Posted in

Walter Mercado: Lo Amaron 120 Millones de Personas. Murió Solo en un Hospital de San Juan

 El icono más reconocible de la televisión en español. El astrólogo que entraba a tu casa con sus capas brillantes y te leía el horóscopo después del noticiero, eligió morir cuando ya no quedaba nadie en el cuarto. Esperó a estar solo, como si después de toda una vida repartiendo amor a millones de extraños, lo único que pidiera para sí mismo fuera un poco de silencio.

Si tú lo veías en tu televisión, en Univisión durante los años 90, en Telemundo cuando ya pasaba de los 70, en el segmento que aparecía justo después de Primer Impacto, ¿sabes de qué estoy hablando? Era el rostro maquillado, eran las uñas larguísimas, era la voz que arrastraba las rres como nadie, era la capa que pesaba kilos y que él mismo decía que se hacía hechos por modistas que cobraban miles de dólares.

 Y era esa frase final, repetida como un mantra antes del corte comercial, esa frase con la que cerraba cada aparición pública. Que reciban de mí siempre paz, mucha paz, pero sobre todo mucho, mucho amor. mucho, mucho amor. Esa fue su firma, su marca registrada, su contrato con la audiencia y la frase que durante 50 años el hombre repartió a millones de hogares de Puerto Rico, México, Estados Unidos, Centroamérica, Sudamérica.

Pero detrás de esa frase había una historia que tú nunca supiste. Una historia que ni siquiera el documental de Netflix de  2020 se atrevió a contar completa. Una historia que sus sobrinas todavía guardan con respeto y que hoy, casi 7 años después de su muerte, te vamos a contar de principio a fin. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron de Walter Mercado.

Primero, vas a saber cómo el manager que lo construyó terminó robándole hasta su propio nombre, obligándolo a aparecer en televisión bajo el alias Shantian Ananda durante años, porque legalmente ya no podía usar Walter Mercado. Segundo, vas a entender lo que ocurrió dos días después de ganar el juicio en febrero de 2009 y por qué después de eso, aunque lo intentó muchas veces, Walter Mercado nunca volvió a tener un programa fijo de televisión.

Tercero, vas a conocer a Willy Acosta, el hombre que estuvo cada día de la vida adulta de Walter a su lado, el que le ponía las capas, el que le peinaba, el que decidía qué joyas usaba, el que sus sobrinas mencionan en cada entrevista, pero del que casi nadie en la prensa rosa se atrevió a preguntar a fondo.

Y cuarto, vas a descubrir por qué la noche del 2 de noviembre de 2019 en el Hospital Auxilio Mutuo de San Juan, Walter Mercado tomó una decisión que ninguno de los presentes esperaba. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender por qué un hombre que recibió el amor de 120 millones de personas decidió morir solo en un cuarto de hospital, tienes que conocer al niño que fue antes de que existiera Walter Mercado, el icono.

 Y para eso tenemos que regresar a Ponce, Puerto Rico, al año 1932, a un pueblo de campo, a una familia humilde, a un niño raro al que sus vecinos llamaron desde los 6 años Walter Milagros. Walter Mercado Salinas nació el 9 de marzo de 1932. Esa fecha es la oficial, la que aparece en los documentos, la que él mismo confirmó en su autobiografía.

Pero hay una versión repetida por la Fundación Nacional para la Cultura Popular de Puerto Rico y por varios diarios al momento de su muerte, que sostiene que en realidad él no nació en tierra firme. Habría nacido en la cubierta de un barco que viajaba entre España y Puerto Rico durante la travesía que su madre, una catalana llamada Aida María Salinas Vidal, hacía hacia la isla.

Si esa versión es cierta o no, ya no importa demasiado. Pero te dice algo sobre Walter Mercado desde el primer minuto de su vida. Llegó al mundo en movimiento entre dos lugares, sin pertenecer del todo a ninguno. Su padre se llamaba José María Mercado. Era puertorriqueño, oriundo de la ciudad de San Germán.

 Su madre era española de Cataluña, mezcla de sangre que en el Puerto Rico de los años 30 era considerada exótica. Walter era el del medio de tres hermanos, Henry, Walter y Aida Victoria, a quien la familia llamaba Cuca. Crecieron en varias fincas, primero en Ponce, después en Seiva, después en San Juan.

 La familia era pobre, modesta, católica, con la mezcla de espiritualidad popular del Caribe que mezcla santos,  ánimas, espíritus. plantas medicinales y oraciones de abuela. Henry Mercado lo recordaría así años después en palabras textuales registradas durante el velatorio de Walter en 2019 por la agencia F. Nosotros nos criamos en varias fincas en Ponce, en SEIba y en San Juan y siempre estuvimos bien unidos.

 Era una persona que ha dado mucho por Puerto Rico. No bebía, no fumaba, era un hombre sano y ayudaba a todo el mundo. Pero Walter desde niño fue distinto. Lo dijo él mismo en el documental Mucho, mucho amor, la leyenda de Walter Mercado, dirigido por Cristina Constantini y Karem Tch. Estrenado en Netflix en julio de 2020 después de competir en el festival de Sundance.

Walter contó que su madre, Aida le decía algo que le marcaría para siempre. Palabras textuales reproducidas en el documental y citadas por múltiples reseñas. Ser diferente es un regalo. Ser común es ordinario. Esa frase dicha por una madre catalana en una finca de Ponce a un niño de 6 años en 1938 fue probablemente la primera capa que Walter Mercado se puso.

 Una capa hecha de palabras y no de tela, pero que le duró el resto de la vida. A los 6 años pasó algo que el pueblo nunca olvidó. Lo cuenta Walter mismo en el documental. Una mañana jugando en el patio, encontró un pájaro herido en el suelo. El pájaro no respiraba. Walter lo levantó, lo apretó contra su pecho, le habló y según contaba él, el pájaro volvió a abrir los ojos y voló.

A partir de ese día, en el barrio dejaron de llamarlo Walter. Le empezaron a decir Walter milagros. Tú no tienes que creer en milagros para entender lo que pasa aquí. Lo importante no es si el pájaro estaba realmente muerto, ni si Walter realmente lo resucitó. Lo importante es que un niño de 6 años en un pueblo pequeño descubrió ese día que tenía algo que los demás no tenían.

 Una manera de mirar a la gente, una presencia, un magnetismo. Eso  en lenguaje moderno lo llamamos carisma. En lenguaje del Caribe profundo de los años 30 lo llamaron don. Y los niños con don en esa cultura no eran niños cualquiera, eran tocados. Pero ese don tenía un precio. Walter no era un niño común. Le gustaba bailar.

 Le gustaba imitar a las mujeres que veía en el cine. Se ponía las joyas de su madre cuando ella no lo veía. Le gustaba la belleza, la moda,  los colores fuertes. Y en el Puerto Rico católico, machista, rural de los años 40, un niño así era un problema para sus vecinos, para su padre y a veces para él mismo.

Read More