Posted in

Un granjero compra una yegua gigante preñada por 50 dólares… y Ocurrió Algo Inesperado

Capítulo 2: El camino hacia el abismo

Llegar a la granja fue un calvario de cuatro horas que envejeció mi camioneta diez años. La yegua, a la que decidí llamar “Sombra” por su pelaje oscuro y por la oscuridad que parecía arrastrar, no cabía bien en el remolque. Cada vez que el vehículo pillaba un bache de la carretera comarcal, el remolque se tambaleaba peligrosamente. Yo miraba por el retrovisor, sudando frío, esperando ver el remolque volcar en cualquier cuneta.

Cuando por fin entramos por el camino de tierra de mi propiedad, el sol ya se ocultaba tras las montañas, tiñendo el cielo de un color rojo sangre que no auguraba nada bueno.

Al bajarla, me di cuenta de la verdadera magnitud del problema. Sombra apenas podía caminar. Sus pezuñas delanteras estaban desgastadas hasta el vivo, y de su vulva caía un líquido espeso y transparente mezclado con hilos de sangre. Estaba de parto, de eso no había duda, pero era un parto retenido, uno de esos que matan a la madre y a la cría si no se interviene a tiempo.

La metí en el establo principal, el único espacio que aún conservaba el techo intacto. Le puse paja limpia, mucha paja, e intenté acercarle un cubo con agua y un poco de azúcar para darle fuerzas. Lo volcó de una patada. Seguía mirándome con desconfianza, con las orejas gachas, pegadas al cráneo.

—Tranquila, chica, tranquila… —le decía yo con voz suave, manteniendo la distancia.

A ver, seamos realistas. En los libros de agricultura y en los vídeos de internet todo parece muy bonito: el granjero rescata al animal, el animal se vuelve manso al instante y todos son felices. Eso es una mentira del tamaño de una catedral. Un animal gigante, con dolores de parto y que ha sido maltratado toda su vida, es un arma de destrucción masiva. Si Sombra me aplastaba contra la pared de piedra del establo, nadie encontraría mi cuerpo hasta la semana siguiente.

Decidí llamar al viejo doctor Don Tomás, el veterinario de la comarca. Era un hombre que ya debería estar jubilado, con más kilómetros a las espaldas que el coche de un taxista y un cinismo que solo te da el haber visto morir a cientos de animales.

Cuando Don Tomás llegó, dos horas después, con su maletín de cuero desgastado y su olor a tabaco de liar, se quedó en la puerta del establo sin decir una palabra durante al menos tres minutos. Luego, se quitó la boina, se rascó la calva y soltó una bocanada de humo.

—Mateo, eres el tío más tonto de toda la provincia de Lugo —dijo, sin anestesia—. ¿Qué coño es esto? ¿Un elefante disfrazado de caballo?

—Es una yegua, Tomás. Necesito que la explores. Creo que el potro viene mal.

Tomás se acercó con cautela. Sombra bufó y amenazó con levantarse, pero el cansancio la venció y se dejó caer de costado sobre la paja, emitiendo un quejido que me dolió en el estómago. El veterinario se enfundó el guante largo de látex, se untó de vaselina y se preparó para la exploración rectal y vaginal. Yo le sujetaba la cabeza a la yegua, susurrándole al oído, sintiendo el calor febril que desprendía su piel.

La cara de Tomás cambió a los pocos segundos. La ironía desapareció de sus ojos. Se puso pálido, una palidez genuina que me asustó más que cualquier relincho. Sacó el brazo despacio, se quitó el guante temblando y se limpió en un trapo.

—Mateo… esto no es normal —murmuró, mirando al suelo—. El útero está enorme, el doble de lo que debería estar para una yegua de este tamaño. Pero eso no es lo peor. Lo que hay ahí dentro… no puedo sentir las extremidades típicas de un potro. Siento formas… extrañas. Y hay demasiada masa. Mucha masa.

—¿Qué quieres decir con formas extrañas? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—No lo sé. Podría ser una monstruosidad, una malformación genética de esas que ocurren una vez cada cien años. O tal vez… tal vez hay más de uno, pero están entrelazados. Escúchame bien: esta yegua no va a parar de forma natural. Si intentamos tirar de lo que hay dentro, la romperemos por la mitad. Necesita una cesárea de urgencia. Y yo no tengo el equipo aquí para un animal de este tonelaje. Si la abro en este suelo lleno de polvo, se infectará y morirá en una hora.

Miré a Sombra. Su respiración se volvía cada vez más superficial. Sus ojos empezaban a nublarse.

—Hazlo, Tomás —le rogué—. No la compré para verla morir en un rincón.

Read More