ahora. Volví sola al mausoleo donde acababan de enterrar a mi padre. Confiesa. Era casi medianoche. Los guardias me reconocieron y me dejaron pasar. Me paré frente a la tumba y por primera vez en 30 años le hablé como si estuviera vivo.
Lo que Aleida le dijo a la tumba de su padre fue una catarsis de décadas de dolor contenido. Le dije, “Finalmente regresaste a Cuba, papá. Te tomó 30 años y tuviste que estar muerto para hacerlo. ¿Sabes qué? Yo también morí un poco. Cuando te fuiste, morí cada cumpleaños que no estuviste. Morí cada vez que veía a otras niñas con sus padres y yo solo tenía una fotografía.
Morí el día que supe que elegiste conscientemente dejarnos. Las lágrimas corrían por su rostro, pero no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de liberación. Le dije todo lo que nunca pude decirle en vida. Le dije que lo odiaba por abandonarnos, que su revolución no valía el precio que nosotros pagamos, que ser un héroe para el mundo no lo absolvía de ser un mal padre para nosotros.
Cuando salió del mausoleo esa noche, algo había cambiado en Aleida. No había encontrado paz, pero al menos había encontrado su voz. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que sucedió en los años siguientes fue una transformación lenta, pero definitiva. Aleida comenzó a asistir a terapia en secreto, algo raro en Cuba, pero que ella sentía que necesitaba desesperadamente.
Mi terapeuta me hizo una pregunta que cambió todo. Recuerda, me dijo, “¿Qué es lo que realmente te duele? ¿Que tu padre se fue o que nunca regresó?” y me di cuenta de que era lo segundo, porque si hubiera regresado podría haberle reclamado, podría haberle dicho en la cara todo lo que sentía, pero murió y me dejó sin la posibilidad de ese cierre.
Durante las sesiones de terapia, Aleida comenzó a escribir cartas a su padre muerto. Cartas que nunca enviaría, pero que necesitaba escribir. Escribí 47 cartas en dos años, dice. Algunas eran de rabia pura, otras eran preguntas que nunca tendría respuestas. ¿Por qué no fuimos suficiente? ¿Qué tenía la revolución que nosotros no tuviéramos? ¿Alguna vez pensaste en nosotros mientras estabas en la selva? Escribir esas cartas fue como sacar veneno de una herida infectada, pero había una carta que no podía escribir, una donde lo
perdonaba. Mi terapeuta me sugirió que intentara escribir una carta de perdón, dice Aleida. Lo intenté. Me senté con el papel en blanco durante horas. No pude escribir ni una palabra porque no lo había perdonado y no estaba segura de que alguna vez pudiera. En 2007, cuando Aleida cumplió 47 años, su madre, también llamada Aleida March, le dio un regalo inesperado.
Mamá tenía 71 años y su salud estaba deteriorándose. Recuerda, me llamó a su casa y me dijo que había algo que yo debía tener antes de que ella muriera. Su madre la llevó a un armario en su habitación, movió cajas viejas y sacó una pequeña maleta de cuero que Aleida nunca había visto. Dentro había cosas de mi padre que mamá había guardado durante 40 años, explica Aleida, su boina, algunas de sus camisas, fotografías que nunca se hicieron públicas y una caja de metal oxidada cerrada con candado.
La caja tenía una etiqueta escrita a mano que decía para Aleida, abrir solo si algo me pasa. Estaba fechada en marzo de 1965. Le pregunté a mamá por qué nunca me había dado esto antes. Dice Aleida. Ella me miró con lágrimas en los ojos y dijo, “Porque tu padre me hizo prometer que solo te la daría cuando yo sintiera que estabas lista.
Y creo que ahora estás lista.” El candado estaba oxidado. Aleida tuvo que usar un martillo para romperlo. Cuando finalmente abrió la caja, encontró algo que cambiaría todo. Una carta de 11 páginas escritas a mano, dirigida específicamente a ella. No vas a creer esto, pero esa carta que el Che escribió para su hija en marzo de 1965 contenía la confesión más brutal y honesta que Aleida jamás recibiría de su padre.
Las manos de Aleida temblaban tanto que apenas podía sostener las páginas amarillentas. La carta comenzaba así. Mi querida Aleida, si estás leyendo esto, significa que no regresé como prometí. Significa que elegí morir lejos de ti y que ahora tendrás que crecer sin mí. Y lo más terrible es que yo lo sabía.
Sabía cuando te besé la frente aquel día de marzo, que probablemente nunca te volvería a ver. Y aún así me fui. Aleida tuvo que dejar de leer por un momento. Sentí como si me hubieran golpeado en el estómago. Dice, “Él lo sabía. Sabía que probablemente moriría y aún así nos abandonó.” La carta continuaba con una honestidad devastadora.
No te voy a mentir diciendo que fue una decisión fácil o que no tenía alternativa. Tuve alternativa. Pude haberme quedado en Cuba, haber sido un buen padre, haberte visto crecer. Pero algo dentro de mí, algo que no puedo explicar ni justificar. Necesitaba estar en la lucha. Necesitaba sentir que mi vida tenía un propósito más grande que la felicidad personal.
Aún no has visto la mayor sorpresa, porque lo que venía en las siguientes páginas de la carta era aún más impactante. El Che confesaba algo que nadie sabía, que había considerado quedarse, que había pasado noches en vela debatiendo consigo mismo, si valía la pena sacrificar a su familia por la revolución. Hubo una noche en febrero de 1965, escribía el che, en que te vi dormida en tu cama.
Tenías 4 años, te veías tan pequeña, tan frágil. Me senté a tu lado durante horas mirándote respirar, memorizando cada detalle de tu cara. Y pensé, ¿cómo puedo dejar a esta niña? Pero luego pensé en todos los niños del mundo que sufren bajo dictaduras, bajo pobreza, bajo injusticia. Y sentí que si no luchaba por ellos, tu sacrificio no tendría sentido.
Aleida dejó caer la carta. Mi sacrificio”, dice con incredulidad. Él lo llamaba mi sacrificio, como si yo hubiera tenido elección, como si yo, una niña de 4 años, hubiera elegido conscientemente renunciar a mi padre por el bien de la revolución mundial. La carta continuaba. Sé que me vas a odiar por esto y tienes todo el derecho.
Soy un cobarde, Aleida, no un cobarde por ir a la guerra, sino un cobarde por no tener el valor de quedarme y ser simplemente tu padre. Es más fácil morir en una batalla que vivir con la mediocridad de una vida normal. Lo que estás viendo ahora no es nada comparado con las últimas tres páginas de esa carta.
El Che escribía sobre cada uno de sus cuatro hijos. con un detalle que Aleida nunca había visto en ninguna de sus otras cartas o diarios. “A ti, Aleida, te veo como la más fuerte”, escribía. Tienes el carácter de tu madre y mi obstinación. Sé que sobrevivirás mi ausencia. De hecho, probablemente prosperarás sin mí.
Serás más feliz sin la carga de tener un padre revolucionario que nunca está presente. A Camilo, que tiene 2 años, le pido perdón por no estar ahí para enseñarle a ser hombre. A Celia, que apenas tiene un año, le pido perdón por no estar ahí para protegerla. y a Ernesto, mi hijo más pequeño que nació hace apenas un mes, le pido perdón por haberlo traído al mundo, sabiendo que lo abandonaría casi inmediatamente.
Las lágrimas de Aleida mojaban las páginas mientras leía. Era como escuchar a un hombre consciente de que estaba cometiendo un crimen, pero incapaz de detenerse. Dice la carta terminaba con una frase que Aleida nunca podría olvidar. No te pido que me perdones, Aleida, porque no hay perdón para lo que estoy haciendo.
Solo te pido que cuando seas mayor y tengas tus propios hijos, no cometas mi error. No sacrifiques el amor por el deber. No cambies la vida real por los ideales abstractos. Sé mejor padre de lo que yo fui. Ese será mi único legado que valga la pena. Cuando pensabas que todo había terminado, Aleida descubrió que había algo más en la caja oxidada.
Debajo de la carta había un sobre más pequeño con una nota que decía, “Esto es lo que realmente pensaba. Lo escribí, pero no tuve el valor de incluirlo en la carta principal.” Aleida abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro había una sola hoja de papel con un texto corto escrito con una letra más descuidada, como si hubiera sido escrito rápidamente en un momento de desesperación.
La verdad que no puedo decir en voz alta. Elegí la revolución sobre ustedes porque ser revolucionario me hacía sentir importante, especial, inmortal. Ser padre solo me hacía sentir ordinario y yo tenía demasiado miedo de ser ordinario. Preferí ser un héroe ausente que un padre presente. Esa es mi verdadera confesión.
No fue por ideales nobles, fue por vanidad, por ego, por miedo a la mediocridad. Fui un cobarde que disfrazó su cobardía de valentía revolucionaria. Aleida leyó esas palabras tres veces. En ese momento dice, “Algo dentro de mí se rompió de una manera diferente. Durante 42 años había odiado a mi padre pensando que nos había abandonado por nobles ideales revolucionarios.
descubrir que en realidad nos abandonó por ego, por vanidad, por miedo a ser ordinario. Eso era de alguna manera peor y al mismo tiempo más humano. En ese momento todo se aclaró para Aleida, de la manera más dolorosa, pero también más liberadora posible. Su padre no era ni el héroe perfecto que el mundo celebraba, ni el villano malvado que ella había construido en su mente.
Era simplemente un hombre profundamente defectuoso que había tomado decisiones terribles por razones egoístas y que había tenido la decencia de admitirlo, aunque fuera en una carta secreta. Pasé las siguientes semanas en una especie de shock. Recuerda a Leida. No podía comer, no podía dormir. Releía la carta una y otra vez, especialmente esa confesión final sobre la vanidad y el miedo a la mediocridad.
Algo comenzó a cambiar en Aleida. No era perdón exactamente, pero era comprensión. Me di cuenta de que mi padre no nos abandonó porque no nos amara. explica. Nos abandonó porque se amaba más a sí mismo y a su imagen de revolucionario heroico, y eso de alguna manera, era más triste que cualquier otra explicación.
Aleida decidió hacer algo que nunca había hecho, hablar abiertamente sobre sus sentimientos hacia su padre, no en una entrevista oficial, no para un documental, sino en un pequeño grupo de terapia para hijos de figuras históricas ausentes. Había otros hijos de revolucionarios, de políticos. de militares que habían crecido sin sus padres.
Dice, y todos compartíamos la misma herida, padres que eligieron sus causas sobre nosotros. Espera un minuto, no te pierdas este detalle, porque en 2015, cuando Aleida cumplió 55 años, tomó una decisión que escandalizaría a toda Cuba. Decidió publicar partes de la carta de su padre en un libro autobiográfico titulado La hija, que no quiso ser heroína.
El gobierno intentó impedirlo, revela a Leida. Me llamaron, me amenazaron sutilmente, me dijeron que estaba traicionando la memoria de mi padre y la revolución, pero yo ya no era una niña asustada, era una mujer de 55 años que había guardado silencio durante cinco décadas. El libro causó un escándalo masivo cuando se publicó en Argentina en 2016. No pudo publicarse en Cuba.
Los medios internacionales lo cubrieron extensamente. Defensores del Che me atacaron duramente. Recuerda a Leida. Me llamaron traidora, malagradecida, resentida. Decían que estaba manchando el legado de un héroe por problemas personales, pero también recibió miles de mensajes de apoyo. Personas de todo el mundo me escribieron dice con emoción.
Hijos de militares, de revolucionarios, de activistas que también habían crecido sin sus padres, me decían, “Gracias por decir lo que nosotros no nos atrevemos a decir.” Me di cuenta de que mi historia no era solo sobre el chegue vara, era sobre todos los padres que eligen sus causas, sobre sus hijos y sobre todos los hijos que crecen, sintiéndose menos importantes que un ideal.
En 2022, cuando Aleida encontró la caja oxidada con la carta original, ya habían pasado 57 años desde que su padre escribió esas palabras. Encontré la caja original por casualidad. Explica. Estaba limpiando la casa de mi madre después de su muerte. La caja estaba escondida en un ático que yo nunca había revisado y allí estaba con esa etiqueta de 1965 esperándome durante más de medio siglo.
Lo que Aleida descubrió en esa caja original, que no estaba en la copia que su madre le había dado en 2007, fue aún más revelador. Fotografías. Había fotos de mi padre con nosotros que yo nunca había visto con la voz quebrada. Fotos de él cargándome cuando era bebé. de él jugando conmigo cuando tenía 2 años, de él enseñándome a caminar y detrás de cada foto había notas escritas a mano.
Aleida, primer paso, 15 meses. Aleida, primera palabra, papá. Aleida, riendo mientras juega. Él había documentado todo. Él sí nos prestaba atención. Este descubrimiento complicó aún más los sentimientos de Aleida. Durante décadas pensé que simplemente no le importábamos, explica. Pero estas fotos y notas demostraban que sí le importábamos, lo cual hacía su decisión de irse aún más incomprensible y dolorosa.
No nos abandonó por indiferencia, nos abandonó a pesar de amarnos. Y eso de alguna manera es peor. Marzo de 2023. Aleida March Guevara, de 64 años, se sienta para su entrevista más honesta y brutal hasta la fecha. Es la misma entrevista que estás presenciando ahora. He decidido contar toda la verdad, dice con determinación, porque ya no me queda tiempo para guardar secretos. Tengo 64 años.
Mi padre murió a los 39. Ya viví 25 años más que él. Y en estos 25 años extras que él nunca tuvo, he aprendido algo fundamental, que ser padre es la revolución más importante que existe. Le preguntan si finalmente ha perdonado a su padre después de todos estos años. Aleida guarda silencio por un largo momento.
Perdonar implica que la persona que te hirió está arrepentida dice finalmente. Mi padre sí se arrepintió. Lo escribió en sus cartas secretas. Entonces, la pregunta real es, ¿puedo perdonar a un hombre muerto que ya se arrepintió, pero que nunca me lo dijo en vida? Hace una pausa. Sus ojos se llenan de lágrimas. La respuesta honesta es, “No lo sé.
” Algunos días siento que lo he perdonado. Otros días, cuando veo a mis propios hijos con sus familias, cuando veo a mis nietos crecer, siento la rabia regresar. Pienso, él se perdió todo esto y nos obligó a perdérnoslo a él. Lo que viene ahora es la reflexión final de Aleida, la que resume 64 años de vida como hija del Cheegevara.
Quiero que el mundo entienda algo”, dice mirando directamente a la cámara. “Mi padre no fue un villano, tampoco fue el héroe perfecto que los pósters muestran. Fue un hombre brillante, apasionado, valiente en el campo de batalla, pero cobarde en la vida familiar. Fue capaz de enfrentar balas, pero incapaz de enfrentar la mediocridad de la vida cotidiana.
Fue un revolucionario extraordinario y un padre terrible, y ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Aleida sostiene la fotografía famosa de su padre con la boina estrellada, la misma que intentó quemar en 1985. El mundo ve esta imagen y ve un icono de la revolución. Yo veo al hombre que eligió esta imagen sobre nosotros, que prefirió ser una fotografía famosa que un padre presente. Hace una pausa.
Sus dedos trazan el contorno de la cara de su padre en la foto. ¿Sabes qué es lo más triste? Que probablemente hizo lo correcto para sus ideales, pero lo incorrecto para su familia. Y nunca podremos saber si el mundo es mejor, porque él hizo lo que hizo. Pero yo sé con certeza que mi mundo habría sido mejor si él se hubiera quedado.
Y vos ahora has conocido la historia completa que Aleida March Gevara guardó durante 64 años. ¿Has visto como una niña de 4 años fue abandonada por su padre en nombre de la revolución? ¿Has descubierto las cartas secretas donde el Che confesaba su vanidad y miedo a la mediocridad? has presenciado el dolor de una hija que pasó toda su vida tratando de reconciliar el héroe público con el padre ausente.
Y has escuchado a una mujer de 64 años que finalmente tuvo el valor de decir en voz alta lo que millones de hijos de figuras históricas piensan en silencio. Que ninguna causa, ninguna revolución, ningún ideal vale más que estar presente en la vida de tus hijos. Mi mensaje final”, dice Aleida mientras cierra la caja oxidada con las cartas de su padre. Es simple.
Si tienes hijos, estate con ellos. No los cambies por gloria, por fama, por una causa noble. Porque cuando mueras, la gloria se desvanecerá, la fama se olvidará, la causa cambiará. Pero tus hijos recordarán tu ausencia para siempre. Mi padre cambió el mundo, pero destruyó a su familia en el proceso. ¿Valió la pena? Pregúntale a los millones que lo veneran, pero pregúntame a mí, su hija, y te diré, “No, no valió la pena.
Preferiría tener un padre ordinario y presente que un héroe extraordinario y ausente.” Se pone de pie, camina hacia la ventana, mira hacia la Habana. Hoy es 24 de noviembre de 2023. Es mi cumpleaños número 63. Y como todos los años, desde que tenía 5 años, mi padre no está aquí para celebrarlo.
La diferencia es que ahora finalmente dejé de esperarlo.