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Antes de morir, SILVIA PINAL Confeso que VIRIDIANA ALATRISTE no era su HIJA LEGITIMA  tc

Antes de morir, SILVIA PINAL Confeso que VIRIDIANA ALATRISTE no era su HIJA LEGITIMA  tc

Hay algo que me ha pesado en el alma por mucho tiempo, un secreto que guardé por pena y por miedo, pero ahora siento que es hora de dejarlo ir. Hay secretos que no mueren con quien los guarda. En noviembre de 2023, Silvia Pinaló porque lo que confesó en su lecho de muerte esa noche involucra a Pedro Infante, a una hija que ya no está y a una verdad que llegó 67 años tarde.

Durante más de seis décadas, la mujer que México coronó como su reina absoluta del espectáculo cargó sola con una información que hubiera sacudido los cimientos de la cultura popular mexicana. La cargó en silencio mientras recibía aplausos. La cargó mientras enterraba amores y amigos. La cargó mientras veía crecer a una hija que sonreía con una sonrisa que no era de quien todos creían.

 Y cuando finalmente decidió soltarla, cuando finalmente abrió los labios y pronunció las palabras que había guardado desde 1956, ya era demasiado tarde para la única persona que tenía derecho a escucharlas primero. Porque Viridiana a la triste llevaba 8 años muerta. Quédate porque nada de lo que creías saber sobre estas dos leyendas va a seguir siendo igual.

Para entender lo que ocurrió, hay que regresar. Hay que cerrar los ojos y dejarse caer hacia atrás en el tiempo, atravesar décadas como quien atraviesa cortinas de humo hasta llegar a una Ciudad de México que ya no existe físicamente, pero que sigue viva en la memoria colectiva de quienes la habitaron.

 Una ciudad que en 1956 tenía aproximadamente 4 millones de habitantes y la ambición silenciosa de convertirse en la metrópoli más importante de América Latina, una ciudad que olía a jacarandas en marzo, a petróleo quemado en las avenidas principales, a pan dulce en las panaderías de barrio que abrían a las 6 de la mañana, a perfume francés en los lobis de los hoteles del centro, donde la clase alta mexicana se reunía a tomar decisiones que el resto del país nunca conocería.

 Era una ciudad de contrastes brutales y de una elegancia particular que solo existe cuando una sociedad está en plena ebullición creativa. El muralismo mexicano seguía siendo la conversación artística más importante del continente. La arquitectura modernista transformaba colonias enteras. La industria del cine nacional producía más películas por año que cualquier otro país de habla hispana.

 y en el centro gravitacional de toda esa energía creativa, en los estudios de grabación y en los foros cinematográficos y en los teatros y en las radios y en los restaurantes donde los artistas se reunían después de las funciones, existía un universo paralelo, luminoso y frágil al mismo tiempo, donde las reglas del mundo exterior no aplicaban completamente, donde los códigos eran distintos, donde la belleza y el talento funcionaban como monedas de cambio con un valor que ningún banco podía calcular. Era en ese universo

donde vivían Pedro Infante y Silvia Pinal. Y para entender lo que ocurrió entre ellos, hay que entender primero quiénes eran cada uno en ese momento específico, no quiénes se convirtieron después, no la leyenda que el tiempo construyó sobre sus nombres, quiénes eran exactamente en enero de 1956, con sus contradicciones completas, con sus ambiciones y sus miedos y sus límites y sus zonas de sombra.

 Silvia Pinal Hidalgo había cumplido 24 años el 12 de septiembre de 1955, 4 meses antes de que esta historia comenzara. Había nacido en Guaimas, Sonora, en una familia de clase media que no tenía ninguna conexión con el mundo del espectáculo, lo cual hacía su ascenso todavía más notable. Llegó a la ciudad de México siendo prácticamente una adolescente con una maleta de cuero café que su madre le compró en el mercado municipal de Guaimas por 32 pesos y con una determinación que sus contemporáneos describirían décadas

después como aterradora en el mejor sentido posible. Era alta para los estándares de la época, 1,68 m, con una cintura que los fotógrafos de las revistas Sinelandia y novelas de la pantalla medían con una cinta métrica antes de cada sesión fotográfica, siempre entre 54 y 56 cm. tenía el cabello castaño oscuro que en pantalla aparecía casi negro bajo las luces de arco voltaico que los camarógrafos de la época usaban para crear ese contraste dramático característico del cine mexicano de los 50. Sus ojos eran de un

verde que la cámara captaba con una intensidad que incomodaba a más de un director primerizo, que no sabía cómo manejar una mirada tan directa, tan presente, tan absolutamente consciente de su propio poder. tenía una forma de caminar que su primer maestro de actuación, el español Ignacio Bustamante Ruiz, describió en sus memorias publicadas en 1978 por editorial Diana, como la de alguien que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en el mundo y ha decidido ocuparlo completamente, sin disculpas y sin excesos. Era una

descripción que los que la conocieron en persona confirmaban con una consistencia que no dejaba lugar a dudas. En enero de 1956, Silvia ya había protagonizado una docena de películas y su carrera ascendía con una velocidad que la industria observaba con una mezcla de admiración y ligera incomodidad.

 Estaba casada con el actor y director Rafael Vanquels, un hombre 12 años mayor que ella, de carácter fuerte y temperamento conocido en los círculos del teatro mexicano. Tenían una hija pequeña, Silvia Pasquel, que había nacido el 26 de noviembre de 1954 y que en enero de 1956 tenía apenas 14 meses. Vivían en una casa de dos plantas en la calle de Schiller número 217 en la colonia Polanco que Bankels había comprado en 1953 por 180,000 pes, el equivalente aproximado a 3,800,000 pes de hoy y que tenía un jardín trasero donde Silvia plantó Rosales, que según

ella misma contó en una entrevista de 1987 para la revista Quién, nunca florecieron del todo porque el suelo de esa colonia no era el adecuado para ciertas. raíces. Era una metáfora que conociendo lo que vino después resulta imposible ignorar. Pedro Infante Cruz tenía 38 años en enero de 1956 y era, sin ninguna exageración posible, el hombre más famoso de México.

 Había nacido el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa, aunque él mismo insistía en que era de Guamuchil, el pueblo del municipio de Salvador Alvarado, donde creció y donde aprendió a tocar guitarra, antes de aprender a leer con fluidez, antes de aprender a manejar, antes de aprender casi cualquier otra cosa que un hombre aprende en su vida.

 Esa insistencia en Huamuchil sobre Mazatlán era reveladora de algo fundamental en el carácter de Pedro, una lealtad feroz a los orígenes modestos, una resistencia instintiva a dejarse convertir completamente en el mito que la industria quería fabricar con su nombre y su rostro. Era de estatura media, 1,73, pero tenía una presencia física que llenaba los espacios de una manera que sus contemporáneos describían con el lenguaje impreciso, que se usa cuando algo no tiene explicación racional.

Moreno, de mandíbula cuadrada y definida, con manos grandes y callosas que delataban años de trabajo físico antes de la fama. Había sido carpintero, había trabajado en construcción, había hecho trabajos manuales que sus manos recordaban, aunque su cuenta bancaria ya no lo necesitara. Tenía una sonrisa que el escritor Carlos Moncibis describió en su ensayo Pedro Infante, Las leyes del querer, publicado en 1994 como La sonrisa que México eligió para mirarse cuando quería verse generoso, valiente, imperfecto y entrañable al

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