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Rocío Dúrcal: Por ESTO Juan Gabriel Nunca Llamó Mientras Ella Se Moría. Lo Dijo Ella Misma en Cámara

 Ni siquiera me llamó. Lo que vas a escuchar en los próximos minutos no es un chisme de revista, es la historia de la amistad más entrañable de la música popular en español contada desde el lado oscuro, desde el lado que durante años nadie quiso tocar porque la industria del espectáculo necesitaba sostener la imagen del dueto perfecto.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que las revistas oficiales y los programas de chismes prefirieron suavizar. Primero vas a entender por qué Juan Gabriel y Rocío Durcal se pelearon a mediados de los años 80 y nunca se reconciliaron. Las tres versiones documentadas que existen sobre lo que realmente pasó entre ellos y la que el productor que trabajó con los dos durante años, Gustavo Farías, contó frente a las cámaras del documental de Netflix sobre el divo de Juárez.

Segundo, vas a saber cómo se grabó juntos otra vez el disco de 1997, que el público creyó que era una reconciliación, pero que en realidad fue una obligación contractual. La portada hecha con Photoshop porque ella se fue antes de terminar las fotos, la conferencia de prensa donde él salía por la izquierda y ella salía por la derecha sin dirigirse la palabra.

Tercero, vas a entender qué pasó cuando Rocío recibió el diagnóstico de cáncer en octubre de 2001, los 5 años que peleó y la frase exacta que dijo en aquella rueda de prensa en Madrid el 18 de mayo de 2005, 10 meses antes de morir. Y cuarto, vas a saber qué pasó el día que ella murió.

 ¿Qué hizo Juan Gabriel? ¿Qué dijeron sus hijas? ¿Y qué cobró el productor del homenaje que se organizó después mientras la familia se preguntaba por qué él no había estado en vida? Te voy a avisar cuando llegue cada una de esas cuatro revelaciones. Pero antes de entrar, necesito que entiendas una cosa. Esta historia no empieza en una casa de Torrelodones en 2006. Empieza mucho antes.

 Empieza en un barrio pobre de Madrid, en una niña de 15 años que cantó por primera vez en televisión española y en un viaje a México que lo cambió todo. Porque para entender por qué Juan Gabriel nunca llamó a Rocío, primero tienes que entender quién era Rocío antes de que Juan Gabriel apareciera en su vida. Y antes de Juan Gabriel, ella era una estrella.

María de los Ángeles de las Heras Ortiz. Nació en Madrid el 4 de octubre de 1944. Era la quinta de seis hermanos. Su padre Jacinto trabajó toda la vida sobre cuatro ruedas. Primero camionero, luego taxista, finalmente probador de coches en la fábrica Seat. Su madre se encargaba de los seis hijos en un piso pequeño donde no sobraba el dinero, pero sí la música.

El abuelo paterno, Tomás fue el primero que vio algo en la niña. La empezó a llevar a escondidas a las emisoras de Radio de Madrid, a los concursos para nuevos talentos. El padre no estaba muy de acuerdo con esos escarceos con la fama. El abuelo no le hizo caso. A los 15 años, María de los Ángeles se presentó al concurso Primer aplauso de televisión española.

 Cantó La sombra vendo, un tema tradicional que se sabía de memoria. En el público de aquel programa estaba un casatalentos madrileño llamado Luis Sans. Luis Sans pidió al canal el nombre de la niña, llamó a su casa, habló con sus padres y les propuso convertirla en estrella. Le pusieron el nombre artístico de Rocío Durcal. Rocío porque era el apodo cariñoso que le había puesto el abuelo Tomás, que decía que la niña le recordaba al Rocío matutino.

Durcal, porque ella y Luis Sans miraron un mapa de España y ella señaló al azar un pueblo de la provincia de Granada. Durcal Granada. Ese fue el apellido que pasaría a la historia. A los 18 años protagonizó su primera película Canción de juventud, dirigida por Luis Lucía. La cinta fue un éxito de taquilla no solo en España, sino en toda Hispanoamérica.

Rocío Durcal era antes de los 20 años la cara más reconocible del cine musical español de los años 60. La llamaban La novia de España. Hizo más de una decena de películas. llenó cines en Madrid, en Barcelona, en Buenos Aires, en Caracas, en Ciudad de México. Tienes que entender, amiga, lo que significaba ser Rocío Durcal en aquella España de los años 60.

 Era la dictadura de Franco. Era una sociedad cerrada, conservadora, con una televisión estatal de un solo canal. Y ella a los 17, 18, 19 años era el rostro joven que las familias españolas dejaban ver a sus hijas. La chica buena, la chica con principios, la chica que cantaba canciones bonitas y hacía películas que se podían ver en familia.

En México la conocían por esas mismas películas que llegaban a los cines del Distrito Federal y de Guadalajara con éxito de taquilla. Y un día, durante el rodaje de Más Bonita que ninguna, en 1965, en un escenario donde tocaba una banda llamada Los Brincos, conoció al hombre que sería su esposo durante el resto de su vida.

Antonio Morales Barreto. Lo llamaban Junior. Era guapo, era músico,  era una estrella del pop español. Y se enamoraron. Se casaron en 1970. Tuvieron tres hijos. Carmen Antonio, al que le decía Antonino, y la menor Shila, que después también haría carrera como cantante con el nombre artístico de Shila Durcal.

Era una familia hermosa, fotogénica. querida por la prensa rosa española. Pero la carrera de Rocío necesitaba algo más que España y ese algo más estaba al otro lado del Atlántico. A principios de los años 70, Rocío Durcal viajó por primera vez a México y México la abrazó como abraza a los suyos. Ella que era madrileña hasta los huesos descubrió el mariachi.

 Las rancheras, la música popular mexicana que para ti, amiga que estás escuchándome, es la banda sonora de tu vida. Las canciones que sonaban en la cocina mientras tu mamá hacía la comida. Las canciones que se cantaban en las fiestas familiares, las canciones que escuchabas en el radio del coche mientras tu papá manejaba al trabajo.

Para ella, ese primer viaje fue un descubrimiento personal y artístico. Una española elegante de Madrid plantada en Ciudad de México escuchando por primera vez en vivo a un mariachi completo, trompetas, violines, viuelas, guitarrón y la voz de un cantante mexicano cantando el rey o cucurrucucu paloma, como si la canción se estuviera escribiendo en ese mismo momento.

Rocío, según ha contado su familia en entrevistas posteriores, lloró la primera vez que escuchó un mariachi tocando a pocos metros de ella. Lloró porque entendió que ese era el sonido que ella iba a cantar el resto de su vida. Y en ese México de los años 70, Rocío Durcal conoció a un cantante joven que apenas empezaba a tener nombre propio, Alberto Aguilera Baladés, conocido artísticamente como Juan Gabriel.

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