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SARA GARCIA: El Rostro del Chocolate Abuelita Escondió un SECRETO Sesenta Años

 La abuela que apapacha, la abuela que reconforta, la abuela del hogar. Ese mismo país no la dejó vivir su propio hogar. le pidió que fuera la abuela de todos mientras le negaba el derecho a nombrar a la persona que amaba. Eso tiene un nombre. Se llama hipocresía. Y fue una hipocresía asquerosa que duró toda su vida y que se estiró más allá de su tumba. Tú creciste con esa cara.

 Tú le creíste todo y nadie te contó esto. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre la abuelita de México. Primero, ¿quién era de verdad esa mujer que vivió a su lado casi 60 años? la que dormía bajo su mismo techo, la que le daba sus medicinas y por qué todos la redujeron a la palabra asistente.

 Segundo, cómo la misma imagen que la hizo inmortal, la abuela de la familia perfecta, fue la jaula que la obligó a callar quién era. Tercero, la verdad detrás del mito de los 14 dientes que todos repiten y la palabra exacta con que la prensa borró a Rosario de la historia oficial de México. Y cuarto, lo que Sara García dejó escrito antes de morir y el lugar donde está enterrada Rosario hoy, que es la única justicia que la época les negó en vida.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera delante de todos, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer. Porque esta historia no empieza el día que una cámara entró a su sala, empieza mucho antes. Empieza con una niña que perdió a todos los que la querían y que pasó la vida entera buscando una familia que el mundo no le quiso dar como ella la quería.

 Vamos a Orizaba, Veracruz, año 1895. O eso dice casi todo el mundo, porque hay quienes aseguran, y su acta de nacimiento parece darles la razón, que en realidad nació 3 años antes, en 1892. Guarda ese detalle, ni siquiera la fecha de su nacimiento es del todo segura y eso ya te dice algo del misterio que rodeó a esta mujer toda su vida.

 Hay otra versión todavía más asombrosa y la cuentan varios biógrafos, que Sara no nació en tierra firme, sino en alta mar, que sus padres, dos españoles de Andalucía, venían en un barco cruzando hacia México cuando a la madre se le adelantó el parto y que la niña nació a bordo en Aguas del Golfo, asistida por otra familia de españoles que viajaba en el mismo barco, una pareja gavitana, los González Cuenca, que llevaban consigo a sus dos hijas pequeñas.

 Una de esas niñas, recién nacida también se llamaba Rosario. Y una palabra sobre su nombre, porque hasta eso dice algo. La bautizaron Sara Rita de la Luz García. Sara Rita de la Luz, un nombre largo de niña española y católica de fin de siglo, cargado de santos y de luz. El mundo entero terminaría conociéndolas solo por las dos primeras palabras.

 Sara García, dos palabras tan sencillas y tan comunes que cualquiera podría llamarse así. Es casi un símbolo de lo que le pasó en la vida. La redujeron, le quitaron capas, se quedaron con la versión cómoda y corta de ella, igual que después harían con todo lo demás. Enorizaba todavía la presumen como suya, aunque ahí mismo te dicen con una sonrisa que es orizabeña por accidente, porque a lo mejor ni siquiera nació en su tierra, sino a mitad del mar rumbo a ella.

 Orizabeña por accidente, pero mexicana del alma. La tierra del pico de Orizaba, ese volcán nevado que vigila el pueblo, la reclama como hija y con razón porque ahí empezó todo. Escuchas bien ese nombre, Rosorio, porque va a regesar y cuando regesée va a cambiarlo todo. Imagínate la escena. Dos bebés que llegan al mundo casi al mismo tiempo, en el mismo viaje, en el mismo barco.

 Y como si el destino estuviera firmando un contrato, cuando la madre de Sara, doña Felipa, se puso tan débil que no podía amamantar a su propia hija. Fue la otra madre, doña Francisca Cuenca, la mamá de Rosario, quien le dio pecho a la pequeña Sara. La primera leche que probó Sara García en su vida vino del pecho de la madre de la mujer que 60 años después moriría a su lado.

 Si esto fuera una telenovela, dirías que es demasiado, que nadie escribe coincidencias así. Pero esto pasó. Para que entiendas de dónde venía esta niña, hay que mirar a sus padres. El papá de Sara se llamaba Isidoro García y era un hombre de oficio fino, arquitecto y escultor, nacido en Córdoba, en el sur de España.

 La mamá, doña Felipe Hidalgo, también andaluza. Gente trabajadora, gente de provincia española que en aquellos años de finales del 1800 hacía lo que hacían tantos. Cruzar el océano buscando una vida mejor. Salieron de Andalucía, pasaron por Cuba y de ahí pusieron rumbo a México, porque a Don Isidoro le habían ofrecido trabajo en obras importantes de este lado del mar.

 Traían oficio, traían esperanza y traían encima la sombra de 10 hijos muertos que cargaban a cuestas como una maldición que no entendían. Ese era el equipaje invisible de la familia que llegaba a México. No solo baúles y herramientas, también un duelo que no terminaba nunca. Doña Felipa había parido y enterrado 10 veces, 10, y venía embarazada de la onceava cuando el barco la sorprendió con el parto adelantado en altamar.

 Por eso, varios que han contado esta historia juran que Sara nació a bordo, en Aguas del Golfo, antes de tocar tierra mexicana. “Mexicana por accidente”, dicen en Norisaba, pero mexicana de corazón hasta el último día. Las dos familias se separaron al llegar a México y la vida de Sara desde el primer día se llenó de algo que la marcaría para siempre, la muerte rondándola de cerca.

 Porque tienes que entender una cosa para entender a esta mujer, Sara fue hija única, pero no fue la primera hija, fue la onceava. Antes de ella, sus padres habían tenido 10 hijos y los 10 se les murieron todos en el parto de bebés, de niños chiquitos, uno tras otro, 10 apúdes pequeños antes de que naciera Sara.

 Imagínate lo que era esa casa. Imagínate a esa madre, doña Felipa, enterrando hijo tras hijo, rezando, temblando cada vez que se embarazaba otra vez. Y entonces llega Sara, la número 11, la única que sobrevive. La esperanza entera de unos padres rotos por el dolor puesta sobre los hombros de una sola niña. Tú que eres madre o que fuiste hija, imagínate ese peso.

 Ser la única que quedó y la tragedia no había terminado con ella. Apenas estaba empezando. Corre el año 1900. Sara tiene 5 años. En Orizaba se contagia de Tifus Murino, una enfermedad que transmitían las purgas de las ratas y que en esa época mataba sin piedad. La niña arde en fiebre y su madre, doña Felipa, esa mujer que ya había enterrado a 10 hijos y que no estaba dispuesta a enterrar al 11o, no se despega de ella ni un segundo.

 La cuida día y noche, la abraza, la limpia, le baja la fiebre con paños. Y en ese cuidado, en ese amor que no calcula el riesgo, la madre se contagia. Sara se salvó. Doña Felipa, no. La madre murió a los pocos meses y Sara, con 5 años cargó desde entonces con algo que ningún niño debería cargar. La idea de que su madre se murió por cuidarla a ella, que ella, la única que se salvó de 11, le pasó la muerte a la única persona que la amaba sin condiciones.

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