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Ranchero Pagó 500 Pesos Por Una Tierra Prohibida — Hasta Que Un Caballo Débil Reveló Un Secreto

La Obsesión de Sombra

Pasaron tres semanas. Y contra todo pronóstico médico, veterinario y lógico… Sombra no murió.

No me malentiendas, no se convirtió en un semental de carreras. Seguía siendo un animal feo, flaco y cojo. Pero la infección remitió. Empezó a sostenerse sobre sus cuatro patas. Y entonces, comenzó el comportamiento extraño.

Cada tarde, cuando el sol empezaba a teñir el cielo de ese color naranja sangriento típico de nuestra región, Sombra cojeaba hacia el mismo punto exacto de la finca. Era una depresión en el terreno, justo al lado del roble muerto donde el primer dueño se había colgado. El caballo llegaba ahí, bajaba la cabeza, y empezaba a rascar la tierra dura y agrietada con su pezuña delantera.

Clack. Clack. Clack.

El sonido era rítmico, constante. Rasguñaba el polvo sin cesar. Al principio, Elías intentaba alejarlo. Pensaba que el animal estaba buscando raíces o que tenía algún daño neurológico. Pero el caballo siempre volvía. Rasguñaba hasta que la pezuña le sangraba.

Una tarde, me acerqué a tomar una cerveza con Elías. Estábamos sentados en unos cubos de pintura vacíos, viendo la escena. —Ese caballo está viendo fantasmas, Elías —le dije, dándole un trago a mi botella—. Te lo dije. Esta tierra tiene mala energía. Los animales sienten esas cosas. Siente a los muertos.

Elías no me respondió de inmediato. Se quedó mirando fijamente el agujero superficial que Sombra había logrado escarbar. —No busca muertos, Tomás —me dijo de repente, con una claridad que me asustó—. Busca vida. Míralo bien. No está asustado. Está desesperado por entrar.

Y sin decir más, Elías se levantó, agarró un pico y una pala vieja, y caminó hacia el roble. —Hazte a un lado, muchacho —le dijo al caballo. Sombra dio un paso atrás, pero no se fue. Se quedó ahí, observando, resoplando, como si fuera el capataz de la obra.

Elías levantó el pico y lo clavó en la tierra. Saltaron chispas al golpear la roca seca. —Estás loco, amigo —le grité—. ¡Ahí no hay más que caliche y piedras! ¡Te vas a romper la espalda por nada!

Pero él no me escuchaba. Yo me quedé ahí, viéndolo sudar a mares. Golpe tras golpe. Pasó una hora. Pasaron dos. La luna llena salió, iluminando la escena con un tono fantasmal. Yo ya estaba a punto de irme a casa, convencido de que mi vecino había perdido la razón por completo, cuando escuché un sonido diferente.

Ya no era el clack seco de la piedra. Era un sonido hueco. Tung.

Elías se detuvo. Jadeaba como un perro rabioso. Se arrodilló en el pozo que había cavado, que ahora le llegaba a la cintura, y empezó a quitar la tierra con las manos. Me acerqué al borde, instintivamente.

—Tomás… —susurró Elías, su voz temblando—. Trae una linterna.

Corrí a mi camioneta y saqué mi linterna de cacería. Al apuntar el haz de luz hacia el agujero, mi corazón dio un vuelco tan violento que sentí náuseas.

El Secreto Enterrado

No era agua. No era un pozo antiguo.

Lo que Elías había destapado era una losa de piedra negra, perfectamente cuadrada, con símbolos grabados que parecían de origen indígena, pero mezclados con algo que parecía hierro forjado español. La losa estaba resquebrajada en el centro, y de esa grieta emanaba un olor… no a podredumbre, sino a ozono. Como el aire justo antes de una tormenta eléctrica masiva.

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