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Una Abuela Vendía Discos Viejos Bajo la Lluvia para Salvar a su Nieta — JOSE JOSE Hizo ESTO

 Fue entonces cuando la vio. En una esquina bajo el techo vencido de una vieja tienda cerrada había una anciana sentada en un banquito de madera. Frente a ella tenía una mesa plegable cubierta con un plástico transparente. Debajo del plástico había discos usados, cassetes viejos, partituras amarillentas y algunas fotografías de artistas de otra época.

 Un cartel escrito con marcador de cía, discos y canciones antiguas, lo que guste cooperar. No era raro ver vendedores en la calle. Lo raro era verla a ella ahí a esa hora, con ese frío, con la lluvia cayendo sobre sus hombros. La mujer parecía tener más de 80 años. Su espalda estaba encorbada. Sus manos, delgadas y temblorosas intentaban acomodar los cassetes para que no se mojaran.

 Llevaba un suéter de lana gastado, un abrigo demasiado ligero para la noche y un pañuelo bris cubriéndole el cabello blanco. De vez en cuando tosía y se apretaba el pecho, pero no se iba. Permanecía ahí firme, como si abandonar esa mesa fuera abandonar algo mucho más importante que unas cuantas cosas viejas. José se detuvo.

 La lluvia le resbaló por la frente, pero él no se movió. Había algo en aquella escena que le dolió de inmediato. No era solo pobreza, no era solo vejez, era dignidad resistiendo en silencio. Se acercó despacio. “Buenas noches, señora”, dijo con voz suave. “¿Todavía está vendiendo?” La anciana levantó la mirada. Sus ojos estaban cansados, hundidos, pero tenían una luz extraña.

 No una luz de alegría, sino de terquedad. de esas personas que ya han perdido demasiado y aún así siguen sentadas frente al mundo diciendo, “Todavía no.” “Sí, joven”, respondió. “Todavía estoy vendiendo. Hay boleros, tríos, rancheras, orquestas, música buena, música de la que ya casi nadie escucha.” José miró la mesa. Había discos de Pedro Infante, Los Panchos, Javier Solís, Toña La Negra, Agustín Lara.

 También había algunas partituras dobladas con nombres escritos a mano. Y cuánto pide por ellos. Lo que guste cooperar, dijo ella, algunos me dan 10 pesos, otros 20. A veces nada más, preguntan y se van. José tomó un disco viejo entre sus manos. La portada estaba desgastada, pero cuidada. ¿Y por qué está aquí tan tarde con este clima? La mujer bajó la mirada.

 Porque mi casa no entra dinero cuando yo me quedo sentada esperando milagros. José sintió que esa frase le atravesó el pecho. Sacó la cartera. Me llevo todo dijo la anciana. Parpadeó confundida. Todo, todo lo que tenga en la mesa. No, joven, no diga eso por lástima. Estas cosas ya no valen tanto. Son recuerdos viejos. Los recuerdos valen más de lo que creemos, respondió José.

 Dígame, ¿cuánto es? La mujer empezó a contar con torpeza. Sus dedos temblaban mientras separaba discos, cassetes, papeles. Murmuraba números en voz baja, como si temiera equivocarse. No puedo cobrarle todo. Sería demasiado. Además, ni siquiera sé si funcionan todos los cassetes. José sacó varios billetes y los puso sobre la mesa. Quédese con esto.

 La anciana abrió los ojos. No, no, eso es muchísimo. No puedo aceptarlo. Si puede, no, joven. Una cosa es vender y otra cosa es abusar de la bondad. José se inclinó un poco para mirarla de frente. Entonces, no lo tome como compra. Tómelo como pago por contarme su historia. La anciana lo observó con desconfianza, pero también con cansancio.

 Miró la calle vacía, la lluvia, los billetes, los discos. Luego suspiró. Me llamo Mercedes”, dijo Mercedes Alcántara. Tengo 82 años. Toda mi vida viví entre canciones. Mi esposo tocaba la guitarra en cantinas. No era famoso, pero cantaba bonito, muy bonito. De esos hombres que no necesitan escenario para romperle el alma a una mesa completa. José sonríó apenas.

 ¿Y usted cantaba? Yo no. Yo escuchaba que también es una forma de amar la música. La frase lo dejó en silencio. Mercedes acarició una partitura mojada en una esquina. Mi esposo se llamaba Julián. Él me enseñó que una canción puede acompañar mejor que muchas personas. Cuando no había dinero, cantaba. Cuando se murió mi madre, cantó.

 Cuando nació nuestra hija, cantó. Cuando él se enfermó también cantaba, aunque ya casi no podía respirar. ¿Qué le pasó? Los pulmones. Trabajó muchos años entre humo, polvo, humedad. Se fue apagando despacito. Hace 12 años murió. Lo siento mucho, dijo José. Mercedes asintió como quien ya ha oído esas palabras muchas veces. Después quedé con mi hija Elena.

Ella tuvo una niña, mi nieta Isabel. Isabel tiene 11 años. Es lo único que me queda cerca. Mis otros hijos se fueron, uno al norte, otro a Guadalajara. La vida los aventó lejos. No los culpo. Cada quien sobrevive como puede. José escuchaba sin interrumpir. Isabel canta, dijo Mercedes.

 Y por primera vez su voz cambió. Canta todo el día. Canta mientras barre, mientras hace tarea, mientras acompaña a su mamá al mercado. Tiene una vocecita, ay, joven. Una vocecita que parece que Dios se la prestó un ratito. José tragó saliva y que le gusta cantar. boleros, aunque usted no lo crea, las niñas de ahora cantan otras cosas, pero ella no.

 Ella canta la gloria eres tú, Sabor a mí, contigo aprendí. Y hay una canción que canta todo el tiempo. Mercedes lo miró con atención. El triste. José bajó los ojos. La canta como si entendiera, continuó la anciana. Y eso me da miedo, porque una niña no debería entender esas cosas todavía.

 José permaneció quieto y por ella está vendiendo esto. La mirada de Mercedes se quebró. Hace 4 meses Isabel empezó a perder audición. Primero decía que la maestra hablaba bajito, luego subía mucho el radio. Después dejó de escuchar cuando le hablábamos desde otro cuarto. La llevamos al hospital. Nos dijeron que tiene un problema progresivo en los oídos, que si no la tratan pronto puede perder casi toda la audición.

 José cerró los ojos un segundo. ¿Hay tratamiento? Sí, hay una cirugía y después aparatos especiales, terapias, consultas. Los doctores dicen que si se hace pronto puede conservar bastante audición, pero cuesta una fortuna. Para nosotros una fortuna. ¿Cuánto? Mercedes apretó los labios. 120,000 pesos, tal vez más con todo lo demás.

 La lluvia golpeaba el plástico de la mesa. Mi hija limpia casas. Yo coso cuando me encargan algo, pero ya no veo bien, ya no me dan trabajo como antes. Entonces empecé a vender los discos de mi esposo, sus cassetes, sus partituras, sus recuerdos. Su voz se quebró. No quería venderlos. Son lo único que me quede de Julián. Pero pensé, si él estuviera vivo, rompería su guitarra en pedazos y con eso pudiera salvarle la música a Isabel.

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