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VALENTÍN ELIZABLE: 18 Años Creímos Esa Versión. El Cuerpo de Su Primo Cuenta Otra Historia

Lo que no te dijeron en la noticia  es lo que vas a escuchar hoy. Y lo que vas a escuchar hoy ya no es chisme  de revista, es un peritaje, una confesión, una boda y un apellido. Hoy  vas a descubrir cuatro cosas que la prensa de espectáculos cayó durante años. Primero,  la verdadera razón por la que Valentín no quería subirse a esa camioneta esa noche,  según declaró su propia excuñada en televisión nacional.

Segundo, lo que la madre de Valentín encontró  en un sobre 18 años después y que sus hijas guardan ahora a la espera del momento  oportuno. Tercero, el movimiento que su primo hizo 15 años después del crimen y que para muchos confirmó la traición que ya  se rumoreaba en cada cantina de Sonora.

 Y cuarto, lo que pasó con la hija que vio morir a su mamá a balazos 10  años después en plena calle, a las 11 de la mañana. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero antes de entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a Valentín  Elizalde. Porque esta historia no empieza con 70 balazos en Reyosa, empieza mucho antes.

  Empieza en un rancho de Sonora, donde un niño veía a su padre cantar en bodas pueblerinas y soñaba con ser él. Hiton hueca, Sonora. 1 de febrero de 1979, una localidad de  menos de 3,000 habitantes en el municipio de Hechoa, al sur del estado, ahí donde la tierra se vuelve plana y el calor se mete debajo de la ropa.

  Ahí nació Valentín, hijo de Everardo Elisalde, conocido en la región como Lalo el Gallo Elisalde, un cantante de banda y norteño que andaba todo el tiempo  de plaza en plaza con un acordeón prestado y la voz cascada del que canta demasiado. Su madre,  doña Camila Valencia, la mujer que cargaría con todos los duelos.

Tú quizá no te acuerdes del gallo Elisal de Padre, pero tu mamá sí. La radio que se oía en el patio,  en las cocinas de Sonora y Sinaloa, esa voz áspera que cantaba de mujeres y de borracheras,  esa era la del Padre. Valentín creció con cuatro hermanos. Jesús  el mayor, Francisco, al que años después conocerías como el gallo,  igual que el padre, Joel, el flaco y Libia, la única hermana.

 La casa era humilde, la música era el aire.  Cuando el padre regresaba de una gira pequeña, traía billetes arrugados y canciones que ensayaban entre todos.  Pero la pobreza no se va con dos canciones. Antes de ser nadie en la música, Valentín fue jornalero  en la pizca de tomate. Te recuerdo lo que es la pizca de tomate  en caso de que tu nieto, que ahora vive en Estados Unidos, no lo entienda.

 12 horas bajo el sol, las manos cortadas por las espinas  del tallo, el sueldo que no alcanzaba. Después fue vendedor de cassetes. Sí,  vendía las grabaciones de su propio padre puerta por puerta en los pueblos cercanos,  20 pesos el cassete. Y mientras vendía la voz del padre, ensayaba la suya.

Estudió derecho en la Universidad  de Sonora. Eso casi nadie lo sabe. El  cantante de corridos que tu marido escuchaba a todo volumen los domingos era abogado titulado Esa misma voz que después gritaría  sigan chillando culebras en un palenque. Esa voz pasaba el día estudiando códigos civiles.

Recuerda ese detalle, te va a importar más adelante cuando hablemos de la herencia y de los contratos.  Y entonces el 23 de noviembre de 1992,  cuando Valentín tenía 13 años, su padre Lalo el gallo Elisalde murió en un accidente de auto. Detente un momento ahí. 23 de noviembre. 14 años después, casi al  día, Valentín moriría también el 25 de noviembre.

 Tres días de diferencia en el calendario familiar.  Padre e Hijo, los dos llamados Gallo, muertos en la misma semana de noviembre,  con 14 años de distancia entre uno y otro. Una coincidencia que la familia recuerda cada año en el rancho de Wasabe. Una coincidencia que doña Camila siente como un peso doble cada otoño. Y aquí empieza la herida  que vas a entender a lo largo de todo este video, porque doña Camila Valencia,  esa mujer que crió cinco hijos, quedó viuda una vez y le tocó enterrar después a un hijo. Y aún así hoy a sus

80 y tantos,  es la que carga con el peritaje en un sobre y con la verdad que nadie  quiere oír. Cuando Lalo el gallo Elisalde murió en aquel accidente de auto, Valentín tenía la edad en la que un hijo todavía  está aprendiendo a caminar al lado del padre. 13 años. Dejó de  tener clases de canto en el patio.

 Dejó de oír al padre afinar los acordes con esa voz quebrada de cantinas viejas. Dejó  en realidad todo lo que un niño deja cuando se queda sin papá. El ejemplo,  el techo simbólico, la mano grande que decide. Doña Camila quedó con cinco bocas que alimentar. Sin  pensión musical, sin disquera, sin ahorros.

 La familia tuvo que reorganizarse.  La casa de Hiton Hueca se hizo más pequeña, aunque no cambiara de tamaño,  porque el dinero ya no entraba con la misma facilidad. Y los hermanos se repartieron la responsabilidad, como suelen hacer los hermanos pobres del  norte de México.

 El mayor agarró trabajo, el siguiente lo  siguió y los pequeños cargaron el peso emocional sin saber que lo cargaban. Después de la muerte del padre,  la familia se mueve a Guasabe, Sinaloa. Ahí Valentín se forma como cantante. Ahí  conoce a la banda Hasabeña, la agrupación que lo va a acompañar el resto de su  carrera.

 Ahí firma su primer disco y ahí también conoce el otro lado del regional mexicano,  el palenque, el patrocinio, la mano del que paga. Si nunca has estado en un palenque,  déjame que te lo describa. No es un teatro, no es un auditorio, es una arena circular originalmente diseñada para peleas de gallos, donde el escenario está al centro y el público te rodea por todos lados.

 El cantante actúa girando, dándole la cara a cada sección del público durante un par de minutos antes de girar al siguiente. Hace calor, hay humo de cigarro, hay alcohol  fuerte, tequila en mesa, cerveza en lata, whisky para los palcos del fondo. y en los palcos del fondo, los que pagan más, los que la organización cuida más,  los que nadie te dice quiénes son, pero todos saben quiénes son.

Esos palcos  del fondo decidieron durante décadas qué cantantes subían y qué  cantantes bajaban. Esa es la realidad de la industria del regional mexicano que la prensa rosa nunca explicó. Cuando tú  escuchabas en la radio a una nueva voz, esa voz no llegó por talento solo, llegó porque alguien la patrocinó y ese alguien muchas veces no tenía cara pública.

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