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Antes de morir, FLOR SILVESTRE confesó la VERDAD sobre su romance con JAVIER SOLÍS… el hijo que… 

Antes de morir, FLOR SILVESTRE confesó la VERDAD sobre su romance con JAVIER SOLÍS… el hijo que… 

Hay secretos que pesan más que toda una vida de mentiras. Flor Silvestre lo supo bien. Durante más de 50 años guardó algo en su pecho, algo que involucraba al inolvidable Javier Solís y que jamás debió salir a la luz. Pero en sus últimos días de vida, cuando la muerte ya tocaba a su puerta en el rancho El Soyate y las máscaras ya no tenían sentido, decidió hablar.

Lo que confesó esa tarde de agosto de 2020 a su hija Marcela cambiaría para siempre nuestra comprensión de quién fue realmente la sentimental. No fue una confesión dulce ni un recuerdo romántico de juventud. Fue algo brutal, desgarrador, una verdad que había permanecido sepultada bajo décadas de sonrisas para las cámaras y canciones a dúo que ocultaban mucho más que armonías vocales.

Una verdad sobre un hijo que nació en 1961, que creció sin apellido reconocido, que vivió toda su existencia sabiendo quién era su padre, pero sin poder decirlo jamás. Un hijo que lleva los ojos inconfundibles de Javier Solís y la voz de Flor Silvestre, pero que el mundo nunca supo que existió. Y ahora que las palabras de Flor han salido de la tumba a través de su hija, nada volverá a ser igual. El escándalo ya estalló.

Los historiadores revisan cada fotografía, cada canción, cada película donde coincidieron. Y lo que están descubriendo es aún más perturbador que el secreto mismo, porque ese hijo no solo existe, está vivo, tiene 64 años y durante toda su vida ha estado más cerca de la dinastía Aguilar de lo que nadie imaginó.

Todo comenzó en 1959 cuando Guillermina Jiménez Ponce, ya transformada en la legendaria Flor silvestre, filmaba la película El jinete enmascarado, en los estudios Churubusco. Tenía 39 años. Estaba en la cúspide de su belleza y talento y acababa de casarse con Antonio Aguilar apenas unos meses antes, en octubre de ese mismo año.

Antonio era el amor de su vida, o al menos eso le había dicho a todos los periodistas que cubrieron su boda. Después de un primer matrimonio desastroso con Andrés Nieto, después de años de soledad disfrazada de fama, finalmente había encontrado a su compañero perfecto, el charro y la reina de la canción ranchera, la pareja dorada del cine mexicano.

Pero lo que nadie sabía era que Flor sentía una profunda inquietud. Antonio era perfecto sobre el papel. Guapo, talentoso, caballeroso, un hombre que la respetaba y la admiraba. Pero había algo que faltaba, una chispa, una pasión visceral que ella había sentido solo una vez antes en su vida y que creía que nunca volvería a experimentar.

Fue en marzo de 1960 cuando todo cambió. Los productores de dos gallos de pelea anunciaron el elenco. Flor Silvestre y Antonio Aguilar serían los protagonistas, como era de esperarse. Pero el papel del villán romántico, el hombre que intentaría seducir a Flor, sería interpretado por alguien que estaba arrasando en las estaciones de radio con su voz aterciopelada y su manera única de frasear los boleros. Javier Solís.

Gabriel Siria Levario, quien había adoptado el nombre artístico de Javier Solís apenas unos años antes. Tenía 25 años en 1960. Era guapo de una manera diferente a Antonio Aguilar, donde Antonio era el charro tradicional, el símbolo de la mexicanidad rural. Javier era urbano, sensual, con una voz que hacía que las mujeres suspiraran y los hombres envidiaran su carisma.

La primera vez que Javier vio a Flor entrar al set, algo sucedió que ninguno de los dos esperaba. Ella tenía 40 años, él 25. La diferencia de edad debería haber creado una barrera natural. Pero cuando sus miradas se cruzaron, cuando Javier le escuchó con esa mezcla de timidez y atrevimiento que lo caracterizaba, Flor sintió algo que no había sentido en meses, tal vez años.

Deseo puro, sin complicaciones, sin el peso del deber matrimonial. Antonio Aguilar notó todo desde su posición de esposo reciente. Veía como Javier miraba a Flor. Veía como ella se reía con una naturalidad diferente cuando Javier contaba historias entre Thomas. Pero Antonio era un hombre orgulloso, seguro de sí mismo.

Había conquistado a la mujer más deseada de México, que tenía que temer de un cantante de boleros 15 años menor. Lo que Antonio no sabía era que Flor y Javier habían comenzado un verso fuera del set. Al principio eran encuentros inocentes, un café después del rodaje, una conversación sobre música en el estacionamiento de los estudios.

Javier estaba casado con Blanca Estela Saens, con quien tenía dos hijos pequeños. Flor acababa de casarse con Antonio. Ambos tenían todo lo que perder, pero la atracción era magnética, irresistible. Cuando Javier cantaba, confesaría Flor décadas después a su hija Marcela. Yo sentí que cada palabra iba dirigida solo a mí.

No era su esposa quien estaba en su mente cuando cerraba los ojos e interpretaba esos boleros desgarradores. Era yo. Y lo peor de todo es que yo quería que fuera así. Los meses pasaron. La filmación de dos gallos de pelea se extendió más de lo planeado debido a problemas de producción. Y durante ese tiempo, Flor y Javier cruzaron la línea que habían estado evitando cuidadosamente.

Era julio de 1960 cuando sucedió lo inevitable. Después de una escena particularmente emotiva, donde sus personajes casi se besaban en pantalla, ambos se quedaron en el set después de que todos se fueran. No hubo palabras, no hubo justificaciones, solo dos personas que habían estado resistiendo lo irresistible durante meses, finalmente rindiéndose, se besaron con una desesperación que solo tienen quienes saben que están cometiendo un error imperdonable, pero que ya no pueden detenerse.

Y esa noche, en el apartamento que Javier mantenía en secreto en la colonia Roma, consumaron lo que había estado gestándose desde el primer día del rodaje. Fue la peor decisión de mi vida”, dijo Flor décadas después y al mismo tiempo la más viva que me había sentido en años. Con Antonio todo era correcto, apropiado, como debía ser.

Con Javier todo era caos, pasión sin filtros, dos almas que se reconocían en una forma que no podía explicarse racionalmente. Lo que ninguno de los dos anticipó fue que ese no sería un encuentro aislado. Durante los siguientes meses de julio de 1960 a febrero de 1961, Flor y Javier mantuvieron un romance clandestino que requería niveles de engaño cada vez más elaborados.

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