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Ranchero Pagó 500 Pesos Por Una Tierra Maldita — Hasta Que Un Caballo Débil Reveló Algo

II. El penco que nadie quería

Para trabajar una tierra dura necesitas fuerza. Manuel no tenía dinero para un tractor, ni siquiera para alquilar una mula sana. Fue al mercado de abastos con la esperanza de encontrar un milagro, pero lo único que halló fue a Centella.

El nombre era un chiste cruel. El caballo era un esqueleto forrado de piel gris, con las orejas gachas y una cojera evidente en los cuartos traseros. El gitano que lo vendía ya estaba a punto de entregarlo al carnicero para hacer alimento para perros.

—Cien pesos por él, marchante —dijo el tipo, escupiendo al suelo—. No te va a servir para correr las carreras de San Juan, pero para que te acompañe a sufrir, te vale.

Manuel miró al animal. Había algo en sus ojos, una chispa de dignidad que se resistía a apagarse. A veces pasa. Uno ve a un ser vivo al borde del abismo y se identifica. Yo creo que Manuel no compró un caballo de trabajo; compró un espejo de su propia miseria.

—Te doy ochenta —regateó Manuel—. Y me llevo la soga.

El viaje de regreso al rancho fue un calvario. El caballo caminaba despacio, arrastrando los cascos, como si cada paso le costara la vida misma. La gente del pueblo salía a las puertas a reírse. “¡Miren al terrateniente Manuel con su semental!”, gritaban los muchachos. Manuel no miraba a nadie. Mantenía la vista al frente, con la mandíbula apretada.

Cuando llegaron a la Parcela Siete, el panorama era desolador. La maleza seca cubría el suelo como una alfombra de espinas. El sauce viejo, donde decían que los Quiroga habían terminado sus días, se alzaba en el centro del terreno como un dedo negro apuntando al cielo acusadoramente. El viento soplaba con un silbido agudo, un sonido que de verdad ponía los pelos de punta. No los culpo por tener miedo; el lugar tenía una energía pesada, de esa que te hace sentir que te están vigilando desde la nada.

—Bueno, Centella —dijo Manuel, soltando al caballo en el pedregal—. Este es nuestro nuevo hogar. O salimos de aquí adelante, o nos entierran juntos.

El caballo ni se inmuto. Caminó cojeando hacia el sauce, olfateó el aire y lanzó un bufido corto, un relincho sordo que sonó casi como una advertencia.

III. El secreto bajo el suelo arcilloso

Los primeros tres meses fueron un fracaso absoluto. Manuel intentó sembrar frijol, pero las semillas se secaban antes de germinar. El agua del pozo viejo de la parcela sabía a óxido, a hierro concentrado, y los pocos cultivos que lograban brotar salían amarillos, retorcidos, como si la misma tierra los envenenara desde la raíz.

Elena empeoraba. La tos ya venía con hilos de sangre. Manuel pasaba las noches en vela, escuchando el viento golpear las láminas de zinc del techo, preguntándose si de verdad la locura de los anteriores dueños era una maldición real que se estaba metiendo en su casa.

Una tarde de agosto, el calor era insoportable. El aire vibraba sobre el horizonte. Manuel estaba exhausto, sentado bajo la sombra exigua del sauce, con las manos sangrando por los cayos reventados. Centella estaba a unos metros, inmóvil, con la cabeza baja. Don Eladio apareció de la nada, montando su soberbio caballo alazán, reluciente y gordo. Venía acompañado de dos de sus capataces, tipos armados que no miraban con buenos ojos a nadie.

—¿Qué pasa, Manuel? —se burló Eladio, sin bajarse de la silla—. Te veo cansado. Te dije que esta tierra solo producía viudas y huérfanos. Vengo a hacerte una oferta de caridad. Te devuelvo doscientos pesos por el papel y me quedo otra vez con la parcela. Así tienes para el ataúd de tu mujer.

El comentario fue una puñalada. Manuel se levantó, con los puños cerrados, sintiendo una furia ciega que le nublaba la vista. Pero antes de que pudiera cometer una locura, Centella reaccionó.

El caballo débil, el animal que apenas podía levantar las patas, dio un paso al frente. Emitió un gemido profundo, casi humano, y comenzó a golpear el suelo con una fuerza inaudita. No era la cojera de siempre; era un frenesí. Golpeaba una losa de piedra oculta bajo la maleza con tal violencia que los cascos le empezaron a sangrar.

—Ese bicho está rabioso —dijo uno de los capataces, echando mano a la pistola.

—¡Déjalo! —gritó Manuel, interponiéndose.

Fue en ese instante cuando la piedra se partió. El suelo cedió unos centímetros, revelando una oquedad oscura. Pero no salió agua, ni azufre, como los mitos del pueblo sugerían. Lo que brotó fue un chorro espeso de un líquido negro, viscoso, que brillaba bajo el sol del mediodía con destellos tornasolados.

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