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Así Vive Eduardo Arellano Félix en La Cárcel: De Dueño de Tijuana a Volverse Loco en su Celda a

Así Vive Eduardo Arellano Félix en La Cárcel: De Dueño de Tijuana a Volverse Loco en su Celda a

Hay un hombre de 68 años encerrado en este momento en una celda del ceferezo número uno, el altiplano, la prisión de máxima seguridad más temida de México. Un hombre que no recibe visitas, que no tiene aliados adentro, que no tiene cartel que lo proteja, que no tiene hermanos que puedan mandar un mensaje desde afuera para que nadie lo toque.

Ese hombre hace 30 años era uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo. Su familia controlaba Tijuana con puño de hierro. Su familia decidía quién vivía y quién moría en toda la frontera noroeste de México. Su familia mataba policías, militares, periodistas, fiscales, cardenales. Olw hizo película sobre su familia.

 El gobierno de Estados Unidos ofreció millones de dólares por la cabeza de sus hermanos. Y él, él era el cerebro, el que movía el dinero, el que lavaba los millones, el que convertía toneladas de cocaína colombiana en propiedades, inversiones, cuentas bancarias y poder político. Su nombre es Eduardo Arellano Félix. Lo llamaban el doctor porque realmente lo era.

 Se recibió de médico antes de dedicarse al narcotráfico. Y ese detalle no es anecdótico. Es la clave para entender su papel en la organización criminal más violenta que ha conocido la frontera mexicana. Porque mientras sus hermanos mataban, mientras Ramón organizaba ejecuciones espectaculares y Benjamín diseñaba estrategias de control territorial, Eduardo hacía algo más difícil de ver, pero igual de devastador.

 Convertía la sangre en dinero limpio. era el contador del infierno, el financiero de la muerte, el hombre que hacía que los millones del narcotráfico desaparecieran del radar y reaparecieran convertidos en restaurantes, farmacias, bienes raíces y empresas fantasma. Lo que estás a punto de escuchar es la historia completa de la caída del último arellano Félix en pie, de cómo un clan que aterrorizó a México durante dos décadas terminó destruido pieza por pieza hasta que solo quedó Eduardo, el más silencioso, el más calculador, el más paciente de todos,

pudriéndose solo en una celda de máxima seguridad, sin que nadie lo visite, sin nadie lo reclame, sin que nadie se acuerde de que existe. Pasé semanas revisando expedientes judiciales de dos países, actas de extradición, resoluciones de tribunales colegiados y las crónicas de quienes cubrieron el ascenso y la caída de esta familia para reconstruir esta historia completa.

Porque lo que todo el mundo sabe que los Arellano Félix fueron un cártel poderoso que ya no existe, es apenas la capa superfasi nadie sabe es qué pasó con Eduardo después de que Estados Unidos lo deportó. lo que le hicieron en el puente fronterizo de Matamoros, lo que encontró esperándolo en México cuando creyó que todo había terminado.

Y lo que significa para un hombre de 68 años estar encerrado en el altiplano, sabiendo que cada uno de sus mesos fue destruido, muerto, preso o desaparecido, y que él es el último pedazo que queda de un imperio que alguna vez hizo temblar a un país entero. Pero hay algo que hace la historia de Eduardo diferente a la de cualquier otro narcotraficante preso, algo que convierte su caída en una pesadilla particular.

 Sus hermanos cayeron peleando. Ramón murió en un tiroteo. Benjamín fue capturado en una redada espectacular. Francisco cayó en una operación internacional. Eduardo no. Eduardo cayó dos veces. Lo atraparon en México. Cumplió condena en Estados Unidos. Lo deportaron y cuando puso un pie en suelo siicano, creyendo que era libre, lo estaban esperando para encerrarlo de nuevo.

 Lo atraparon, lo soltaron y lo volvieron a atrapar como si el destino se hubiera propuesto demostrarle que no hay salida, que no la hubo nunca. Para entender cómo Eduardo Arellano Félix terminó donde está, solo, viejo, olvidado, en la celda más gris de la prisión más fría de México, hay que retroceder al momento exacto en que todo empezó.

 Y ese momento tiene nombre, apellido y fecha, Miguel Ángel Félix Gallardo. 1989. Félix Gallardo era el padrino, el jefe de jefes, el hombre que durante toda década de los 80 controló el narcotráfico mexicano como una sola empresa, distribuyendo plazas, rutas y ganancias entre los diferentes operadores regionales, como un CEO reparte divisiones entre sus gerentes.

Pero en abril de 1989, Félix Gallardo fue arrestado en Guadalajara y cuando cayó, el imperio que había construido se fragmentó en pedazos. Cada pedazo se convirtió en un cártel. Sinaloa se quedó con Joaquín Guzmán, lo era, el futuro Chapo. Juárez se quedó con Amado Carrillo, el Señor los Cielos.

 Y Tijuana, la plaza más codiciada de todas, la que controlaba el cruce fronterizo más transitado del mundo, se quedó con los Arellano Félix. Esan siete hermanos, pero los que importaban, los que convirtieron a Tijuana en un territorio de sangre y terror, eran cinco hombres y una mujer. Ramón era la violencia, el más temido, el más sanguinario, el que organizaba ejecuciones con niveles de brutalidad que México no había visto antes.

 Ramón no solo mataba a sus enemigos, los descuartizaba, los disolvía en ácido, los exhibía como advertencia. creó un ejército de sicarios reclutados entre pandilleros de los barrios más pobres de Tijuana. Chavos de 15, 16 años que no tenían nada que perder y que Ramón convertía en máquinas de matar a cambio de dinero, droga y la promesa de ser alguien en un mundo que los había tratado como basura.

 Benjamín era el cerebro estratégico, el que negociaba con los colombianos, el que establecía alianzas políticas, el que compraba policías, militares, jueces y políticos con la misma naturalidad con la que compraba casas y automóviles. Benjamín no levantaba la voz, no necesitaba. Su arma era la inteligencia fría y la capacidad de anticipar los movimientos de sus enemigos antes de que ellos mismos los pensaran.

 Francisco Javier, el tigrillo era el enlace con los proveedores colombianos, el que viajaba a Bogotá y a Cali para cerrar tratos con los carteles que suministraban la cocaína. Francisco Rafael era el hermano que se movía en las sombras, el intermediario, el facilitador. Y en Edina, la única mujer, terminó siendo, según las autoridades, la que tomó las riendas cuando todos sus hermanos fueron cayendo uno por uno.

 Y luego estaba Eduardo, el doctor, el hermano que no disparaba, el hermano que no torturaba, el hermano que no negociaba con sicarios ni con colombianos. Eduardo hacía algo que visto desde fuera parecía civilizado, lavaba dinero. Pero no te dejes engañar por la apariencia de civilidad. Cada peso que Eduardo lavaba tenía sangre en SIM.

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