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Ranchero Pagó 500 Pesos Por Una Tierra “Sin Valor” — Hasta Que Un Caballo Hambriento Cambió Todo

El precio del polvo

Para entender el tamaño de la locura que cometió Aurelio, hay que conocer lo que eran esos malditos quinientos pesos en aquellos tiempos y en ese maldito lugar. En San Juan de la Frontera, la tierra no es solo tierra; es la vida misma, o la falta de ella. Si tienes agua, eres el rey; si tienes piedra, eres un cadáver que camina. Y lo que le dejaron a Aurelio era la peor porquería de la región: la Loma del Diablo. Un pedazo de cerro donde el suelo parecía ceniza pegada con saliva, donde las lagartijas tenían que llevar su propia cantimplora para no morirse de sed.

Yo he visto hombres fuertes llorar al ver perder sus cosechas por una mala racha de sequía, hombres que terminaron vendiendo hasta el anillo de bodas de sus esposas para comprar un saco de maíz. Por eso, cuando el pueblo se enteró de que Aurelio había entregado sus últimos quinientos pesos por ese desecho de la naturaleza, la opinión general fue unánime: el viejo se había vuelto loco de remate. La soberbia le había nublado el juicio. Prefirió quedarse con un pedazo de nada antes que humillarse a pedirle trabajo como peón a su propio hermano.

La casa de Aurelio, si es que a cuatro paredes de adobe torcido y un techo de paja podrida se le puede llamar casa, estaba en la falda de esa loma. El viento de la tarde soplaba con una furia implacable, levantando remolinos de polvo blanco que se metían en los ojos y en la garganta, dejando un sabor amargo, como a cal muerta.

Aurelio se sentó en un banco de madera crujiente, contemplando su propiedad. A sus sesenta años, sus manos parecían la corteza de un mezquite viejo: nudosas, duras, agrietadas por el frío del amanecer y el fuego del mediodía. Cualquiera en su lugar se habría colgado de una viga. Perder el rancho familiar, el “Rancho El Consuelo”, donde había enterrado a su esposa y donde había sudado cada gota de su juventud, era un golpe del que pocos se levantan. Y todo por culpa de las leyes malditas que los ricos manejan a su antojo y de la ambición ciega de Mateo, que siempre envidió el respeto que la gente le tenía a su hermano mayor.

—Quinientos pesos… —murmuró Aurelio para sí mismo, mirando el horizonte rojizo—. El precio de mi dignidad según esos perros.

En el norte sabemos que el orgullo no se come, pero ayuda a mantener la espalda recta cuando todo lo demás se derrumba. Sinceramente, entiendo perfectamente la rabia de Aurelio. Hay momentos en la vida donde uno prefiere morir de pie en su propio pedazo de infierno que vivir de rodillas en el paraíso de otro. La injusticia quema por dentro, te revuelve las tripas y te quita el sueño. Esa noche, Aurelio no durmió. Se quedó mirando el techo, escuchando el aullido de los coyotes a lo lejos, preguntándose si el amanecer traería alguna respuesta o si simplemente sería el primer día de su lenta agonía.

La llegada del desahuciado

Al tercer día de su destierro, cuando el agua del único pozo medio seco que había en la propiedad ya empezaba a oler a azufre, apareció el milagro. O al menos, lo que al principio pareció otra burla del destino.

Aurelio estaba remendando una cerca de alambre de espino viejo, de esa que ya no tiene fuerza ni para detener a un chivo flaco, cuando escuchó un sonido extraño. Era un andar pesado, torpe, como el de alguien que arrastra los pies antes de caer muerto. Al levantar la vista, vio una silueta que se recortaba contra el sol abrasador del mediodía.

Era un caballo. Pero ¡qué caballo! Decir que estaba flaco es un insulto a la flacura. Era un esqueleto forrado de cuero viejo, de un color castaño apagado por las costras de barro seco y las mataduras de la silla. Tenía la cabeza tan baja que el belfo casi tocaba el suelo, y las orejas caídas, sin una gota de esa energía que caracteriza a los animales de buena sangre. Era un caballo abandonado, de esos que los arrieros dejan a su suerte cuando ya no pueden cargar un saco más y solo sirven para que los zopilotes se den un banquete.

El animal se detuvo a unos diez metros de Aurelio. Sus costillas se marcaban como los peldaños de una escalera vieja, y su respiración era un silbido asmático que daba lástima. El rancho de Mateo estaba al otro lado del camino real, y Aurelio reconoció la marca que el caballo llevaba en el anca izquierda: el hierro de la hacienda de Don Fulgencio, el alcalde. Seguramente el animal se había escapado de los corrales del gobierno local, donde los caballos de los peones morían de hambre por la negligencia de los capataces.

—¿Qué buscas aquí, infeliz? —le dijo Aurelio, su voz suave, desprovista de la dureza que mostraba ante los hombres—. Aquí no hay nada para ti. Solo piedras y este viejo que no tiene ni para sus propios frijoles.

El caballo levantó la cabeza con un esfuerzo soberano. Sus ojos, nublados por las moscas y las lagañas, miraron fijamente a Aurelio. Había una súplica tan humana en esa mirada que al viejo ranchero se le encogió el corazón. En el campo, uno aprende a conocer a los animales mejor que a las personas. Un perro te es fiel por un pedazo de pan, pero un caballo… un caballo te entrega el alma si sabes tratarlo.

Aurelio dejó las pinzas y el alambre en el suelo. Caminó despacio, con las manos abiertas para no espantar a la bestia. El caballo ni se movió; no tenía fuerzas ni para temerle al hombre. Cuando estuvo cerca, Aurelio le olió el aliento. Olía a fiebre, a muerte, a desesperación. Pero también notó algo más: el animal tenía el hocico manchado de una arenilla grisácea y pegajosa, y sus cascos delanteros estaban gastados, rotos por haber estado escarbando con furia en la piedra dura.

Cualquiera con dos dedos de frente habría espantado al caballo a pedradas. Mantener un animal en esa época, y más en esa tierra estéril, era un lujo imposible. Cada bocado de pasto seco valía oro, y el agua limpia era un tesoro que se defendía a balazos. Pero Aurelio tenía un defecto que en este mundo de lobos se paga caro: tenía compasión. Miró hacia el camino, pensando en la posibilidad de que los hombres del alcalde vinieran a buscarlo para acusarlo de abigeato, de robo de ganado. Sabía perfectamente que Don Fulgencio usaría cualquier pretexto para meterlo a la cárcel y quedarse con lo poco que le quedaba. Sin embargo, al ver temblar las patas del animal, Aurelio tomó una decisión.

—Ven acá, flojo —le dijo, tomándolo suavemente del ramal que colgaba roto de su cuello—. Vamos a ver si encontramos algo que meterle a esa panza, aunque tengamos que sacarle jugo a las piedras.

La obsesión del hambre

El caballo, al que Aurelio bautizó como “El Hambriento” por razones más que obvias, resultó ser el animal más terco que jamás pisara San Juan de la Frontera. No quería el poco maíz rancio que Aurelio le ofreció en un balde de madera, ni se interesó por las pencas de nopal chamuscadas que el viejo preparó con tanto trabajo para quitarles las espinas. El animal tenía una sola obsesión: escarbar.

Durante dos días enteros, el caballo no dejó de merodear por la zona más alta de la loma, una planicie pedregosa donde el sol pegaba con la fuerza de un yunque incandescente. Aurelio lo vigilaba desde la sombra de su jacal, preocupado. El animal pasaba horas enteras golpeando el suelo con sus cascos delanteros, resoplando, levantando chispas de la piedra caliza y arrancando pedazos de una costra gris que cubría el terreno.

Yo creo que los animales tienen un sexto sentido, una conexión con la tierra que nosotros los humanos perdimos el día que nos encerramos entre cuatro paredes de ladrillo. He visto perros que avisan de un terremoto horas antes de que la tierra empiece a temblar, y vacas que caminan kilómetros en busca de agua subterránea mucho antes de que los zahoríes encuentren el punto con sus varas de avellano. Lo de “El Hambriento” no era locura; era instinto puro, o tal vez un hambre tan vieja y profunda que lo obligaba a buscar el sustento donde nadie más vería otra cosa que muerte.

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