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Una Agente Dividida Entre la Lealtad al Uniforme y la Verdad de un Camionero Fugitivo

 Nada fuera de lo común para  un martes cualquiera en esta región que conozco como la palma de mi mano. Mi radio crepita con las comunicaciones habituales entre las diferentes unidades desplegadas  por el estado. La voz de mi compañero, el sargento Ramírez,  reporta desde la zona de Caborca, todo tranquilo por allá también.

 Es uno de esos días en que el crimen parece tomarse un descanso, aunque sabemos que es solo  una ilusión. En Sonora, especialmente en las rutas que  conectan con la frontera estadounidense, la calma siempre es temporal.  Reduzco la velocidad al acercarme al puesto de control de Benjamín Hill.

 Los oficiales me saludan con respeto.  Mi reputación me precede en estos lugares. Durante años he sido conocida como la comandante  de hierro, un apodo que me gané después de desarmar a tres sicarios en un enfrentamiento cerca de Magdalena. No es que me guste la violencia, pero en este trabajo  la firmeza y la valentía no son opcionales.

 Mientras acelero nuevamente, mis pensamientos vuelan hacia mi hija Sofía, que  estudia medicina en la Universidad de Sonora. Tiene 20 años y constantemente me reprocha los riesgos de mi profesión. Mamá, ya  diste suficiente por este país. Me dice cada vez que nos vemos. Pero ella no entiende que esto no es solo un trabajo para mí.

Es una misión heredada, un legado que debo honrar. El paisaje cambia gradualmente conforme avanzo hacia el norte. Los cactus se vuelven más dispersos y el terreno se torna más rocoso. Aquí, en esta zona que los lugareños llaman el corredor del silencio, han ocurrido algunos de los crímenes más brutales relacionados con el narcotráfico.

  Es un territorio donde la ley y el caos libran una batalla  constante y donde cada kilómetro puede esconder secretos que prefieren permanecer enterrados en la arena. Son las 11:47 de la mañana cuando mi radio explota en actividad. La voz del  despachador central corta el aire como un cuchillo. Todas las unidades.

 Todas las unidades. Código rojo en el kilómetro 187 de la Federal 15. Vehículo comercial abandonado con posibles signos de violencia.  Requiero unidad más cercana para verificación inmediata.  Mi corazón se acelera. El kilómetro 187 está a menos de 5  minutos de mi posición actual.

 Presiono el acelerador y activo las luces de emergencia, sintiendo esa familiar descarga de adrenalina que acompaña  cada llamado de emergencia. Central aquí, comandante Vázquez. Unidad 47, me dirijo al kilómetro 187, ETA  3 minutos. Respondo por el radio. Mientras mi patrulla corta el aire caliente del desierto.

 El viento entra por las ventanillas abiertas, trayendo consigo el aroma característico del desierto, tierra seca,  salvia, y esa esencia indefinible que solo existe en lugares donde la vida lucha constantemente contra la adversidad. Mis manos se tensan sobre el volante mientras mentalmente repaso los protocolos para este tipo de situaciones.

 A lo lejos veo el destello metálico de algo grande estacionado en el arsén de la carretera. Conforme acerco, la imagen se vuelve más clara. Un tráiler de gran tonelaje con placas de Sinaloa está detenido en una posición extraña, como si hubiera sido abandonado apresuradamente. Reduzco la velocidad y me estaciono a unos 20 m del vehículo, siguiendo el protocolo de seguridad.

  Lo primero que noto es que la puerta del conductor está abierta, balanceándose ligeramente con la brisa del desierto. Eso nunca es buena señal. Salgo de mi patrulla con la mano instintivamente  cerca de mi arma reglamentaria. El silencio es absoluto, roto solo por el zumbido distante de los cables de alta tensión que cruzan esta zona.

 Mis botas crujen  sobre la grava mientras me acerco al tráiler. Todos mis sentidos en alerta máxima. Central comandante Vázquez en el lugar. Confirmo vehículo comercial abandonado. Tráiler con placas de Sinaloa. Número. Hago una pausa para leer las placas. Número sin 46792B.  Puerta del conductor abierta.

 No hay señales del conductor. Procedo a inexpección inicial. La cabina del tráiler está vacía, pero inmediatamente noto signos preocupantes. El asiento del conductor tiene manchas oscuras que podrían ser sangre. El volante también muestra salpicaduras similares. En el suelo de la cabina encuentro un teléfono celular con la pantalla agrietada  y lo que parece ser un rosario de plata.

 Mi entrenamiento me dice que documente todo antes de tocar cualquier evidencia.  Saco mi cámara. y comienzo a fotografiar la escena, pero algo en mi interior me dice que esto es solo el comienzo de algo mucho más grande y complicado. Camino hacia  la parte trasera del tráiler. Las puertas del remolque están cerradas con un candado industrial,  pero noto que el sello de seguridad ha sido roto.

 Con cuidado  examino el área alrededor del vehículo. En la tierra suave del Arsén encuentro huellas de lucha. La arena está revuelta.  Hay marcas de arrastre que se extienden varios metros hacia el desierto. Central. Necesito una unidad de investigación  criminal y el equipo forense en mi ubicación.

 Tenemos posible escena de crimen con  evidencia de violencia. Mientras espero refuerzos, continúo mi inspección  preliminar. Es entonces cuando noto algo que hace que mi sangre se congele  cerca de las huellas de arrastre, parcialmente enterrado en la arena, hay un documento de identificación. Lo desenterro cuidadosamente con un bolígrafo, evitando  contaminarlo con mis huellas.

 Es una licencia de conducir comercial. El nombre que leo me golpea como un puño en el estómago. Miguel Ángel Herrera Soto, 45  años. domicilio en Mazatlán, Sinaloa, pero no es el nombre lo que me impacta, sino la fotografía. Reconozco ese rostro. Hace 3 años, durante una operación conjunta entre la Policía Federal y la DEA americana, Miguel Herrera fue identificado como testigo  clave en una investigación sobre una red de tráfico de personas.

 Él  había proporcionado información crucial que llevó al desmantelamiento de una célula criminal  que operaba entre Sonora y Arizona. Después del juicio, entró en un programa de protección de testigos. ¿Qué hace aquí en medio del desierto? Aparentemente  víctima de violencia.

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