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THALÍA: Entre el LUJO y el Infierno de un SECUESTRO… Lo que el MAGNATE hizo para SILENCIARLA

 El documento legal que Tommy Motola presentó en el año 2005 para impedir que una víctima de secuestro contara su propia historia en una obra de teatro usando el poder del hombre más poderoso de la música para silenciar a su propia cuñada. El testimonio sobre lo que ocurrió durante las negociaciones con el FBI y la pregunta que nadie ha respondido oficialmente.

¿Por qué pagaron $140,000 cuando exigían 5 m000ones? ¿Quién decidió cuánto valía cada hermana? y la pelea pública entre Zalía y Camila Sodio en enero de 2025 por las cenizas de Ernestina. Tía contra sobrina, familia peleando por los restos de la mujer que ambas abandonaron en vida de maneras diferentes.

 Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una.  Si te vas antes del final, te pierdes la parte que la familia de Talía ha intentado borrar durante más de dos décadas. Escríbeme en los comentarios ahora mismo cuál fue la telenovela de Talia que más te marcó. Solo el título, porque cuando termines este vídeo la vas a recordar de una manera completamente diferente.

 Para entender como la mujer más exitosa de la música latina en los años 90 terminó siendo la hermana que no llamó durante 22 años, hay que regresar al principio, no al principio de la fama, al principio de la herida. Porque el infierno de Zalía no comenzó con el secuestro de 2002, comenzó décadas antes, el día en que su padre decidió que una familia no era suficiente para él.

 26 de agosto de 1971, Ciudad de México. En ese México nace Ariat Natalía Sodi Miranda, quinta hija, última hija la que no estaba planeada. Su madre, Yolanda Miranda era pintora, una mujer de Veracruz que había llegado a la capital con sueños de exponer en galerías, de vivir del arte, de ser alguien.

 Terminó vendiendo cuadros en mercados y pintando retratos por encargo en plazas públicas para alimentar a cinco niñas. Su padre, Ernesto Sodi Pallares, era científico patólogo, hombre de bata blanca, de familia acomodada, apellido con peso. Pero Ernesto tenía otra familia, otra mujer, otros hijos, otra casa al otro lado de la ciudad que era la casa real, la oficial la que existía para el mundo.

Yolanda lo supo desde el principio, todos lo sabían. Pero en el México de los años 70, una mujer que amaba a un hombre casado tenía dos opciones, aceptar las migajas o quedarse sola. Yolanda eligió las migajas con el costo específico que tiene esa elección cuando se extiende durante años y cuando hay cinco niñas mirando cómo se paga ese costo todos los días.

 Ernesto iba y venía, aparecía dos días, desaparecía cinco, volvía con regalos, se iba con promesas, dejaba dinero sobre la mesa, nunca  suficiente. Para cuando nace Talía ya hay cuatro hermanas mayores, Laura Zapata, Federica, Gabriela y Ermestina. Cinco niñas, un padre fantasma, una madre vendiendo cuadros para alimentarlas con la persistencia de alguien que no tiene otra opción que persistir.

 Talía tenía 4 años cuando entendió que su familia era diferente. Veía a otras niñas en el parque con sus padres los domingos, los cumpleaños, las Navidades. Papás que estaban ahí con la presencia que esa palabra implica cuando se usa correctamente. Su papá no estaba ahí. Su papá estaba en la otra casa con los hijos que sí llevaban su apellido completo y que sí existían oficialmente para el mundo.

 Yolanda nunca se quejó, nunca lloró delante de sus hijas, nunca habló mal de Ernesto. Pero Talía veía como su madre apretaba los dientes cuando él cancelaba una visita, cómo se quedaba mirando la puerta cuando prometía volver y no volvía. ¿Cómo contaba las monedas antes de ir al mercado con la meticulosidad de quien sabe que si no cuenta bien no alcanza para todos? Y aprendió algo que la marcaría para siempre con la permanencia de las lecciones que se aprenden antes de tener palabras para nombrarlas.

 Los hombres se van, las mujeres se quedan y las que se quedan tienen que hacerse cargo de todo sin quejarse y sin detenerse, porque detenerse tiene consecuencias que nadie más va a asumir. Talía tiene 6 años. Ernesto Sodi Pallares fallece por complicaciones de diabetes. No fallece en los brazos de Yolanda.

 Fallece en la otra casa con la otra familia. Rodeado de los hijos que sí llevaban su apellido completo, Yolanda se entera por teléfono. No la invitan al funeral. Piensa en eso un momento con toda la dimensión que tiene. El hombre con el que tuviste cinco hijas fallece y ni siquiera tienes derecho a llorar su cuerpo. Ni siquiera puedes llevar a tus niñas a despedirse de su padre porque ustedes no existían.

 No oficialmente eran el secreto, el error, la vergüenza que la familia Sodi de Abolengo prefería no ver. Talía y sus hermanas se enteran de que su padre falleció y no hay velorio para ellas, no hay entierro, no hay abrazo de consuelo, solo silencio con todo el peso específico del silencio que confirma que uno no pertenece al lugar donde querría pertenecer.

 Y después de esa muerte, el dinero se acaba completamente. Yolanda se queda sola con cinco hijas, sin pensión, sin herencia, sin nada. Se mudan a un departamento más pequeño, después a uno más chico, después a uno donde las cinco niñas comparten una habitación con la acumulación gradual de la pobreza que avanza cuando no hay nada que la detenga.

 Hay noches que cenan frijoles sin tortillas porque no alcanzó para tortillas. Hay mañanas que Talía va a la escuela con el mismo uniforme que usó ayer y antier y hace una semana porque solo tiene uno. Hay tardes que llega a casa y no hay nadie porque Yolanda está en alguna plaza pintando retratos de turistas por 50 pesos.

 Talía tenía 7 años y ya sabía calentarse los frijoles, ya sabía lavarse el uniforme, ya sabía dormirse sola. Pero algo extraordinario estaba pasando en esa niña. Cantaba. Cantaba mientras se bañaba, cantaba mientras barría, cantaba mientras esperaba a que su madre volviera con la naturalidad de quien no sabe todavía que lo que hace es extraordinario porque simplemente lo hace.

 Yolanda llegó a casa una tarde y escuchó a Zalía cantando en la sala. Se quedó en la puerta, no entró, solo escuchó y se le llenaron los ojos de lágrimas porque entendió algo que cambiaría el destino de toda la familia. Esa niña, la última, la que no estaba planeada, tenía un don y ese don podría ser la salvación de todas con la urgencia que tiene la salvación cuando se ve desde la perspectiva de una madre que cuenta monedas antes de ir al mercado.

 Yolanda le dijo algo que Talía nunca olvidaría. Mi hija, lo único que tienes es tu voz. Siete palabras que Talía absorbió con la intensidad de quien sabe desde muy temprano que las palabras de su madre son también instrucciones de supervivencia. Lo único que tienes es tu voz. No tienes padre, no tienes dinero, no tienes apellido que te abra puertas.

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