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Les quitaron sus tierras… ahora volvió como un pistolero en busca de venganza y justicia

Y luego llegaron los hombres de la Asociación Ganadera del Valle, tres de ellos  bien vestidos para ser ganaderos, con documentos que tenían el peso específico de los papeles que alguien preparó con tiempo y con abogado. Le explicaron a Daniel con la cortesía calculada de quien entrega malas noticias que en realidad son buenas para él, que una porción de las tierras de la granja Merser había pertenecido históricamente a los pastos comunes del valle, que los documentos lo demostraban, que no era nada personal,

que era simplemente la corrección de un error del pasado. Daniel miró los documentos, luego miró a los tres hombres y notó algo que los documentos no decían, pero que los apellidos sí. Carver, Holis, Dramon. Los mismos apellidos que había visto en el registro del entierro de su padre. Los mismos apellidos que aparecían tachados, pero legibles, si uno los miraba con luz en las páginas del diario de Samuel.

Eso no era una coincidencia, eso era una respuesta que generaba demasiadas preguntas. Daniel cerró los documentos. “Voy a necesitar tiempo para revisarlos”, dijo Daniel. Los tres hombres se miraron. “Por supuesto”, dijo Carver, el mayor de los tres, con la sonrisa de alguien que puede esperar porque sabe que el tiempo trabaja  para él. Se fueron.

Daniel entró a la casa. Tomó el diario de su padre y esa tarde emprendió el camino hacia el sur, buscando al único hombre que Samuel había mencionado por su nombre completo, Jack Relámpago. Lo encontró en Larami, no en circunstancias heroicas. Jack Relámpago estaba en la mesa del fondo de un salón pequeño y sin pretensiones, con un café que ya había enfriado y un mapa del territorio extendido sobre la madera que alguien había limpiado sin mucho convencimiento.

Daniel lo reconoció por la descripción que le había dado el posadero del pueblo anterior. Ojos quietos. No el tipo de quietud de alguien que no piensa, el tipo de quietud de alguien que ya pensó. Se acercó. Jack relámpago”, dijo Daniel. Jack levantó la vista, miró al muchacho durante un momento, luego miró el diario que Daniel llevaba en la mano.

El silencio que siguió duró 4 segundos y dijo más que la mayoría de las conversaciones que Daniel había tenido en las últimas semanas. “Siéntate”, dijo Jack. Daniel se sentó, puso el diario sobre la mesa. Jack lo miró, pero no lo tocó. ¿Cómo murió?”, dijo Jack. “Enfermedad”, dijo Daniel.

Rápido, tres semanas desde que empezó hasta el final. Jack miró el café frío. Sufrió. Daniel pensó en las últimas semanas de su padre, en la manera en que Samuel había mirado el techo de su cuarto en los días finales, no con miedo al dolor, con algo diferente, con la expresión de alguien resolviendo una cuenta que lleva mucho tiempo  abierta.

No de la manera que piensas, dijo Daniel. Jack asintió. ¿Qué quieres saber?, dijo Jack. Todo, dijo Daniel. Todo no existe,  dijo Jack. Existe lo que sirve y lo que no sirve. ¿Quieres recuperar las tierras o quieres entender a tu padre? Las dos cosas, dijo Daniel. Jack lo miró durante un momento. Eso me lo esperaba, dijo Jack.

Tomó el café frío, lo bebió de todas formas. Tu padre me salvó la vida una vez, dijo Jack. Hace mucho. Por eso no voy a decirte que no. Pero lo que vamos a encontrar en Creston no va a ser lo que esperas. No espero nada, dijo Daniel. Eso tampoco es verdad, dijo Jack. Esperas que tu padre fuera mejor de lo que fue.

Todos esperamos eso de los padres. Miró al muchacho. La diferencia es que la mayoría nunca encuentra los documentos que lo confirman o lo niegan. Tú ya los encontraste. Daniel miró el diario sobre la mesa. “Lo que hizo fue tan grave”, dijo Daniel. Jack miró la ventana del salón. Afuera, la neblina de la tarde del armi hacía que la calle pareciera más corta de lo que era.

“Lo que hizo Samuel”, dijo Jack, “fue lo que hacen los hombres cuando tienen que elegir entre dos cosas malas y no tienen tiempo para elegir bien.” Una pausa larga. Si eso es grave o no, depende de quién lo juzga y desde dónde. Yo quiero juzgarlo desde la verdad, dijo Daniel. Jack lo miró.

Entonces vamos a Creston dijo Jack. Para entender lo que Samuel Mería hecho en Creston 25 años antes, hay que entender algo sobre el Wyoming Territory de 1852 y sobre el tipo de violencia que ese periodo producía en las rutas de los colonos. Las caravanas que cruzaban el territorio en dirección al oeste en la década de 1850 no eran simplemente grupos de personas en movimiento, eran comunidades temporales con su propia estructura interna, sus propias tensiones  y sus propias vulnerabilidades.

Una caravana de tamaño mediano, 50 a 60 personas, necesitaba scouts que conocieran el terreno, pistoleros que pudieran responder a amenazas y, sobre todo, necesitaba información. saber qué había adelante, qué grupos operaban, en qué zonas, dónde el agua, dónde el peligro. Los hombres que vendían esa información y esa protección eran una categoría particular del viejo oeste que las historias populares raramente representan bien.

No exactamente soldados, no exactamente mercenarios, sino algo en el medio. Hombres con habilidades específicas que aplicaban esas habilidades por dinero en un contexto donde el estado no tenía presencia suficiente para hacer lo que esos hombres hacían. Samuel Merser  había sido uno de ellos, el mejor según los registros que Jack había visto en su momento, con una reputación construida sobre decisiones correctas en momentos donde las decisiones incorrectas se pagaban con vidas.

Hasta la noche de Creston. Lo que ocurrió esa noche en las montañas del norte del territorio había producido la clase de consecuencias que los territorios producen cuando algo sale completamente mal y cuando hay suficientes muertos para que alguien tenga que cargar con la responsabilidad de lo ocurrido. Samuel Merser cargó con esa responsabilidad, no porque no hubiera otras opciones, sino porque eligió hacerlo.

Y esa elección era la cosa más complicada de la historia de su padre que Daniel Merer iba a tener que aprender a sostener. Viajaron tres días. El tiempo no mejoró. El otoño en las montañas del norte de Wyoming tiene esa cualidad que hace que el paisaje parezca deliberadamente inhóspito. Cielos del color del acero sin llegar a tormentos.

Neblina que sube de los ríos al amanecer. Árboles que ya soltaron las hojas y que quedan como estructuras sin propósito aparente contra el gris del cielo. Era, pensó Daniel, en algún momento del segundo día, el paisaje correcto para lo que estaban buscando. Jack habló poco durante el viaje, pero lo poco que habló, Daniel lo guardó con el cuidado de alguien que entiende que está recibiendo algo que no se repite.

El primer día, cuando Daniel preguntó por qué su padre nunca le había enseñado a disparar, Jack respondió sin apartar la vista del  camino. Automáticamente Samuel creía que si nunca necesitabas usarlas, las manos limpias eran el mejor regalo que podía darte. ¿Y usted qué cree?, dijo Daniel. Creo que las manos limpias que no saben defenderse no duran limpias, dijo Jack.

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