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Reina Nazli: Del Trono de Egipto a Morir Olvidada en Los Ángeles

 Desde el día en que la encerraron en un arén a los 25 años, Nasley aprendió que los palacios pueden ser prisiones, que las coronas pueden ser cadenas, que el amor en el mundo de la realeza egipcia es un arma que siempre se usa en tu contra. Lleva consigo a sus dos hijas menores, Faica y Fatía. La excusa oficial es un tratamiento médico en Europa, un problema renal, nada alarmante, pero la verdad es otra.

 La verdad es que el único hombre que Nasle amó de verdad acaba de morir en un accidente de auto en un puente del Cairo. Y hay quienes dicen que ese accidente no fue un accidente. Hay quienes dicen que su propio hijo lo ordenó. Nasley no mira atrás, no se despide del Nilo, no llora frente a las pirámides, solo sube al avión con una maleta llena de joyas y un corazón lleno de rabia.

 No lo sabe todavía, pero nunca volverá a pisar Egipto. Nunca. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Hay que volver a una Alejandría de finales del siglo XIX, cuando una niña con sangre francesa, turca y egipcia nace en una de las familias más poderosas del país. Nasl Sabri llega al mundo el 25 de junio de 1894 en Alejandría.

 No es una niña cualquiera. Su padre, Abdel Rahim Sabri Pachá, es ministro de agricultura y gobernador del Cairo. Un hombre de influencia enorme, conectado con los círculos más altos del poder egipcio. Su madre, Taufica, pertenece a una familia igualmente distinguida. El abuelo materno de Nazly, Mohamed Sheriff Pachá, fue primer ministro de Egipto en cuatro ocasiones entre 1866 y 1884 y redactó nada menos que la Primera Constitución del país.

 Un documento que otorgó al Parlamento autoridad legislativa exclusiva por primera vez en la historia de Egipto. Pero el personaje más fascinante del árbol genealógico de Nasley está más atrás. Su bisabuelo es Joseph Anthel Misev, nacido en Lion, Francia, en 1788. un comandante militar que sirvió bajo las órdenes de Napoleón Bonaparte y participó en la famosa expedición a Egipto.

 Sevamó del país, se convirtió al Islam, tomó el nombre de Solimán Pachá, al Faransawi Solimán el francés y se transformó en uno de los arquitectos del ejército egipcio moderno. Así que Nasle no solo nace en una familia poderosa, nace en una familia que literalmente construyó el Egipto moderno. Lleva en la sangre generaciones de ambición, poder y rebeldía.

 Nasle crece rodeada de privilegios, pero también de cultura. Su padre, adelantado a su época, insiste en darle la mejor educación posible. Primero la envía al Liceo de la Madre de Dios en el Cairo, una institución francesa de prestigio. Después al colegio Notredam de Sion en Alejandría. La niña habla francés con fluidez antes de cumplir 10 años.

 Lee literatura europea, descubre la música clásica, se enamora de la ópera, aprende a pensar por sí misma en un mundo donde las mujeres no debían pensar en absoluto. No es una estudiante pasiva, es curiosa, inteligente, desafiante. Los profesores la recuerdan como una joven de opiniones fuertes y carácter indomable.

 Una joven que hace preguntas incómodas. Una joven que se niega a aceptar respuestas fáciles y entonces llega la tragedia que lo cambia todo. El 24 de octubre de 1915, su madre Taufica muere. Nasle tiene 21 años. La pérdida es devastadora. Su padre, destruido por el dolor, toma una decisión inusual para la época.

 envía a Nasle y a su hermana menor Eminá, que tiene apenas 7 años, aún internado en París, 2 años en la ciudad luz, 2 años respirando un aire completamente diferente. En París, Nasle descubre lo que significa ser una mujer libre. Camina por los bulevares, asiste al teatro, lee a los filósofos franceses, ve mujeres que trabajan, que opinan, que deciden sobre sus propias vidas y algo se enciende dentro de ella.

 Una llama que ningún palacio, ningún sultán, ningún hijo autoritario logrará apagar jamás. Hay algo que pocos saben sobre la infancia de Nasley, algo que explica mucho de lo que vino después. En la casa de los Sabri, en el Cairo de principios de siglo, las conversaciones en la mesa no eran sobre vestidos o recetas de cocina, eran sobre política, sobre el futuro de Egipto, sobre la ocupación británica.

 El abuelo de Nasley había sido cuatro veces primer ministro. Su padre movía las palancas del poder agrícola del país. En esa casa, Nasle aprendió desde pequeña que el poder no es algo que se hereda pasivamente, es algo que se conquista, se defiende y si es necesario se arranca con las manos. Su padre, Abdel Rahim Sabripachá, no era un hombre convencional.

 En una época donde la educación femenina se consideraba innecesaria o incluso peligrosa, él insistió en que sus hijas recibieran la misma formación. que cualquier varón de la aristocracia. ¿Por qué? Nunca lo sabremos con certeza. Quizás fue la influencia de su suegro, el progresista Sheriff Pachá. Quizás fue su propia visión de un Egipto moderno.

Lo que sí sabemos es que esa decisión, educar a Nasle como a una igual, fue el primer acto de una cadena de eventos que terminaría en tragedia. Porque cuando educas a una mujer para pensar por sí misma y después la encierras en una jaula, estás creando una bomba de tiempo. En el Liceo de la Madre de Dios, Nasley no solo aprende francés y matemáticas, aprende a argumentar, a debatir, a cuestionar la autoridad.

 Las monjas francesas que dirigen la escuela le inculcan un sentido de justicia y dignidad que contrasta violentamente con las tradiciones del aren otomano que todavía dominan la alta sociedad egipcia. Es una educación que la prepara para un mundo que todavía no existe en Egipto, un mundo donde las mujeres tienen voz.

 En el colegio Notredam de Sion en Alejandría, Nasle florece aún más. Lee a Molier, descubre a Víctor Hugo. Se fascina con la historia de Juana de Arco, otra mujer que desafió a los hombres de su tiempo y pagó con su vida. Se identificó Nasle con ella. Es difícil saberlo, pero hay algo poético en el hecho de que ambas terminaron siendo destruidas por los mismos hombres que alguna vez las necesitaron.

 y los dos años en París, entre 1915 y 1917, mientras Europa se desangra en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, son los años que definen a Natley para siempre. Mientras los soldados mueren en Verdun y en el some, una joven egipcia camina por las calles de un París oscurecido por la guerra, pero todavía vivo, todavía libre.

 Ve a mujeres manejando tranías porque los hombres están en el frente. Ve a mujeres trabajando en fábricas de municiones. Ve a mujeres tomando decisiones que antes estaban reservadas exclusivamente para los hombres y algo se remueve dentro de ella, una comprensión profunda de que el orden establecido no es inevitable, de que las cosas pueden cambiar, de que las jaulas pueden abrirse, pero cuando regresa a Egipto, la jaula está esperando.

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