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Un Ranchero Pobre Compró Un Potrillo Por 50 Centavos… Sin Saber Que Lo Haría Millonario

La realidad del barro: Cuando la compasión es un lujo costoso

Mucha gente de ciudad, de esa que escribe novelas románticas sobre el campo, se imagina que rescatar a un animal es un proceso hermoso, lleno de música de fondo y miradas de agradecimiento. Qué bonita es la ignorancia. La realidad del campo es fea, es sucia y huele a estiércol, a sangre y a sudor agrio. Cuando Abelardo desapareció en la penumbra, me quedé ahí, bajo el aguacero, contemplando mi nueva y ruinosa propiedad.

El potrillo no me daba las gracias. Al contrario, cada vez que daba un paso hacia él, intentaba destrozarme la cabeza con las patas delanteras. Estaba flaco, sí, se le marcaban las costillas como las teclas de un piano viejo, pero el miedo le daba una fuerza descomunal y peligrosa. Vivir en la pobreza te enseña muchas cosas, pero la principal es que no puedes permitirte el lujo de la compasión barata. Cada bocado de alfalfa cuesta, cada litro de agua limpia cuesta, y el tiempo que pasas cuidando a un moribundo es tiempo que no usas para ganar el pan del día.

—¿Qué carajos acabo de hacer? —me pregunté en voz alta, limpiándome el agua de la frente.

Pasé las primeras tres horas de esa noche tratando de meter al animal en el único cobertizo que se mantenía en pie. El bicho cojeaba de mala manera, arrastrando la pata herida, pero su orgullo o su locura no le permitían rendirse. Al final, usando una cuerda vieja y arriesgando el físico, logré encerrarlo. Cuando entré a mi cocina, mi esposa, Elena, me miraba desde la mesa con una vela encendida entre las manos. No hacía falta que dijera nada; su rostro lo decía todo. La mesa estaba vacía. Solo había un plato con tres tortillas frías y un poco de sal.

—¿Cincuenta centavos, Mateo? —dijo con la voz rota por el cansancio—. Eran los últimos cincuenta centavos que nos quedaban para el camión de mañana. Iba a ir al pueblo a buscar algo de harina.

—Si no se lo compraba, Abelardo lo mataba ahí mismo, Elena —respondí, sentándome con pesadez, sintiendo cómo el barro se secaba en mis botas.

—A veces pienso que la pobreza nos vuelve tontos, o demasiado buenos, que para el caso es lo mismo —suspiró ella, apagando la vela de un soplo—. Ese animal no va a pasar de la semana. Mira cómo tiene la pata. Nos vamos a morir de hambre cuidando a un muerto.

No le faltaba razón. Desde un punto de vista puramente lógico, lo que hice fue una estupidez monumental. En el negocio de la crianza y el campo, un caballo herido de gravedad y con temperamento asesino vale menos que el cuero de sus botas. Es una pérdida neta. Pero algo en mi interior, una especie de terquedad provinciana, me impedía dejar que el viejo Abelardo se saliera con la suya.

Al día siguiente, el sol salió con esa claridad limpia que queda después de las tormentas, pero el panorama no era más alegre. Fui al cobertizo. El potrillo estaba tumbado sobre la paja sucia. No se movía. Pensé por un segundo que ya había estirado la pata, y sentí una mezcla extraña de alivio y culpa. Me acerqué despacio, con un balde de agua tibia y unos trapos limpios que le había robado a las sábanas viejas de la casa.

Cuando estuve a dos metros, el animal abrió los ojos. Eran enormes, oscuros, y ya no tenían esa furia ciega de la noche anterior, sino un vacío profundo, el vacío de los que ya se han rendido al dolor. La infección de la pata olía mal, un olor dulzón y putrefacto que conozco demasiado bien. Si el bicho se moría de gangrena, yo habría tirado mis últimos cincuenta centavos y, lo que es peor, mi dignidad.

Remedios de viejo y manos con cicatrices

Aquí es donde entra la experiencia, esa que no se aprende en las escuelas de veterinaria con títulos colgados en la pared, sino limpiando corrales desde que eres un chiquillo de diez años. La medicina para los pobres es ruda, pero a menudo es la única que funciona cuando el dinero es un mito urbano.

Me senté en el suelo, a una distancia prudencial, y empecé a hablarle. No con palabras dulces, porque los caballos no entienden de poesía, sino con un tono bajo, constante, monótono. El tono que usaba mi abuelo cuando apaciguaba a los toros bravos.

—A ver, tú y yo estamos igual de jodidos, bicho —le dije, mientras preparaba una pasta con manteca de cerdo, sal de grano y unas hierbas de monte que mi abuela llamaba “gordolobo” y “cuachalalate”—. A ti te sobra orgullo y a mí me faltan pesos. Así que vamos a llegar a un trato: yo no te mato y tú no me matas a mí. ¿Hace?

El potrillo orejeó. Esa es la primera señal. Si un caballo mueve las orejas hacia ti, te está escuchando, está calculando si eres una amenaza o no. Me acerqué centímetro a centímetro, arrastrándome por el suelo para no parecer más alto ni más grande que él. Cuando estuve lo suficientemente cerca, sentí su calor febril. El animal bufó, intentó levantarse, pero el dolor lo devolvió al piso con un quejido seco.

Aproveché ese instante de debilidad. Le sujeté la cabeza con firmeza pero sin violencia, apoyando mi rodilla sobre su cuello para que no pudiera morder el polvo ni golpearme. Con la otra mano, lavé la herida con agua oxigenada que guardábamos para las emergencias humanas. El bicho se estremeció entero; sus músculos se tensaron como cuerdas de guitarra a punto de romperse. Vi cómo el dolor le recorría el cuerpo, pero no emitió ningún sonido. Eso me llamó la atención. Un caballo común habría chillado; este aguantaba como un guerrero viejo.

Le apliqué la pasta de manteca y sal directamente en la carne viva. Sé que suena brutal, y hoy en día cualquier protector de animales me colgaría de los pulgares, pero la sal limpia lo que la higiene del rancho no puede. Luego le vendé la pata con las sábanas limpias. Cuando lo solté, me alejé rápido, esperando una reacción violenta.

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