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Claus de Holanda: el príncipe que pasó del odio del pueblo al respeto total

Imagina una boda real. Banderas sondeando, multitudes aplaudiendo, pétalos lanzados desde balcones engalanados. Ahora imagina que esa misma boda, en lugar de lágrimas de emoción, provoca bombas de humo, adoquines volando y gritos ensordecedores de rabia. Eso fue exactamente lo que ocurrió en Ámsterdam el 10 de marzo de 1966.

Ese día la ciudad más cosmopolita de los Países Bajos no celebraba, protestaba. 8,000 soldados y 4000 policías formaban un pasillo humano a lo largo de varios kilómetros, desde el ayuntamiento hasta la iglesia de Westerkerk, en un despliegue que recordaba más a un estado de sitio que a una fiesta nupsial. Entre la multitud que superaba las 100,000 personas congregadas a lo largo del recorrido, había jóvenes con los bolsillos llenos de explosivos caseros y bombas de humo, dispuestos a arruinar la jornada más importante de la familia

real holandesa. El carruaje dorado avanzaba lentamente por las calles empedradas. Dentro, una mujer de 27 años, rubia, elegante, con una tiara heredada de generaciones de reinas, sostenía la mano de un hombre que para muchos holandeses, representaba lo peor de la historia europea reciente, un alemán, un hombre que había vestido el uniforme del ejército que 20 años antes había ocupado, humillado y devastado su país.

Cuando el carruaje pasó frente a uno de los grupos de manifestantes, una bomba de humo explotó junto a las ruedas. La nube gris y densa envolvió al vehículo que desapareció momentáneamente de la vista de los presentes. La policía se abalanzó sobre los alborotadores. Los gritos de Klaus Rous, que en alemán significa fuera Klaus, se mezclaron con el caos y el sonido de los enfrentamientos.

Era el día de su boda y era también el día más oscuro de su vida en Holanda. Pero lo que nadie podía imaginar en ese instante de humo y furia es que aquel hombre que llegaba odiado acabaría siendo, décadas después uno de los miembros más queridos que jamás haya tenido la familia real neerlandesa. Esta es la historia de cómo ocurrió esa transformación extraordinaria.

Y antes de continuar, te invitamos a dejar en los comentarios una sola palabra que describa lo que sentirías si un extranjero con un pasado tan complicado se convirtiera de repente en el esposo de la heredera al trono de tu país. Para entender por qué aquel hombre generaba tanto rechazo, hay que retroceder hasta el 6 de septiembre de 1926 en el pequeño pueblo de Hitsaker en la baja Sjonjon alemana.

Fue allí donde nació Klaus George von Hansberg, el segundo hijo de una familia de la pequeña nobleza prusiana. Su padre, Georg Hartwig von Hamsberg era un funcionario colonial que había servido al imperio alemán en África Oriental y su madre Gonek Frein Vonden Bushhe Hadenhausen, provenía de un linaje aristocrático de larga tradición.

Era un mundo ordenado, austero y profundamente marcado por los códigos del honor militarista. En aquella Alemania de los años 30, donde el nacionalsocialismo comenzaba a extender sus raíces en cada rincón de la vida cotidiana, crecer como hijo de familia noble significaba estar rodeado desde la infancia por una estructura de obediencia, jerarquía y orgullo nacional que lo impregnaba todo.

Las escuelas, los clubes juveniles, los discursos en la radio, los carteles en las paredes. No había lugar donde mirar sin que la ideología del régimen estuviera presente. Klaus tenía apenas 7 años cuando Adolf Hitler llegó al poder en 1933. Tenía 12 cuando Alemania invadió Austria y 13 cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia.

creció, en otras palabras, completamente dentro del mundo que el nazismo había construido. No existía para él ningún otro marco de referencia, ninguna otra realidad con la que comparar. Como tantos jóvenes de su generación, fue moldeado por una época que no eligió y que, sin embargo, lo marcaría de por vida. Su familia se trasladó a Hamburgo durante sus años de adolescencia y fue allí donde completó su formación secundaria.

La ciudad, como toda Alemania, vivía una existencia doble. Por un lado, la propaganda del régimen prometía grandeza y victoria. Por otro, los bombardeos aliados comenzaban a convertir los cielos en infiernos nocturnos. Klaus von Hamsberg era un joven inteligente, curioso, con inclinaciones hacia la cultura y las letras que contrastaban con el ambiente marcial que lo rodeaba.

Pero la Tierra no distinguía entre temperamentos. En 1944, cuando Klaus tenía 17 años, fue reclutado por el ejército alemán, la Vermacht. No fue una decisión personal. Era la edad en que el régimen se llevaba a los jóvenes, les ponía un uniforme encima y los enviaba a morir en frentes que ya empezaban a derrumbarse.

Klaus fue asignado como auxiliar en funciones administrativas sin haber participado en combate directo documentado. Pero ese uniforme, ese simple hecho de haberlo vestido, sería el peso que cargaría durante décadas enteras. Para los holandeses que habían vivido cinco años de ocupación alemana entre 1940 y 1945, aquel uniforme no era un detalle menor.

Era el símbolo de todo el horror que habían padecido. Las deportaciones, el hambre del invierno de 1944, cuando 20,000 personas murieron de inanición en los Países Bajos mientras los soldados alemanes requisaban los alimentos. Las ejecuciones. El Holland Shauspiel, como llamaban algunos a la forma en que la ocupación había destruido la dignidad de una nación entera.

Y ahora ese hombre, ese alemán que había vestido el uniforme de los ocupantes, quería casarse con la hija mayor de la reina, con la princesa que algún día gobernaría el país. El escándalo no era solo emocional, era histórico, era una herida que el tiempo no había cerrado lo suficiente. Apenas 20 años se paraban el final de la guerra del anuncio del compromiso matrimonial. en junio de 1965.

Para muchos supervivientes esos 20 años no eran nada. Sus cicatrices seguían frescas. El parlamento holandés debatió durante semanas si debía aprobar el matrimonio. Las sesiones fueron tensas, cargadas de memoria y dolor. Varios diputados se opusieron frontalmente. Las organizaciones de veteranos publicaron manifiestos.

Los periódicos llenaron sus páginas con cartas de lectores indignados y en las calles el movimiento Probo, un grupo de jóvenes anarquistas y contraculturales de Ámsterdam, comenzó a planear cómo convertir la boda en una demostración de rechazo que el mundo entero pudiera ver. En medio de toda esa tormenta había una mujer que permanecía firme.

Beatriz Vilgelmina Armard, princesa heredera de los Países Bajos, hija de la reina Juliana y del príncipe Bernardo. Había conocido a Klaus von Hamsberg en el verano de 1962 durante una visita oficial a Alemania. Él tenía 35 años, ella 24. Se conocieron en una cena privada organizada por contactos diplomáticos comunes y algo ocurrió entre ellos que ninguno de los dos supo explicar exactamente en público, pero que resultó evidente para quienes los observaron aquella noche.

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