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De ganar millones y noquear al máximo ídolo de Japón, a limpiar parabrisas y dormir en la indigencia.

De ganar millones y noquear al máximo ídolo de Japón, a limpiar parabrisas y dormir en la indigencia. La escalofriante historia del campeón Víctor Rabanales: cómo dos misteriosas mujeres le robaron su fortuna en un volcán y el oscuro secreto familiar que verdaderamente terminó de matarlo en vida.

VÍCTOR RABANALES: CONFESÓ Cómo Dos MUJERES Le DESTROZARON La VIDA 

campeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo. Venció en Japón al ídolo nacional Joichiro Tatsuyoshi. Ganó más de millón de dólares en su carrera y ese mismo hombre hoy limpia parabrisas en una esquina de Texcoco por 30 pesos la moneda. Sin dinero, sin casa, durmiendo en la calle. Pero eso no es lo más triste.

 Lo más asqueroso fue lo que dos mujeres le hicieron una tarde de mayo en las faldas del volcán Popocatepl. Quédate hasta el final porque vas a saber quiénes eran esas dos mujeres y lo más importante, lo que le hicieron que acabó matándolo en vida. Pero antes de llegar a esa esquina de Texcoco, donde Víctor Manuel Rabanales hoy limpia parabrisas a las 6 de la mañana con una camisa que no es suya, con un trapo gris colgándole del cinto y con el cuerpo de un hombre de 63 años que ya no se parece en nada al peleador que noqueó al ídolo japonés en Osaka. Hay algo que tienes

que entender, porque lo que pasó esa tarde de mayo de 2010 en las faldas del Popocat Petl no empezó esa tarde, empezó 45 años antes en una choa de tablones de madera en un pueblo de la selva chiapaneca, donde nació el séptimo hijo de una familia que algunas noches comía dos veces al día y otras noches no comía nada. Aquí es donde todo cambia.

 Ciudad Hidalgo, Chiapas. 23 de diciembre de 1962, 2:30 de la mañana. En una casa de un solo cuarto pegada al río Suchiate, frontera natural entre México y Guatemala, nace Víctor Manuel Rabanales, hijo número siete de una familia campesina, cuya madre, una mujer chiapaneca llamada Eulalia. Paría hijos cada 14 meses sin poder pagarle a una partera profesional y cuyo padre, un peón de cafetal llamado Eduardo, ganaba 32 pesos a la semana cortando café en las fincas alemanas del Soconusco.

Víctor Rabanales no conoció zapatos hasta los 9 años. Su primer par fueron unas botas viejas de plástico negro que su padre le compró en el mercado de Tapachula. Cuando el niño empezó la primaria de manera tardía en 1972, antes de esos zapatos, Víctor caminaba descalso por los caminos de tierra del Soconusco.

 Cuidaba a sus hermanos menores mientras la madre cocinaba en un fogón de leña y cargaba leña él mismo desde los 4 años para que la casa de tablones tuviera fuego en las madrugadas frías de la selva alta. A los 11 años, en 1974, Víctor Rabanales vio por primera vez una pelea de boxeo en una televisión en blanco y negro de la cantina del pueblo.

La pelea era de un mexicano llamado Rubén Olivares contra un argentino. Transmitida en directo desde el Forum de Inglewood, California. Víctor, parado en la puerta de la cantina, sin permiso para entrar porque era niño, vio los cuatro asaltos completos pegado al marco de madera y cuando terminó la pelea, regresó corriendo a la casa de tablones.

 Le dijo a su madre Eulalia tres palabras y nunca más volvió a hablar de otra cosa con la misma intensidad. Las tres palabras fueron mamá, eso quiero. Eulalia Rabanales. Esa noche, sentada en un banco de madera frente al fogón apagado, miró a su séptimo hijo durante 10 segundos exactos y le contestó una sola frase, una frase que Víctor iba a recordar el resto de su vida durante los siguientes 50 años hasta que volviera a recordarla con un dolor distinto.

 la noche del 21 de mayo de 2010, cuando ya no quedara nada del campeón mundial. La frase de Eulalia esa noche de 1974 fue, “Mi hijo, los pobres no escogemos. Si Dios te da los puños, los puños te van a alimentar. Pero acuérdate, lo que los puños te dan, los puños te lo quitan. Guarda esto en tu mente porque va a regresar al final.

Aquí aparece el primer caramelo de esta historia, porque esa frase dicha por una madre chiapaneca analfabeta a su séptimo hijo a la luz de una vela de cebo en 1974, fue escrita por Víctor Rabanales con su propia letra 36 años después, en la primera página de una libreta de pasta verde que el peleador empezó a llenar a partir de octubre de 2010, una libreta que Víctor mantuvo en silencio durante 15 años seguidos.

 Una libreta donde el campeón mundial fue anotando una por una todas las traiciones, todos los engaños, todos los nombres de las personas que durante 15 años fueron quitándole pieza por pieza lo que los puños le habían dado. Esa libreta hoy en 2026 sigue guardada dentro de una mochila negra rota que Víctor Rabanales carga todos los días sobre la espalda.

 mientras camina por las calles de Texcoco buscando parabrisas que limpiar. Esa libreta, según el propio Víctor le confesó a un periodista de la revista Proceso, en una entrevista publicada en marzo de 2024, tiene anotados los nombres de 14 personas que jugaron en su caída y tiene una página, la página número 39, donde aparece subrayado tres veces el nombre de la única persona que el campeón nunca pensó que iba a traicionarlo.

Pero esa libreta verde la vamos a abrir más adelante. Víctor Rabanales empezó a boxear a los 12 años en un gimnasio improvisado de Tapachula, Chiapas, donde un entrenador llamado Don Goyo Hernández, exboxeador olvidado de los años 50, entrenaba a niños pobres de la calle a cambio de 5 pesos a la semana.

 Víctor, que no tenía 5 pesos, le ofreció a don Goyo lavarle el gimnasio cada tarde durante 2 horas. Don Goyo aceptó y a los 14 años Víctor ya ganaba peleas de aficionados en los pueblos del Soconusco, peleando contra campesinos adultos por bolsas de 20 y 30 pesos. A los 17 años, Víctor Rabanales tomó una decisión que iba a marcar su vida entera.

 se subió a un autobús de segunda clase en Tapachula con 12 pesos en el bolsillo y una bolsa de plástico amarrada con un cordón conteniendo dos camisas, un par de zapatos de ule y una foto de su madre Eulalia tomada el día de su comunión. Manejó 42 horas seguidas sin bañarse, sin comer caliente, durmiendo encogido sobre el asiento hasta llegar a la Ciudad de México la mañana del 5 de febrero de 1980.

Víctor Rabanales a los 17 años llegó al Distrito Federal sin conocer a nadie, sin tener donde dormir, sin saber leer un mapa del metro. Y la primera noche, después de caminar 7 horas seguidas preguntando por gimnasios de boxeo, durmió en una banca del parque Alameda Central, abrazado a la bolsa de plástico con el frío de febrero pegándole en los huesos.

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