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Vicente Fernández: Por ESTO Antonio Aguilar Nunca lo Perdonó

Los dos charros más grandes que ha dado este país y tú, como todos, creíste que eran amigos. Siéntate que esta historia te la voy a contar completa, no como la contaron en los homenajes, todo bonito, todo cariño, todo respeto, completa con lo que se dijo y con lo que se cayó. Porque pocos meses después de ese funeral, el propio hijo de Antonio Aguilar iba a pararse frente a un micrófono y a decir una frase sobre Vicente Fernández, que partió en dos todo lo que el público creía saber.

 Y esa frase tenía que ver con algo que Vicente le hizo a su padre décadas atrás, algo que Antonio Aguilar, según todos los que estuvieron cerca, no olvidó jamás. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, ¿qué fue exactamente lo que Vicente Fernández le quitó a Antonio Aguilar y por qué después de eso la relación entre los dos charros nunca volvió a ser la misma? Segundo, la frase que el hijo de Antonio soltó frente a las cámaras con su padre recién enterrado y la respuesta de Vicente que dejó a todos en silencio.

Tercero, lo que de verdad pasó en ese funeral de bellas artes, la incomodidad que las cámaras no supieron grabar y lo que significó. Y cuarto, el gesto secreto que Vicente Fernández tuvo con esta familia, uno que casi nadie conoce y que le da la vuelta por completo a toda esta historia. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Pero para entender el frío de ese funeral, primero tienes que entender cómo empezó todo. Y para eso tengo que llevarte muy atrás, a una época en la que estos dos hombres ni siquiera se conocían. Cuando uno era apenas un niño descalzo en el polvo de Jalisco y el otro ya cabalgaba como dueño de su mundo en una hacienda de Zacatecas.

17 de febrero de 1940 o en Titán, el Alto, Jalisco. En una familia pobre, de las de verdad, nace un niño al que llaman Vicente. Su padre ranchero, su madre ama de casa. No había dinero, había trabajo desde que las manos de un niño servían para algo. Vicente ilustró zapatos, vendió fruta en la calle, cantó por unas monedas.

A los 14 años ganó un concurso de aficionados en Guadalajara y desde ese día supo lo único que quería en la vida, cantar, ser como los charros del cine que hacían llorar a México. Pero fíjate bien, porque esto es importante. El mismo día que ese niño nacía en el polvo de Jalisco, a más de 600 km de distancia, ya había un hombre que le llevaba 21 años de ventaja.

Se llamaba Antonio Aguilar. Había nacido el 17 de mayo de 1919 en Villanueva, Zacatecas, en una hacienda llamada Tayagua, que su familia tenía desde hacía generaciones. Antonio no nació en el polvo, nació entre caballos, entre tierras, entre el orgullo de una familia que tenía nombre y propiedad. Para cuando Vicente daba sus primeros pasos, Antonio Aguilar ya montaba a caballo como si hubiera nacido encima de uno.

 Y ese detalle, el del caballo, va a ser clave en toda esta historia. Guárdalo. Dos hombres, el mismo país, el mismo sueño, el mismo traje de charro, pero 21 años de distancia y dos mundos que no podían ser más distintos. Uno venía de la hacienda, el otro de la nada. Y ese contraste lo explica casi todo, así que quiero que lo sientas bien. Antonio Aguilar creció en Tayagua, una hacienda que su familia tenía desde hacía generaciones con tierras, con caballos, con peones, con un apellido que pesaba en la región.

Para él, ser charro venía de cuna. Era lo que vio desde niño todos los días en su propia casa. Montaba porque ahí se montaba, cantaba arriba del caballo porque el caballo era parte de su vida, no de su espectáculo. Antonio Aguilar no interpretaba a un charro. Era un charro de verdad que un día se subió a un escenario.

Vicente Fernández venía del lado opuesto del mundo, de una casa donde el frío entraba por las rendijas, donde no se sabía si iba a alcanzar para la cena. Él no tenía caballos, tenía hambre y una guitarra. A Vicente nadie le heredó el charro. Lo soñó en el cine, sentado en una butaca barata, mirando a hombres como Antonio Aguilar y diciéndose que algún día él también.

 Vicente Fernández tuvo que construirse el charro que Antonio simplemente era. Y ahí nace la semilla de todo. Porque cuando el que lo tiene todo desde la cuna se encuentra con el que tuvo que pelear por cada migaja, no se entienden. El de la hacienda ve al otro como un advenedizo que quiere lo que no le toca. Y el del polvo ve al otro como un privilegiado que nunca supo lo que cuesta llegar.

Los dos llegaron al mismo lugar, al mismo trono, con el mismo traje, pero llegaron por caminos tan distintos que en el fondo nunca iban a poder mirarse como iguales. Antonio Aguilar llegó primero a todo. Empezó como cantante de radio a finales de los años 40, cantando boleros en la XCW, la estación más importante de México.

En 1950 conoció a una mujer que ya era una estrella, una cantante famosa con varios años de carrera. Se llamaba Flor Silvestre. Guarda ese nombre también, Flor Silvestre, porque esa mujer va a ser al final de esta historia la única capaz de tender un puente donde los hombres solo supieron levantar muros. Antonio y Flor se casaron, formaron una de las parejas más queridas del espectáculo mexicano y tuvieron dos hijos, Antonio Junior y el menor José, al que todos íbamos a conocer como Pepe.

Recuerda a ese niño, Pepe Aguilar, porque cuando crezca va a ser él quien diga en voz alta lo que su padre callaba. Para los años 60, Antonio Aguilar ya era una figura nacional. hacía películas  una tras otra hasta juntar más de 150 a lo largo de su vida y había inventado algo que nadie más hacía. Llevaba sus caballos al escenario.

Cantaba montado con espectáculos secuestres donde los animales cruzaban la pista mientras él interpretaba corridos. Se hizo llamar El Charro de México y ese título, ese nombre pesaba como una corona de verdad. Y déjame que te recuerde por qué esa corona pesaba tanto, porque tú lo viviste.

 Antonio Aguilar fue antes que nada el cine. Llenó las salas de México con más de 150 películas. Lo viste interpretar a los grandes héroes de la patria, a Pancho Villa, a Emiliano Zapata, a los hombres a caballo que hicieron la historia de este país. Para muchos mexicanos, la imagen de la revolución, la de los charros bravos y las soldaderas, tiene la cara de Antonio Aguilar, porque él la puso ahí en la pantalla grande, en blanco y negro primero y a color después, función tras función.

Pero lo que de verdad lo hizo único fue lo que hacía con los caballos. Antonio Aguilar inventó un espectáculo que nadie había visto. Subía a los animales al escenario. Caballos bailadores, charros, sogas, todo el rancho mexicano montado en una pista mientras él cantaba corridos arriba de su montura. Lo hizo en las plazas de toros, en las arenas, en los palenques de todo el continente, muchas veces al lado de su esposa Flor Silvestre y de sus hijos.

Aquello era una tradición entera puesta de pie, mucho más que un cantante con un show bonito. Y tenía las canciones para acompañarla. Caballo Azabache, Cabino Barrera, La yegua Colorada, Albur de Amor. Y en los años 80,  cuando muchos lo daban por acabado, resucitó con un éxito que retumbó en cada cantina de México. Triste recuerdo.

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